Erráticas identidades, películas

En la terraazaEl sol entra por la ventana en esta tardía mañana invernal demasiado calurosa. Se ha acabado la SEMINCI, el maratón de cine que dura una semana y durante el cual tienes la fortuna de salir del cine en pleno mediodía, la fuerte luz cegando las débiles pupilas. Vuelve el ritmo tranquilo, pausado y predecible del resto del año (quizás sería más correcto decir de casi el resto del año).

La identidad es algo que, tenemos que aceptarlo, ha venido para quedarse, aunque a veces, muchas veces, cada vez con mayor frecuencia, no tenga nada que decir. Ya sabemos que la identidad es una cárcel. Uno es alguien siempre pero no ha de sentirse ese alguien. Soy español y soy hombre pero lo importante es no sentirse español ni hombre. En ambos casos sentirse algo te obliga a seguir determinadas sendas. Sendas que a veces te convencen y otras rechazas. ¿Qué es ser español?, ¿Qué es ser hombre?, o si lo preferimos, ¿qué es ser francés, o inglés o senegalés?, ¿y mujer; cómo se es mujer? En todos estos casos, ¿hay un solo modo de serlo, o los modos son infinitos? En cuyo caso, la identidad nacional o genérica dejan de tener sentido.

Quizás esa sea la razón por la que fallan tantas películas donde la cineasta se dedica a explorar la identidad femenina. ¿Existe la identidad femenina o lo que existen son las mujeres? Las protagonistas de las películas van buscando su identidad sin darse cuenta de que eso es algo que no existe, que se es simplemente, que por el solo hecho de ser ella ya tiene una identidad. Buscan las protagonistas – y sus directoras – un flatus voci, por decirlo con un término filosófico que siempre me gustó mucho porque reflejaba la idiotez de los llamados universales.

La búsqueda de una identidad en el cine o en la literatura es un ejercicio abocado al fracaso o a la impostura. En la vida, también. Y al aburrimiento porque las películas vagan, vagabundean, discurren erráticas en el tiempo.

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De la danza y la escultura

Después de ver la muy interesante película Bobbi Jene, pienso en la escultura del cuerpo, en el uso del cuerpo como una escultura, en que la danza no es solo movimiento acompasado por la música. La danza, en algunos casos, es escultura en el tiempo; escultura de un cuerpo que cambia en el presente del escenario porque acompaña la música pero también cambia en la ausencia que es la vida cotidiana – ausencia del escenario y de la danza – y se vuelve más fuerte o más débil, más compacto o más grácil, y esos cambios acompañan al intérprete en su peregrinar por escenarios.

Nada es eterno y en ese discurrir se halla parte de la belleza del mundo. El cambio siempre activo, la vida como proceso.

El futuro perfecto

El futuro perfecto es, o podría ser, el de alguien que, sin raíces, incluso con una lengua que no es la suya propia, podría vivir en otro país. Podría ser un futuro perfecto si se dan algunas condiciones; es, sin duda, un presente excitante pro lo que tiene de continua novedad a una edad en que ni las novedades se prodigan ni uno suele ir a buscarlas. En este caso, vivir en un país extranjero y ajeno a tu cultura (ese tótem que todos hemos de derribar si queremos llegar a la madurez) te permite ir encontrando a cada paso nuevas ocasiones de asombro; al menos durante unos años, luego, ya lo sabemos, la tensión decae y el ánimo se relaja.

El futuro perfecto es el de aquella persona que nada tiene ya ha de integrarse en una sociedad extraña y ese camino, a veces, parece una oficina de inmigración. Es también una extraordinaria película de Nele Wohlatz.

Del pasado extrañado

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Hoy es un día corriente de un otoño que ha sido precedido por un verano caluroso y una primavera y un invierno en que apenas ha llovido. Este otoño está siendo caluroso también (como en los últimos años) y sorprende un tanto que esta última semana el tiempo nos haya devuelto a la normalidad, al menos a la atmosférica.

