Abandonar, por así decir, la última orilla

Hay un momento de la vida, doloroso y lúcido, en que uno ha de darse cuenta de que no  puede seguir siempre con los mimos hábitos, con los mismos amigos, con las mismas lecturas y música; con los mismos directores. Es un momento doloroso, un momento que casi nadie suele ni puede compartir, uno de esos que  la sabiduría popular rechaza porque lo que a la sabiduría popular (ja ja ja) le importa es la coherencia y el mantenimiento de sí mismo a los cincuenta tal como era a los quince. (¡Allá ellos, acartonadas estantiguas!)

Hay que romper, separarse, por así decir, de la última orilla, como dejó escrito el filósofo. Así, negándonos a la nostalgia, logramos no dar apoyo a lo que solo son vulgares obras de un yo hipertrofiado, que busca, quién sabe la razón, la sensiblería, el fácil reconocimiento del espectador. Así, intransigentes, no daremos por buenas las que son excusas de la nostalgia y de la pereza intelectual, o, aún peor, de las creencias firmemente asentadas en la costumbre y en el hábito.

Me refiero a que hubiera sido mejor no haber ido a ver la última película de Goran Pascalievich, pero se puede aplicar a muchísimos otros ámbitos.

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La lluvia, la vida

Con la Seminci se ha ido también la luz de este otoño final que tiñe de dorado las hojas y el espacio transparente en que el leve aire nos acaricia la cara y nos despeina. Aún no es el momento de los fuertes vientos que azotan ni de la lluvia intensa que no cesa, pero la luz se ha marchado a latitudes más cálidas y aquí ahora solo tenemos un día gris, que señala el torpor de la vida.

Pocas películas ha habido así en esta Seminci. No era necesario ni obligatorio que las hubiera. Incluso las más desgarradas que he visto en el festival, las dos finlandesas que he citado en la entrada anterior, están ambientadas en parajes bucólicos, donde la luz, fría pero intensa, a veces incluso cálida, envuelve a los protagonistas. Bien está que así sea, y que no caigan los directores en los viejos tópicos que, sin embargo, hacen la vida.

El cine finandés existe a pesar de Aki Kaurismaki

Del cine finlandés conocía al director Aki Kaurismaki, autor de la aburridísima Lenningrad Cowboys Go America (1989). Después de ese primer contacto y hasta esta semana último, con su cine, evité a Kaurismaki por todos los medios. Este año, por fortuna, la SEMINCI ha programado una pequeña sección en que han proyectado varias películas finlandesas. Aki Kaurismaki es – por decirlo de una manera rápida y algo reductora, lo sé – un cineasta posmodernos, en la línea de Jim Jarmusch, David Lynch o Pedro Almodóvar. Hay, como hemos podido ver en la retrospectiva, otro cine, un cine con peso, que trata, sin hacer vulgares chanzas ni tener un aire de ligera comedia crítica, temas nada complacientes: los fallos de los padres en lo que se refiere a sus hijos, el egoísmo de estos, las amistades y los amores, la manipulación de los demás: en resumidas cuentas, lo que hace que la vida sea eso, vida, guste o no.

Entre las que me han gustado muchísimo están Hyvä Poika (The Good Son), de Zaida Bergroth (2011) y Paha Pere (Bad Family), de Aleksi Salmenperä (2010). Lo que viene a demostrar mi teoría de que lo posmoderno solo ha logrado arruinar el arte, en este caso encarnada esa posmodernidad en Aki Kaurismaki.

Traducciones, equivalencias, naderías

Ocurre que me pierdo en las películas. Es cosa de los subtítulos. Escucho la película en su lengua original, cuando entiendo esa lengua, claro, y al tiempo voy comparando lo que dice con los subtítulos en español y en inglés o francés. Me puede la curiosidad de saber cómo se dicen las cosas – en concreto algunas expresiones idiomáticas, en otros idiomas, o me interesa saber cómo han traducido tal o cual frase. Así, cada dos por tres pierdo el argumento y no entiendosu evolución. En algunos casos, ayer por la noche, no importa mucho pues la película es previsible y ya intuyo, antes de que ocurra, por dónde van a ir los tiros. En otros casos, esta mañana, la crónica de la nada alargada de modo artificial que nos han inyectado se llevaba mejor con esos divertimentos lingüísticos.

