El tiempo en suspenso

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El tiempo en suspenso. Esa es la sensación que he experimentado al ver las fotografías de Elger Esser. Son fotografías muy pensadas en las que la composición ha sido cuidada al máximo, en las que los colores, a veces reducidos al blanco y al negro en umbrales altísimos, y otras veces casi desvaídos dentro de la gama de lo sepia, procuran una sensación de calma al espectador.

Hay algo de irreal, de un tiempo ya perdido en sus fotografías de la costa escocesa o la de los Países Bajos. A las grandes extensiones las acompañan algunas casas, que acentúan la sensación geométrica y de lejanía, la sensación de estar ya más allá del tiempo.

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Creyentes

Decía Manuel Vázquez Montalbán que acostumbramos a revisar nuestras ideas políticas un par de veces en la vida: la primera a eso de los veinte años, la segunda – la última – cuando rondamos la cuarentena. A partir de entonces, no hay manera de que, en general, la gente ponga en tela de juicio lo que piensa. Somos un país de creyentes. Una vez hemos votado a un partido, continuamos votándolo hasta el final, haciendo gala de una absurda fidelidad a lo que no es sino nuestra incapacidad para evaluar críticamente las ideas al ponerlas en práctica en la vida. Creyentes escolásticos, poco más somos.

Quizás por eso no me sorprende demasiado cuando algún domingo por la tardía mañana – que ya es mediodía temprano— paseo por la ciudad y paso cerca de algún bar de rockeros. Camiseta negra con letras impactantes y colores fuertes, los pocos pelos que aún mantienen en guedejas desgreñadas, Ray ban negras que ocultan pupilas dilatadas o párpados caídos, mandíbula en que asoman las incipientes cañas de una barba que solo será eso.  Son veinte, treinta años de oficio, iguales siempre, fieles a una imagen que se desvaneció como todo desparece destruido por el tiempo. Es mejor no darse por aludido, mirarse en el espejo y seguir viendo aquel que fuimos con veinte años. Dijo el poeta:

[…] sombras entretejidas,
príncipes o nereidas que el tiempo destruyó.
Que pureza un desnudo o adolescente muerto
en las inmensas salas del recuerdo en penumbra
¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces, y por qué. ¿Es más verdad,
copos que os diferís en el parque nevado,
el que hoy así acoge vuestro amor en el rostro
o aquel que allá en Venecia de belleza murió?

Diferimos el tiempo y seguimos viviendo en la fantasía de lo que quizás fuimos pero ya nunca más seremos. Símbolos que aluden a la imaginación y no al entendimiento.

Adiós al ayer

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Han cerrado los cines Roxy. Cuentan ahora quienes saben del pasado de esta ciudad que abrieron en 1936. Entonces solo tenía una sala, con su patio de butacas y su gallinero. Luego, eso ya lo vi yo, cerraron el gallinero y pusieron allí otra sala. Así pasó de ser el cine a ser los cines. Yo no tenía costumbre de ir mucho. Eran películas comerciales que, la verdad sea dicha, me llamaban bastante poco la atención. Sí lo frecuentaba durante la Seminci, desde que, por fortuna, el director de esta decidió que se proyectaran en los Roxy las películas estrenadas el día anterior en el Calderón. Era un cine cómodo, sobre todo arriba, que tenía el encanto de lo moderno que se ha vuelto antiguo. Incapaces como somos de ser siempre modernos, nos fascina eso moderno que ahora es ya antiguo, mejor aún si es quincalla.

Hay ahora, en le periódico, en la calle, un ambiente algo pesado de lamento en sordina, de luto por el cierre de un cine, cuando lo que cierra no es solo una sala de proyecciones sino un modo de vida que mucha gente ha abandonado. Hay quien se lamenta de las pocas salas que quedan en el centro de la ciudad y de que casi todas estén en el extrarradio o en algunos pueblos del alfoz. Al fin y al cabo, no es de extrañar. La gente prefiere pasar la tarde en un centro comercial, deglutir una pizza o una hamburguesa con su ración de fritanga y luego descansar en el cine que otras variaciones de ese mismo plan sabatino. Podríamos ir a cenar a un restaurante o a un bar de pinchos que ofreciesen platos y tapas bien cocinadas, con buenos producto; podríamos beber una cerveza buena o un vino, o simplemente agua; podríamos ir a ver una película con una cierta calidad, sí, pero preferimos la comida de franquicia, la bebida carbónica de color oscuro y la película que es exige poco pero es taquillazo mundial.

