De libros y librerías

 

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_409.jpgHe visitado maravillosas librerías de segunda mano, atestadas de libros, libros en las estanterías, en el suelo formando un rimero que se alargaba de un extremo a otro del pasillo, pasaba a la habitación siguiente y allí continuaba hasta la otra. Eran montones de no menos de siete pisos, inestables, que atesoraban la Eneida, el Paraíso perdido y novelas del oeste firmadas con seudónimo. Las estanterías flanqueban los dinteles y las ventanas, cuando las había.

He paseado por pasillos estrechos porque las estanterías apenas dejaban espacio libre, y he saltado pilas de libros colocadas en medio de los pasillos y de las habitaciones. He sentido el calor de su presencia. Los libros, hay gente que lo ignora, son cálidos, quizás no lo sean todos para todos, pero siempre hay varios libros que te ofrecen un refugio, un descanso, un momento de cálido sosiego.

Recuerdo el invierno en que solía subir varios pisos de un inmueble viejo, con escaleras de madera que ya estaban combadas, hasta entrar en una casa que era sobre todo un inmenso pasillo que se abría a varias alcobas donde las viejas estanterías de madera soportaban el peso de varios millares de libros. Allí encontré una maravillosa edición en pasta dura de la obra casi completa de Joseph Conrad. Estaba escondida en unas escaleras cubiertas con moqueta, o varios volúmenes de los cuentos de Henry James en la edición que Leon Edel preparó, colocados en orden bajo un retrato extraordinario del autor.

En el sótano de otra librería – esta vez era una casa enorme la que servía de tienda – entre las paredes y las estanterías pintadas de blanco, sin ruido alguno que llegase allá – me pasé una hora larga hojeando novelillas de ficción científica, del oeste, de terror; las cubiertas roídas, los lomos ilegibles; a muchas de ellas las cubría una peliculilla grasienta. Estaba solo perdido en alguna de todas aquellas habitaciones de techo bajo que formaban el sótano.  Creo que ha sido la única vez que he salido de una librería sin comprar un libro.

Ha habido más, de muchas no recuerdo el nombre. Otras no se me olvidarán: beat bookshop, Aeon Books, Red Books, … Algunas siguen, otras han quebrado o han cambiado de lugar. Han ido dando libros que han acabado quién sabe dónde: lo mismo en Nueva York, que en Melbourne, o en Cambridge o Bath, en Valladolid o en Madrid, o en Buenos Aires, en algún pueblo perdido en las Tierras Altas de Escocia o de Soria, cerca del desierto de Mojave o en alguna casa aislada de Islandia o de Noruega. Nada de eso improta ahora. Allí están y alguien podrá leerlos una vez más.

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Dulce Navidad

20171215_78.JPGLas quejas sobre las Navidades contemporáneas son costumbre ya. Quien más quien menos se queja de que el espíritu de la Navidad ha desaparecido, que cuando entonces (se supone que en la feliz Arcadia infantil) lo comercial no era tan importante, que las Navidades solo duraban desde el 23 de diciembre hasta el 8 de enero, al contrario que ahora que van desde el día siguiente a Acción de Gracias (ya saben el cuarto jueves de noviembre) hasta mediados de enero.

No es más que un síntoma de anteriosclerosis. Lo que entonces les parecía una celebración incorrupta (o al menos presentable, auténtica, propia del llano pueblo) para muchos adultos de la época era ya algo que se había corrompido (o mejor, que el capitalismo había corrompido).

Nadie obliga a nadie a comprar el día del Negro Viernes, ni a comprar lotería de Navidad ni a ir de cena o comida con los compañeros del trabajo o con los amigos, ni a atiborrarse en las celebraciones familiares. Uno puede muy bien pasar sin langostinos, caviar, cava, champán,  sin salir a la calle y tener que dejarse llevar por la muchedumbre, ni siquiera ha de ver a los viejos amigos ni a los familiares que regresan.

Supongo que debe de ser que nunca me hice muchas ilusiones sobre estas fiestas por lo que a mí apenas me afectan. Desde muy joven las Navidades fueron solo una buena pila de libros para leer y un buen montón de discos para escuchar. Fueron entonces cuando era niño, son ahora que soy adulto y he cruzado de sobra la mitad del camino de mi vida.

No hay decadencia sino voluntad o conatus.

Las cosas bien hechas

Había peeveryman-title-pagensado en escribir sobre la identidad, en concreto, sobre la realidad de toda identidad, que no es otra que la muerte; en vida, claro, pero muerte, como bien observó Michel Foucault. En el momento en que alguien piensa que su identidad está completa, en ese mismo instante, muere simbólicamente como persona. Foucault prefería pensar en identidades en continuo cambio, en flujo perpetuo.

Yo voy algo más allá y tengo el presentimiento, la idea o la corazonada (porque aún no lo he desarrollado de manera detallada) que toda identidad es, si no muerte, si prisión. Uno puede muy bien pensar en que su identidad está en flujo pero aseverar que pertenece, por encima de todo, a una nación concreta, o a un género. Permite, así, que todo fluya menos lo nacional o lo genérico. Desde ese instante, se ha encerrado voluntaria, aunque quizás inadvertidamente, en una prisión, que le impide salir de unos marcos de pensamiento previamente fijados.

