La alegría de vivir

En un artículo del El País, que trata de la próxima publicación de una obra de Canetti, se puede leer esta frase:

Mi esencia, en cambio, es rechazar y odiar cualquier muerte. No considero imposible que en algún momento llegue a aceptar más o menos mi muerte, pero jamás la de otro. Es tan seguro, lo siento con tal intensidad, que podría encabezar con ello mi pensamiento y mi mundo. Es mi Cogito ergo sum. Odio la muerte, soy así. Mortem odi ergo sum.Y eso que esta frase omite lo más importante, el hecho de que odio cualquier muerte.

Es algo que sorprende gratamente. Si observamos el mundo, donde en el último siglo y medio ha dominado la idea de la muerte, Canetti se nos aparece como un ser extraño y marginal. Quizás con la excepción de Friedrich Nietzsche, pocos ha habido como Canetti en este último siglo y medio. Fernando Savater, claro.

Pensemos que desde la Revolución rusa la izquierda ha estado más interesada en la muerte que en la vida, La muerte como colofón de la represión. La gente mencionará a Stalin, es lo sabido, pero Lenin lo antecedió. Y Mao continuó la estela asesina en China, y Pol Pot en Camboya, y … En España, por no irnos muy lejos, hubo celebración de la muerte cada vez que se aplaudió los asesinatos de ETA; ahora que ETA ve que la estrategia política pasa por no asesinar, hay quien aplaude a los asesinos y los homenajea.

Frente a tanto heraldo de la muerte se yergue, extraño y poderoso, envidiado, temido y rechazado por la izquierda, Elias Canetti, el judío centroeuropeo que escribió Masa y poder, un hombre que hizo de la afirmación de la vida el centro de la suya. Un hombre que afirmó la alegría de vivir.

Sueños de adolescencia

Taza-verde

De adolescente quería ser escritor. En realidad quería vivir la vida de un escritor según la reflejaban las películas de Hollywood. Levantarme temprano, aunque tampoco mucho, pasar la mañana en el estudio escribiendo mientras por el amplio ventanal entraba una luz clara y vigorizante. Más tarde, en una biblioteca amplia de corte moderno, sentarme a leer lo que otros habían escrito. Alternaría novela decimonónica y de comienzos del siglo XX con poesía moderna – el sentido del adjetivo en este caso era lo menos importante –, de vez en cuando leería alguna obra de teatro y ensayos, aunque estos no terminaban de atraerme por aquellos años.  Era un trabajo ideal entre otras razones porque no tenía compañeros. Era algo que solo me incumbía a mí, que no tenía que hablar de ello hasta que lo entregara a la imprenta. Mañana tras mañana, recluido en mi casa, y al final de varios años – dos, tres, quién sabe – me desplazaba a Madrid o Barcelona, le entregaba el manuscrito a mi editor, charlábamos y comíamos opíparamente en algún restaurante moderno – hoy esos restaurantes modernos los cambiaría por otros afrancesados – y luego, en el tren de la noche o en el de la mañana siguiente volvería a la ciudad en que habito. A los pocos meses me llegarían las galeradas y, finalmente, algunas copias del libro impreso. Poesía, cuento, el género, entonces, era lo que menos me importaba. Solo contaba escribir. Quizás, por qué no, al igual que cuenta la leyenda de Francis Scott Fitzgerald, un martini seco a mediodía, y unas vacaciones en el Mediodía francés.

A día de hoy todavía no he probado ningún martini seco ni he visitado esa región de Francia. Tampoco escribo poesía ni novelas. A veces pienso que ha sido la falta de disciplina y el hacer del oficio de escritor una ilusión más que una tarea diaria lo que ha dado al traste con todos mis proyectos literarios. Reconozco que prefiero leer una novela antes que escribir unas cuantas cuartillas con un argumento que no sé dónde va a acabar. Mientras tanto, en el mundo ha habido una serie de cambios fundamentales, entre ellos el del agente literario. Ya existían cuando yo era adolescente, pero ahora su papel es muchísimo más determinante. También la música me distrae, con complacencia mía, por supuesto, de mis tareas literarias, más supuestas que reales. Hay a quien le distrae el mundo, la sed de aventuras, el deseo de viajar; a mí siempre me ha distraído la literatura.

