A propósito de una exposición de fotografías de Joan Colom

Poco antes de que clausuraran la exposición de Joan Colom, me di un garbeo por ella. El tema era la vida en el Raval barcelonés. Creo, por lo poco que sé de Colom que ese es su tema único. (Hace años publicó sus fotos acompañando algunos libros de Camilo José Cela).
Las fotografías de la exposición fueron tomadas a finales de la década de 1950 y entre 1990 y 2000. Colom hace una fotografía documentalista, exenta de preparación, una fotografía que obliga a pasear por las calles con una cámara pequeña y la atención despierta y en permanente guardia. La sorpresa surge en cualquier momento y en cualquier esquina.
Son en su mayoría fotografías de prostitutas, de las de entonces y de las de ahora, y el contraste revela bien el trecho recorrido en España y la permanencia de algunas costumbres, entre otras que lo que entonces era el Barrio Chino y hoy se llama el Raval fue y es el centro de la prostitución callejera barcelonesa. Resulta instructivo darse una vuelta por la ciudad, observar sus zonas y recalar al final en Las Ramblas y el Raval, lugar de turistas y carteristas, de prostitución, de drogas, cercano al puerto como suele ocurrir en tantas ciudades. Las zonas aledañas al puerto reúnen el otro lado de la sociedad, la parte oscura y siniestra, pero también requerida y a veces necesaria.
Las fotografías de prostitutas también revelan el cambio estético. Ahora son jóvenes delgadas, vestidas con minifalda o pantalón ajustado. En los años 50 eran mujeres en la edad mediana, vestidas con faldas, obesas, con un vientre prominente. Cerca de donde solían trabajar, el espectador observa una clínica ginecológica primitiva, en la que puede imaginar a las prostitutas realizándose legrados, abortos de los de entonces. Las prostitutas entonces no lograban, quizás ni siquiera querían, disimular el tiempo que las iba venciendo. Quizás por eso, por los decorados ingenuos de las cafeterías que anunciaban las últimas novedades en bebidas y aperitivos, las fotografías de entonces han adquirido una candidez que las aleja de la sordidez que seguro entonces tuvieron en la vida y que sin duda todavía hoy mantienen.
Mientras recorría la exposición en mi garbeo sabatino, recordaba las páginas en que algunos escritores de la generación del 50 hablan de la prostitución en Barcelona, sus incursiones en el Barrio Chino, la búsqueda de algunas prostitutas, el sentimiento de rebeldía y de enfrentamiento al poder establecido. Me dio por pensar que el franquismo estaba enterado de la prostitución y la toleraba porque sabía de su poder para mantener la tranquilidad social. Incluso la Iglesia sabría de ello y lo permitiría.
También pensaba que la mitificación literaria chocaba contra el disolvente de las imágenes. Estas mostraban una realidad cruel y sórdida, carente de belleza y elegancia.
Fue la invención de la épica del transgresor, que acudía a las atracciones permitidas y que después regresaba a su casa burguesa mientras aquellas señoritas o señoras con hijos volvían a sus cuartos de pensiones o a sus apartamentos mínimos muy cerca de donde hacían la calle.
En otro orden, este domingo he visto Matrimonio a la italiana, una película con Marcello Mastroiani y Sofía Loren que trata el tema desde otro punto de vista. El señorito hace de la joven prostituta una mantenida que vive escondida de la buena sociedad.

Me fascina el interés que el hombre ha tenido a lo largo de los siglos por modelar cuerpos, por representar el de aquellos que lo rodeaban, por teorizar acerca del mismo, y por ir adaptándolo, en cada una de las circunstancias, al mundo contemporáneo. Todo ello indica que hay una preocupación esencial en el hombre, que no es capaz de explicarse aquello que es, y que lo ve como algo eminentemente simbólico, como algo con un valor que sobrepasa lo meramente natural.

