El paganismo nuestro de cada invierno

Se acerca Nochevieja, el momento en que algunos hablarán de aquello de la fiesta pagana que subyace a la católica. Demostrará también su alejamiento del catolicismo, celebrando la fiesta pagana y no la católica. Es también el momento en que, una vez oídas todas esas sandeces, yo me río, una ligera sonrisa sardónica. ¡Ah, el paganismo!, ¡qué haríamos nosotros sin el paganismo!, ¡qué haríamos, sobre todo, sin esta ignorancia que nos acoge, nos abriga, nos protege y hace que nos sintamos reconfortados!

El paganismo se refiere a aquellos cultos religiosos que no eran las propios de la Roma Imperial, cultos que se celebraban en el campo. Estos formaban parte de religiones que tenían todas las características de las religiones monoteístas. (Una de las grandes confusiones es la que se produce cuando se iguala paganismo y politeísmo, algo que no tiene nada que ver.)

En las religiones paganas hay un dios, el cual es el inicio de todo y el que instaura unos valores — teológicos, por mera cuestión etimológica —  que los creyentes han de cumplir estrictamente. También suele ser un dios colérico que pide sacrificios para calmar su cólera. Y aquí viene lo mejor, esos sacrificios, que a veces eran de animales, también había casos en que requerían personas — casi siempre niños — o pedían los dioses — o sus representantes en la tierra — jóvenes vestales que se dedicarían a la prostitución sagrada.

Habrá quien aduzca que se venera al sol o a la luna, ¡como si sol, luna u otras estrellas, o fueran en el pensamiento primitivo deidades, como si en posteriores religiones no hubieran utilizado animales como representaciones de a deidad!

Así pues, aquellos que sabemos algo  — tampoco mucho, pero sí un poco — de historia de las religiones, y sabemos que pagano no es hombre sin dios como quiso el cristianismo sino hombre cuya religión no es la religión cultivada en la ciudad de Roma, y que por lo tanto pagano se refiere a cultos rurales, pero cultos religiosos al fin y  al cabo, no podemos por menos que reírnos mucho cuando los modernetes que se dicen ateos hablan  de celebrar fiestas paganas, que no es sino rendir culto y obediencia a un dios, no el cristiano, pero dios en resumidas cuentas.

Lo dicho, ¡qué haríamos sin nuestra ignorancia que nos abriga, nos protege y nos conforta!

 

Germán Coppini

Fue en las Navidades de 1984. Mis padres me regalaron un disco detrás del que andaba hacía ya unos meses: A Santa Compaña de Golpes Bajos. Había oído algún tema en Esto no es Hawaii, el programa de Jesús Ordovás (por aquel entonces yo escuchaba muchísimo la radio)  y había leído críticas. No sabía nada más de ellos.

Llegó Nochebuena y con ella el disco, y el disco superó con creces mis expectativas. Luego fueron a Soria, a dar un concierto junto con un grupo siniestro del que solo recuerdo el color zanahoria de su cantante y la levita negra que llevaba en pleno verano. logré colarme para escuchar las pruebas de sonido (las malditas pruebas de sonido) en la mañana soriana, no excesivamente calurosa.

El concierto comenzaba a la ocho de la tarde y a las cuatro ya estaba yo delante de la taquilla para comprar la entrada. El tiempo pasó despacio, muy despacio hasta que abrieron la taquilla y luego hasta que comenzó el concierto, con un retraso considerable. No puedo decir nada de él, ya no recuerdo anda, solo que me gustó, pero esto es una apreciación tan subjetiva que no puedo justificar con ningún argumento que es casi como que no recordase nada de nada.

Luego seguí la carrera errática de Germán Coppini, pero no la de Teo Cardalda, que siempre me aburrió en Cómplices, y de manera intermitente la de Pablo Novoa. Pero sobre todo seguí a Coppini, con una carrera con altibajos, con períodos de largo silencio y breves momentos de gloria muy fugaz. Me gustó siempre su eclecticismo y su hacer la música que le gustaba, sin sujeciones, sin pensar en lo que otros podrían decir, sin buscar nada que unas buenas canciones.

Ayer murió Germán Coppini, veintinueve navidades después de tener la fortuna de escuchar por primera vez su música. Hizo que mi adolescencia fuera más alegre.

