Ecos de sociedad

Javier Marías tiene dos tipos de seguidores, entendido esto en un sentido muy laxo. Hay quien lee las novelas de Marías y hay quien comenta lo que dice el propio Marías o dice de él, que para este segundo grupo, por lo visto, viene a ser lo mismo.

Es curioso que el escritor despierte tanto interés en un sociedad poco lectora y desde luego muy poco aficionada a novelas donde la reflexión impera sobre las aventuras. Marías, en otra sociedad — pongamos Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos como ejemplos — ser un señor que escribe, unos cuantos — sus lectores — lo ensalzarían o criticarían, según la novela de turno, y el resto de la sociedad pasaría olímpicamente de él.

Aquí, no. Aquí, esa gente que no lee sus novelas, se permite criticarlo; eso sí, echando mano de un número muy limitado de tópicos: que si es antifeminista, que si es gruñón, que si no tiene internet ni está en las redes sociales. Y no dicen nada de aquel marbete de angloaburrido, porque la gente hoy ni se acuerda de aquello ni llega a entenderlo.

Así, se organizan razias en twitter, facebook y demás redes, por el motivo principal de que los perseguidores no saben de qué están hablando. La cosa está en perseguir por perseguir, porque hay que atacar a alguien. Así, sin más. Porque leer, lo que se dice leer sus novelas, incluso entender sus artículos de opinión, a eso la gente no alcanza.

Yo, que me encuentro entre los que leen las novelas que Marías publica, agradezco que sea gruñón, impertinente y educado. Hay un tipo de escritores, Thomas Bernhard o Elias Canetti se encuentran entre ellos, que desdeñan ser agradables con la sociedad, que voluntariamente son distantes, y observan, desde la gran altura de su agudeza, a una sociedad embebida en sus naderías. Como la española de ahora. Marías, por fortuna, no deserta de su distanciamiento, a veces irónico, otras más contundente, y nos recuerda la necesidad de mantener en todo momento el sentido común y los principios que una buena educación (que incluye tanto instrucción en saberes como modales en sociedad).

 

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Antipáticos

Hay, en ese microcosmos que es el mundillo literario, autores que se desviven por caer bien a la gente, autores de libros galantes – algunos muy buenos – cuyo mayor interés es el de halagar a sus lectores, escritores que exudan melaza en las entrevistas. Hay otros que van de provocadores y que solo saben soltar exabruptos con el infantil propósito de escandalizar a la gente, aunque en el mejor de los casos solo cuatro o cinco beatillas se dan por aludidas. Es fácil criticar a los curas, a la derecha y a Ramoncín, al igual que lo es cuando insultan a los haitianos, a los negros y a las feministas. Pero esto es fácil, muy fácil. Los unos melosos, los otros infantilizados, creyendo que su público está compuesto también de personas infantiles. ¡Y a lo mejor es así!

Hay un tercer grupo. Suelen ser personas muy educadas, distantes, en algunos casos, porque así lo quieren ellos. Hay quien dirían que son águilas observando el mundo desde su olímpica altura. No buscan escandalizar aunque lo consigan, a veces bien a su pesar, con sus declaraciones. Casi siempre consiguen molestar, ya sea en entrevistas o en sus escritos.  Una inteligencia desmesurada, un sabio uso de la ironía asociada a esa inteligencia, un deseo de llevar a lector al límite en sus libros – todos ellos excelentes, y donde la condescendencia hacia el lector no se da – los convierte en gente antipática. Esa antipatía – de la que necesitamos mucho más – la notamos sobre todo en sus libros. Mientras escribía estas líneas pensaba en los inevitables antipáticos, que tan salutíferos son: Thomas Bernhard, Juan Benet y Elías Canetti.

Desafinado

En la vida existen coincidencias, esos momentos de conjunciones que los científicos se empeñan en negar y los aficionados a la astrología solo saben enfatizar. Entre unos y otros, Mallarmé dijo aquello de “Un coup de dés jamais n’abolira le hasard”. Esto viene a cuento de que este fin de semana he estado leyendo a Thomas Bernhard, una vez más, sí, aunque en cierto sentido por primera vez. He estado leyendo su teatro, que tenía apartado, acaso esperando una ocasión propicia. Un momento como este, de lecturas que al final terminan siendo flojitas, débiles, y uno necesita algo fuerte para mantener el tono vital. Bernhard, junto con Samuel Beckett, por ejemplo, o Emil Cioran, son tónicos que deberíamos prescribirnos cada cierto tiempo. Contra la melancolía, la depresión, el spleen, etc, estos escritores son lo indicado. Habrá quien los rechace. Es comprensible en una sociedad donde hemos caído ya casi en el punto cero de la voluntad afirmativa de la vida.

