Crepúsculo

Hay hechos que son, en un primer momento, un alumbramiento. Parecen contener en ellos el germen de lo nuevo, de la oportunidad que se nos da por primera vez, o incluso por segunda o tercera. Así ocurre, a veces con las parejas que, divorciadas, vuelven a rehacer sus vidas con otras personas. Hay en ellos algo de luminoso que los acompaña durante algún tiempo. También en la ocasión de un nuevo alumbramiento, como el mismo nombre dice inequívocamente, aunque los padres hayan ya cruzado la barrera de la edad convenida o recomendada.

Hay también otros que desprenden luz pero que están teñidos del halo crepuscular que señala el tiempo que se va acabando. Hay grandes obras en la historia que han sido concebidas o ejecutadas cuando ya el tiempo del artista como tal declinaba. Las rodea esa aura blanquecina, desteñida diríamos, que emana de lo que ya ha cruzado más de la mitad de su existencia. La luz, que no tiene por qué dejar de ser cegadora, anuncia, al mismo tiempo, su ocaso. La grandeza deja entrever el final que se acerca irremediable. Algunas de las más grandes obras artísticas tienen esa característica. Otras, empero, van alejándose por el final del pasillo en penumbra conforme el resplandor se va apagando y el sonido queda amortiguado por el ruido de pisadas lejanas que no logramos ver.

Trueno

Siempre había echado en falta alguien como Thomas Bernhard en la literatura española, o más bien, en el panorama contemporáneo de la literatura española. Me desagrada tanta amabilidad general, tanta comprensión de unos con otros, tanta amistad. Los pocos que critican suelen ser periodistas o escritores mediocres cuya mejor suerte vendrá con su olvido.

Soñaba con un escritor de fuste, alguien que tronara contra la estupidez que nos ahoga y a la que, por lo visto, hemos logrado adaptarnos y hacerla parte esencial de nuestro ecosistema. Un Thomas Bernhard, como ya he dicho. Claro que Bernhard provenía de Austria, un pequeño país con una historia no resuelta por aquello de su rápida anexión por parte de la Alemania nazi, los fantasmas de los mismos que aún vagaban en vida del escritor, y otras razones menores que abundaban en lo mismo.

España, por el contrario, había cambiado. Por arte de birlibirloque había dejado de ser franquista para convertirse en demócrata de pata negra y nueva rica admitida en la Sociedad de Sociedades Opulentas. (Resultó con el tiempo que la riqueza se quedó en oropel y que eso de la libertad individual siguió estando muy mal vista.)

Un discreto hombre, sin embargo, se empeñaba en mostrarse arisco. Pertrechado con una educación exquisita, aquel buen hombre, que iba por libre y tenía la costumbre de dar a la imprenta novelas que iban convirtiéndose en algunas de las mejores de su época 8que es la nuestra), se negaba a participar en la hoguera de las vanidades hispana, sin que por ello fuera un amargado, resentido o demagogo vociferante. Es más, solía tener la costumbre de no elevar demasiado el tono sin por ello dejar de hablar con meridiana claridad.

Ya he dicho que me habría gustado que en España hubiera un escritor tronante, jupiterino, que nos arrojara rayos y centellas. Nos hemos quedado en un señor de educación irreprochable que sabe rechazar un Premio Nacional de Narrativa al tiempo que se disculpa ante el jurado por el rechazo y desaparece sin enfangarse, al contrario que otros, en las luchas posteriores y en el griterío de patio de corrala en que solemos perder el tiempo y otras cosas.

La banalidad del mal

Había dicho que hablaría de dos películas (alguna más tendrá aquí un pequeño lugar) que he visto en la Seminci. Son Hannah Arendt y Barbara. Dos nombres propios para una misma historia heróica, el empecinamiento de dos mujeres en enfrentarse a los suyos, al sistema, a las ideas preconcebidas… de aquellos que dicen tener razón y no dejan de hacer lo posible para extender su verdad mediante la propaganda y el aplastamiento del otro.

