Canción extraña

Voy releyendo en estos días previos al invierno algunos de mis autores favoritos, autores que, hoy en día, están casi olvidados, por elitistas dicen algunos y yo pienso que por cuidadosos con el lenguaje y exigentes con su tarea, también están dejados de todo cuidado porque fueron insobornables durante sus vidas.

Nathaniel Hawthorne y Wallace Stevens, escritores en quienes se aunaba el oficio y la inspiración, escritores, también, escondidos al menos durante una gran parte de su vida. Vivieron convencidos de su valía – aunque a veces dudaran –, sabedores de que tenían algo importante que decir a la sociedad, trabajaron a oscuras, a escondidas y en silencio, ajenos al ruido que muchos emitían a su alrededor.

No fueron personas dadas al aspaviento público. La elegancia de Stevens escondía una cierta reserva pública. El gesto ceñudo de Hawthorne nos indica el desencanto que mantenía hacia la sociedad, su afán por la soledad.

La soledad, sin embargo, al final, se paga. El alejamiento pasa factura y el escritor ve ante sí el blanco abismo del silencio y de la soledad, acaso el frío acerado del aislamiento. En algún momento Hawthorne llega a escribir: “The years, after all, have a kind of emptiness when we spend too many of them on a foreign shore. We defer the realities of life.”

El alejamiento, la soledad, aunque en este caso se refiera a sus años en Italia, crean un espejismo: la vida no avanza, se va volviendo extraña, y un ligero tinte de irrealidad comienza a cubrir nuestra vida. Esto suele ocurrir de manera inesperada, casi siempre una vez pasado el momento de euforia, cuando la rutina se instala en una vida que no es la de siempre. El tiempo se detiene aunque siga avanzando porque uno solo piensa en el entonces allá. Es el destino, el abismático destino del extranjero.

Stevens también escribe sobre su extrañeza, poética en su caso. El lenguaje, también en cierto momento, se vuelve extraño. Procede de un rincón de la mente, de su más lejano recoveco. Allí reside la canción extraña. Extraña porque rompe con los convencionalismos y con las ideas recibidas. El lenguaje extrañado tan parecido al que rondó a José Ángel Valente o a San Juan de la Cruz, el lenguaje que no puede dar cuenta del mundo, que procede de la zona última de la mente, donde el lenguaje aún no lo es.

En la soledad del despacho, a las cinco de la mañana de cualquier día, o a las nueve de cualquier noche honda del invierno en la costa este de los Estados Unidos, allá sentía Stevens que el lenguaje se adelgazaba, se diluía, se volvía extraño, al igual que a Hawthorne se le fue haciendo extraña la vida en la calidez de Italia.

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Cuarteto de cuerda

Suena en la tarde que ya se va despidiendo el cuarteto para cuerda nº 8 en do menor, op. 110 de Shoshtakovich. La tarde parece vacía, casi a punto de naufragar contra la costa oscura de la desgana, o del silencio frío del otoño tardío. En un principio la música parece que la acompaña, pero más tarde, sin previo aviso, la música se altera, aviva su ritmo, enrarece su expresión, la agita.
Las tardes de este otoño ya envejecido, extraño como ya casi todo va siendo en la vida.
Dice Tony Judt que es aconsejable tener un cierto sentido de la extranjería con respecto a los demás. Lo dice en su último libro, el de memorias que fue escribiendo mientras la esclerosis lateral amiotrófica lo iba deteniendo, lo deterioraba, lo volvía extraño a la vida. Él se refería a mantener una distancia afectiva para con los extranjeros 8una característica en que el sello británico se percibe). Yo siento que la extrañeza no es con respecto a lo desconocido sino con lo que me rodea. Con el paso de los años he ido sintiendo una extraña sensación de alejamiento de lo que tengo a mano. No son ellos; soy yo, que me separo, al igual que si hubiera embarcado en una chalupa, y me alejara de la costa mientras los demás han dejado ya de despedirme en su gran mayoría y han vuelto a sus quehaceres.
Es duro alejarse de la última costa. Algo parecido dijo Schelling. (Cito de memoria y sé cuán frágil es esta). De joven pensé que sí, que tenía que ser costoso desprenderse de todo aquello que uno ha sido, ha atesorado, ha disfrutado. Ahora, sin embargo, descubro que el alejamiento es paulatino, automático, y que la única dificultad reside en la rotura de los automatismos psicológicos, en la ruptura de las repeticiones que van tejiendo muestro día a día. Hay a veces la melancolía de lo que se quiso o se soñó pero no se consiguió. Hay la incomprensión por las derivas de algunos amigos o por los silencios de otros.
El mundo se vuelve extraño quizás porque nos encerramos en nosotros mismos, porque en algún sentido nuestra mente se calcifica o pierde agilidad o curiosidad. Existe la figura del curioso pernee, a veces casi profesional, que me interesó allá por la adolescencia. Quería estar enterado de todo. Creía con fervor que nada había más importante o interesante. Hoy en día me resulta inane, la pereza me gana con el solo pensamiento de tan banal necesidad.
Me encierro (quizás nos encerramos), y la extensión se ve compensada por la intensidad. En la tarde ya acabada los compases del cuarteto de cuerda llenan la habitación y se pierden en su ascenso hacia la alta ventana.