Cambios y permanencias

20171228_51Estas fiestas ha habido un pequeño cambio en mis hábitos lectores. En los últimos solía leer alguna novela rusa, de Fíodor Dostoievski, León Tólstoi, Mijáil Bulgákov, un buen tocho, que se suele decir. Luego era normal que también leyera otra algo más liviana, casi siempre el último premio Anagrama.

Este año, sin embargo, no ha sido así. Comencé en el puente de la Constitución la relectura del Ulises de James Joyce y ahora despido el año leyéndome la extraordinaria biografía sobre Beethoven de Jan Swafford. En cuanto la acabe, que será pronto me daré a la lectura del segundo todo de las memorias de Luis Antonio de Villena.

Entre la continuidad y los cambios leves un va haciendo la vida, imperceptiblemente.

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Sin sentido al final

20171228_29.JPGSuponemos, por aquello del examen de conciencia que tan arraigado tenemos debido en parte a nuestra educación, que cuando se acerca el final de año debemos hacer recuento. Intentamos discernir en dicho examen las líneas de sentido que el año ha tenido. Sabemos que no es así, que la vida transcurre silvestre y montaraz y solo a posteriori nosotros intentamos que aquello que fue pura vitalidad tenga un sentido. Esto más o menos viene a decir que nos inventamos la teoría que nos permite imponer un patrón a lo que no es sino flujo libre sin motivo, orden ni razón. La teoría así se convierte en la coartada que justifica lo que es solo vida, o la excusa que nos permite imponer nuestra vision del mundo (por decirlo de algún modo).  Creo que el amor fati de Nietzsche es un intento desesperado de librarse de toda explicación teleológica de la vida. Es un dejarse llevar por los acontecimientos, conforme van sucediendo, sin orden ni concierto, sin razón ni sentido, solo porque así es la vida, y disfrutar en medio de ellos, saber apurar lo poco o mucho de felicidad que haya en ellos: algo que está muy cerca de la alegría de vivir. No tiene un por qué la vida, pero sí una passion, algo infinitamente superior a lo primero.

El sentido de un final se titulan una novela y una película. (No puedo dejar de lado la mala traducción del título, que no es sino un calco del original). Es una película pausada, melancólica. No en vano el personaje principal está ya cercano a la muerte. Es un recuerdo de lo que fue un momento de su vida, de los malentendidos que ahora, cercano el final, se despejan. Es también una película donde el protagonista se deja engañar, por sí mismo, es cierto, pero no por ello deja de ser engaño. Me queda la duda de si no indagó más en el tema porque no pudo o porque no quiso (y así los hechos confirmaban su hipotesis). Al final de su vida, una vida de la que nos dice poco pero intuimos que ha transcurrido sin pena ni gloria, el pasado vuelve a él, por arte de birlibirloque más que po una carambola del destino. Así se entera de que lo que él estuvo pensando durante varias décadas no fue de ese modo, y nosotros nos percatamos de una relación subterránea, oculta aunque sugerida también, sin que quede del todo despejada esa incognita.

No fueron las cosas como las pensamos ni tienen sentido cuando suceden. Es la necesidad de la teoría la que impone la pauta, el modelo o el canon rompiendo así con lo terrible del destino. No tienen sentido los finales y, en cualquier caso, son más excitantes los comienzos cuando todo aún está por suceder y podemos elegir el rumbo.

Noche de provincias

20171228_36.JPGPerfectamente podría sonar a esa hora la campana de la Audiencia, o de la Catedral; dos signos de la vida provinciana en la que la gente se suele acomodar con tanta facilidad por aquello de la reconfortante tibieza que da.

  Hay quien piensa que hoy en día el hereje es el que va contra la Iglesia, el Capitalismo o que su apoyo a los nacionalismos permitirá la masa crítica necesaria para vencer el orden establecido. Es, sin duda, otra de las manifestaciones de la vida provinciana.

Al saber de todos estos pienso en “El hombre de la multitud” de E.A. Poe, en Walter Benjamin, el Luis Cernuda, gente que supo, deseó y vivió la vida solitaria a la contra del provincianismo.

 

De libros y librerías

 

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_409.jpgHe visitado maravillosas librerías de segunda mano, atestadas de libros, libros en las estanterías, en el suelo formando un rimero que se alargaba de un extremo a otro del pasillo, pasaba a la habitación siguiente y allí continuaba hasta la otra. Eran montones de no menos de siete pisos, inestables, que atesoraban la Eneida, el Paraíso perdido y novelas del oeste firmadas con seudónimo. Las estanterías flanqueban los dinteles y las ventanas, cuando las había.

He paseado por pasillos estrechos porque las estanterías apenas dejaban espacio libre, y he saltado pilas de libros colocadas en medio de los pasillos y de las habitaciones. He sentido el calor de su presencia. Los libros, hay gente que lo ignora, son cálidos, quizás no lo sean todos para todos, pero siempre hay varios libros que te ofrecen un refugio, un descanso, un momento de cálido sosiego.

Recuerdo el invierno en que solía subir varios pisos de un inmueble viejo, con escaleras de madera que ya estaban combadas, hasta entrar en una casa que era sobre todo un inmenso pasillo que se abría a varias alcobas donde las viejas estanterías de madera soportaban el peso de varios millares de libros. Allí encontré una maravillosa edición en pasta dura de la obra casi completa de Joseph Conrad. Estaba escondida en unas escaleras cubiertas con moqueta, o varios volúmenes de los cuentos de Henry James en la edición que Leon Edel preparó, colocados en orden bajo un retrato extraordinario del autor.

En el sótano de otra librería – esta vez era una casa enorme la que servía de tienda – entre las paredes y las estanterías pintadas de blanco, sin ruido alguno que llegase allá – me pasé una hora larga hojeando novelillas de ficción científica, del oeste, de terror; las cubiertas roídas, los lomos ilegibles; a muchas de ellas las cubría una peliculilla grasienta. Estaba solo perdido en alguna de todas aquellas habitaciones de techo bajo que formaban el sótano.  Creo que ha sido la única vez que he salido de una librería sin comprar un libro.

Ha habido más, de muchas no recuerdo el nombre. Otras no se me olvidarán: beat bookshop, Aeon Books, Red Books, … Algunas siguen, otras han quebrado o han cambiado de lugar. Han ido dando libros que han acabado quién sabe dónde: lo mismo en Nueva York, que en Melbourne, o en Cambridge o Bath, en Valladolid o en Madrid, o en Buenos Aires, en algún pueblo perdido en las Tierras Altas de Escocia o de Soria, cerca del desierto de Mojave o en alguna casa aislada de Islandia o de Noruega. Nada de eso improta ahora. Allí están y alguien podrá leerlos una vez más.