Hanna Arendt se centra en el tiempo que la filósofa alemana estuvo de reportera en Jerusalén para asistir al juicio de Adolf Eichmann, oficial nazi encargado del transporte de los judíos a los campos de exterminio, y colaborador, pues, de ese genocidio. Lo que Arendt observó – y no debemos olvidar que no se conformó con saber lo que otros contaban sino que estuvo allí mientras duró el juicio y escuchó a la acusación, la defensa, el acusado y los testigos – fue que la maldad del nazismo era pura banalidad porque Eichmann nunca se reconoció como un sujeto libre que actuaba por voluntad propia. Eichmann fue uno de los primeros en escudarse en la obediencia debida a un líder. Él se veía como un engranaje dentro de una maquinaria enorme (¿el Estado Absoluto de Hegel quizás?) Eichmann prefirió, y hoy en día le siguen muchos aunque la retórica de las excusas haya variado con los años, no ser libre. Ni él ni a los que condenaba con el traslado. No le interesaba el destino final de los judíos, solo le importaba cumplir las órdenes, ser uno entre la multitud obediente (obediente a su líder máximo, claro.)

Bárbara es la concreción de esa banalidad del mal llevada a un caso concreto. En los años de la dictadura comunista en la RDA, una mujer, doctora, es enviada a un hospital de provincias por enfrentarse al régimen. En la película no se dice cuál es su delito. Solo vemos a la policía que registra su casa de vez en cuando, a una mujer que la examina con la misma periodicidad – la que dan las sospechas arbitrarias – después de que ella se ha desnudado. Vemos también a la casera, chivata de la Stasi, y a un médico a quien han encargado que se haga amigo de la doctora para poder sonsacarle información. Todos menos Bárbara obedecen órdenes, las órdenes necesarias para que el paraíso llegase a la tierra. La contención y austeridad de la película la hacen más creíble. Cualquier sonido por la noche despierta las sospechas y el miedo de la doctora, que sabe bien que nunca puede descansar quien se enfrenta a los aparatos represores de gobiernos como que los hubo al otro lado del telón de acero.

Muchos obedecieron órdenes, convencidos de que era lo apropiado, que ellos eran solo engranajes de una maquinaria que traería un mejor futuro. Otros hubo que en la zona libre apoyaron o hicieron la vista gorda ante tales atropellos. Algunos todavía reciben homenajes o son materia de adoración en algunas universidades.

La banalidad del mal. ¡Qué fácil es echarse en brazos del Ideal y trabajar para él, en comunión con la multitud que trabaja también para el Ideal! ¡Qué fácil es no examinar las consecuencias de nuestras acciones!, ¡qué fácil culpar de lo malo siempre a otro!, ¡quedar siempre nosotros exonerados de toda culpa cual seres angelicales!

De política

No soy muy dado a la política, pero esta vez, a la vista de los resultados en las elecciones gallegas y vascas, de IU (ausente en el País Vasco y fagocitada por Beiras en Galicia) y del PSOE, que se desploma justo después de su etapa más proclive al nacionalismo vasco y catalán, sí que quiero traer aquí una agudísima intervención de Félix Ovejero con el único propósito de que no se diga luego que nadie lo advirtió, porque es mentira, porque aún quedan algunas personas que no se engañan:

“…en las elecciones locales, los partidos de izquierda tienen incentivos para competir – en una lucha perdida de antemano – por el voto nacionalista, asumiendo que los votos de los de abajo, que son los “de fuera”, nadie se los arrebatará. Al final, por supuesto, rascan poco entre  nacionalistas, porque jamás podrán seguir el paso de los partidos nacionalistas, y acaban por perder a “los suyos”, cada vez más indiferentes ante unas propuestas identitarias en las que no se reconocen. A partir de ahí, la secuencia se retroalimenta: la abstención de los de abajo conduce a aumentar las dosis nacionalistas, el único rincón del campo en donde se cree que se reparte algo.

