Eduardo Fraile


Al poeta lo veo de vez en cuando, por la calle, en esta ciudad tan seca e inhóspita para gente que desee algo más que subsistir. El paso siguiente, necesario, ineludible, quizás también triste es preguntarse qué es un poeta, y si ese señor que camina con aire abstraído, con gesto huidizo y ademanes sincopados, podría serlo y por qué, si acaso en el maletín negro que balancea guarda la esencia de eso que llamamos poesía y que cada vez es algo más indeterminado, borroso y mortecino.
La poesía, todos lo sabemos, se está extinguiendo. Quizás haya ya desaparecido y lo único que nos quede sean los rastros débiles de una actividad que entonces tenía sentido, pero que ahora no pasa de ser una infantil actividad museística reservada a los espíritus incapaces de enfrentarse con el mundo. O eres contratista o te dedicas a la poesía. Ese es nuestro destino, el ácido y lúcido destino de los vencidos antes de entrar en batalla.
Aunque quizás el poeta, Eduardo Fraile, desconozca el torrente de pesimismo que arrasa las calles de una ciudad que no es ni suya ni mía, una ciudad que no es de nadie, pues si lo fuera no la maltratarían con tanta mala saña. Quizás por eso es capaz aún de pasear un maletín negro, dibujar dedicatorias y escribir poemas que hablan de un pasado, el suyo, pero que podría ser el nuestro (lo es en cierto sentido más allá de la pura literalidad).
La poesía, claro, el juego, y el recuerdo, la risa y la melancolía, el tiempo que ya se nos ha escapado (y la meditación triste que nos provoca) y las ligeras variaciones sonoras que confunden y revelan los significados.
Fraile se queja de los pocos poetas elegantes que ha habido en este siglo ya pasado. Quizás sea el de los últimos, entre los elegantes y los poetas, que atraviesen el nuevo siglo.

La fotografía es de Ángel Arribas. Se titula “Investigación de la verdad” y está basada en el poema “Quién mató a Kennedy y por qué”, del libro de Eduardo Fraile de título homónimo.

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