El origen de tal interés es artístico. En el principio se encuentran los óleos geniales de Sandro Boticelli, de Velázquez, de Tiziano y de Edouard Manet. Más tarde han venido otros pintores, y algunas fotografías de cuerpos femeninos desnudos. También algunas lecturas como los ensayos de Rafael Argullol, Una educación sensorial, el de Donna Haraway acerca de los ciberorganismos, Corpus solus de Juan Antonio Ramírez, y las películas de Tod Browning, así como Cabeza borradora y El hombre elefante de David Lynch. Pero son solo unos pocos porque podría mencionar también todas las reflexiones acerca del autómata, recordar la impresión que me produjo leer “La torre del campanario” de Herman Melville, “El hombre de arena” de E.T.A. Hoffmann, así como la novela de Gustav Meyrinck, El Golem, o El hombre máquina de Julian Offroy de la Mettrie.

Pero tampoco puedo dejar de acordarme de la importancia que un ínfimo acontecimiento tuvo en mi vida. Era una tarde incierta de sábado. Recorrimos el largo pasillo a oscuras flanqueado por puertas de aulas y despachos vacíos. Cuando llegamos ante la puerta blanca, el olor acre se percibía con mayor nitidez. Dentro de la sala, en una esquina, se apilaban las reconstucciones humanas en plástico. Las mesas de marmol se distribuían en dos hileras que iban de un extremo a otro, y junto a ellas, los cofres metálicos donde se guardaban los cadáveres durante la semana; el fin de semana los llevaban a la piscina de formol en una habitación contigua.

Contaría entonces con doce años de edad, y mi padre me había llevado esa tarde a enseñarme la sala de disección de la Facultad de Medicina, el lugar en que pasaba gran parte de la semana enseñando a los alumnos las distintas partes del cuerpo humano en unos cadaveres verduzcos o grisáceos, malolientes, fibrosos y deshumanizados. La visita no me resultó muy agradable y temo que para mi padre fue un fracaso, pues no logró interesarme en aquello e hizo, además y como reacción, que me alejara durante años de allí. Ahora, sin embargo, y con el sigilo de quien está agazapado, y por razones en un principio muy alejadas, he ido interesándome progresivamente por el cuerpo humano y por sus representaciones artíticas y médicas.

 

Si sorprenden las múltiples representaciones corporales, no se quedan atrás las metáforas a que ha dado lugar y entre las que me llama especialmente la atención el cuerpo como mapa de las pasiones humanas. A los varios intentos por trazar una analítica de las pasiones, el hombre ha respondido siempre con una mirada entre escéptica y cansina acaso porque sabe de la imposibilidad de la empresa. ¿Cómo dar cuenta en una serie apretada de frases de todo aquello que siente y que, por lo mismo, lo define en cada uno de los momentos de que su vida se compone? El empeño es titánico, y como tal es impoible, inacabable y está abocado al fracaso. Solo algunos artistas han sido capaces de dar con la expresión exacta de las infinitas pulsiones pasionales que han impulsado al hombre a lo largo de la historia. Desde las primeras representaciones escultóricas que nos han llegado de las venus matriciales hasta las imágenes virtuales que hoy inundan las pantallas, el cuerpo ha ido acompañando a la humanidad y se erige en un ejemplo excelente de análisis. Quizás las épocas doradas sean la griega y la renacentista. Emociona saber que aquellos ciudadanos libres, tan lejanos en el tiempo – y cada vez más en la cultura – hicieron del hombre la medida de todo, y que junto a los valores morales, elaboraron también otros artísticos que lo plasmasen. Pasados los siglos, algunos italianos sintieron la necesidad de recuperar lo que si no se había perdido, al menos sí había quedado escondido bajo otros valores. La pintura y la escultura renacentistas son ese segundo gran momento histórico en que el hombre se erigió en el centro del Universo. Gradualmente tal optimismo se fue perdiendo y al hombre lo fueron relegando a una posición cada vez más marginal hasta llegar a esta época denominada posthumanista en la que algunos proclaman que el cuerpo está obsoleto y en el que la figura del ciberorganismo es el modelo para esta nueva sociedad post-todo.

