Resentimiento

Esta mañana, mientras iba en el autobús, he visto a una madre con cuatro hijos: dos niñas y dos niños. A los niños, en realidad solo al menor, los ha despedido al final del cruce, le ha dado un beso en la frente y se ha dado media vuelta a descruzar lo cruzado para, supongo, llevar a las niñas al colegio. Los chavales se han acercado a un banco. El mayor tenía aire cansado, de estar harto de la situación, y se ha sentado. El menor, con sus pantalones cortos grises en este invierno que ya va siendo inclemente, y el pelo rapado casi como un niño de hospicio, se ha quedado de pie. Un poco más allá esperaba otro niño el autobús que los llevaría al colegio, supongo.

Esto no es metáfora de nada, es una escena cotidiana de un mundo que sigue mientras, parece, en las alturas todo se confabula para que reviente. En estos tiempos nuestros, sin embargo, el estallido no es cosa de las élites (o elites) sino del pueblo que vota y elige a los más incapaces mientras ensalivan (o babean) con las promesas de los programas populistas.

Nunca seremos todos ricos, ni guapos, ni se nos quitará a todos la halitosis, pero sí que podremos ser todos pobres y volver a pasar hambre y padecer raquitismo (que lo hubo aunque lo hayamos olvidado.)

Canalla

Veo un programa de televisión, otro más, sobre las elecciones presidenciales americanas. Hay miedo a que salga elegido Donald Trump. Hillary Clinton no gusta mucho pero Trump espanta a la gente. Eso dicen. No es algo irracional ese rechazo a Trump por parte de una clase media más o menos ilustrada como tampoco lo es que la clase trabajadora empobrecida lo apoye. Es lo que tiene el populismo.

De todas formas, lo que me interesa, a pocos días de que Donald Trump pueda tener el número necesario de delegados que lo puedan hacer Presidente de los Estados Unidos, es una cita de Slavoj Zizek, el canalla Zizek. Dice esto en su artículo “Over the Rainbow” que, aquí publicó El viejo topo y también la editorial Acuarela como epílogo a ¿Qué pasa con Kansas? Al final del artículo escribe:

Aunque, como es lógico, un representante de la izquierda radical debería apoyar, en el contenido concreto de gran parte de las cuestiones en disputa, la posición progresista (a favor del aborto, contra el racismo y la homofobia), no se debe olvidar que, a largo plazo, es el fundamentalismo populista [se refiere al populismo conservador americano, de raíz religiosa y anarcocapitalista], y no el progre, el que constituye nuestro aliado.

“Cuanto peor, mejor”, es el resumen. Si la mayoría de la sociedad vota a Trump (por poner el ejemplo de estos días) esto hará que la situación de la mayoría de la sociedad empeore: económica, social, jurídicamente, …, y se levanten en armas contra el poder establecido. Es la misma verborrea canalla responsable de las grandes matanzas del siglo XX: URSS, la China de Mao y los Países del Telón de Acero, y la que hace que hoy Zizek diga que su aliado a largo plazo es el fundamentalismo populista: Trump o Marie Le Pen. Desde luego en Europa, la izquierda radical y la derecha fascista son aliados. Son muchos los puntos en que coinciden y que votan juntos en el Parlamento europeo. Tampoco es nada raro. El 23 de agosto de 1939, nazis y comunistas firmaron el pacto de no agresión, más conocido como pacto Ribentrop-Molotov.

Quede constancia del lugar moral de la izquierda radical.

Patria

En España, la palabra patria, con el significado moderno, comenzaron a usarla durante la dictadura de Primo de Rivera. El dictador quería crear una conciencia de identidad nacional que se opusiera a la identidad agónica y liberal del período anterior. Para ello sustituyeron la palabra nación, de claros tintes liberales, por la de patria, a la que, aún desprovista de significado, le añadieron matices conservadores. Es también este el momento en que los toros se convierten en la expresión del pueblo español; lo mismo le ocurre al flamenco. Y el estilo arquitectónico nacional se decide que sea el neomudéjar. Como se ve, muchos de los rasgos que la gente cree que surgieron durante el Franquismo, tienen su origen en la dictadura de Primo de Rivera, una etapa en muy conservadora, y en la que el sentimiento crítico de pertenencia a un país se sustituye por otro sentimiento acrítico y sentimental.

Ahora PODEMOS retoma el sentimiento y el concepto de patria. ¡Y luego dicen que no son reaccionarios!

Canallas y patéticos

Por aquello de querer entender el mundo, estoy estos días leyendo ¿Qué pasa con Kansas? De Thomas Frank, un libro en el que el autor intenta explicar por qué un estado que votaba a los demócratas, vota ahora a los republicanos (como por cierto ocurre cada vez con mayor frecuencia en Francia, donde barrios obreros enteros que en los años de 1970 estaban bajo la égida del poderosísimo PCF ahora votan al Frente Nacional.) Para intentar comprender ese corrimiento ideológico, digo, comencé a leerme el libro de Frank (que aún no he terminado). Comencé, sin embargo, como tengo manía de hacer por el final, por el epílogo de Slavoj Zizek, filósofo, radical según él mismo, sobrevalorado, posmoderno en el peor sentido del término, y que en dicho ensayo “Over the Rainbow” (publicado años atrás en El Viejo Topo) viene a decir que el aliado natural de la izquierda radical es la derecha radical populista norteamericana.

