El tiempo abolido

20171029_51Suena “Tears on My Pillow” de un disco que compré, años atrás, en Boulder, en una estancia larga. Fue un verano largo en Boulder, en el apartamento de la Universidad que ocupamos tan cerca de todo y al tiempo tan escondidos. Solíamos seguir el cauce del regato cuando íbamos a comprar, pasábamos por debajo del puente junto al carril-bici, cerca del campo donde entrenaba el equipo universitario de fútbol americano.

Los discos te acompañan durante tu vida, algunos te sobreviven; otros, sin embargo, de tanto escucharlos has de comprarlos varias veces. Ya sabemos que el uso es desgaste. Quizás el sueño de la duración casi eterna de nuestros objetos no sea más que un consuelo. Ahora, además, contamos con innumerables versiones del mismo tema. Podemos ocupar toda una tarde escuchando “Tears on My Pillow” en las versiones de innumerables grupos de música vocal. Fue algo muy popular en los años cincuenta y sesenta en los Estados unidos. Grupos de muchachos que se unían para cantar música, casi siempre romántica, utilizando fundamentalmente las armonías vocales. Se acompañaban de un piano y una batería, a veces un saxofón. “The Turbans”, “The Pastels”, “The Fiestas”, Frankie Lymon and the Teenagers”, “The Marcels”, “Maurice Williams and the Zodiacs” fueron algunos de ellos y “Simmy, Shimmy, Ko-Ko-Bop”, “Been So long”, Blue Moon” “In the Still of the Night”, “For your Precious Love”, “Why Do Fools Fall in Love”, algunos de los éxitos de verano que surcaron las ondas radiofónicas en los días de la segunda mitad de los años cincuenta y comienzos de los sesenta.

La historia – nos lo dijo Ezra Pound – no es sucesiva sino simultánea. Gracias a tan genial intuición pudo escribir los Cantares. Todo ocurre en el mismo momento; quizás, además, en todo momento. Así, la historia no es una sucesión de momentos fallidos, como podía pensar T.S. Eliot, sino un único instante que tiene lugar en cada momento. Esto que Pound propuso ha venido a cumplirse hoy en día, de un modo quizás degradado, con las posibilidades de almacenamiento y reproducción de música y de imagen. Podemos escuchar varios conciertos de un mismo grupo en los que la única diferencia reside en el orden de los temas interpretados y el físico, cada vez más avejentado, perdido ya el esplendor juvenil en los últimos, casi espectros de sí mismos. También podemos encontrarnos con la misma versión de un tema interpretado por infinidad de intérpretes. Quizás no haya mucha diferencia entre esas versiones pero sí que es sintomático que guardemos, y concedamos el mismo valor, a interpretaciones que se hicieron a mediados del siglo XX y a otros de inicios del siglo XXI. No transcurre el tiempo, o no podemos sentir de igual modo el transcurso, si no existen huecos temporales que no podamos rellenar. Hasta ahora así era con la historia. Quizás la técnica haya ayudado a esa tendencia al recuerdo inexorable de nuestro tiempo.

 

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Tan cerca, tan lejos

DSCF7086Despertarse temprano, aunque tampoco demasiado, vestirse, mirar por la ventana y ver que todo está tan cerca y tan lejos, al fondo el grandioso horizonte de las montañas nevadas. Hace un calor tibio, hogareño en la cafetería a la que me acerco, calle arriba, a tomar un té y un pequeño dulce de canela. La gente llega, se sienta en silencio, algunos esperan que lleguen sus amigos – las pequeñas tertulias del domingo por la mañana de un otoño o de un invierno perdido. Apenas hay ruido, solo conversaciones rumorosas, el sonido de las teclas de un ordenador o de las páginas de un periódico. Las blancas paredes y las mesas de madera barnizada.

Desde la ventana, todo tan cerca y tan lejos, me veo reflejado, congelado en el tiempo. Para siempre, quizás, sin posibilidad de que la imagen varíe.

Banda sonora

Me sentaba temprano, a eso de las 9 de la mañana, con un té bien cargado. Luego, conforme avanzaba la mañana y el calor del estío aumentaba, me servía un té negro con mucho hielo y una rodaja grande de naranja. Trabajaba hasta las dos en que paraba para comer y luego, a las cinco, volvía al trabajo. Tenía que traducir trescientas páginas en dos meses, los de verano: julio y agosto. Luego, con la vorágine del curso no me sería posible. Había calculado el número de palabras que tenía que traducir ese día, y hacía todo lo posible por cumplir todos los días ese objetivo. Es verdad que es difícil, porque en una traducción hay fragmentos más o menos fáciles y otros enrevesados; enrevesados en el sentido de que no es fácil buscar la equivalencia en español.

