Martini seco

Me gustan las películas donde las protagonistas beben Martini seco. El martini seco, yo que no soy de cócteles, es, sin embargo, mi preferido. Es una bebida exacta, rotunda, austera y aun así elegante. es de las pocas veces en que austeridad y elegancia van juntas. Hay otros cócteles que llevan varios licores y algún tipo de líquido para rebajar el alcohol. No ocurre así con el Martini que es ginebra y un poquito de martini blanco, tan poco que es solo un recuerdo, un leve toque.

Como decía, me gustan las películas en que las protagonistas beben martini seco. Suelen ser elegantes, no son jovencitas, y, al menos en las películas, tienen una conversación agradable y mundana. El martini seco no sale en películas de la bohemia ni del lumpen. Sale en películas de gente adinerada, como si el cóctel solo se lo pudieran permitir los ricos, cosa que no es así, pero ese toque de distinción lo aparta de otros ambientes.

También hubo escritoras que bebían martini seco. En Nueva York, claro, elegantes y mundanas.  Y el de Luis Buñuel y Manuel Alcántara. Fue también el cóctel de la Cuba de Batista, pero yo me quedo con las vistas de Nueva York.

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Guiones

Leo a Allen Ginsberg mientras en el televisor suena música de los años 40 y 50, Carmen McRae entre otras cantantes de swing. El ensayo tiene como tema principal la elegía Kaddish y es un breve recuerdo de cómo lo escribió y las varias veces que lo leyó en público o lo grabó.

Hay un momento que la lectura deja de interesar por lo que cuenta. Ginsberg rememora que estuvo una noche en casa de un amigo y escucharon a Ray Charles, al que – según dice – no había prestado mucha atención hasta ese momento. Luego, ya de amanecida, dice que volvió a su casa en la zona este baja (Lower East Side) desde la Avenida 7. Ese instante de lectura y música me trajo a la memoria las imágenes de Manhattan por la noche mientras paseábamos, los inmensos rascacielos, las luces de neón, las películas de Woody Allen, de Billy Wilder, una subjetividad que es, guste más o menos, colectiva, la propia del siglo XX hecho de cine americano y música, americana también. De un apartamento a otro fue Ginsberg para comenzar con una escritura caótica, mientras, quién sabe, si en alguna esquina de Manhattan no estaría ocurriendo alguna escena de película, o si no estaría ya despierto algún guionista que comenzaba a escribir el guión de una de esas películas que todos recordamos.

Mientras tanto, ahora, el aquí está al pie de la Montañas Rocosas en una casita que es un estudio con la puerta que da a la calle y una ventana que abarca toda la fachada y deja que la luz clara y alegre del día entre a raudales. Mientras suena la música de los años 40 y 50.

¡El cine, cómo no!

La cocina es pequeña y la hornilla de inducción la guardamos en un cajón después de que se haya enfriado. Parece, en principio, que en ella es casi imposible cocinar nada complejo como pueda ser un guiso, y, sin embargo, la potencia es lo suficiente como para hacer guisos. Eso sí, como es de inducción y tienen un ventilador en la base, no da calor, lo que se agradece en un apartamento tan pequeño.

Es un estudio como tantos que hemos visto en las películas, con la cama junto a la mesa de estudio, donde tecleo estas mínimas crónicas de nuestra estancia en Boulder. Al lado está el televisor con una pantalla más grande de lo que aquí se necesita y un par de sillones junto a una mesita. Quizás fuera Robert Redford el protagonista de aquella película que recuerdo brumosamente – los años no pasan en balde – y en la que pasaba horas y horas tecleando su máquina de escribir, una de esas máquinas que convertimos en míticas quién sabe por qué razón. También podría citar a Carrie, la periodista de Sexo en Nueva York, una comedia televisiva desenfadada que ha logrado que siempre que piense en Nueva York, o me recuerde en ella, me comporte como alguno de los protagonistas masculinos, por razones obvias.

A veces me imagino viviendo en uno de esos pequeños estudios, trabajando en una editorial, con los libros apilados por las estanterías y el suelo. En mis mejores momentos, sueño con que edito uno de los números anuales de The Best American Essays. También sueño a veces, despierto siempre por supuesto, que soy judío y llevo una vida normal en Brooklyn.

Claro que, al final, todo eso son sueños que el cine propicia.

Un final de época

“In Berlin by the wall
You were five foot ten inches tall.
It was very nice
Candlelight and Dubonnet on ice”

Es, acaso, para mí, la canción que contiene todo el existencialismo nihilista de los años setenta. Quizás para pocos, por no decir nadie, los años setenta sean la última explosión de ese nihilismo. Algunos aún navegaban las aguas del la Revolución y se dirigían, si no habían llegado ya, al terrible maelmström de la muerte y del terror. Se fueron deshilachando, al igual que las nubes en el cielo.

Mientras muchos proseguían en los años sesenta sin darse cuenta de que en realidad les mecía la resaca de aquellos años, otros, solitarios, descreídos, oportunistas también a veces y en diversos sentidos, prefirieron no cerrar los ojos ni perderse en las ilusiones de la voluntad o de la imaginación impotente. Entre ellos, un hombre, entonces aún joven, que en el año 1972 adornaba su cabeza con una melena rizada que semejaba un casco – sostenida en lo alto apenas caía por el cuello y los hombros. Ya se había separado de sus compañeros de juventud con quienes empezó una interesante aventura musical al resguardo del artista neoyorquino del momento; ya la Velvet Underground era solo un recuerdo, un nombre que con el tiempo iría ganado prestigio hasta ingresar en el panteón de los malditos famosos; ya su semblante se había vuelto aún más serio, y el rictus de desprecio se había acentuado. Lo suyo eran las calles de Nueva York, pero no cualquiera, sino las de los barrios marginales, donde la droga, la prostitución y la miseria habitaban: Queens, Brooklyn, el Village o el Soho. Daba igual, allá donde hubiera un local con música en vivo, un camello que vendiera su mercancía, donde hubiera transexuales, prostitutas, inadaptados, su ojo se fijaba y su imaginación se ponía en marcha para darle forma a aquel momento y atraparlo en una canción.

Lo hemos visto en infinidad de películas que han intentado recrear la vida de quienes pululaban por la famosa Factory. Hemos visto a jovencitas perdidas mientras la heroína se apoderaba de sus almas y sus cuerpos, muchachos que se prostituían por unos pocos dólares, jóvenes que no sabían qué hacer con sus vidas y avanzaban de fiesta en fiesta, nos han enseñado los retretes mugrientos, las camas deshechas y las sábanas arrugadas, la lentitud de los cuerpos al recobrar la conciencia, el estupor de la mañana perdida, y la ansiedad de la noche temprana.

Fueron los estertores de la vanguardia. Solo así se entiende que un grupo de rock pudiera tener espacio allá. Ellos, probablemente, no estaban interesados en la vanguardia; al menos no todos. Escribieron algunas canciones, dejaron una de las últimas expresiones del nihilismo; canciones descarnadas, ajenas a cualquier épica, ácidas, disonantes. Pocos los entendieron entonces. Alguno ha muerto, Lou Reed continúa, calmado por la edad, sin cesar de experimentar, superviviente de una vorágine que pocos además de él supieron interpretar en términos existencialistas. En 1972 dieron un concierto en París, él, John Cale y Nico. Pocos recitales resumen tan bien ese final. No hay transición, se agota, brillante, en sí mismo.