La gran ilusión se titulaba una novela de Miguel Sánchez Ostiz que trataba de la desaparición de un cine (ya entonces). Luego han venido otras: novelas, películas, que nos han contado la irremediable decadencia del cine, de una forma de ver cine y de entender la vida. Hay quien aún no se ha enterado que la cultura es algo que depende de la técnica y de nuestras costumbres, que la cultura no es eso que vemos en los museos o en las salas de concierto.

Hay quien quiere hacer la épica y la lírica de la desaparición de un mundo sin entender que nada hay permanente, que el tiempo no es una emulsión en la que permanecemos suspendidos. La cultura es vida y se transforma con nosotros. Lo que a nosotros nos vale nunca habría sido para nuestros padres, como Campoo lo es para nuestros hijos.

El fugitivo tiempo huye de nosotros, y algunos solo ven la negrura del vacío dejado. Otros advierten el resplandor a veces insoportable de lo que el tiempo alumbra, y el tiempo comerá.

 

El tiempo y el placer

Ya queda poco tiempo. Poco tiempo para las vacaciones. Es un tiempo ajetreado aunque uno ha logrado ir librándose de todos los compromisos sociales que nos rodean. No de todos, claro, que esos ería llegar al nirvana o al paraíso, pero al menos, sí de muchos. Sin cenas de trabajo, ni comilonas con los amigos de dos días al año. Me gusta comer, disfruto con ello, lo reconozco, pero también sé que la maratón que nos espera, cuatro comilonas en una semana y el remate del Día de Reyes, me agota. Si por mí fuera, comeríamos menos días y el menú sería menos abundante y habría algunos alimentos más exóticos, de esos que vienen de lejos y nunca probamos por su lejanía o por su precio prohibitivo.

Pero lo mejor de estas vacaciones es el tiempo: el mal tiempo meteorológico que me tiene metido en casa y el tiempo horario que aprovecho en leer grandes obras, como Fiodor Dostoievsky — otro año más– o las conversaciones de Eckermann con Goethe.

Un tiempo para encerrarse, para disfrutar leyendo al abrigo de la manta o en la cama mientras la gente se afana en comprar regalitos, en beber espumoso o en comer y comer. En casa J.S. Bach y libros inacabables, inabarcables. Placeres infinitos apenas costosos.

Luciérnagas tecnológicas

La sala la alumbraban las nuevas luciérnagas tecnológicas: la gente que, aburrida,  no cesaba de consultar su móvil de última generación con pantalla de no sé cuántas pulgadas – nos iremos olvidando de los centímetros poco a poco – porque ya no hay paciencia para prestar atención a una película lenta, demorada, en la que la imagen tiene una grandísima importancia y apenas hay trama o aventura o sucede poco, muy poco, de cara al mundo porque el mundo interior es inmenso.

Las nuevas luciérnagas, que van al cine a hacer lo mismo que podrían hacer fuera de él, estar conectados sin pausa a una sección concreta y mínima de la vida exterior. Al cine se va, siempre se iba, a desconectar, ahora no. Ahora la conexión continúa en todo momento, sin que nadie piense en que, a lo mejor, al del asiento vecino sí le interesa la película y la lucecita de la pantalla móvil le deslumbra.

No hay paciencia: y lo venden como lo moderno. Hay solo gratificaciones instantáneas y pasajeras, una detrás de otra, en tropel para que no podamos valorar, calibrar, elegir las que merecen la pena o no.

El cine: uno de los pocos lugares donde el tiempo transcurre si prisa, amenazado por las modernas luciérnagas tecnológicas y la falta de paciencia de cada vez más gente.

Por cierto, la película que disgustó tanto se titulaba I’m the Same, I’m an Other y es muy buena: es poética pero nunca cursi, y eso el público, claro, no lo entiende ni lo valora. ¡Ay!, la cursilería de los que se tienen por poéticos.

Sin tiempo

Comienzan las clases y el tiempo se acelera, se pierde entre los intersticios que se crean entre clase y clase. Antes, apenas hace una semana, el tiempo era infinito. Ahora, ya no hay tiempo, falta, se evapora.

Las clases son una actividad que absorbe totalmente. Me imagino que como tantas otras, pero, al menos yo, solo me doy cuenta de cuánto dura el tiempo — poco, muy poco –, cuando empiezo la temporada de clases.