El cuerpo ha sido el mapa que hemos recorrido infinidad de veces; ha sido el paisaje que hemos admirado y en el que nos hemos sumido en extrañas tranquilidades; el lugar de encuentro y de ácidos despertares mientras íbamos viviendo nuestras desasosegantes adolescencias y no cejábamos en el imposible empeño de comprendernos y de comprender a los otros. Cada vez que pienso en lo que nos gustaban las películas de alienígenas, de muertos vivientes, de seres mutantes, no deja de asaltarme la certeza de que en el fondo nos gustaban porque de manera oscura veíamos reflejados en ellos a quienes nos rodeaban. Acaso, y de manera más secreta aún, nos veíamos reflejados en ellos aunque nunca fuimos capaces de confesárnoslo. Pero si el cuerpo era un mapa, también era un laberinto complejo como el que pintó André Masson en El secreto del laberinto, mucho más inquietante que los de Borges, pero también menos metafísicos y más reales y en el que multitud de veces nos hemos perdido de manera voluntaria o nos hemos extraviado a pesar nuestro.

Al igual que los antiguos cartógrafos fueron descubriendo la tierra gracias a la paciencia y a los adelantos técnicos, el hombre ha ido descubriendo su cuerpo y el de los demás gracias a la paciencia y a los cambios que se producían en la mentalidad dominante. La técnica, sin embargo, no parece haber ayudado. La disección de los cadáveres, los avances en química y electricidad, la revolución infórmática parecen haber dado lugar a un progresivo descubrimiento de horrores que permanecían ocultos. La disección se me aparece como la apertura de la caja de Pandora de miserios que mejor hubieran seguido ignorados. Si bien en el Renacimiento y Barroco las lecciones de anatomía en óleo aún guardaban el decoro derivado de las normas clásicas, desde el siglo diecinueve la degradación en la representación ha sido progresiva hasta el punto de que en algunos cuadros de Francis Bacon o de Lucien Freud el cuerpo humano se asemeja más al cadáver de un bóvido que a otra cosa. La mirada occidental ha ido variando conforme el paso de los siglos, y la progresiva pérdida del optimismo civilizatorio marca la distancia que hay entre el David de Miguel Ángel y los pintores mencionados.

Algo parecido se da en el terreno de la especulación filosófica. Hemos recorrido el camino que va del autómata cartesiano o pascaliano, aquel que se regía por la costumbre y evitaba de ese modo cualquier posibilidad de error, a pensar que los implantes de elementos tecnológicos en el cuerpo permitirán versiones mejoradas del ser humano. Mejoradas en cuanto a su resistencia física o su capacidad de no reflexión, porque por mucho que los teóricos del ciberorganismo lo nieguen o traten de ocultarlo, sus especulaciones se estancan en los replicantes de Blade Runner o en prototipos mejorados en lo técnico. De ahí que cuando algunos hablan de que el cuerpo humano se ha quedado obsoleto, una sonrisa irónica asome en la expresión.

¿Cómo puede nadie decir que el cuerpo se ha quedado anticuado si es lo único que tenemos para comunicarnos con el mundo? Aún más, es nuestro mundo, es nosotros y así somos parte del mundo. Solo por nuestro cuerpo estamos en el mundo y somos parte de él. Nos integramos o nos perdemos en él y en la vida solo por el cuerpo y con él. La vida y el contacto con el mundo nos avejentan, nos van desgastando con la lenta certidumbre de quien sabe que es suya la victoria, van haciendo que nuestros cuerpos cambien, y este sería otro de los sentidos al que alude el título.

Por último, aunque ligado a lo anterior, está la transformación voluntaria del cuerpo. No me refiero a la posibilidades que la cirugía estética ha abierto y que Madame Orlan ha llevado al punto más bajo de la banalización. Hay otras infinitamente más interesantes. Una de ellas aparece en las primeras escenas de The Pillow Book de Peter Greenwaway. La narradora escribe sobre el cuerpo de otra mujer, con estilizada caligrafía y alfabeto japonés, historias, aquellas que luego se irán mostrando en la pantalla. Hay otra transformación, más allá del llamado arte corporal – cuyo verdadero interés me intriga la mayoría de las veces –, y se trata del tatuado y anillado de los cuerpos. Late un deseo de escribir la propia biografía al tiempo que se va viviendo. Es un ir haciéndose en la vida y en la escritura, un ir subrayando aquellos momentos intensos, felices o agrios. El tatuaje en las sociedades ocidentales va más allá del ritualismo de otras sociedades. Son símbolos que indican la pertenencia a algún grupo, es también el rechazo a una vida normal, pero es sobre todo una actitud, la de quien sabe que toda vida es singular e irrepetible y que ha de mostrarse como ejemplo, aunque a veces sea un ejemplo a la contra.