Tomo notas casi sin cesar: de planes, de ideas, del mundo que me rodea, apunto citas de otros escritores, comentarios, frases ingeniosas o que abren perspectivas inusuales. Tengo varias docenas de libretas llenas con ese tipo de miscelánea. En ellas hay un proyecto de un libro de viajes por Estados Unidos, que no escribiré seguramente porque Nathaniel Hawthorne o Herman Melville me habrán detenido, algunas ideas para ensayos sobre el cuento o la poesía que se quedarán entre las hojas de las libretas porque volveré a leer esos cuentos y poemas y el tiempo se habrá pasado. De joven nunca me gustó ese escritor de una sola obra que, después de publicarla, se distraía quién sabe por qué razones. Ahora veo que yo ni siquiera llego a ser uno de ellos.

Soy un escritor – si es que lo soy – de acompañamiento. Lo que escribo es una simple excusa introductoria a algún autor mayor. Hay por ahí, mías, desperdigadas, notas, artículos, prólogos a ediciones y traducciones de otros que sí que tuvieron la disciplina necesaria y la capacidad de desprendimiento para convertirse en grandes autores. Yo los leo y, de vez en cuando, les escribo un prólogo o una reseña.

Friedrich Nietzsche habló muchas veces del amor fati.

Aquellos maravillosos años

DSCF5071Todas las mañana, al encaminarnos hacia la Universidad, para pasar el día entre libros y gente silenciosa que garabatea en sus cuadernos, gruñe, refunfuña, ríe en sordina o golpea de vez en cuando la mesa –mientras vamos, como digo, a la biblioteca, también al volver de ella, nos encontramos con vecinos. Nos saludan, a pesar de no conocernos y nosotros devolvemos, como es normal, el saludo. Un espartano “buenos días” u “hola” o quizás “qué tal están, pasen un buen día”. Recordamos la serie Aquellos maravillosos años, serie que, todo hay que decirlo, apenas vimos porque nos parecía sosa, y ahora, después de unos años, parecemos personajes de la misma, personajes ya crecidos que aún guardan esa extraña capacidad para sorprenderse por lo nuevo.

Esto me lleva a pensar en la biblioteca entre jóvenes que estudian y toman notas sobre la sociedad contemporánea, que lo Posmoderno es, esencialmente, un fenómeno urbano y académico. Sería curioso saber qué habría ocurrido si los profesores universitarios de Humanidades – en su más lato sentido – no hubieran notado un agotamiento de la Modernidad, si no hubieran necesitado algo más – en cuestión de teoría – para que la rueda siguiera girando.

Esto lleva a la conclusión de que lo Posmoderno – con mayúscula, sí – solo tiene sentido y puede comprenderse en su totalidad en una gran urbe, que los análisis posmodernos, los ensayos sobre el tema, las narraciones llamadas así, solo pueden escribirse en ciudades como Nueva York, Chicago, París o Berlín. Esto, también, me lleva a preguntarme por la interpretación que hemos hecho de Michel Foucault, Roland Barthes, Friedrich Nietzsche, Jacques Derrida o Jean Baudrillard. ¿Lo Posmoderno en pequeñas urbes?

Uno sabe que esto de lo Posmoderno es simplemente una inmensa pirueta irónica de una cultura agotada – lo cual no es malo en sí mismo, pues esto mismo se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia con distintos visajes como única diferencia.

David Foster Wallace, tan del gusto de Javier García Rodríguez, es de los últimos representantes de lo Posmoderno – último en sentido temporal y en sentido de agotamiento. Soy consciente de la ruptura perceptiva que traen como consecuencia varias pantallas televisivas, el orden caótico y palimpséstico de la red, la atención dividida en varias conversaciones escritas en la pantalla telefónica. Aun así, dudo de lo Posmoderno como categoría.

Lo Posmoderno, que solo existió en algunas ciudades y en la mente de muchos – al igual que tantas otras tantas fantasmagorías filosóficas durante el siglo XX. Hay quien dice que lo Posmoderno es menos mortal. Lo dudo, y no solo por el origen sino por la base, que tan felizmente abrazan tantos para derribar las civilizaciones, o culturas, o acuerdos, ya existentes.