El razonamiento, absurdo y canalla, parte de la premisa, falsa, de que las ideas de los republicanos populistas, si se llevan a la práctica destruirán el capitalismo y con ellos los Estados Unidos, tal y como los conocemos hoy en día. Es falsa porque apoyar las ideas de tales populistas no servirá para aumentar las contradicciones de la sociedad capitalista (idea que es recurrente en las ensoñaciones de los marxistas, si no que ayudarán a consolidar un sistema de clara regresión social). Canalla porque para derribar un sistema – el capitalista – hay que poner al timón a gente que considera que las personas han de orar y trabajar, creer que todo es designio y diseño divino, que el uso de la fuerza reside en el individuo, y tantas otras cosas.

Después de leer este panfleto, uno entiende mucho mejor el apoyo, a veces tácito, a veces colaboracionista que la izquierda radical presta al gobierno teocrático de Irán. Y recuerda cómo Marx advertía que no todas las revoluciones eran los mismo, que algunas ayudaban a avanzar y otras eran regresivas. No cabe duda de que Marx es hoy solo una chapita, una insignia de la que se adornan cuando les interesa a estos radicales de izquierda. La realidad es que han adquirido los modos e ideas de los populistas americanos, y van por el mundo haciendo gala de ello.

Conservadores, dijeron, señalando a los otros

Si hay una organización conservadora en el mundo hoy en día, esa es la izquierda revolucionaria. Siguen anclados en el discurso de principios del siglo XX, siguen anclados en las formas de entonces, de la Revolución de Octubre, que luego se repitió en los golpes de Estado en las países bajo la influencia de la URSS, en la Cuba castrista y en la Venezuela de Chaves, su sucesor nombrado a dedo, Maduro, y los que vengan.

Bien se puede observar en este artículo de Rafael Fraile G., tan inflamado de arder revolucionario y crítica constructiva que no parece percatarse de los anacolutos ni de las faltas de ortografía o tipográficas. ¡Qué importan esos resabios burgueses cuando la Revolución está al alcance de las manos!

Mientras leía el artículo, me invadía a partes iguales la morriña – por aquello de que parecía que estuviera leyendo un ejemplar de El viejo Topo de finales de los años 70, o la crónica de algún exultante castrista sobre cómo superan las dificultades derivadas del pensamiento burgués en la isla – y la fatiga de ver que en un siglo no han avanzado nada y que siguen con las cartas abiertas llenas de crítica constructiva, la lealtad al proyecto revolucionario, la denuncia de los traidores, del pensamiento pequeñoburgués y revisionista, y la llamada a la vuelta a la pureza revolucionaria (en la línea de los primeros puritanos que llegaron a América).

En fin, que, como ya he observado más de una y más de dos veces, no es revolucionario ni progresista aquel que más lo proclama, y que hemos de andarnos con mucho ojo sobre todo dentro de eso que llaman la izquierda revolucionaria. Ahora que no es marxista y sí populista (más aún de lo que lo fue en décadas anteriores), el conservadurismo y la demagogia se han desatado. Esto, de más está decirlo, es una maravillosa poza en la que pescar las truchas del desencanto y el resentimiento.

La casta científica o de cómo algunos pretenden controlar la masa mediante la superstición

La superstición, de la cual las religiones establecidas son sola una mínima parte, creen que la ciencia basada en la razón no tiene base epistemológica suficiente como para que las personas podamos afirmar verdades basadas en la experimentación. Para estos supersticiosos, tiene más valor las afirmaciones de brujos de aldeas africanas que dicen que la única manera de curar el sida, por ejemplo, es un cocimiento de raíces y no los fármacos desarrollados en laboratorios mediante el método de ensayos clínicos. A estos supersticiosos les vale más la tradición transmitida oralmente que lo probado mediante la prueba, el error y su corrección. Lo que dijeron los antepasados, los dioses del lar, los brujos y los jefes tribales están por encima de la razón.

A nada que uno hable con ellos para entender cómo son capaces de apoyar la superstición, la superchería y desprecian el ejercicio de la razón, se entera uno de que lo hacen movidos por un deseo de no dar más poder ni dinero a las farmacéuticas. La ciencia es una arma política, dijo Michel Foucault, y así lo llevan a cabo estos supersticiosos. (Por cierto, Foucault que negó siempre la existencia del sida, murió de él.) Por no dar dinero a las farmacéuticas, prefieren deslegitimizar los avances científicos. Imagino que en pleno siglo XIX estarían en contra de la experimentación para obtener la penicilina y que a finales de los años 50 y primeros 60 en España habrían estado en contra de poner la vacuna contra la poliomelitis a los niños españoles.

Para disimular lo irracional de su postura y las inhumanas consecuencias que tendría, explotan el resentimiento. (Hoy en día si quieres tener éxito, has de excitar el resentimiento de las personas) Y así, hablan de la casta política.

En fin, que vamos de mal en peor. Yo a estos les propongo que suban al último piso del Empire State Building, voten en asamblea la inexistencia de la ley de la gravedad. (Al fin y al cabo, Newton, su descubridor, era un firme defensor de la monarquía y del orden establecido.) Y una vez aprobada por unanimidad su inexistencia, n vez de bajar en el ascensor, salgan tranquilamente por la ventana.

(Nada de esto, al final, es demasiado nuevo. En la época de la Ilustración ya hubo enfrentamientos entre los enciclopedistas científicos al modo de Diderot y los retrógrados supersticiosos; o, más tarde, en la URRS.)

La casta científica

El científico de la casta

El científico de la casta (II)