Necrofilia

Me entero por los periódicos que buscan el cadáver de Miguel de Cervantes, muerto en 1616. Están utilizando un georradar, una máquina que detecta cuerpos enterrados. Ya la utilizaron en la búsqueda del cadáver de Federico Lorca y fallaron. También ha estado presente la máquina en los numerosos rastreos que la policía ha hecho para descubrir los cadáveres de algunas personas asesinadas sin que el resultado haya sido bueno.

Lo de menos, por supuesto, es el georradar y su bajo índice de detección. Lo que resulta llamativo es que estemos buscando el cadáver de una persona que murió en el siglo XVII aunque esa persona fuera nuestro mejor novelista. Antes fue Lorca, por razones políticas, y puede que luego venga la búsqueda del cadáver de Diego Velázquez y algunos más también famosos cuyo paradero desconocemos.

En esas estamos: en un embrollo de búsquedas de muertos, en una obsesión necrológica cuyo fin último es enseñar unos cuantos huesos y piel quién sabe si para arrojárselos a los enemigos a la cabeza o si para mostrarlos por toda la geografía como no hace tanto hicieron con el cuerpo incorrupto de Teresa de Ávila.

No tenemos proyecto como sociedad y nos entretenemos en buscar entre las tumbas los cuerpos de algunas personas que fueron importantes, importantes mientras estuvieron vivos, y ahora su memoria ocupa el lugar de un proyecto social con el que encarar el futuro. Entre la segunda mitad de la década de 1970 y la segunda de 1980 hubo un caso de amnesia colectiva que ahora se ha transformado en este furor excavatumbas.

Somos una nación necrófila, es algo patológico que con el tiempo se ha ido engrandeciendo. No somos nada sin cadáveres ni reliquias, y en esto da igual que seamos religiosos o ateos, las reliquias las necesitamos, las buscamos, las inventamos.

Así no hay futuro que valga.

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El viajero más lento

Hace años Enrique Vila-Matas publicó un breve libro titulado El viajero más lento, una recopilación de artículos que trataban de temas que por aquel entonces interesaban a Vila-Matas. El título siempre me llamó la atención. Yo quería ser ese viajero más lento, el viajero que no buscaba llegar a ninguna parte sino que quería apostarse en alguna esquina apartada para ver el mundo con ojos, si no nuevos — algo difícil a partir de cierta edad — sí al menos con ojos distintos o desde un nuevo ángulo.

Viajar puede ser la experiencia más aburrida de la vida o la más excitante y todo depende de la actitud durante el viaje y los hitos que uno pretende visitar. Hay quien se empapa de todo aquello que aparece en las guías turísticas. Para estas personas viajar es constatar lo ya sabido. Esto lo hemos hecho todos en mayor o menor medida. ¡Quién no ha ido a Montmartre al Café Deux Magots para contemplar con sus propios ojos el lugar donde Sartre y Beauvoir pasaron tanto tiempo! al igual que hemos ido a Memphis Recording Studio a ver el estudio donde tantos grandes del rockanrol grabaron temas legendarios.

Pero hay también otro viaje más allá de las guías turísticas que comienza cuando no se tiene prisa, cuando uno no quiere ir a muchos sitios, cuando desea quedarse en una ciudad, muchas veces una ciudad pequeña y repetir en los bares, restaurantes, paseos por callejuelas poco conocidas.

El viajero más lento, el que espera encontrar un rayo de luz distinto y para ello no duda en repetir día tras día las mismas acciones, el que busca la intensidad en vez de la extensión.

Afuera

Hay días, fríos y secos porque no encuentras sentido a la vida. Cada vez son más. Mientras dura la juventud, apenas te encuentras con dos o tres de ellos, pero cuando el frescor juvenil del cuerpo y la ilusión infinita esculpida en una sonrisa van cediendo, el frío vuelve y casi se hace permanente, cual si fuera el paisaje helado de un lugar desconocido. El lugar familiar que fue hasta entonces la vida se vuelve extraño.

Hay maneras de conjurar el mal momento, el viaje extraño, la vida en las afueras. Cada vez son más los que se refugian en una perpetua juventud que tiene más de niñez irresuelta.

A veces vuelvo a mis viejos discos, a las melodías que escuché cuando el mundo era cálido y estaba habitado por colegas. A veces escucho canciones como esta y pienso que aún queda algún rescoldo.

Como siempre, for fortuna para nosotros, sigue siendo un intempestivo

Fernando Savater publicó ayer un artículo en que sigue demostrando su coraje intelectual y cívico, del que destaco la frase: ¡Y todo resultó bien, aunque ahora lo cuestionen quienes nacieron a tiempo para beneficiarse de ello pero, a Dios gracias, no para estropearlo!” En esos años publicó, si no recuerdo mal Panfleto contra el todo, Perdonadme, ortodoxos y Contra las patrias. Ahora uno ve que las cosas no han cambiado tanto, aunque hubo un momento en que parecía que podían cambiar si no mucho, al menos lo suficiente para que fuéramos modernos y, sobre todo, civilizados, pero algo se torció en el camino.