Vacaciones por convenio

Las vacaciones son esos períodos del año después de los cuales enfermo. Nada serio, es verdad, pero esas pequeñas dolencias tales como catarros han hecho que me desagraden los períodos de asueto por convenio laboral. Me reconforta, de vez en cuando tomarme una mañana de descanso, dejar pasar el tiempo desde la cama o desde la soleada habitación mientras escucho música o lo, cuando no hago las dos cosas a la vez. Uno ha de saber cuándo necesita un descanso. Sé que de ponerlo en práctica la sociedad sería aún mayor desbarajuste, pero que me digan cuándo he de descansar y que yo me lo crea, es algo que ni logro ni quiero consentir. Por eso suelo trabajar en vacaciones, por eso me gusta tomarme una mañana de descanso una vez que he acabado un trabajo importante. Ralph Waldo Emerson dijo que todo el mundo debería ser capaz de mantener sus ideas y no doblegarse a lo que la sociedad ordena. El rasgo del genio era lo que él llamaba confianza en uno mismo (self-reliance), confianza que solo era posible después de un largo período de trabajo para alcanzar una cultura amplia que ahorme el espíritu del genio, idea que no queda muy lejos de la idea que del superhombre tenía Friedrich Nietzsche.

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De cuando entonces venido al presente:

Esclavitud

“La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento de los hombres” (F. Nietzsche)
“No hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza.” (B. Spinoza)
Para los cristianos es la virtud teologal por la cual deseamos a Dios como Bien Supremo y confiamos firmemente alcanzar la felicidad eterna y los medios para ello.

Hay que vivir instalados en el presente, sin pensar en un futuro en el que alguien nos solucionará los problemas. La esperanza va unida a la teleología: un aplazar a un futuro inconcreto lo necesario presente. Lo expresa muy bien la frase: “primero ganamos la guerra, luego hacemos la revolución”, que es el modo en que la gente deje para nunca, suspenso en el no-tiempo, sus deseos presentes y se someta al Gran Líder.

Teólogos

Tronco

Hace no muchos años – o, quizás sí, pero envejezco y ya no cuento por años sino por décadas – hace años, decía, la filosofía se enorgullecía de pensar contra el Poder. Se enorgullecía aunque no siempre lo practicase. Frente a los partidos en el Poder, ellos establecían una serie de estrategias o de discursos que iban a la contra. Ahí estaba la fuerza de gente como Michel Foucault, pero sólo él y nunca sus disminuidos discípulos, y ahí se situaba también Louis Althusser, que era un caso peculiar pues durante gran parte de su vida intelectual cuando tuvo que elegir entre las tesis del Partido Comunista Francés y las suyas propias, elegía siempre – como buen comunista disciplinado – las tesis del PCF. (Esto, claro, se puede aplicar a la grandísima mayoría de ese oxímoron que es el filósofo comunista, que no es sino la puesta al día del filósofo teólogo. Así como en épocas pasadas tuvimos a Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, que hicieron teología que quisieron hacer pasar por filosofía – mientras en Holanda estaba Baruch Spinoza escribiendo una filosofía en verdad radical, en el siglo XX tuvimos a los filósofos comunistas que escribieron la teología del Comunismo mientras en Alemania en el siglo XIX había vivido el pensador más radical de ese siglo y del anterior, Friedrich Nietzsche.

La situación, así, era bien simple y la elección muy fácil: o se elegía a Nietzsche o se elegía a los teólogos. La gran mayoría se hacían marxistas y se dedicaban a la teología, y solo alguno quedaba que fuese un pensador verdaderamente ateo – no me vale el que ha sustituido a Dios por el Comunismo, ese sigue siendo religioso – Cioran, por ejemplo, o Michel Blanchot.

Creía que una vez caído el Muro de Berlín, esos teólogos desaparecerían. Pues no es así. Hay gente que no puede vivir en la incertidumbre, que necesita de un suelo firme, anclarse a un proyecto real que dé sentido a su vida. No me extraña, entonces, que en Argentina exista una Dirección de Pensamiento Nacional y que la ocupe un filósofo, Ricardo Foster. Tampoco me extraña que ya en España haya quien se vaya postulando con discreción a dicho puesto.

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Por cierto, ya puestos, diré que no salgo de mi perpeljidad cada vez que leo, u oigo, la frase “pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad” que dicen dijo Gramsci, y lo catalogan entre los materialistas, cuando, en realidad, es una frase que hace hincapié sobre todo en el idealismo.

(La teología, una vez más, secularizada, sí, pero teología.)