Por ese camino, el problema, a medio plazo, lo es para el PSOE e IU. Deudores de estos cotos de votos locales – de sus “partidos hermanos”, las baronías nacionalistas – se ven obligados – con más o menos ganas, esa es otra – a cursar en el ámbito español unas propuestas (fiscales, culturales) que cada vez encuentran menos compradores, lo que, al fin, les hace más dependientes de sus baronías nacionalistas. Una suerte de vampirismo que ha desecado en la izquierda con poco peso político todo contenido ideológico reconocible, salvo el puramente reactivo (Irak, Prestige).” Félix Ovejero Lucas. La trama estéril. Izquierda y nacionalismo. Contra Cromagnon 2. Barcelona: Montesinos, 2011, pág. 378.

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Mañana seguiré con la Seminci y las muy valientes películas Barbara y la vida Hannah Arendt.

De documentales

Ayer vi una película, de ficción, y dos documentales, bastante interesante estos últimos. Uno de ellos fue Marina Abramovic: The Artist is Present. Fui al cine con una idea preconcebida y, por suerte, falsa. Me imaginaba que una artista de vanguardia residente en Nueva York tenía que destilar pedantería y autosuficiencia por todos sus poros y además caminaría por encima de los vulgares mortales. Nada de eso vimos en la pantalla (por cierto, a pesar de la calidad del documental en la sala no había ni media entrada).

Marina es una artista ya en el cenit de su carrera, cansada de que la consideren una artista de vanguardia, o un mero elemento exótico en el sistema artístico neoyorquino (en el americano no tiene cabida sino no es en las costas este y oeste). Era una mujer asentada, inteligente, capaz de volver a ver toda su obra (performances) con la objetividad y serenidad que da el tiempo y el haber estado convencida todos estos años de que lo que hacía tenía calidad y razón de ser. En el documental se ven fragmentos de sus anteriores performances, y se ve, sobre todo, cómo recrea una del ellas. Durante tres meses estuvo entada en una sala del MOMA frente a una mesa y una silla por la que iban pasando sin interrupción espectadores. A pesar de sus 60 años fue capaz de resistir la fatiga física y la incertidumbre que cada espectador le planteaba.

Yo, que suelo desconfiar de la espontaneidad artística y de las vanguardias neoyorquinas (la cantidad de bobadas que nos han regalado es innumerable) reconozco que Abramovic ha preparado un espectáculo serio, arriesgado, que enfrente a ella y a su espectador dentro de una situación algo artificial pero, aun así, no alejada del todo de lo cotidiano.

La otra película fue Italy: Love or Leave It, un documental amable, con mucho humor e ironía sobre la Italia de ahora. Lo que más me llamó la atención fue la cantidad de edificios en el sur de Italia que no fueron acabados. Los promotores se embolsaban el dinero y abandonaban la obra. Es lo que una de las entrevistadas llamó arquitectura inacabada.

Seminci

Hoy comienza otra edición del festival de cine Seminci. Van ya 20 años, o alguno más, que asisto. Año tras año durante una semana asisto al cine en sesiones de mañana, tarde y noche. Puedo llegar a ver cuatro películas al día. (Algún año hubo, por cierto, que llegaron a ser cinco diarias.) Me gusta entrar en la sala sin tener referencias de lo que voy a ver. Es una aventura, sedentaria pero aventura al fin y al cabo, la del descubrimiento, al igual que cuando abres un libro del que no sabes nada, ni de él ni de su autor.

He visto malas películas de directores consagrados en la sección oficial, y he visto maravillas deslumbrantes de noveles, o novatos, en Punto de Encuentro o en Tiempo de Historia. Esta es quizás mi sección preferida, la de los documentales porque la ficción, si la historia no es buena, me aburre mucho. Sin embargo, los documentales, a pesar de que el ritmo no sea el adecuado, siempre tienen algo que sorprende. No es cansancio de la ficción, sino aburrimiento por la mala ficción, que va muchas veces arropada por la pretenciosidad o el experimentalismo de quien tiene muy poco que decir.

En fin, de sábado a sábado veré bastantes películas. Si alguna me llama la atención, dejaré noticia de ella aquí.