Los botines de Johnny Cash

Están en la vitrina, en un recodo del museo. Negros, acharolados y brillantísimos. También enormes. A su lado uno de los trajes que Johnny Cash utilizó en sus conciertos. Destacan, sin embargo, los botines, tan limpios y tan grandes.

Johnny Cash, el cantante de Memphis que al final fue una figura reconocida por todos en EEUU era un tipo alto, a tenor de la talla de botines que usaba. No están arrugados apenas y miran al visitante desde su lugar en la vitrina.

Pudo haberse dedicado al rocanrol, como su amigo Charles Perkins. Perkins era otro cowboy, otro hillbillie más, pero dio con el ritmo y con las armonías de un tipo de música con la que él, y una pandilla de músicos, cambiarían la sociedad americana. En Cash esos acordes también se escuchan pero predomina lo vaquero.

Cash los conoció a todos, incluso fue parte de aquella mítica reunión improvisada que tuvo lugar en Sun Studios, la del conocido Million Dollar Quartet. Sale en la foto pero su voz apenas se oye, y eso que eran, casi todas, canciones del repertorio popular americano, en su mayoría góspel y algo de blues.

Cash estuvo con ellos, pero ellos despegaron pronto: Elvis enseguida alcanzó la fama, Jerry Lee Lewis también la tuvo, aunque a veces fuera por razones extramusicales. Charles Perkins siguió con su carrera.

Cash, el muchacho de Memphis no alcanzó tanta fama, al principio al menos, pero luego despegó sin abandonar Sun Studios, su primera compañía de discos. El chaval de Memphis llegó a cantar en la prisión Folsom, a cantar con otros como Willie Nelson, incluso le hicieron una película en sus últimos años, una de esas malísimas biografías en celuloide para gusto de quienes apenas no sabían nada de su vida.

Sus botines están ya, para siempre, en la vitrina, mirando a los visitantes que pasan todos los días por el Rock and Soul Museum, como testigos de una época y de una manera de estar en el mundo. Los enormes botines de Johnny Cash.

Llegada a Memphis

El avión nos deja en solo dos horas en Memphis. Boulder de Memphis está a más de mil cien millas. Lo que en coche, o en autobús, en uno de los míticos Greyhound que salían ya en Las uvas de la ira, habríamos tardado unas veinte horas, lo hemos cubierto en dos. Los aviones son necesarios en un país con distancias tan enormes. En el trayecto – ya la había comenzado días antes – leo la biografía que Dennis McNally escribió de Jack Kerouac. Tienen de interesante que también documenta el cambio de los Estados Unidos en el paso de los años cuarenta a los cincuenta.

En Memphis nos recibe el calor húmedo, la parsimonia de una gente que no tiene más remedio que sobrevivir en medio de ese clima. En el autobús recorremos el extrarradio hasta llegar a la estación de autobuses en el centro – más bien – en la zona norte de la ciudad. No es una ciudad al estilo europeo. Son casas, edificios que han ido construyendo sin orden ni plan y han formado, al final, diríase que casi por azar, un conglomerado urbano. Al final, unas pocas calles forman el centro.

En el hotel, nos azota el fresco casi polar del aire acondicionado. Las calles no se ven pegajosas, como en Nueva Orleáns, pero los olores sí son densos, como el perfume que se me ha pegado en las manos cuando esperaba en el aeropuerto al autobús.

Tormenta de verano

Cerca de la Universidad entamos en Starbucks, una cadena americana de cafetería que aquí adquiere todo su significado pero que en Madrid, donde he estado en alguna de ellas, lo pierde totalmente y queda como algo fuera de contexto. No habría que entender esto como un llamamiento a la pureza cultural y a la eliminación en nuestras vidas de todo aquello que no sea esencialmente nuestro. Nos quedaríamos, entre otras cosas, sin pantalones vaqueros, sin música pop o rock, sin ordenadores o sin refrescos. Las novedades se adaptan a las culturas concretas, unas antes y otras después, y las que no se adaptan, simplemente desaparecen.