Mentiras, decadencia, política

Este año han atrasado la hora justo antes de que la Seminci comenzara. Así, ya no veo surgir la luz silenciosa y decidida mientras me encamino al cine. Ahora, cuando salgo de casa ya es de día y el frío húmedo de la mañana temprana ya campea por las calles. He llegado temprano al bar y he desayunado y he leído la prensa, un vistazo breve a las críticas de las películas que ayer proyectaron en el festival. Hay quien dice que Nahid no es el nuevo cine iraní. Aquí hay un error de fondo: la expectativa, que se fue fraguando a principios de los años ochenta y quizás finales de los años setenta, de que todo tenía que ser nuevo: el nuevo cine alemán, la nueva narrativa española, la nueva sentimentalidad, … y así todo lo que caía entre sus manos. La revolución permanente… siempre mentira. La novedad se acaba y en algún momento, que nunca percibimos en presente, comienza la normalidad, la repetición, el pastiche.

De novedades, revoluciones y mentiras trataba la película de esta mañana: À peine j’ouvre les yeux. El despertar de una adolescente a la vida: sexual y sentimental, al tiempo que política después de que ocurriera la Primavera árabe, que aquí algunos saludaron alborozados, y que quedó en represión. La historia de los padres se repite en la hija: una lástima, sí, una verdad que no todos quieren aceptar ni mucho menos asimilar.

En breve me iré a ver el documental La décadence. Trata de las casas en que Iván Zulueta vivió: en San Sebastián y Madrid. Iván Zulueta ha sido el mejor cineasta de los últimos cuarenta años. El único verdaderamente personal. Demasiado inclasificable e inabordable para nuestra débil Posmodernidad – cada vez más débil, por cierto, mientras boquea entre ahogos de populismo programado con técnicas de mercadotecnia. Zulueta, casi el único cineasta español que se atrevió a indagar en los códigos cinematográficos para desmontarlos y volverlos a reconstruir a su manera. El único que tuvo el coraje de mostrar las costuras, los intersticios de nuestra sociedad y de la vida.

Enfasis, prosaísmo, vida

Nahid es una película que logra lo que hoy en día aquí, en España – hoy en día y en el pasado no tan remoto – es impensable. Nahid es una película ambientada en Irán en la que no aparece ni una mota de polvo del desierto ni el calor achicharrante de esas latitudes ni hombres con chilaba ni ninguno de los otros tópicos que los amantes del cine de los países no occidentales tanto aman. Todo ocurre en una ciudad de provincias, nos imaginamos frente al mar – que pensamos es el del Golfo Pérsico – mientras cae la lluvia fina del invierno y en las casas encienden pequeñas estufas eléctricas. Imaginémonos en España una película donde no aparezcan tópicos similares: bares de barrio, panorámicas de Madrid o Barcelona, tampoco el reniego de ser español – tan castizo, si no más, que el proclamarse español. Apenas hay: Arrebato y poco más. El casticismo y el costumbrismo son parte de nuestra esencia más honda e inerradicable.

Otra de las características que más me gusta – tan escasa por aquí igualmente – es que la rebelión de la protagonista por llevar una vida normal, por ser dueña de su vida, no está contada en tonos épicos. Imagínese el lector algo parecido en España: las flamígeras banderas ondearían feroces, y los claros clarines que mencionó Rubén Darío sonarían durante toda la película. El pueblo en armas – aunque solo sea el pueblo femenino – se alzaría heroico y decidido contra la opresión. La realidad, por el contrario, es más prosaica. Quien ha tenido que luchar sabe que hay que fijarse en los elementos pequeños del día a día: lo corriente, lo mínimo, lo común, lo necesario; la épica sirve para inflamar las cándidas almas de los espectadores pero no consigue ganar las batallas. Esto es aún más impensable hoy en día en España: estamos, como alguien dijo, enfermos de énfasis. El impulso épico de las películas se ha colado en nuestro imaginario y es difícil concebir algo que lleve solo el tono apagado, sombrío, polvoriento de lo cotidiano. En la lluvia se da el amor furtivo de la protagonista y los sucesivos desencantos de la vida. En la lluvia está el encuentro con el hijo y su desaparición: el marido del que se divorció y el hombre al que no puede amar en público.

El tono pausado, el ritmo medido, lo innecesario que no entra en la película. Cine escueto, sí, en el que se adivina solo el deseo por ser libre y nos deja sin una resolución cómoda, reconfortante, facilona.