Todo se desvanece

Leo en el periódico el desganado obituario por Carolyn Cassady, fallecida hace ya nueve días en Gran Bretaña, lejos de Denver, lejos de Tennessee, lejos, también de California, donde, durante muchos años, vivió.

Carolyn Cassady escribió una inteligente réplica de la famosísima novela On the Road, y la titulo Off the Road, que no es sino su vida con Neal Cassady y la vida furibunda que este llevaba, eterno adolescente, amigo irrenunciable de Jack Kerouac. Cuenta también, y otros lo callan, el largo romance que tuvo con el propio Kerouac mientras este vivía con ellos. Neal lo supo, o al menos lo sospechó pero no pareció importarle mucho, no al menos durante un tiempo.

Carolyn ha muerto, como antes lo hicieron Allen Ginsberg o William Burroughs y mucho antes, temprano, Jack Kerouac o Neal Cassady. Los viejos beatniks yacen bajo tierra, y aquellos que siguieron a Ginsberg o que soñaron la carretera de Keroauc, son ya viejos, rondan la setentena, y su lgar en la sociedad lo han ocupado otros muy jóvenes, quizás emos, quizás grunges, que nada aben de los beats, ni de su interpretación del budismo. El mundo sigue su vida, y la llama de aquellos lentamente se va extinguiendo

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Cambio

De repente todo ha cambiado. No ha habido una transición más o menos breve. Al contrario. Un día estaba soleado y al día siguiente llegaron las lluvias intensas, largas, esas lluvias que comienzan por la mañana y aún siguen cuando es de noche. Los días ahora grisáceos, tienen la calidez del otoño. Piden, quién sabe por qué, otra música. No una música solar como podría ser el jazz o la bossa nova o el son cubano. Ahora apetece más algo de Bach, sus cantatas, por ejemplo, o los cuartetos para cuerda finales de Beethoven.

Se acaba una estación, comienza otra. Vuelve el ajetreo y ya la tranquilidad ha desaparecido hace tiempo. Miro por la ventana el día gris, mortecino y pienso que a veces liberarse de la exuberancia de la naturaleza, de toda la fuerza vital que exhibe en verano es, en determinados momentos, algo que se agradece e incluso necesario.

Sin tiempo

Comienzan las clases y el tiempo se acelera, se pierde entre los intersticios que se crean entre clase y clase. Antes, apenas hace una semana, el tiempo era infinito. Ahora, ya no hay tiempo, falta, se evapora.

Las clases son una actividad que absorbe totalmente. Me imagino que como tantas otras, pero, al menos yo, solo me doy cuenta de cuánto dura el tiempo — poco, muy poco –, cuando empiezo la temporada de clases.

Juan Luis Panero

juan-luis-panero[1]Muere días atrás Juan Luis Panero, poeta en la estela cernudiana pero carente de ese vigor poético del propio Cernuda. Cernuda ha tenido muchos seguidores, solo unos pocos, Valente entre ellos, han logrado estar a la altura.

Juan Luis Panero es autor de un poema  “Un arañado signo” en que resume lo que es la poesía y lo que es la vida.

Juan Luis Panero muere y desaparece otro más de una generación que dio algunos poetas muy buenos, que lograron dotar a su vida de un sentido mediante la literatura. Quizás pocos lo recuerden dentro de algunas décadas, quizás ya hoy incluso haya pasado su tiempo y no sea sino la ceniza del arañado signo que fue su vida.

Noches en vela

Son largas las noches en vela y carecen de total épica o poética. Hay algo dramático en el hecho de estar irado en la cama en alguna postura inverosímil después de haber agotado toda la paciencia porque no logras conciliar el sueño.  Es la constatación, otra más, de que el cuerpo no te obedece. En este caso es la mente, que es una parte del cuerpo, como otras veces son las piernas cuando tratas de correr más rápido de lo que acostumbras. El cuerpo, eso que algunos equipararon a un templo, y que por lo mismo no podía sufrir ningún tipo de agresión, es sin embargo, una maquinaria autónoma que, con demasiada frecuencia, no obedece mandatos propios de otra parte suya.

La noche transcurre lenta con los ojos abiertos y el ánimo agotado. Lees y escuchas música pero al final. el cansancio termina  venciéndote y pierdes las ganas de todo aquello que no sea mirar el blanco en inmenso techo de la habitación donde esa noche te encuentras.

Y piensas, piensas con desgana y pesar en lo mal que va el mundo, y lo ves todo aún más gris, y piensas que de todas las posibilidades que tenemos saldrá la peor, la más nefasta de entre todas. Y piensas que hubo un tiempo en que la política era despertar de conciencias y ves que ahora la política es un opiáceo que algunos utilizan para adormecer a la sociedad: No hay nada mejor que un proyecto que ilusione a una sociedad, una proyecto que apele a los sentimientos, nunca a la inteligencia, para que los dirigentes puedan conducir a la sociedad adonde ellos queiran: El lugar no suele ser otro que el abismo.

De algunas características nacionales

No lleva uno ni una semana de vuelta en su casa y parece que nada hubiera ocurrido y que las cinco semanas que ha vivido en el extranjero no hubieran existido o hubiera sido hace mucho tiempo. Tampoco nada da a entender la distancia que ha recorrido de ida y de vuelta, una distancia que, de haberla atravesado en coche o en autobús , habríamos tardado más de cinco semanas en cada sentido pero habría conferido otro sentido a nuestro viaje, moderno e instantáneo. Dejamos de lado el hecho mismo del viaje para centrarnos en la estancia cuando a veces lo que merece la pena es el recorrido en sí y no los tiempos intermedios. No era así en este caso en que lo importante era la estancia. Tal y como están las cosas, el viaje relámpago borra las diferencias y te prepara para la nueva vida; la vuelta, por el contrario, borra de tus recuerdos la vida nueva y te retorna al pasado. Aun así, hay cosas que no pueden olvidarse y el contraste es acusado, en gran medida porque la habituación a la vida normal ha desaparecido, y lo que era común y aceptabas, ahora te parece algo extraño e incluso desagradable.

Entre las cosas que se te habían olvidado estaba la inquina nacional, ahora reverdecida con la derrota en la adjudicación de los Juegos Olímpicos y el nivel de inglés de la alcaldesa madrileña. Quizás su inglés no sea excelente, pero si se compara con el nivel medio que tenemos, puede hasta sacar pecho. Las incorrecciones que uno tiene que soportar todos los días, la prepotencia de quienes hablan muy mal inglés y sin embargo se creen expertos hablantes en inglés,  producen vergüenza ajena día sí y día también.

La saña con que arremetan contra la alcaldesa — a quien han cogido como chivo expiatorio –, el ingenio que ponen en criticarla pero son incapaces de utilizar en su vida diaria para algo positivo, el resentimiento que se advierte en todo ello, era algo con lo que, por lo visto, estaba acostumbrado a convivir, pero se me había olvidado en cinco semanas. Ahora no queda más remedio que acostumbrarme a ello y creo que lo mejor es endurecerme todo lo posible para que el habituamiento no se me contagie.

A los escritores del 98 les dolía España. (Hay alguno ahora a quien repentinamente también le duele España aunque no tiene problemas en distorsionar la historia española de los últimos 40 años). A mí, no. Mis dolores son puramente somáticos y se reducen a la cabeza, las articulaciones o los pies. Pero me preocupa hasta dónde pueda llegar tanto resentimiento que algunas cultivan, otros propagan y algunos, pocos pero poderosos, siembran. Pocas cosas peores puede haber que una nación de resentidos.