La vida

El tiempo arrasa la vida. El uso es consumo y desgaste. Luego quedan las explicaciones y las metáforas, muy buenas en este caso.

La vida es también, sobre todo, afirmación, conatus spinoziano: “El conatus en Spinoza no es más que el esfuerzo de perseverar en la existencia, una vez dada ésta, es la esencia del modo (grado de potencia), pero una vez que el modo ha comenzado a existir” (Gille Deleuze, “Spinoza y el problema de la expresión”, capítulo XIV, “Qué es lo que puede un cuerpo”, página 221). Lo único que nos hace y que nos justifica.

El cuerpo y sus debilidades y, enfrente, el inmenso deseo que nos impulsa.

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La visión clara

Estreno gafas para leer, y, de repente, recuerdo que hubo un tiempo en que las letras tenían un contorno preciso, definido. Lo había olvidado y quizás por esa razón tenía la idea de que la literatura era cada vez algo más indefinido y borroso en sus ideas, en su estructura, en su lenguaje. Quizás a partir de ahora vuelva a recuperar lo afilado que pensé que había perdido (a la literatura me refiero).
El mundo de cerca regresa con su prístina finura de contornos claros que siempre tuvo. El mundo cercano, digo.

Al tordo que madruga

“Al tordo que madruga en los olivos/ tiendo tempranas redes”. Así yo, hoy. Me levanto temprano, muy temprano, y trabajo, hoy que es un día en que el Estado, esa maquinaria que nos dice cuándo debemos trabajar y cuándo tenemos jornada de asueto, como hoy, en que debemos celebrar la fiesta de la identidad tribal, aquí en Castilla y León, como si la identidad de una sociedad fuera tan diferente a la de otras, como si la identidad de cada individuo debiera ser igualada a la de los demás.
Hoy me he aseado temprano, he desayunado, y, vestido, me he dedicado a trabajar. No es que yo sea un estajanovista que solo sabe trabajar, pero en días como hoy, la mejor repulsa, la mejor oposición al tribalismo que nos cerca, es dedicarnos a aquello que rompa el sentido. Hoy el trabajo rompe el sentido social.
Algunos hablan de los viejos tiempos, la nostalgia, el blando sentimentalismo que dirige sus vidas en fin. En eso ha quedado todo. Yo, sin embargo, aun sabiendo la celada tendida, pienso en la melancolía, y recuerdo la carta de Nicolás Maquiavelo a Francesco Vettori:”… non temo la povertà, non mi sbigottiscie la morte”

Minima moralia

Leo, con discontinuidad, tanta que quizás a esto ya no pueda llamársele ni lectura, Mínima moralia. Apuntes sobre la vida dañada, de Theodore Adorno, el recio filósofo alemán que se empeñó en una crítica severa y nada condescendiente de la sociedad occidental en la sLeo, con discontinuidad, tanta que quizás a esto ya no pueda llamársele ni lectura, Mínima moralia. Apuntes sobre la vida dañada, de Theodore Adorno, el recio filósofo alemán que se empeñó en una crítica severa y nada condescendiente de la sociedad occidental en la segunda mitad del siglo XX. Había leído, hace ya algún tiempo, pero es seguro que fue después de comenzar la lectura de Mínima moralia, el editorial, por así llamarlo, que le dedicó Archipiélago cuando se ocuparon de él, y de esa presentación me extrañó siempre que criticaran la distancia, incluso oposición, que Adorno mantuvo con los estudiantes. ¡Cómo iba a ser de otro modo, si siempre estuvo en contra de cualquier forma de banalización!
Por lo demás, hay apuntes y pensamientos en el libro de gran validez, aun hoy en día. Trascribo dos, aunque podrían ser cientos:
“En el más íntimo recinto del humanismo, en lo que es su verdadera alma, se agita prisionera la fiera humana que con el fascismo convertirá al mundo en prisión”
“Quizás el talento no sea en el fondo otra cosa que un furor felizmente sublimado, la capacidad de concentrar en una paciente contemplación aquellas energías que en otro tiempo crecían hasta la desmesura, llevando a la destrucción de los objetos que se les resistían, y de renunciar al misterio de los objetos en la misma escasa medida en que antes no se estaba satisfecho hasta que no se le arrancaba al maltratado juguete la voz lastimera.”

