Educación, sí claro, sin esforzarnos.

He leído días atrás que los padres de no sé qué confederación de alumnos han exigido que a sus hijos no les manden deberes para hacer en casa. Esto lo han acompañado con una campaña, no sé si muy intensa, en las redes sociales, ese nuevo patio de vecinas y picota de gente honrada.

Esto demuestra que en España la educación como proceso de adquisición de conocimientos no importa lo más mínimo. Estamos a favor de la educación obligatoria y gratuita hasta los dieciséis, o hasta los treinta mejor, con tal de que el colegio, el instituto o lo que sea, nos libre de los niños durante ocho o más horas al día, y que al devolvérnoslos, no nos obligue a nada. Como dicen algunos padres, los niños han de ir al colegio a socializar.

El colegio es ahora no el lugar donde los alumnos adquieren conocimientos, sino que es un sustituto semanal del centro comercial. Allá van los niños pequeños a lugares llamados ludotecas mientras sus padres compran; luego, en la adolescencia van al cine o a la hamburguesería – o a la vegetarianería si los padres están concienciados socialmente – a pasar la tarde el sábado o el domingo. Ya algo mayores van a la discoteca, al pub o al antro del extrarradio donde amistar con sus colegas y demás.

Así, cuando algunos políticos dicen que en España la juventud habrá de emplearse en la hostelería, uno ha de rendirse a la evidencia. Si los padres no están dispuestos a que sus hijos se esfuercen en el colegio y en casa para aprender, lo que vamos a tener o tenemos ya, son ignorantes que han sido escolarizados al menos trece años.

¡Para eso que los dejen sueltos por la ciudad o el campo. En el prado y en los billares se está mucho mejor!

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Me gustaría ser verdugo de sentimientos

Lo que se dice sentirme no me siento nada. Soy algunas cosas y otras no las soy. Es verdad que a veces me siento aburrido o triste o contento, pero en realidad estoy aburrido o triste o contento.

Esto de los sentimientos es una buena coartada moral (inmoral, en realidad) para no enfrentarnos con la realidad. Cuando uno se siente algo, en realidad está acurrucándose entre mullidos cojincitos de algodón y tapándose con una manta de lana. Es un buen remedio para no pasar el frío que la realidad, inclemente y áspera, nos obliga a pasar algunas veces. Yo me imagino que un verdugo ha de sentirse buena persona para convivir con el resultado de su trabajo. Lo mismo le pasa a quienes defienden dictaduras y tiranías. No conozco a nadie que haya defendido a un dictador y haya reconocido que es una mala persona. Los buenos sentimientos son el fármaco que les permite seguir viviendo sin problemas de conciencia.

En fin, que me aburren los sentimientos al igual que me aburre la gente que los exhibe. No me gusta el exhibicionismo, ni corporal ni sentimental. ¡Y me ha tocado vivir en una época narcisista y sentimental! ¡Me aburren!