Enfermo tiempo

Soy un hombre poco original, como tantas otras personas, dejo las novelas de más de quinientas páginas para el verano. Hay un placer asordinado en la ritual dedicación vespertina de la lectura. Es un modo soberbio de dejar que el tiempo pase sin que nos enteremos de sus húmedas babas mientras estamos inmersos en las vidas de quienes no hemos conocido pero nos resultan familiares. Compartimos sus vidas durante una par de semanas, a veces más. (Aún recuerdo el largo verano en que me dediqué a convivir con M. Proust y toda su familia y círculo de amigos. Dejaba de lado todo aquello que no era estrictamente necesario en mi otra vida con tal de pasar el mayor número de horas con ellos.)
En estos días voy a poner fin, una vez más, a La montaña mágica. Ha sido hasta ahora un verano de lecturas centroeuropeas: El hombre sin atributos, Noviembre 1918, y ahora la novela de Thomas Mann. No lo había planeado, al contrario de lo que tenía por costumbre otros veranos: allá por mayo iba comprando los libros que luego leería. Este año, sin embargo, se han juntado por casualidad los libros en la mesita en que descansan hasta que los leo. Son tres obras cercanas en el tiempo y en el espacio, escritas en la misma lengua, las tres con preocupaciones similares. Veían cómo de entre las ruinas del mundo que habían conocido, aparecía un futuro monstruoso que muchos creían iba a ser mucho mejor que lo ya conocido.
La montaña mágica comparte esas preocupaciones, sin duda, pero es más es muchísimo más. Es la novela del tiempo, y en esto se parece a En busca del tiempo perdido. En La montaña lo importante es el tiempo, el que se ha detenido allá arriba y que los habitantes del balneario han de aprender a sobrellevar para que no les venza la fatiga del tiempo. No ocurre nada de extraordinario. La gente llega, permanece siempre más tiempo del que había calculado en un primer momento. Los clientes de la clínica pasean, observan sus curas de reposo, comen, hablan sin descanso, pues en medio de la inacción lo único que les está permitido es la conversación y los paseos por los alrededores, por las montañas en casos excepcionales. Suelen marcharse también, aunque la gran mayoría debe volver porque lo común es que recaigan. Lo que permanece es el tiempo, lento, distinto al de la llanura, casi inmóvil, cual una tarde de verano sumida en la lectura.
El tiempo es también la enfermedad, como bien supo Ezra Pound, y nos dejó escrito en uno de sus poemas. Hay algo angustioso o abyecto, depende de cómo se mire, en la enfermedad. La enfermedad es la degradación corporal, es la prueba palpable y que no podemos obviar, de que nos corrompemos, de que somos materia que termina por descomponerse. La enfermedad ataca nuestra creencia de que hay algo divino en nosotros. Pero es también el signo de que estamos vivos. La enfermedad puede ser vista como una fiesta del cuerpo, pues este se bulle mientras la enfermedad, algo externo la ataca. Interna o externa, la enfermedad nos posee aunque no nos pertenezca. Con la enfermedad, las personas nos damos cuenta de que no pertenecemos por completo a este mundo, pues antes o después hemos de partir. Es una lucha angustiosa, es la prueba final que hemos de pasar para dejar de ser lo que somos: seres mortales.
La enfermedad es también detención del tiempo, estancamiento de la vida, pérdida de la realidad porque el tiempo detenido nos separa de la realidad, nos sume en un estado letárgico. El tiempo se detiene mientras el cuerpo está en plena actividad porque ha del uchar contra la enfermedad.
*************************************
La casualidad ha querido que un amigo también haya coincidido en la lectura y reflexión: Digestión de la montaña.
Anuncios

Execración del aficionado


Solía recordar Luis Cernuda aquello de que José Ortega y Gasset era el mejor literato entre los filósofos y el mejor filósofo entre los literatos, dando así a entender Cernuda, de manera suave pero no exenta de acidez, que Ortega y Gasset no era ni lo uno ni lo otro, y que había en él más de aficionado que de profesional.

Hoy en día la tendencia ha incrementado su fuerza, y no porque los filósofos quieran ser literatos o estos filósofos, sino porque abunda cada día más el que no sabe de algo pero se dedica a ello. No al modo en que Ortega y Gasset lo hacía (ojalá fuera así); más bien, lo hace de una manera floja, sin convencimiento ni empeño. Dedica muchas horas, sí, pero le rinden poco.

Quizás sea que como dijo alguien, ahora con un ordenador cualquiera puede ser novelista. Y con una cámara digital, fotógrafo. Gracias al abaratamiento de los bienes y de los costes cualquiera puede dedicarse a aquello que le gusta o que piensa que le gusta. Con el programa adecuado, cualquiera puede grabar un disco, o puede maquetar un libro que luego imprimirá. Puede, por supuesto, hacer fotografías con una calidad visual, que no artística, elevada. Puede incluso, si se lo propone, pintar o componer música. Y así estamos todos, tan contentos, creyéndonos artistas, dejando que nuestra personalidad se exprese, como si hubiera habido algún momento en que no lo hizo.

Es lo que tiene que la artisticidad (la esencia del artista) esté al alcance de todo el mundo, pues si alguien tiene un sueño, ¿cómo no va a cumplirlo? Y el solo hecho de su ejecución supone que sea extraordinario.

Cada vez con mayor frecuencia, me desagradan los artistas y me inclino por los artesanos. El artesano no pretende que su alma, su personalidad, su inflado ego en suma, se exprese. El artesano ha aprendido una profesión, conoce y domina algunas técnicas y las ejecuta buscando siempre que lo que hace esté bien hecho, no interesándose en expresar la insoportable vaciedad de nuestros egos posmodernos.

Hubo un tiempo en que ser editor era una profesión modesta, en la que algunos ganaban dinero pero no siempre y no todos. Quien se metía al oficio de editor sabía de sus peligros, inconvenientes y problemas. Lo hacía armados de buen saber literario, con gusto por la encuadernación y con una agenda lo suficientemente buena como para que sus libros pudieran tener una mínima repercusión pública. Lo mismo ocurría con los músicos. Al menos sabían interpretar bien una partitura cualquiera y grababan con unos mínimos de calidad sonora. No hablo de los escritores, pues eso sería el no acabar.

Que nos digan que lo nuestro no es eso que nos ha dado por hacer es algo que no aceptamos. Lo nuestro es la expresión de nuestra psicología, personalidad o como queramos llamarlo. Lo nuestro es lo que nuestro capricho nos dice que es. Independientemente de la calidad o de lo que podamos aportar de novedoso. Nadie nos puede decir que no pues enseguida argüimos que nos están censurando o traumatizando. En una sociedad con argumentos tan débiles, es normal que los aficionados abunden y apenas quede rastro o memoria de los verdaderos profesionales.