Banda sonora

Me sentaba temprano, a eso de las 9 de la mañana, con un té bien cargado. Luego, conforme avanzaba la mañana y el calor del estío aumentaba, me servía un té negro con mucho hielo y una rodaja grande de naranja. Trabajaba hasta las dos en que paraba para comer y luego, a las cinco, volvía al trabajo. Tenía que traducir trescientas páginas en dos meses, los de verano: julio y agosto. Luego, con la vorágine del curso no me sería posible. Había calculado el número de palabras que tenía que traducir ese día, y hacía todo lo posible por cumplir todos los días ese objetivo. Es verdad que es difícil, porque en una traducción hay fragmentos más o menos fáciles y otros enrevesados; enrevesados en el sentido de que no es fácil buscar la equivalencia en español.

La ventana estaba abierta. Soy capaz de concentrarme con el ruido de fondo de los coches, que por otra parte, tampoco es muy fuerte donde vivo. Además del fresco que entraba, en la habitación se colaba también el perfume de la fruta que el tendero de abajo colocaba en la calle como reclamo de paseantes y curiosos.

Durante todos esos días, que nunca fueron sesenta porque muchos sábados y domingos no trabajé, sonó música casi de modo ininterrumpido en la casa. Charlie Parker, sobre todo, pero también Dizzy Gillespie, Miles Davis, Duke Ellington, Charlie Mingus, todos los que había escuchado también en Estados Unidos años atrás mientras me encontraba investigando en la Universidad de Colorado en Boulder, y los que escucharía también al año siguiente en esa misma universidad, aunque en un apartamento diferente, mejor esa última vez.

Música a todas horas, casi tanta música como literatura, clásica en invierno porque siento que me abriga más – aunque esto, lo sabemos bien, es solo una percepción falsa. Jazz, son cubano y bossanova en verano porque parece que el ánimo está más predispuesto a esos ritmos. Cuando era un adolescente, siempre estaba deseando que llegase uno de esos veranillos – el de San Miguel o el de San Martín – porque así escuchaba a los Beach Boys durante unos días. Perdido en la niebla o rodeado de nieve, la música surf no me llamaba demasiado la atención, por no decir que no me la llamaba nada.

Dudo de si podría formar una banda sonora de mi vida, una banda sonora de mi educación sentimental con canciones como Salt Peanuts, Night in Tunisia, Ornithology, Moanin’, Take the ‘A’ Train o tantas otras. Es algo que en verdad no me importa. Me acompañaron, me acompañan, forman parte de mi vida aunque no son esa banda sonora. Aunque nada más sea por lo cursi de la expresión.

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Muelle de embarque

Desde el enorme ventanal contemplamos los muelles desiertos, Aquí y allá algunas personas – operarios les llaman – faenan con sus vehículos de arrastre y de carga. Son morenos, enjutos, de color oliváceo bastantes y pelo fosco. El sol cae a plano, o al menos eso parece desde la zona protegida y acondicionada donde esperamos que, de una vez por todas, después de los varios retrasos, salga el avión, o quizás mejor decir nave, porque avión en su origen significaba pájaro.

No hay vegetación, solo asfalto blanquecino pintado con rayas amarillas ya descoloridas. Los vehículos que pululan por las pistas de despegue y de aterrizaje así como por la zona de transición tienen extrañas formas paralelepípedas, llevan ganchos enormes en la parte trasera y mezclan con el blanco un color naranja chillón, al igual que los chalecos de seguridad. Más allá, imaginamos la fauna salvaje de la zona, quién sabe si de formas prehistóricas o muy avanzadas en la evolución de las especies.

Mos Eisley se llamaba el primer puerto de embarque que conocí, un lugar peligroso y nada recomendable, donde se juntaban todos los malos, aunque en el fondo de algún contrabandista hubiera un adarme de bondad. Allí se dirigió un pobre chaval pueblerino cuyo único horizonte hasta ese momento era la agricultura de secano. Allí saltó hacia otros mundos en una pirueta que impedía la vuelta atrás. Ya para siempre vagaría en naves interestelares por las rutas que solo los contrabandistas conocían.

Esperamos en la enorme sala donde se juntan las puertas de embarque de varias compañías. Apenas hay ruido, ni olores. El sol del exterior no nos afecta. Unos cuantos gorriones revolotean por la sala enmoquetada. Esperamos aún más.

Secuencia final

Escuchamos no muy lejos, como cada noche, el relajante canto de los grillos y el suave susurro de las hojas mecidas por el cálido viento nocturno. Más allá, aún habrá alguien en The Sink apurando la noche, entre cervezas o cócteles.

El verano ha acabado y ya no hacen fiestas ni carreras de coche en la carretera abandonada, ya ni siquiera se acuerdan de los leves romances veraniegos. Cada uno ha marchado a su destino: su universidad, su ciudad, …

John Milner aún pasea en su viejo Ford amarillo recordando los programas de Wolfman Jack y de un tal Alan Freed y su Moondog’s Rock’n’Roll Party, que, le han contado, la gente oía años atrás en otras ciudades, y también de un tal Dwight Philips, que radia su programa desde el hotel Cisca de Memphis.