Hay que deshacerse de toda identidad, aunque sobre todo de la nacional y la genérica, que son las que hoy en día agobian de verdad. Hay que decir, para ser totalmente libre, que uno ha nacido en tal o cual lugar pero no tiene identidad nacional y que uno es hombre o mujer pero no tiene identidad genérica.

Ni dios, ni patria ni amo, fue un lema anarquista. Hoy habría que añadir, y sin género.

Sin embargo, después de que haya llegado el cartero, mi interés por esto de la identidad ha decaído, aún más de lo que suele estarlo, porque me ha llegado un ibro de finales de 1920, perfectamente conservado de tapas color vino borgoñón y letras doradas grabadas en el lomo. Dentro, tiene un ex-libris con el lema: “When Providence throws a good bok in my way, I bowto its decree and purchase it as an act of Piety”, frase tomada de Oliver Wendell Holmes.

El libro en cuestión es una edición de Sartor Resartus y On Heroes, hero-Worship and the Heoirc in History de Thomas Carlyle. Lo que verdaderamente me ha llamado la atención es ese olor tan típico de los libros, olor a papel antiguo, como ya no huelen los libros que se publican en esta época. Ciertamente leer ese libro es leer la novela y los ensayos pero es tener también entre manos un objeto que los impresores y encuadernadores trataron con mimo y cuidado. La prueba es que muchos de los libros actuales están en peor estado que este a pesar de la diferencia de edad.

Crepúsculo

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En estos días de estar varado he estado leyendo entre tantos otros las Confesiones de Jean Jacques Rousseau, libro sobrevalorado. Después de leerla, también en los intervalos en que descansaba, me venía a la memoria otra autobiografía, la del Marqués de Chateaubriand, Memorias de ultratumba.

El contraste entre una y otra ilumina bien acerca de la miseria intelectual de hoy en día (un presente, por cierto, muy dilatado.) Las confesiones son un largo lamento de un ego hipertrofiado. Es una obra sobrevalorada escrita con el propósito de criticar a sus enemigos mientras el autor se sitúa en el papel de pobre víctima. El pobre Rousseau es víctima de la maldad de gente como Diderot, Holbach o Grimm. Quien es capaz de sostener supersticiones como lo particular frente a lo universal, se queja de que Diderot lo desprecie. Al igual que llora porque el mundo no reconoce todo lo bueno que hay en él, cuando en realidad deberíamos acusarnos de haberle prestado demasiada atención.

A su lado el Marqués de Chateaubriand, autor de unas memorias crepusculares, las de su tiempo, las de su vida, la del aristócrata que, fascinado por los revolucionarios pero sabiéndolos su antítesis, ve cómos e derrumba su mundo sin que nadie acierte a vislumbrar el futuro. El ego importa menos que la crónica histórica, la queja apenas comparece en las páginas y la mirada escéptica y altiva de quien ha querido, y podido, situarse por encima del común, disecciona con frialdad su presente. Sin sentimentalismos, sin venganza.

Lo curioso es que quien apoya las supersticiones sea hoy tenido por ejemplo de progreso y a quien, sabiendo que la cuna ya no iba a ser garante de nada, lo hayan etiquetado de reaccionario.

Pero quizás aquí encuentren uds. la respuesta.

Mis diez libros de la década

Se acaba la década (otra más) y es común, casi necesidad o tópico, hacer recuento de los últimos diez años. Es un pasatiempo inocente y divertido confeccionar la lista de los diez libros que más te han impactado. Los libros de la década los llaman.

Me he puesto a la tarea y estos son mis libros. La elección personal exime a todos de compartir mis gustos.

– T.S. Eliot: Poesía completa.

– Vladimir Nabokov: Habla, memoria.

– William Faulkner: Absalom, Absalom!

– Joseph Conrad: El corazón de la oscuridad.

– José Ángel Valente: Poesía completa.

– Jean Améry: Más allá de la culpa y de la expiación.

– Jorge Luis Borges: Ensayos completos.

– José Lezama Lima: Paradiso.

– Baruch de Spinoza: Ética.

– Iván Turgueniev: Cuentos completos.

Doy diez títulos, uno por año, aunque podrían ser dos por año, o cinco para cada tres años. La lista es subjetiva y si la repitiera dentro de un cierto tiempo, estoy seguro que apenas variarían los títulos. Muchos de ellos me han acompañado bastante más de veinte años. Son libros que suelo releer con frecuencia. No son novedades en sentido estricto, claro que en ninguno lo son si exceptuamos que todo libro es nuevo cada vez que comenzamos su lectura. Por eso los releo constantemente, porque no se agotan ni me agotan. En general las novedades me suelen agotar, me resulta difícil continuarlo, llegar siquiera hasta la mitad. Con las novelas es aún más acentuado ese sentimiento, acaso porque descubro antes lo que tienen de impostado, los truquitos del autor, la pose escritural y la falta de riesgo. Hoy en día se escribe para gustar, y a mí eso me desagrada.