En las transformaciones del cuerpo, del nuestro así como del de los demás, late la incógnita por la identidad y el afán de construirnos una que nos satisfaga o que, al menos, de respuesta a las distintas incertidumbres existenciales, sociales o políticas. Si a lo largo de la dilatada historia de la humanidad, que da comienzo con los primeros vestigios de documentos – escritura o arte –, las representaciones del cuerpo humano han ido cambiando, eso se debe a la simple razón de que lo que cambiaba en un principio era el modo de verlo y de entenderlo. Las transformaciones más profundas no eran en realidad la de las proporciones escultóricas o la del decoro que había de transparentarse en la pose o en la expresión, sino que eran las sucesivas ideas que se han ido teniendo de las personas, del sentido de la vida y de nuestro lugar en el mundo. Por eso hubo un tiempo en que pudimos ver el cuerpo como algo armónico y retratarlo o esculpirlo desnudo. Por lo mismo, las imágenes que hoy definen a nuestra sociedad están en películas como Terminator, Robocop o Vinieron de dentro de…, o en los cuerpo plastinados del doctor Günter van Hagens. El nuevo cuerpo, producto siempre de una transformación, no ofrece ya la imagen sensual y atractiva de quien sabe que el paraíso está en la tierra, sino que deja entrever el disgusto que la carne, lo material y lo sensual provoca en una sociedad que se interesa, por encima de todo, por toda realidad que sea virtual.

El sueño humanista en que el hombre era la medida de todas las cosas ha llegado a su fin. Por más que intentemos consolarnos con remedos, recuperaciones arqueológicas o reproducciones que bordeen lo kitsch, cuando no caigan abiertamente dentro de tal concepto, no esperan los productos de una época que ya ha sido etiquetada como posthumana y en la que el modelo es la máquina tecnológica. Acorde con el deslizamiento ideológico, las representaciones simbólicas que sirven para dotar de sentido a la época – o lo que es lo mismo, la pintura, al escultura, la literatura, y sobre todo, el cine – se van afanando, cada vez con mayor dedicación e intensidad, en mundos virtuales y futuristas, y en cuerpos en los que la máquina se configura como el centro significativo de la imagen.

(escrito el 23/09/2003)

Vidas silenciosas

De un tiempo a esta parte vengo recordando la breve figura de D. Oreste, mi profesor durante apenas unas semanas de música. Vivía en Soria, en una de las pocas calles que podría decirse alejadas del centro. El piso era, al contrario que la fachada, un lugar cálido, amueblado con profusión, con un gusto un tanto antiguo y lujo. Daba la impresión de que D. Oreste y su mujer habían vivido tiempos mejores. El porte de ambos, los modales elegantes, la cantidad de portarretratos de palta que las mesitas, consolas y aparadores albergaban, los sillones y el sofá, todo me lleva a pensar que en un tiempo de su vida, allá por su juventud y primera madurez, vivieron desahogadamente.

En Soria, cuando yo fui a dar a su casa, se ganaban la vida como profesores privados de música. Eran ya bastante mayores, lo que para un niño de unos seis o siete años, debía significar que andaban por la sesentena. Tenían fama de ser buenos profesores, y D. Oreste de haber sido un gran pianista.

Me costaba entonces entender que unos italianos hubieran acabado en Soria, una ciudad de provincias mínima cuando él era tan buen músico. Supongo que uno en la infancia no piensa en eso de buscar un refugio en el que acabar una vida de manera relajada. También me llamaba la atención la discordancia entre el barrio donde vivían y el interior de la casa. Fue entonces, con gran probabilidad, cuando empecé a pensar que la casa era exactamente eso, un refugio, un santuario, una maravilla escondida y desconocida para la gran mayoría de la gente.

