¿Qu’est-ce que c’est la littérature?

Leo en el periódico del domingo, de buena mañana, que en Nantucket han encontrado el barco que inspiró, dicen, a Herman Melville su novela Moby-Dick, y pienso que tamaña tontería no la puede haber escrito nadie que no ignore absolutamente lo que es la literatura. Nantucket era un puerto muy importante a principios del siglo XIX, y los balleneros atracaban allí después de haber pasado varios meses en alta mar, o en el puerto se aprovisionaban para salir a la caza de ballenas. Historias como la del ballenero que un cetáceo golpeó y lo mandó al fondo del mar debían de ser comunes. Nantucket era una ciudad portuaria adonde llegaban marineros de todas partes del mundo. Quizás algún periodista despistado o un fabulador avispado encontrarían las personas que inspiraron a Melville, y quizás pueda haber lectores que piensen que lo más importante es identificar al verdadero Ismael, al capitán Achab o a Queequeg. No tengo la más mínima duda. Siempre ha habido gente con muy poco gusto y escaso aprecio a la literatura.

La literatura es otra cosa: una pasión, un estado, una beatitud que dirían los de la generación Beat y que ahora algunos repiten. El ejemplo de Jack Kerouac viene a cuento ahora. Lo que menos nos importa es el Keroauc histórico, el que votaba a los republicanos y apoyó la guerra del Vietnam, el que cada vez que tenía problemas se refugiaba en casa de su madre a la espera de que pasara la tempestad para volver al mundo con algo de dinero que su madre le había dado. Importa (nos importa) el Kerouac que hemos creado, el personaje de En la carretera, el de Los vagabundos del Dharma y algunas novelas más. El jovencito que quería ser escritor y lo fue porque tenía algunas ideas claras y supo contar lo que algunos chavales de su edad estaban viviendo. Luego, hemos ido variando lo leído y lo imaginado y decimos que Keroauc viajó, en su gran novela, por la ruta 66, cuando no es así, cuando ni siquiera la menciona.

La vida de Keroauc tiene muchos puntos débiles, entre ellos, que refleja una sociedad totalmente segregada, una sociedad en la que los incipientes movimientos por los derechos civiles de los afroamericanos no encuentran un lugar, ni siquiera mínimo o subterráneo, en sus novelas. Pero no nos importa, no nos importa porque la literatura es otra cosa: una beatitud.

El costumbrismo, tan cerca de nosotros

Carreteras inmensas que se despliegan ante ti mientras en medio del silencio surcas los llanos pastizales. En la radio suena “On the Road Again” y piensas que cumples tu sueños, que acaso tantos años solo hayan servido para este momento en que te deslizas en tu Buick del 65 por las carreteras de Misuri y Oklahoma, la Interestatal 40 y la 44. Carreteras de la tristeza y de la soledad, moteles de lo siniestro. Estados Unidos es un país donde impera la soledad y el miedo te asalta en cada esquina. Un país oculto entre los inmensos rascacielos que ocultan el cielo.

Así, o de manera muy cercana, termina por pensar cualquier lector después de haberse sumergido en parte de la literatura que los escritores españoles más jóvenes están escribiendo. Estos tienen como referentes a David Lynch, a Jim Jarmusch (aunque, más bien, muy pocos han visto sus películas), a algunos directores más, o películas como Buffalo 66. También tienen algunas novelas como referentes, quizás alguna de Thomas Pynchon, quién sabe si a William Faulkner o a las sureñas Flannery O’Connor, Eudora Welty y Carson McCullers. Quizás también hayan escuchado las canciones de Willie Nelson, Johnny Cash o Sheryl Crow. Quién sabe lo que se necesita para crear el Estados Unidos de la literatura española más juvenil. Y claro, se me olvidaba, han leído, han amado y han adorado On the Road de Jack Kerouac, el sueño americano llevado a su cota más alta, una quimera, una fantasía adolescente que Kerouac llevó a su vida cuando estaba ya en la treintena.

Henry James viajó a Europa y aquí vivió varios para luego escribir de Europa. ¿Importa el realismo de Daisy Miller, y el de Otra vuelta de tuerca? Quizás no sea importante. Al fin y al cabo, no pasa de ser literatura. Importa la verosimilitud si uno quiere que la historia tenga un trasfondo moral, pero, claro, lo moral, ¿es necesario o es accesorio en lo literario?

He viajado por Estados Unidos, por varios estados del Este, del Sur y del centro, y no he visto las carreteras desiertas más que en contadas ocasiones, ni he sentido el terror que te asalta en el delito a medianoche en los moteles. He conocido gente normal, gente que viajaba en autobús por muchas razones, he conocido conductores de autobuses simpáticos, he viajado con presos a los que les habían concedido la condicional y con soldados que volvían de Irak. He viajado con señoras que hacían ganchillo para pasar el rato y con niños que iban solos a ver a su padre que vivía a más de 600 kilómetros. Y he visto pocos rascacielos.

He conocido un país, y leo de otro, al que han convertido una postal, una estampa turística fijada por la idea que en España tenemos de aquel país. El costumbrismo no es solo hablar de manolas, toreros y bares de barrio. El costumbrismo está también en lo que contamos de más allá de nuestras fronteras.