Descanso

Han sido estos últimos días, casi los últimos quince, de descanso, sin nada que hacer, con lecturas interesantes, entre las que destaca Los días terrenales de José Revueltas, una novela muy moderna en su factura sobre todo si tenemos en cuenta que es de los años cuarenta.

Luego también alguna más no tan interesante, más El cuaderno rojo de Benjamin Constant, otro libro de mi lista anual (algo que dudo que repita) que ha estado bien. Mi impresión cuando leo autores dieciochescos es de que son superficiales. No, banales, sino superficiales. Esto de la superficialidad, que algunos filósofos han intentado con mayor o menor fortuna teorizar, es algo que ya pusieron en práctica estos escritores en el XVIII.

Somos superficie, nada hay más allá, nada que no sea ficción o ilusión. En el siglo XIX, sin embargo, vendrá — quizás fuera un retorno — la pasión por la profundidad. Esto se notará en las novelas, desde Gustave Flaubert hasta Henry James.

La bicicleta verde (II)

La bicicleta verde es una película en la que no pasa nada que no sea lo corriente en la vida de unas personas. En este caso, en las vidas de una madre y una hija en Arabia Saudí. No hay oasis ni grandes palacios, ni modernísimos hoteles de varias decenas de plantas y formas imposibles. En la película nada de lo que es común en los reportajes de Arabia Saudí aparece. Tampoco camellos. Solo hay viento, tierra, casas viejas, el inmenso vacío de las calles desiertas. Y silencio, silencio que solo de vez en cuando un niño o un coche rompen. Arabia Saudí es un país muy rico, dicen. Aquí la gente es de clase media baja o muy baja; algunos, inmigrantes cuyas situaciones legales no están claras.

La película es, sobre todo, la vida de la madre y de la hija, una vida monótona que intentan llenar con breves momentos raros de alegría y sorpresa. Es también el empeño de la niña por conseguir una bicicleta. El dinero no es el principal obstáculo; lo peor, como siempre, son los prejuicios sociales. Una niña no puede montar en bicicleta, no es lo apropiado para ella; incluso corre subterránea la amenaza de la esterilidad. Pero sobre todo, al aire, clara y patente para todos, está la religión, que rige la vida de las niñas en el colegio, con sus estúpidas prohibiciones, la religión como modo de vida en el que no hay que pensar, en el que solo hay que seguir lo que el Profeta ha ordenado. Ni risas, ni rostros descubiertos en público ni palabras o comportamientos que molesten al marido. La sumisión, claro. Y la mujer que solo es la que da a luz y cría a los hijos, porque la familia, el árbol genealógico se forma solo con los varones.

Unas vidas siempre iguales, una vidas que buscan aire; la vida de una niña alegre a la que ni las maestras, ni las convenciones sociales ni nada logran quitarle la ilusión, la alegría de vivir y la convicción de que no tiene ningún sentido que una niña no monte en bicicleta.

La bicicleta verde

El otro día fui a ver La bicicleta verde animado por las críticas tan favorables. La película quizás no sea una obra de arte – aunque debiéramos primero definir qué es una obra de arte. Para algunos lo artístico es lo ampuloso (recordemos innumerables poemas hinchados, y al mismo tiempo vacíos), para otros, es el retrato veraz del tiempo que les ha tocado vivir (estos dejarían fuera, por ejemplo, Moby-Dick), hay quien piensa que lo artístico ha de contener una enseñanza religiosa (se quedaría fuera, por ejemplo, Gamiani). Y hay quienes dicen que todo es arte, para que así nada lo sea. En fin, qué se le va  a hacer. En la variedad no siempre está el gusto, pero es el signo de los tiempos: no haya nadie sin opinión (como quien esto les escribe).

Iba diciéndoles que fui a ver La bicicleta verde animado por las críticas y por una entrevista a la directora que había leído. La película tiene, al menos, el don de la oportunidad. Ahora que se habla de la Primavera árabe que se va despeñando por los barrancos del fundamentalismo, una película nos enfrenta al invierno, el durísimo invierno de las mujeres en Arabia Saudí, invierno que se va extendiendo por el resto de los países árabes. Cuando digo invierno me refiero a la situación de ciudadanos de segunda, cuando llegan a ser ciudadanas, en que viven. La Primavera árabe nos ha permitido comprobar la visión orientalista (en el sentido que Edward Said empleaba el término) pero de modo opuesto a como se había estado utilizando hasta ahora. En la Primavera árabe hemos querido ver una revolución hacia la libertad cuando, en la práctica, ha significado una involución. Los viejos izquierdistas, olvidados ya de los que Marx les había advertido en el 18 de Brumario, pensaron que unirse a cualquier revolución significaba un progreso de la sociedad. Un análisis de la subjetividad colectiva les habría mostrado que no es ahora un momento de emergencias progresistas; más bien, todo lo contrario, y que, por tanto, las revoluciones que se dieran serían pasos hacia atrás que iríamos dando. Pero el Islam estaba ahí, y nosotros con nuestra visión orientalista (al modo de Said, ya digo), y así que los hermanos Musulmanes, grupo religioso, liderasen las revueltas, en Occidente solo podía significar un futuro de apertura. Claro que también el partido de Gaddafi o el de Hosni Mubarak en Egipto.

Con este excurso he ido llenando líneas cuando yo me había puesto a escribir de una película que me ha gustado mucho, y de la que hablaré en otra entrada próximamente (que viene a querer decir mañana o pasado).