Como he escrito al principio, en los últimos años he vuelto a pensar en ellos y su extraño paradero soriano, peregrino en más de un sentido. He imaginado que llevaban una vida que poco a poco se iba desmoronando y que desde los grandes teatros iban descendiendo por toda la panoplia de pequeños teatros, provinciales, teatruchos con las butacas raídas o desfondadas, con una acústica pésima hasta llegar a Soria e instalarse allí como profesores antes que continuar con una vida mísera e incómoda. He llegado a pensar también que huían por amor de sus familias y que se escondían en una ciudad que aparecería en los mapas señalada solo con un punto mínimo. Lo que más me ha influido en mis imaginaciones, para qué negarlo, ha sido el clima político y cultural de España estos últimos años, y la novela de Ignacio Martínez de Pisón, Dientes de leche, que narra la vida de un joven italiano que se ve obligado a vivir en España para ocultar su juventud fascista.

A veces pienso, sin el más mínimo fundamento, que D. Oreste fue también uno de esos jóvenes que se afilió al partido de Mussolini y que, una vez perdieron la guerra, tuvo que huir para evitar un juicio que lo llevaría al paredón. Él y su señora encontraron una pequeña ciudad de provincias en España donde vivir unas vidas anónimas y donde poder guardar el secreto que amenazaba sus vidas. Podrían haber elegido destinos más cálidos, los pueblecitos de la costa levantina o de la Andalucía que ya va a dar al Atlántico, pero prefirieron una ciudad de clima inhóspito, apenas poblada, donde sería difícil que los localizaran pero también donde la vida no sería tan lujosa porque apenas había niños a los que enseñar música.

Todo esto lo fabulo ahora movido, ya lo he indicado, por el clima político que nos ha envuelto, cuando pienso que hubo fascistas que convivieron con nosotros y llevaron vidas que no conocemos, ellos, amables, educados, vecinos nuestros que, en la apariencia en nada se diferenciaban de nosotros.

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Naturalmente, todo esto es una fabulación mía. D. Oreste llegó a España mucho antes y no tuvo nada que ver con el fascismo italiano. La situación política conduce a la gente a dar por sentadas situaciones que nada tienen que ver con la realidad o la historia.

La belleza obscena

La mañana parece estancada o prendida a los infinitos hilos de neblina que ocultan la ciudad. Afuera hace frío, lo sé; siempre hace frío en mañana así. En el reducido espacio de mi estudio la tibieza del radiador se extiende en suaves oleadas. Durante un rato observo los libros y me doy cuenta, acaso por primera vez, de la exacta geometría que los constituye.

El perímetro interior de la biblioteca se ha ido convirtiendo en un mural de formas paralelepípedas, en algo más cercano a un cuadro cubista que a una habitación habitada. El saber, los mundos ficticios, las reproducciones artísticas, todo está regulado por el exacto número de líneas que caben en cada página, por los centímetros que componen el área de cada lámina y de cada cubierta y portada. Puede que nunca contenga la biblioteca todo el saber, todos los libros escritos y lo que aún se han de escribir, lo dicho y lo pensado, lo musitado y lo negado, como soñó Jorge Luis Borges, o acaso él se refiriera a una teoría filosófica y su contraria, un axioma matemático y el que lo refuta. Tampoco albergará el elenco completo de personajes literarios, ni todos los escenarios, y mucho menos todas las tramas posibles, y aun las imposibles. Eso sí, todo lo que haya estará regido por las estrictas normas que marca la geometría.

Me doy cuenta ahora de la enorme distancia que lo separa de la vida. Aquí no hay formas proporcionales, ni reglas establecidas, ni líneas que apuntan a un fin último. No existe la certeza matemática ni la regla de la perspectiva. Todo puede ser posible e imposible, contradictorio incluso hasta un límite que no se dará nunca en las creaciones humanas. ¿Importa eso verdaderamente?  ¿Importa que en el mundo predomine el caos y la confusión?, ¿los trazados curvos, las revueltas y las indecisiones?