La ventana estaba abierta. Soy capaz de concentrarme con el ruido de fondo de los coches, que por otra parte, tampoco es muy fuerte donde vivo. Además del fresco que entraba, en la habitación se colaba también el perfume de la fruta que el tendero de abajo colocaba en la calle como reclamo de paseantes y curiosos.

Durante todos esos días, que nunca fueron sesenta porque muchos sábados y domingos no trabajé, sonó música casi de modo ininterrumpido en la casa. Charlie Parker, sobre todo, pero también Dizzy Gillespie, Miles Davis, Duke Ellington, Charlie Mingus, todos los que había escuchado también en Estados Unidos años atrás mientras me encontraba investigando en la Universidad de Colorado en Boulder, y los que escucharía también al año siguiente en esa misma universidad, aunque en un apartamento diferente, mejor esa última vez.

Música a todas horas, casi tanta música como literatura, clásica en invierno porque siento que me abriga más – aunque esto, lo sabemos bien, es solo una percepción falsa. Jazz, son cubano y bossanova en verano porque parece que el ánimo está más predispuesto a esos ritmos. Cuando era un adolescente, siempre estaba deseando que llegase uno de esos veranillos – el de San Miguel o el de San Martín – porque así escuchaba a los Beach Boys durante unos días. Perdido en la niebla o rodeado de nieve, la música surf no me llamaba demasiado la atención, por no decir que no me la llamaba nada.

Dudo de si podría formar una banda sonora de mi vida, una banda sonora de mi educación sentimental con canciones como Salt Peanuts, Night in Tunisia, Ornithology, Moanin’, Take the ‘A’ Train o tantas otras. Es algo que en verdad no me importa. Me acompañaron, me acompañan, forman parte de mi vida aunque no son esa banda sonora. Aunque nada más sea por lo cursi de la expresión.

Muelle de embarque

Desde el enorme ventanal contemplamos los muelles desiertos, Aquí y allá algunas personas – operarios les llaman – faenan con sus vehículos de arrastre y de carga. Son morenos, enjutos, de color oliváceo bastantes y pelo fosco. El sol cae a plano, o al menos eso parece desde la zona protegida y acondicionada donde esperamos que, de una vez por todas, después de los varios retrasos, salga el avión, o quizás mejor decir nave, porque avión en su origen significaba pájaro.

No hay vegetación, solo asfalto blanquecino pintado con rayas amarillas ya descoloridas. Los vehículos que pululan por las pistas de despegue y de aterrizaje así como por la zona de transición tienen extrañas formas paralelepípedas, llevan ganchos enormes en la parte trasera y mezclan con el blanco un color naranja chillón, al igual que los chalecos de seguridad. Más allá, imaginamos la fauna salvaje de la zona, quién sabe si de formas prehistóricas o muy avanzadas en la evolución de las especies.

Mos Eisley se llamaba el primer puerto de embarque que conocí, un lugar peligroso y nada recomendable, donde se juntaban todos los malos, aunque en el fondo de algún contrabandista hubiera un adarme de bondad. Allí se dirigió un pobre chaval pueblerino cuyo único horizonte hasta ese momento era la agricultura de secano. Allí saltó hacia otros mundos en una pirueta que impedía la vuelta atrás. Ya para siempre vagaría en naves interestelares por las rutas que solo los contrabandistas conocían.

Esperamos en la enorme sala donde se juntan las puertas de embarque de varias compañías. Apenas hay ruido, ni olores. El sol del exterior no nos afecta. Unos cuantos gorriones revolotean por la sala enmoquetada. Esperamos aún más.

Secuencia final

Escuchamos no muy lejos, como cada noche, el relajante canto de los grillos y el suave susurro de las hojas mecidas por el cálido viento nocturno. Más allá, aún habrá alguien en The Sink apurando la noche, entre cervezas o cócteles.

El verano ha acabado y ya no hacen fiestas ni carreras de coche en la carretera abandonada, ya ni siquiera se acuerdan de los leves romances veraniegos. Cada uno ha marchado a su destino: su universidad, su ciudad, …

John Milner aún pasea en su viejo Ford amarillo recordando los programas de Wolfman Jack y de un tal Alan Freed y su Moondog’s Rock’n’Roll Party, que, le han contado, la gente oía años atrás en otras ciudades, y también de un tal Dwight Philips, que radia su programa desde el hotel Cisca de Memphis.

Su coche, incansable, recorre las calles de la ciudad provinciana ya desierta, a lo lejos se oye un aullido y la voz fanfarrona de un vaquero que tripula un Chevrolet negro del 55.

Ya todo queda lejos, incluso el sonido del motor del coche.