Sin propósito

A principios de año, hice el propósito de leerme algunos libros. Ahora que ya ha pasado más de la mitad del año, repaso la lista y compruebo que apenas he leído cuatro. Estoy ahora mismo con El cuaderno rojo de Benjamin Constant, y ya he acabado el de Petrarca, las Confesiones de Agustín de Hipona, y los discursos de Cicerón.

Lo curioso es que no he dejado de leer este año. En realidad hace años que no he parado de leer. Casi lo único que hago es eso: leer. También escucho música y a veces voy al cine. Pero lo propio de interés lector radica en que voy saltando de un libro a otro, de un autor a otro, sin planes ni lecturas acordadas previamente. Me cuesta sujetarme a una lista. Incluso en cosas de trabajo, aunque en este caso siempre me resulta más fácil la disciplina de la lectura acumulativa, que a veces sirve de bien poco, dicho sea de paso.

Así que a estas alturas, y con el libro de Constant a medias y casi habiéndome acabado la Verdadera historia de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, veo que o me aplico o acabo el año sin haber cumplido aquel humilde propósito de inicios de año. Esperemos que en el último tramo del año sea algo más disciplinado, aunque el verdadero palcer es el de ir saltando de un libro a otro, sin planes ni propósitos.

Concha García Campoy, In memoriam

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Ha fallecido Concha García Campoy. En mi adolescencia ella era el rostro de los telediarios de la primera cadena de la televisión (de las dos que solo había entonces). Sobre todo lo era en verano cuando estaba, quiero recordar y que no me engañe la memoria, cuando aparecía en las tres ediciones de las noticias: a las tres de la tarde, a las ocho y media de la tarde y a medianoche.

Tenía yo un amigo que se tragaba las tres ediciones solo por verla a ella. El resto del año apenas le interesaban los telediarios. Para mi amigo las noticias eran una excusa para ver a Concha García Campoy. Tenía esta un rostro agradable sin estridencias, una voz suave y dulce. Por aquel entonces a los demás nos gustaban rostros más agresivos y el de García Campoy nos parecía un poco sosito.

Luego la vi en “Las Mañanas de Cuatro”. Me gustaba el debate que llevaba. Me gustaba porque los contertulios eran educados y dejaban hablar a los demás. Concha García Campoy no permitía ni se permitía el vulgar espectáculo del pisoteo de la palabra o de la interrupción del turno correspondiente. Entonces asistía como colaborador de relumbrón José Ignacio Wert, hoy ministro en horas bajas. Resulta curioso cómo el favor del público cambia solo porque unos cuantos deciden lanzar una campaña en contra de alguien. Wert, cuando participaba en “Las mañanas de Cuatro”, tenía las mismas ideas que tiene ahora y las exponía públicamente. Entonces era un liberal progresista y moderno. Hoy es un carca relamido, el azote y peligro de la Educación pública, nos dicen (y algunos se lo creerán).

Pero esta entrada pertenece a Concha García Campoy, periodista de nuestras extrañas y salvajes adolescencias en un país más pobre que ahora pero más abierto. Hemos ganado en riqueza y perdido en apertura ideológica. Nos hemos ido petrificando y García Campoy se nos ha ido ya irremediablemente. Se va un rostro de un tiempo que ya no volverá. La televisión, la radio, las empresas que ella conoció, la manera en que se hacían entonces los programas, las expectativas, el público a quien se dirigía, todo eso, ahora, está en fase de desaparición. Era una periodista ligada, supongo que por razones profesionales y sentimentales, al grupo Prisa, aunque se iniciara en la televisión pública. Logró programas de calidad, intentó, junto con otros, y en la medida que le era posible, modernizar este país, que los aires europeos llegaran a todos los rincones de España, que la educación reinase, como lo hacía en su tertulia a la que asistían, entre otros, Wert y María Antonia Iglesias. Creimos que ella, y algunos más, lo habían logrado. Nos confundimos, una vez más. Ahora que la purpurina se ha descascarillado, vemos el barro y la mugre que nos cubren desde hace tanto. Ahora, que las máscaras han caído, solo hay gritos, mala educación y absurdo espectáculo populista.

Lealtad

Lealtad. N. Dícese de la actitud de la persona que, a pesar, de las pruebas que la evidencia muestra, sigue sin reconocer que su grupo ha cometido un error, o un delito, o que, en suma, no son lo que decían ser.

Esto suele ocurrir en política. Aquí si se dice que una persona ha de ser leal hasta el final significa que ha de aceptar todo lo que el jefe del grupo impone y que no ha de atreverse a discutir ni a poner en tela de juicio ninguno de los actos que el jefe, por medio del grupo, ha llevado a cabo. En algunos casos, un segundón decide actuar por su cuenta y también reclama la lealtad que los demás otorgan al jefe.

Curiosamente, esta actitud coincide con la segunda acepción que da la Real Academia española: “2. f. Amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales, como el perro y el caballo.” En este caso, el animal es sustituido por la persona leal, que queda reducida a ese estado y consideración animal. No deberíamos, sin embargo, ver en ello un gesto despectivo hacia la persona leal vista la consideración que los animales tienen en determinados círculos, actitud que va extendiéndose cada vez a más grupos y que pronto permitirá cambiar esta acepción para que el amor o la gratitud sean las que los hombres muestran a los animales.

Se da la casualidad de que la tercera acepción de la voz lealtad reza así: “3. f. p. us. Legalidad, verdad, realidad.” Pero que la lealtad tenga que ver con la realidad y la verdad y no con la actitud obediente y acrítica de quien obedece al jefe en cualquier ocasión, es algo que no tenemos en cuenta y que incluso, en breve puede desaparecer del diccionario.