Lecturas

Me he dado cuenta de que de la lista de libros que escribí a inicios del año, he leído muy pocas, y he escrito aún menos de ellas. Da igual, he leído otras igual de interesantes, aunque he de reconocer que las Confesiones de Agustín de Hipona es soberbio, inigualable. Tiene momentos de extraordinaria elevación intelectual. Me gustaron, sí, los discursos de Cicerón, y me fascinó El Secreto petrarquesco y sus epístolas. Prometo leer el año que viene dos de Shakespeare, aunque ya me conozco mis promesas literarias. Es lo que más fácilmente incumplo, soy un lector fácil y casi cualquier lectura me lleva al sillón.

Ahora me estoy leyendo El idiota de Fiodor Dostoievsky. Es, hasta donde he leído, el libro de Dostoievsky que más me ha gustado. Lo intercalo con  Figuraciones mías, de Fernando Savater, otro libro suyo que, después de más de cuarenta, sigue interesándome y está pleno de sentido común, sabor literario y capacidad fascinar.

El tiempo y el placer

Ya queda poco tiempo. Poco tiempo para las vacaciones. Es un tiempo ajetreado aunque uno ha logrado ir librándose de todos los compromisos sociales que nos rodean. No de todos, claro, que esos ería llegar al nirvana o al paraíso, pero al menos, sí de muchos. Sin cenas de trabajo, ni comilonas con los amigos de dos días al año. Me gusta comer, disfruto con ello, lo reconozco, pero también sé que la maratón que nos espera, cuatro comilonas en una semana y el remate del Día de Reyes, me agota. Si por mí fuera, comeríamos menos días y el menú sería menos abundante y habría algunos alimentos más exóticos, de esos que vienen de lejos y nunca probamos por su lejanía o por su precio prohibitivo.

Pero lo mejor de estas vacaciones es el tiempo: el mal tiempo meteorológico que me tiene metido en casa y el tiempo horario que aprovecho en leer grandes obras, como Fiodor Dostoievsky — otro año más– o las conversaciones de Eckermann con Goethe.

Un tiempo para encerrarse, para disfrutar leyendo al abrigo de la manta o en la cama mientras la gente se afana en comprar regalitos, en beber espumoso o en comer y comer. En casa J.S. Bach y libros inacabables, inabarcables. Placeres infinitos apenas costosos.

Ramón Andrés, también solitario que vive acompañado

No conocía la obra de Ramón Andrés, pero la casualidad hizo que me topara con El luthier de Delft en la librería y que me lo llevase a casa. Ya allí, después del casi obligatorio descanso de varias semanas en la mesa, lo leí en un par de tardes intensas.

Luego he leído una entrevista y una reseña que Antonio Muñoz Molina escribió sobre un libro anterior suyo, No sufrir compañía, que me está ya apeteciendo leer.

A la entrevista se asoma un hombre sereno, educado, consciente de lo que hace y del mundo en el que vive pero que no renuncia a cambiar lo que está mal.

Hace años diagnosticaron el fin del ensayo en España. No puedo decir que estemos viviendo una época dorada  pero hay que reconocer también que con ensayistas como Ramón Andrés la cosas no están del todo perdidas siempre que entendamos que lo que cuenta es la calidad y no la cantidad, y la instrucción, tan abandonada por toda la sociedad.

Luis Cernuda en su alta soledad

Son días de mucha lectura, no sé si muy provechosa pero al menos, sí, muy gustosa. Leo ahora el segundo tomo de la biografía de Luis Cernuda y me asombro de los muchos datos que recoge, del primor de la reconstrucción, del interés por dejar constancia de las cosas tal y como fueron.

Veo también la distancia que hay entre entonces y ahora, cómo las cosas han ido empeorando. Resulta emocionante ver cómo Luis Cernuda podía escribir un poema que tuviese como tema el Escorial, la España eterna. Me imagino yo ahora a algunos de esos poetas que ponen a Cernuda como ejemplo no solo en lo poético sino también en lo cívico, esos poetas digo, pensando en escribir algo sobre España, y entrándoles en ese mismo momento una fiebres, un urticaria, una alergia a no sé yo qué cosa, que se echarían a morir de pensar que alguien pudiera tildarlos de “franquistas”, simplemente por ser españoles y escribir sobre España.

Esto a Cernuda, pájaro libre, solitario y nunca complaciente con los estúpidos, le trajo sin cuidado, en medio de la Guerra Civil, le trajo sin cuidado. Por eso escribió lo que escribió. Cernuda, por cierto, y esto sus actuales defensores lo callan, era antinacionalista y antiseparatista.

Me acaba de llegar por correo la biografía que Gay Wilson Allen escribió sobre Walt Whitman. A lo más tardar, en dos días ya le he hincado el diente. Pinta de maravilla ese tocho de 600 páginas.