Leía este fin de semana, como iba contando, el teatro de Bernhard, en concreto El ignorante y el demente y La partida de caza. Dos obras sobrias, reducidas a la mínima expresión y, por esa concentración, sin embargo, cargadas con una fuerza brutal que sigue resonando después de la lectura (aunque qué duda cabe de que la representación de las mismas sería lo mejor).

El domingo, en vez de quedarme en casa y atacar – en el sentido musical – otra de las obras de teatro, decidí ir al cine a ver El último concierto. Trata de los problemas de un cuarteto. Situados en un momento crítico, el cuarteto está a punto de desmoronarse por obra y gracia de los egos de cada uno de los intérpretes (de todos menos de cellista, el de más edad de entre todos ellos, por cierto, el único que de veras quiere que la formación continúe).

La película gira en torno a la última interpretación del cuarteto de cuerda op. 131 de Beethoven. Las interpretaciones y, en algunos casos, breves explicaciones sobre el cuarteto ayudan a prestarle más atención, a entender si acaso un poco más, esa obra tan fascinante que uno puede estar escuchando sin pausa un días tras otro. Las referencias que al principio de la película se hacen a Four Quartets de T.S. Eliot, son interesantes y abren una nueva dimensión.

Sin embargo, creo que una referencia a Bernhard, a esas novelas suyas sobre el genio, la música y la enfermedad (también presente en El ignorante y el demente) habrían ayudado más. Al fin, la película y varias de las novelas de Bernhard tratan de lo mismo. Con la gran diferencia de que el humor de Bernhard está ausente en la película que bascula hacia el sentimentalismo y la tragedia, sin caer nunca en ninguno de los dos. La película se plantea como un drama moral y en lo visual busca la esteticización de la ciudad hasta tal punto de que Manhattan parece en algunos momentos una ciudad centroeuropea.

Hay un algo que la une, ya digo, la música, la idea de que la literatura o el cine pueden componerse como una serie de movimientos en las que variaciones y temas principales o secundarios conforman la estructura. Quizás también la tristeza que, a decir de los entendidos, ocupa las obras del último Beethoven, están presentes, en una quizás con un cierto derrotismo, del que no termina de salir, y en otro caso, como una carcajada sardónica que el maestro lanza a la cara de todos sus oyentes, o lectores en este caso.

Trueno

Siempre había echado en falta alguien como Thomas Bernhard en la literatura española, o más bien, en el panorama contemporáneo de la literatura española. Me desagrada tanta amabilidad general, tanta comprensión de unos con otros, tanta amistad. Los pocos que critican suelen ser periodistas o escritores mediocres cuya mejor suerte vendrá con su olvido.

Soñaba con un escritor de fuste, alguien que tronara contra la estupidez que nos ahoga y a la que, por lo visto, hemos logrado adaptarnos y hacerla parte esencial de nuestro ecosistema. Un Thomas Bernhard, como ya he dicho. Claro que Bernhard provenía de Austria, un pequeño país con una historia no resuelta por aquello de su rápida anexión por parte de la Alemania nazi, los fantasmas de los mismos que aún vagaban en vida del escritor, y otras razones menores que abundaban en lo mismo.

España, por el contrario, había cambiado. Por arte de birlibirloque había dejado de ser franquista para convertirse en demócrata de pata negra y nueva rica admitida en la Sociedad de Sociedades Opulentas. (Resultó con el tiempo que la riqueza se quedó en oropel y que eso de la libertad individual siguió estando muy mal vista.)

Un discreto hombre, sin embargo, se empeñaba en mostrarse arisco. Pertrechado con una educación exquisita, aquel buen hombre, que iba por libre y tenía la costumbre de dar a la imprenta novelas que iban convirtiéndose en algunas de las mejores de su época 8que es la nuestra), se negaba a participar en la hoguera de las vanidades hispana, sin que por ello fuera un amargado, resentido o demagogo vociferante. Es más, solía tener la costumbre de no elevar demasiado el tono sin por ello dejar de hablar con meridiana claridad.

Ya he dicho que me habría gustado que en España hubiera un escritor tronante, jupiterino, que nos arrojara rayos y centellas. Nos hemos quedado en un señor de educación irreprochable que sabe rechazar un Premio Nacional de Narrativa al tiempo que se disculpa ante el jurado por el rechazo y desaparece sin enfangarse, al contrario que otros, en las luchas posteriores y en el griterío de patio de corrala en que solemos perder el tiempo y otras cosas.