Hay quien dice que todo es muy raro ahora: el tiempo, la vida, la política… Más bien pienso que raro ha sido todo siempre y que, por diversas circunstancias, ahora nos percatamos. De golpe nos damos cuenta de la extrañeza en que está sumergida el mundo. Ocurre que la convivencia diaria en ese líquido, o magma, hace que nos volvamos insensibles a ella excepto en momentos excepcionales.

Una de esas razones – con sinceridad no sé por qué – está relacionada con el cine. Saber que hoy a eso de las cinco de la tarde comenzaré mi peregrinaje por diversas salas de cine durante una semana logra que la extrañeza sea visible, o al menos más perceptible, que el mundo sea menos confortable y que sienta una especie de frío.

Hay otras razones. El distanciamiento apenas perceptible durante mucho tiempo y que, de repente, nos muestra la distancia entre quienes fuimos y quienes somos. O entre nuestros amigos y nosotros. No suele haber razones para la distancia, acaso la pereza a la hora de vernos con regularidad o el cambio de costumbres y hábitos que conduce a no frecuentar algunos lugares o a algunos amigos. A veces, también, es la desaparición de un elemento que nos unía a todos.

Pere Gimferrer lo escribió, de manera oblicua en “Oda a Venecia ante el mar de los teatros”:

¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces, y por qué. ¿Es más verdad,
copos que os diferís en el parque nevado,
el que hoy así acoge vuestro amor en el rostro
o aquel que allá en Venecia de belleza murió?

Al final uno tiende a creer, quizás porque es lo más fácil, lo que menos problemas da, que uno cambia, que los demás también cambian, que es imposible mantener la tensión, adolescente si se quiere, durante muchos años. ¡Quién sabe! A lo mejor tampoco importa. Quizás solo importe lo vivido y no lo por venir; quizás eso sea a partir de determinada edad. Lo cierto es que la extrañeza existe, nos rodea y de vez en cuando sentimos su frialdad.

Abandonar, por así decir, la última orilla

Hay un momento de la vida, doloroso y lúcido, en que uno ha de darse cuenta de que no  puede seguir siempre con los mimos hábitos, con los mismos amigos, con las mismas lecturas y música; con los mismos directores. Es un momento doloroso, un momento que casi nadie suele ni puede compartir, uno de esos que  la sabiduría popular rechaza porque lo que a la sabiduría popular (ja ja ja) le importa es la coherencia y el mantenimiento de sí mismo a los cincuenta tal como era a los quince. (¡Allá ellos, acartonadas estantiguas!)

Hay que romper, separarse, por así decir, de la última orilla, como dejó escrito el filósofo. Así, negándonos a la nostalgia, logramos no dar apoyo a lo que solo son vulgares obras de un yo hipertrofiado, que busca, quién sabe la razón, la sensiblería, el fácil reconocimiento del espectador. Así, intransigentes, no daremos por buenas las que son excusas de la nostalgia y de la pereza intelectual, o, aún peor, de las creencias firmemente asentadas en la costumbre y en el hábito.

Me refiero a que hubiera sido mejor no haber ido a ver la última película de Goran Pascalievich, pero se puede aplicar a muchísimos otros ámbitos.

La lluvia, la vida

Con la Seminci se ha ido también la luz de este otoño final que tiñe de dorado las hojas y el espacio transparente en que el leve aire nos acaricia la cara y nos despeina. Aún no es el momento de los fuertes vientos que azotan ni de la lluvia intensa que no cesa, pero la luz se ha marchado a latitudes más cálidas y aquí ahora solo tenemos un día gris, que señala el torpor de la vida.

Pocas películas ha habido así en esta Seminci. No era necesario ni obligatorio que las hubiera. Incluso las más desgarradas que he visto en el festival, las dos finlandesas que he citado en la entrada anterior, están ambientadas en parajes bucólicos, donde la luz, fría pero intensa, a veces incluso cálida, envuelve a los protagonistas. Bien está que así sea, y que no caigan los directores en los viejos tópicos que, sin embargo, hacen la vida.