No, no creo que importe porque forma parte de su riqueza. Tampoco debemos olvidar que es ley natural y nada podemos hacer por cambiarla. El Arte, o sería mejor decir, ciertas exploraciones artísticas se han acercado a esa vida caótica, incomprensible y absurda. Un arte que se complace en registrar los mínimos detalles, las zonas oscuras, el paso del tiempo. Un arte, a su vez, que es desmitificador, y para el que las áureas reglas de la proporción carecen de sentido y de justificación histórica. Un arte que es el resultado de experiencias históricas que le han ido abriendo algunas puertas y cerrando otras para siempre.

Me sorprende aún cada día, a pesar del tiempo transcurrido y del tiempo dedicado a reflexionar sobre ello, que el arte se interese por lo deforme, por lo obsceno, por lo repulsivo. Es como si las líneas que la Estética romántica rechazó, hayan terminado por emerger dos siglos más tarde para terminar confundiéndose con aquello que lo negaba y que intentaba neutralizarlo u ocultarlo. El arte, los artistas, la sociedad, han decidido sustituir lo sublime por lo obsceno, su reverso simétrico. En poco menos de dos siglos hemos pasado de la belleza sublime al horror sublime como si todo aquello que nos prohibimos haya terminado por explotar y ahora nos complazcamos en la desagradable belleza que se esconde en lo deforme, lo horroroso, lo repugnante y lo abyecto.

(escrito el 15/01/ 2004)

Cartografías lectoras

Siempre nos asalta un secreto placer al recorrer con el dedo la inmensidad acotada de un planisferio al tiempo que imaginamos la infinidad de aventuras que nos podrían haber ocurrido en caso de haber estado allí. El viaje es la forma esencial de la aventura, e incluso en una civilización de la cual el misterio parece haber sido expulsado para siempre, guarda contadas ocasiones de sorpresa para sus más perseverantes aventureros. Aún es posible perderse en alguna selva, o sentir el escalofrío del miedo en alguna región remota; más difícil es, sin embargo, revivir la fascinación que el exotismo ejerció en viajeros ilustrados de siglos anteriores. La cultura occidental ha llegado a un punto en que la sorpresa de la novedad no existe, como tampoco permanece el afán de los antiguos descubridores. Aquellas meritorias sociedades geográficas que financiaban viajes a los más intrépidos con el propósito de aumentar el conocimiento son cosa del pasado para nosotros. A lo más que podemos aspirar es a algún millonario excéntrico que desea conocer la estratosfera y se encierra en una cápsula espacial a la vista de todo el planeta y rodeado de todas las precauciones que podamos imaginar. Es la trivialización de los tiempos que nos ha tocado vivir.

Pero aún podemos convocar el espíritu de la aventura, sentir el escalofrío de lo desconocido y de lo bello y de lo insólito, de lo terrible y de lo dulce, del placer y de la locura. Las aventuras y los viajes hoy día han cambiado, no en su esencia, sino en su apariencia. Remontar el Orinoco hasta las fuentes, alcanzar la cota más alta de Asia, adentrarse en las pirámides de Egipto apenas contienen un grado de osadía. Saber que a la vuelta nos estará esperando la lujosa habitación del hotel, el vuelo de vuelta en poco más de medio día, el televisor o el teléfono, por no hablar de otros inventos aún más modernos, restan valor y deleite a una acción que no debería ser más que eso, que no debería buscar ningún otro propósito. El turismo ha acercado a toda la humanidad los más alejados rincones del mundo, como se suele decir en tópica frase. ¿Cómo entonces adentrarse en la aventura?

Aunque pueda parecer una paradoja la empresa nos espera en el recinto de nuestra biblioteca. Solo hemos de encerrarnos largas horas en compañía de algunos libros — y la libertad de elección es amplísima — y dejarnos llevar `por el mar de tinta en el que se desarrollan tantas hazañas. Quizá solo haya una condición indispensable: dejar el reloj, ese molesto artilugio moderno que nos divide y coacciona la vida, fuera de la habitación.