Semana de Pasión

Vuelve el frío a esta ciudad con la Pascua. Las religiones sí que tienen un ciclo marcado que les confiere un sentido y una dirección, alejado totalmente del vagabundeo de cualquier otra vida. La religión nos ofrece un camino recto, señalizado hasta en su más mínimo repecho. Cada estación tiene un significado, cada acto tiene un sentido, que nunca es ambiguo pero tampoco está totalmente cerrado a la interpretación.

Ahora es el momento del renacimiento y así ha de escenificarse. Nació y se encarnó en el hijo de Dios. Ahora le cumple morir y renacer para siempre, aunque en el próximo solsticio de invierno vuelva a reencarnarse. La religión ha quedado, al fin, como una guía a la que asirse mientras uno va viviendo y repite las mismas acciones cada año. Ahora que hemos perdido el ritmo de la naturaleza que ordenaba la vida, nos quedan casi únicamente los ciclos religiosos.

Ahora que la tierra renace, vuelve el frío, que es sinónimo de invierno, como una gran contradicción o como una falla en la ordenación humana.

Se acortan las noches pero aún tiene fuerza la oscuridad. Es este un tiempo de oscuridad, de desconcierto y desorientación. Las lecciones de tinieblas, música sacra escrita para esta época, o el Vía Crucis de Liszt contienen momentos graves, casi espeluznantes en su expresión de la nada y en su exploración de los teatros de fantasmas que elaboramos como sociedad y como individuos. Al fin, los rituales buscan crear un estado de recogimiento de ánimo sobrecogido.

La semana de pasión tiene algunas características interesantes que solo pueden abordarse, entiendo yo, si nos alejamos del bullicio, incluso del parco bullicio que llena las noches de las ciudades castellanas. Mientras desfilan en procesión las imágenes religiosas de la Pasión. Mucho más aún hay que alejarse del bullicio del Vaticano, donde todo se celebra como la gran representación dramática que es organizada a mayor gloria terrenal de la Iglesia.

La Pascua de la pasión y resurrección de Jesucristo, el hijo de Dios, es un hecho que solo puede entenderse desde cada individuo, pues es un hecho eminentemente psicológico. Así como la fiesta de la Natividad es algo familiar, comunitario debería decir, esta de la pasión es personal, íntima, secreta por lo que tiene de incomunicable. Es cierto que se celebra en grupo pero esto tiene su razón de ser en que toda celebración personal es altamente subjetiva, incomunicable y no crea vínculos sociales. Y la Iglesia como institución que es, necesita de esos vínculos para su continuidad.

Lo que más me llama la atención es el núcleo de la Pascua, la muerte de Dios. Entre el Viernes Santo por la noche y el Domingo de Resurrección, el mundo lo es sin dios. Se abre un hueco, una interrupción de la continuidad vital que se repite anualmente. El mundo se abisma en su nada.

Las imágenes que se han utilizado para representar dicho vacío han sido, en algunos casos, impresionantes. Han de ser sobrias, austeras, han de señalar el hecho sin recrearse en él. Han de crear una sensación de abismo interior hacia el que nos precipitamos, pues en gran medida, toda esta representación tiene la única finalidad de la introspección psicológica en forma de drama individual, representado por Jesucristo quien también en el momento más importante de toda la representación se siente abandonado, solo, que descubre que ante el momento de la aniquilación nadie puede acompañarte. En el momento culmen, grita aquello de “Padre, ¿por qué me has abandonado?”

A veces una cruz vacía recortada contra un cielo de tinieblas en medio del monte es una imagen suficientemente expresiva. Creo, aun así, que como medio expresivo en este caso la música es superior. Las pasiones de Bach, el Vía Crucis de Liszt, incluso la obra “Fratres” de Ärvo Part son obras que logran abismar al oyente atento y hacerlo enfrentarse a una radical soledad en la que se interrogue por lo que considera central en la vida. La combinación de notas y silencios, énfasis expresivo, disonancias, ritmo y sonoridad logran mover el ánima de manera más efectiva que la contemplación de gran número de imágenes.