Hay un continuo fluir de personas que entran y salen de la cafetería, encargan lo que quieren y algunos hablan con los camareros. Las breves y superficiales conversaciones de cafetería. Algunos se sientan en las pocas mesas que quedan libres. El volumen de la música no molesta, y la mayoría lee o estudia, algunos conversan en voz baja – una voz mucho más baja que en España – y que permite que la gente se sienta relajada y pueda concentrarse.

Afuera el cielo ha ido encapotándose. Por la mañana estaba totalmente despejado, y solo pequeñas nubes algodonosas adornaban el azul límpido. Después de varias horas de trabajo en la biblioteca hemos salido y el panorama había cambiado, al menos el panorama en el cielo. A un lado, nubes densas y grisáceas, casi plomizas; al otro, aún el color cielo de vaporosas nubes inofensivas.

Hemos entrado en esta cafetería para protegernos de la lluvia que ya empezaba a caer. Como todas la tardes, por otro lado, porque aquí a eso de las tres de la tarde se inicia una tormenta veraniega, un aguacero intenso, aunque no torrencial, que dura una media hora. Luego casi siempre vuelve a despejarse,  y del asfalto y de la tierra suben el calor y el olor húmedos de después de la tormenta. Enseguida se seca el macadán de las aceras y la vida continúa como si nada hubiera sucedido o como si estos chubascos fueran algo normal con los que han de convivir en algunas estaciones y han de hacer planes para que no les interrumpan la vida.

Al acabar la tormenta, la gente vuelve a salir a las sillas y los sofás de la terraza para dejarse acariciar por ese aire aún tibio y para oler los infinitos matices de la tierra húmeda.

My little runaway

Del_Shannon_Runaway_vorne

Con la entrada “En el mercado de frutas y verduras” pude haber caído en algo parecido a un bucle proustiano en el que recordase mi infancia y adolescencia lectoras Los maravillosos libros, que un lector de estos apuntes recordaba, de Enyd Blyton, a quien tanto, al menos yo, tengo tanto que agradecer por tantas horas de lectura agradable y cautivadora.

No fue así, pero esta tarde noche, apenas las siete pero parecían ya la diez, sonaba “Runaway” de Del Shannon y entonces la caída ha sido inevitable, quizás por pillarme desprevenido. “My little runaway” cantaba y entonces, como a plomo han caído sobre mí los años de adolescente en Soria, despistado, que ya apuntaba maneras para eso de no valer para nada práctico. Algunos años más tarde me enteré del viejo lema teddy boy: “Don’t follow me, I’m lost” y al cierto sentido estoy perdido para el mundo. Aquel adolescente despistado para quien no había nada más importante que la literatura y el rocanrol, y para quien, de modo muy ingenuo, se resumía todo en la palabra América, ese adolescente, digo, logró que parte de su vida girara en torno a esas primeras ilusiones juveniles, incluso ahora, cuando la juventud queda tan lejos que ya no logra ni avistarla en la distancia del pasado.

Literatura, Jack Kerouac, una de las primera lecturas serias junto con Santuario de William Faulkner – una historia de contrabandistas, me dijo mi amigo –, Elvis Presley, la música de los años cincuenta y el sentimiento de “Et in Arcadia ego”.

Todo esto ha sido luego matizado, incrementado, han entrado nuevos elementos, otras personas muy importantes, pero aquel adolescente que miraba las portadas de los discos de Gene Vincent and the Blue Caps,  que le gustaban las camisas de cowboy, sigue al menos en lo esencial fiel a aquellos años, y cree que la vida, a la que no ha le ha pedido mucho, al menos le ha concedido vivir de la literatura y acompañado de la música y de una persona que merece la pena.