Ante el mapa de Europa no hay más que recorrer con el índice la distancia que separa Moscú de Vladivostock y soñarse pasajero del Transiberiano, o recordar las novelas de Turguenev, con sus personajes abúlicos, nihilistas, notables y desengañados — que un día avistaron un porvenir más amplio y mejor –, personajes que vagan de una propiedad a otra por las amplias estepas rusas, o ascender por el mapa e imaginar la tundra  la taiga, revivir las aventuras de otros escritores, o descender hasta Mongolia y pensar en las inmensa llanuras que algunos recorrerían a lomos de los caballos enanos hasta llegar a Ulan Bator. Pensar, acaso sentir lo que los primeros viajeros experimentaron al encontrarse con un pueblo tan distinto, leer los diarios de viaje, las crónicas– tan a menudo muy poco literarias. Podemos descender aún más hasta dar en las costas de los mares del sur de China, allá donde un prodigioso polaco imaginó las más densas aventuras de colonos, marinos, compañías navieras inglesas que buscaban en los confines de su mundo el oro de las especias y el deleite del opio, aventuras de Lord Jim y de tantos otros que fueron trazadas en inglés. Conrad fue trazando la cartografía literaria de la novela del futuro: en el Pacífico, en el océano Índico, en Sudamérica o en los ríos de África, Conrad nos soñó, y él fue uno de los últimos, la moderna aventura cuando aún, a manos de las compañías coloniales y ultramarinas, se podía surcar el mundo como si fuese una aventura. Junto a él, quizá algo anterior, Kipling nos habló de la India, de los secretos de una India que había fascinado a un autor británico hasta la médula. Quizá por ello se percibe en su obra la atracción de quien no puede renegar de una educación ni cerrar los ojos ante la realidad maravillosa que lo rodea y que, al final, lo provee de su hálito vital.

También podemos internarnos por los bosques europeos, en un momento en que la naturaleza no estaba tan amenazada, y visitar las propiedades de los personajes de Thomas Bernhard o de Ernest Jünger, autores disímiles pero que comparten una misma cultura, que ha dado lo mejor y lo peor en los últimos siglos. Centroeuropa, y la leyenda del Golem o de Drácula — algo más hacia Oriente –, el esplendor de que Goethe nos habla, y su educación sentimental, los bosques de Ludwig Tieck, naturaleza maravillosa y animada por el espíritu del universo. También sus ciudades y la seducción que ejercieron en un espíritu hiperestésico como el de Baudelaire. Pasear sin rumbo ni prejuicios, dejarse llevar por el tráfago urbano, por los colores, la novedad, la rareza y la sensibilidad, con él o con Walter Benjamin y su monumental obra, Pasajes, que pretendía ser un recorrido por la cultura decimonónica europea; obra al final, no podía ser de otro modo, fragmentaria e inconclusa. Londres o París, y en esta la aventura vital de dos jovenzuelos de provincias que buscan en la hermosa ciudad gala la meta, el infinito, la culminación de sus sueños; y un final cáustico y dolorido, en el que resuena la frase que abre la novela: “El 15 de septiembre de 1840, a eso de las seis de la mañana, el Ville de Montereau, a punto de zarpar, echaba grandes bocanadas de humo delante del muelle de San Bernardo.”  Flaubert resume en la novela el recorrido de una generación que soñó, al igual que otras, el infinito y se encontró con la realidad gris de lo cotidiano. Quizá por ello ambiente otra de sus novelas en una capital de provincias con sus pequeñas miserias, sus afanes pequeñoburgueses en medio de los cuales surge el fulgor intenso del amor adúltero, del placer sin límite, del dolor que no se puede nombrar. En Flaubert, en la misma medida que en Eça de Queiroz, la aventura es el amor secreto y pecaminoso, el que se desarrolla en las alcobas más recónditas de la casa a horas intempestivas, el que quita el sueño y los afanes y tiñe la vida de una límpida coloración que atrae el temor y la osadía. Ambos supieron ver que la aventura no tiene lugar en los espacios abiertos, que estos son los sustitutos, las espacios vicarios, y que aquellos en quienes anida un espíritu en verdad inquieto, se refugian en la vida que otros tramaron, biografías inventadas, vividas en segundo grado y por lo mismo más intensas y verdaderas. La aventura hoy está agazapada en las novelas, las inmensas novelas en que nos sumergimos durante un tiempo infinito para compartir afanes, sentimientos, miedos y alegrías con unos protagonistas que a veces son trasunto de nuestras vidas; o que así los imaginamos.

(escrito el 17/08/2002)