Su coche, incansable, recorre las calles de la ciudad provinciana ya desierta, a lo lejos se oye un aullido y la voz fanfarrona de un vaquero que tripula un Chevrolet negro del 55.

Ya todo queda lejos, incluso el sonido del motor del coche.

Las sombras de una historia

Manuel Vilas escribe su libro Listen to Me, un libro, al menos atrevido y nuevo – nuevo entonces, no sé si hoy, aunque quizás, sí – con mucha mayúscula, cuando escribe, entre otros de Lou Reed, que según parece es su músico favorito. Son mayúsculas enfáticas, de esas que utilizamos cuando no estamos del todo seguros de la verdad o fortaleza de nuestras aseveraciones.

Es un recurso posmoderno – posmoderno de esta época nuestra, sí – un recurso en el que nuestras aseveraciones las reforzamos con el énfasis de lo mayúsculo, lo cursivo o la negrita tipográfica. Él sabrá lo que hace, pues es, al fin y al cabo, lo que hemos decidido que sea un gran escritor de nuestra época. (Esto es duro de aceptar pero uno es un gran escritor o no lo es, no por lo que escribe sino por el juicio de sus contemporáneos, así que los que no logran alcanzar el podio deberían reflexionar sobre su incapacidad para ligarse al jurado o al menos hacerles tilín.)

Énfasis y mayúsculas, escribía, y sin embargo, a mí lo que me gusta es lo contrario, la ausencia de énfasis (esa vulgaridad que es estar enfermo de énfasis, aunque todo sea un simulacro posmoderno): Una historia que ocurre sin que lo parezca ante nuestros ojos, o detrás de nosotros o tan lejos que quién sabe si ha ocurrido o si es verdad lo ocurrido, o al menos verosímil. Algo parecido a las notas que vamos dejando escritas en este cuaderno un tanto fantasmagórico.

Una historia americana vista desde los ojos de un español:

Et in Arcadia Ego

DSCF5094Por aquel entonces también teníamos la puerta de la casa abierta la mayor parte del día. Es cierto que una cancela guardaba la pequeña finca en que solíamos veranear y que el pueblo era pequeño, todos nos conocíamos y no había peligros mayores que algunas víboras sueltas o alacranes.

Cenábamos en el porche, y también solíamos comer si el calor no apretaba demasiado. Era finales de los años 70, unos años cargados de buenaventura e infinitas posibilidades, y que el adolescente que yo era entonces, o quizás ni siquiera eso, observaba con admiración y recelo, sin dejarme llevar por el momento ni rechazarlo de plano. También entonces vivíamos a los pies del monte – de la Sierra de la Nieves – y paseábamos por entre los olivares y almendrales y huertas cuando el calor – siempre el calor – no apretaba demasiado. Recogíamos algarrobas, que nunca comimos, y algunos higos chumbos, que sí que comíamos después de enfriarlos porque la sabiduría popular decía que comerlos calientes era malo. La sabiduría popular era, al igual que en otros lugares, equívoca pues a las serpientes solo las nombraba como bichas y la meningitis de una chica del pueblo la achacaba a haber comido almendras crudas calientes.

Íbamos al pueblo y veníamos de él varias veces al día: a comprar churros para el desayuno y ya de paso se los comprábamos a una tía materna que vivía en la plaza, a por el pan o la carne, a ver a los primos, a ver a fulano o a mengano, a pasear por las tarde por el pueblo, con la fresca y ya con camisa y pantalones (por la mañana vestíamos bañador y camiseta). Nada nos daba pereza.

Me gustaba levantarme temprano aunque no tanto como para ver el nacimiento del día, me apostaba en una tapia para ver hurones – si daba la casualidad que ese día pasaban por el camino, o víboras, o cualquier otro animal. Luego iba a comprar los churros.

Ahora, aunque no me aposte a la caza fotográfica de animales, la pereza sigue sin ganarme y no me importa acercarme a la Universidad en domingo para ir a la biblioteca, o para ir a por un café y luego la hogaza de pan, que aquí etiquetan como italiano, como tampoco da pereza subir más allá de donde vivimos – también en la falda de la montaña – para dar un paseo y pararnos en un café muy tranquilo y muy moderno dentro de que es una casa de montaña, toda de blanco, con un enorme mostrador de mármol blanco y una mesa alta con el azúcar, los varios tipos de leche, cubertería, servilletas y dos grifos para el agua: con y sin gas.

La atmósfera es tranquila, la gente lee o habla en voz baja, hay periódicos en la gran mesa que la gente coge y luego devuelve. Sirven unas pequeñas baguettes muy tostadas con jamón, hojuelas varias; nada que ver con las inmensas raciones que sirven en otros restaurantes. El aire acondicionado, de tan suave, parece que no existiera.

Supongo que quien lo dijo llevaba mucha razón: hay años, en la tardía infancia y pronta adolescencia que forman a una persona. A partir de entonces uno solo busca revivir, aunque sea en lugares distintos y muy alejados el paraíso que entonces descubrió.