Azul

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[…] el Arte que alivia la vida sin aliviar el vivir, que es tan monótono como la misma vida, pero sólo en un sitio diferente.

Fernando Pessoa

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En la ciudad burguesa

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Un traspié muy bien puede recluirte en casa, incluso casi solo en una habitación durante algo menos de un mes. Esto, si se piensa bien y no está uno atravesado por esa nueva manía moderna del movimiento continuo es mejor que bueno. ¡Cómo si no disponer de todo un mes para ti excusado de toda obligación social! La cama, el sofá, la soledad y la pila de libros y de discos que forman el horizonte de esas semanas.

Acaso solo echa uno de menos en esas horas de la mañana temprana o tardía los paseos; paseos por la ciudad burguesa, claro está, la de las amplias avenidas y bulevares, las de los comercios donde puede uno encontrar de todo, la de los bares con grandes cristaleras. Sobre todo la de los edificios imponentes de la arquitectura Biedermeier o de la época Weimar, edificios que hablaban de la fortaleza y el poder de la burguesía (aunque el estilo Biedermeier reflejase también el desengaño de la burguesía por no poder tomar parte en los asuntos de Estado y significase en cierta medida un retraimiento hacia la vida familiar.)

Hoy en día la ciudad burguesa está en proceso de desaparición, si no ha desaparecido ya y lo que vemos son solo los espectrales restos que sobrevivirán como han sobrevivido las ruinas romanas o celtas, o musulmanas. Hay también quien dice que la ciudad burguesa es el territorio de la represión de las fuerzas revolucionarias, como si en París no hubiese habido ninguna después de su remozamiento con Hausmann.

Pero la historia no importa cuando las ensoñaciones se alzan como medida y método filosófico. Mejor, mucho mejor, entonces, las viejas ciudades medievales, de callejuelas estrechas, casas insalubres, donde apenas llega la luz del sol. La ciudad de los gremios, como si ahora lo gremial no significase la gran regresión, que lo es aunque pocos lo queramos ver (Para esto, si hay alguien interesado, Marx y su 18 Brumario.)

Si los valores burgueses, que al fin y al cabo tienen entre su progenie las revoluciones, incluso la de Mayo del 68 y su nuevo cuerpo revolucionario de jóvenes (¡dónde si no podría haberse dado Mayo del 68 si no es en la ciudad burguesa por excelencia!), están en decadencia, y pinta que van a estarlo por mucho tiempo para ya quizás nunca más levantarse, cómo no lo va a estar la ciudad, ¡cómo no van a preferir algunos las ensoñaciones del pasado de ciudades orgánicamente estables y compactas donde los habitantes (nunca ciudadanos) vivan en armonía!, o esos otros que sueñan con una urbe parecida a la de Blade Runner, siniestra y, en gran medida, virada hacia el pasado.

Si lo pienso bien, el traspié, tan bueno en algunos aspectos, me está quitando ratos de paseo por lo que aún no son los restos espectrales de la ciudad burguesa.

Espectros

En el rocanrol hay mucho de actitud. No vale salir al escenario de manera desaliñada al igual que no vale salir como si fueras a comprar el pan. Un concierto puede durar una o dos horas pero es como si el mañana no existiese.

En el concierto que Loquillo y Nu Niles dieron en Vitoria, Mario Cobos vestía como si fuera un cantante de country, Hank Williams, por ejemplo, y junto al otro guitarrista, Josu, iniciaron el recital con “Hawaii 5-0”, lo que daba una idea de la derrota del concierto. Luego siguió una nueva versión de “Eres un rocker”, nueva comparada con las de los años 80, y de ahí en adelante, fue un continuo enlace de canciones que hacía tiempo que Loquillo no interpretaba.

No fue un concierto de rockabilly porque el formato le queda estrecho. Jorge Rebenaque vestía cual bohemio parisién, con barba, boina, pañuelo rojo y camiseta a rayas blancas y azules, y lo mismo tocaba el piano en “Eres un rocker” como el acordeón en otras canciones más afrancesadas, “Por amor” entre otras, y que forman parte del repertorio de Loquillo.

Hubo algún momento espectral, como cuando interpretaron “Some Day, Some Way”, que me recordó a algunas actuaciones de Robert Gordon, también ya perdida el aura de su primera juventud, acaso poco más que un fantasma, como también años antes lo había sido Gene Vincent en los pubs británicos donde cantaba y malvivía. Hay líneas que se trazan en la juventud, de manera un tanto inconsciente, y que se mantienen toda la vida.

El concierto acabó con una tanda de versiones de Johnny Kidd y de Vince Taylor, para cerrarlo con “Esto no es Hawai”, que anunció como la canción que cambió la música en España, y que es, al menos, la gran canción – pero no la única – que Loquillo y Carlos Segarra compusieron en los ya lejanos años 80. Sobreviven, uno con más fuerza y empeño, el otro más espectral pero sin merma como guitarrista.

Fue un concierto en el que faltaron los grandes éxitos de Loquillo, sustituidos por canciones igual de buenas o mejores que habían sido dejadas de lado por quién sabe qué razones, y en el que se olvidó de que en 2014 había dicho en un programa que ya no tenía edad para cantar “Quiero un camión”.

Algo espectral, sí, el concierto, sombras del ayer que sobrevolaron y que arreglos como el que han hecho a “Piratas” refuerzan.

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Sombras del pasado

En febrero, creo, me enteré de que Loquillo estaba grabando, o acababa de grabar un disco con versiones de rockabilly. Código rocker se llamaba. Recordé entonces que allá por los años en que promocionaba ¿Dónde estabas tú en el 77?, los ya muy lejanos años ochenta, dijo en una entrevista a Rock de luxe que no se veía cantando de mayor pero que antes de retirarse grabaría un disco con versiones de rockabilly clásico.

Con los años ha ido matizando aquella idea. Tiene una edad respetable, aunque aún no es viejo, y sigue en la carretera – y por lo que parece, va a seguir muchos años más. Y las versiones de rockabilly clásico se han convertido en versiones de canciones que ha interpretado durante parte de su carrera – en algunos casos, parte importante – más algunas otras como “El tren de la costa” o “En cualquier momento”. El disco es bueno, tiene un sonido algo retro y ni él ni el grupo se limitan a volver a grabar las viejas canciones; en mayor o menor medida todas tienen arreglos nuevos.

Si algo tiene Loquillo es que sabe rodearse de los mejores. Suena a frase tópica, pero es cierta. En esta ocasión se ha unido a Nu Niles, una banda muy solvente de rockabilly. Con ellos también colaboran Velvet Candles, Dani Nel-lo o Jorge Rebenaque, entre otros.

El viernes estaré en Vitoria para ver el nuevo espectáculo. Tengo una cierta prevención por regresar al pasado, que nunca suele tener esos tonos tan agradables con que aparece en las películas, más bien suele ser siniestro y desasosegante. A ello se añade que hace tiempo que no oigo a Loquillo. A pesar de lo que me ha gustado, en varios momentos me he alejado del personaje guardando en el recuerdo aquellos años de El ritmo del garaje, La mafia del baile o Morir en primavera y su primer disco de poesía.

Allí estaremos, y brindaremos por los viejos tiempos.