Miscelánea

En el pequeño apartamento hace fresco y cuando llueve apenas se moja el patio; la espesa vegetación que componen los árboles y matorrales del jardín vecino impide que llegue apenas agua. Sirve el jardín de refugio de animalillos. Una mañana de la semana anterior nos despertamos a las cinco de la mañana con el graznido de los cuervos. No era el sonido común y casi parecía una conversación que mantenían entre ellos por la variedad en los tonos y en las inflexiones. Otra noche un pequeño ruido de animal, algo parecido a un maullido, se oía en el patio. No era, desde luego un gato callejero, especie que aquí no existe. Pensamos que podría ser una ardilla, aunque nunca les hemos oído ningún tipo de sonido, o quizás un mapache, aunque estamos demasiados metidos en la ciudad como para que estos animalillos, tranquilos, en su andar, a veces parece que apesadumbrados, que van ensimismados en sus pensamientos, merodeen por nuestra casa.

Tenemos pocas cosas, las justas habría que decir, y la vida no parece más difícil que si se poseen muchas. A veces, es cierto, echamos de menos la música, pero poco más. En la Universidad hay más libros de los que nos podríamos leer en varias vidas y aun así hemos comprado algunos, pero casi no merece la pena rebuscar entre las estanterías de las tiendas cuando tienes la certeza de que podrás encontrar algunos tesoros en el tercer piso de la biblioteca.

La lejanía y el ruido

A pesar de la lejanía, llegan claros los gritos zafios de quienes ignoran lo que es el suelo mínimo de convivencia social. En verano, años atrás, el ruido se calmaba, la gente marchaba a la playa o a la montaña, y bajo la sombrilla o entre los matorrales, el ruido vocinglero quedaba reducido a nada o casi nada. Antes, también es verdad, había más educación. Antes la gente callaba más y se pensaba las cosas dos veces antes de lanzar un exabrupto. También antes la gente asumía sus responsabilidades y no buscaba culpables en los demás. Quizás antes no fueran todos así, pero había una mayoría. Supongo que el uso de medios para estar todo el día comunicados y escribiendo mensajitos en los que dejaret llevar por la rabia mientras el aplauso suena enfervorizado ayuda mucho.

Hoy en día son minoría, aunque quede alguno. Antonio Escohotado, sin ir más lejos. Retirado en una casa en el campo, se dedica a escuchar, con aplomo, con espíritu sereno y con distanciamiento, el ruido este que nos rodea y que puede llegar a aturdir. De Escohotado siempre me ha llamado la atención su serenidad, incluso en los debates más enconados, cuando todos se lanzaban contra él, nunca perdía la calma. Razonaba con pasión pero sin atolondramiento, dejando los argumentos propios de los imbéciles morales para sus adversarios.

Me gustaba también su prosa, sintética, concisa, pero con algunos felices descubrimientos conceptuales lingüísticos. Tuvo un efímero momento de fama, debido a la cuestión de las drogas, que para él supuso la publicación de una historia ingente de las mismas, tres volúmenes gruesos, bien documentados y mejor argumentados. Antes y después, una vida propia (en el sentido de que él es verdaderamente su dueño), su amistad con Ernst Jünger o con Albert Hoffmann, otros que son dueños de sí mismos, más libros interesantes.

Ahora, en medio del ruido, publica el segundo volumen Los enemigos del comercio: una historia moral de la propiedad, que pasará desapercibido por varias razones: habrá quien no lo entiende (algo cada vez más común), habrá quien lo entienda pero sienta miedo, miedo a los demás, miedo a perder su mediocre posición en este mundo, miedo a ser libre, en definitiva, a ser dueño de sí mismo.

Supongo que Antonio Escohotado seguirá en su refugio, escuchando desde la lejanía y prestando la atención justa al ruido, libre. Como dice en su web: “La libertad, que en sus etapas iniciales llama a la insumisión, madura como sentimiento de goce ante ella misma.”