Momentos previos

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¿Quién no se ha visto en una situación parecida?

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Los últimos fulgores

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Me despierto con la desagradable noticia, aunque no es una sorpresa, de la muerte de Chuck Berry. Chuck Berry fue, más allá de la fama y las lentejuelas, el músico que dio al rocanrol una forma reconocible, Su famoso fraseo de guitarra hizo del rock una música con identidad, algo que quizás hasta entonces le faltaba. Venía del blues al igual que tantos músicos pero supo encontrar el rasgo – al menos uno de ellos — que hizo del rock la música popular más potente del siglo XX. Keith Richards, Eric Clapton y tantísimos otros se arrimaron a su guitarra para aprender un secreto que solo se enseñaba en las salas de conciertos.

El viernes por la noche, sin ni siquiera imaginar que Chuck Berry iba a morir unas horas después, Burning estuvo en Valladolid, en un concierto que duró unas dos horas y medias y no tuvo ni un segundo de bajón. Llevan desde finales de los 70 los Burning, con muchas vicisitudes, pero con el ánimo, a pesar de todo, bien alto. Hacen un rock clásico muy personal. Algunas de sus canciones han atravesado el estrecho círculo del rock y son conocidas por eso que se llama el gran público. Hoy como entonces hay quien se escandaliza por sus letras. Entonces eran señoras de clase media, hoy, por lo visto, son las jóvenes que van a hacernos la revolución, pero ignoran que la revolución ya la hizo Burning, por suerte para todos nosotros.

Burning supo aprender de Berry, quizás por eso sean tan grandes. Berry llevaba el germen del rocanrol – con permiso de Elvis Presley, Eddie Cochran y Gene Vincent – y quienes tuvieron en cuenta sus lecciones fueron capaces de hacer gran rocanrol. El rocanrol es, nos guste o nos fastidie, música del siglo XX, lo de hoy son los restos que quedan de un incendio, los últimos fulgores. Aunque aún nos quede para un rato de pasárnoslo bien. Al menos nuestra vida fue bastante menos aburrida gracias a gente como Chuck Berry y los Burning.

 

La urgencia de vivir

A la edad en que la genta se jubila, o lleva jubilada y al sol al igual que los lagartos en la primavera tardía, Johnny Burning ha decidido subirse una vez más aun escenario y grabar un concierto de más de dos horas de Burning, una de esas escasas bandas a las que el calificativo de rockeras le sienta como un guante y no es mentira ni pose.

Casi dos horas y media de rocanrol grabadas un 9 de mayo, aniversario de las muertes de Toño y de Pepe Risi. Algunos podrán escribir la historia de Burning contando los muertos. Yo prefiero hacerlo – sin olvidarlos – contando las canciones que durante cuarenta años, toda una vida mucho más agradable gracias en parte a ella, me han acompañado, he tarareado, gritado, cantado, qué sé yo. (Algunos caerán en la cursilada y hablarán de la memoria sentimental de sus vidas, en fin.)

Canciones que son tiempo, el que se nos ha fugado mientras vivíamos, el que está en las mismas canciones, la urgencia por vivir al saber que mañana nada es igual, y que no siempre existe un mañana. La urgencia de vivir, que para algunos fue rapidez en el morir. La necesidad de apurar cada segundo de cada vida. Las ganas de vivir. Tan lejos del aburrimiento de los jubilados.

Toda una vida

40 años son muchos años, una vida adulta, despojada de las excrecencias de la pubertad, la adolescencia y la primera juventud: un ideal, en el fondo. 40 años son los que celebran Burning este año, 40 años de carretera y del mejor rock que se ha hecho en España, y al paso que vamos, que se hará nunca.

Vinieron a Valladolid, Ciudad del Paraíso, en Ferias y no fui. No me apetece lo más mínimo aguantar a la gente de fiesta en las ferias municipales y espesas, ni tampoco unirme a la trupe de viejos rockeros con camiseta negra deslucida, rostro abotargado, pantalón desteñido y coronilla despejada, cuando no directamente calvo.

A partir de una cierta edad uno ha de retirarse, ha de vivir entre las sombras de los edificios y las callejas, no presumir de seguir siendo el mismo que era a los quince años (más que nada porque solo revela una estulticia moral densísima), y buscar refugio en algunos locales de gente compasiva, en tu misma situación. La edad mata lentamente y el que no se percate es un pobre invidente.

Los Burning vinieron y yo no fui porque ya no soy aquel ni estoy para aguantar ni a jóvenes ni a viejos rockeros. Los escucharé, sí, en mi casa, en el salón, y acaso, cuando vengan a un recinto cerrado y haya que pagar una entrada, y seamos todos viejos, derrotados y calvos, vaya a verlos, como si fuera un pase privado.

Al final, lo que la vida deja es un desdén enorme por las multitudes y las opiniones compartidas y las sandeces municipales. Así soy. Así seré.

Antipolítica

“Sábado noche con mi chica voy a salir”, dice inmortal la canción. Cualquiera que casi haya alcanzado la cincuentena con un mínimo de sentido común y vergüenza torera, sabe que la frase, por mucha aventura que prometa, a esa edad ya no es sostenible, a menos que se quiera hacer el ridículo.

Entre otras razones porque, y sigo con la canción de manera oblicua, la muerte deja de ser un acontecimiento para convertirse en un suceso cada vez más cotidiano. Hace un par de días ha fallecido B.B. King y ya no es sorprendente, al contrario que sí que lo fueron las de Toño y años después, el mismo día, la de Pepe Risi. Pero entonces la edad era aún tierna e ignorábamos lo versos finales del poema de Gil de Biedma:

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Es primavera, pero no temprana y el calor es quizás demasiado intenso para estos días. La luz entra a raudales, casi ya dañina para las pupilas sensibles. Anuncia el tiempo que viene, el de una naturaleza en plena madurez. Es demasiado para los que preferimos los inicios, los tiernos brotes verdes, el asombro de lo que comienza, como recuerdan los versos de William Carlos Williams.

Una costumbre que no podemos eludir, eso y poco más. Suena en tocadiscos el primer disco de Burning. Puede parecer poco pero es más que suficiente cuando sabes lo que hay y entiendes que casi todo lo otro es vanidad, deseos de poder, miedo a la lucidez.