Pablo García Casado, la escritura de las afueras


¿Qué significa escribir desde las afueras o escribir las afueras?, ¿qué son, en una sociedad que reparte sin cesar certificados de normalización, las afueras? Quizás ni siquiera existan ya, quizás solo sean el recuerdo de unos tiempos, no muy pretéritos aún, en que otra mirada y otra manera de sentir el mundo era posible.
Quizás ahora las afueras se hayan quedado para los jóvenes que buscan lugares oscuros donde entregarse al sexo. Las afueras son las tapias de los cementerios, de las fincas antiguas antes de que la urbanización las engulla, son los rincones oscuros de los extrarradios urbanos donde puede pasar cualquier cosa pero frecuentemente apenas ocurre más que una monotonía de domingo.
Las afueras son también los moteles de carretera del país más avanzado del mundo, las estaciones de autobuses polvorientas y envejecidas, dejadas de la mano de un dios incapaz o desconocido, donde se reúnen aquellos que no tienen lugar en las películas de Hollywood, donde viven, dormitan, malcomen o sestean quienes huyen de una ciudad a otra, mientras todos pensamos o recordamos cualquier película de aventuras.
Las afueras es también el dinero, pura exterioridad sin valor que terminamos por interiorizar para así dotarle de valor. Con él quedamos enajenados pues el mundo deja de tener sentido (ausencia de sentido) para simplemente tener valor monetario. Son las afueras de civilización.
También las afueras es nuestro cuerpo, volcado al mundo, ajeno a una interioridad que, o nunca existió o perdimos hace mucho. Desde nuestro cuerpo vivimos y sentimos, sin referencias a ningún alma o espíritu que nos trascienda ni gobierne antes o después.
Las afueras es, por fin, la escritura poética que no se detiene en la retórica adornada del trinar bonito. En el realismo hay una exterioridad que nos cierra el paso de todo idealismo inmanente. Hay un intento de trazar el mapa de la vida social y un deseo de conocer las líneas de fuerza que nos van moviendo a lo largo de la vida.

La fotografía es de Ángel Arribas y está inspirada en el libro Dinero. Se titula “Duerme, dinero, duerme”.

Luis Nieto, revelación de lo mínimo natural


Hay un instante de silencio en todo acto creativo, momento que suele precederlo, que lo orienta y que separa la creación de todo lo que es accesorio. Es el momento de la revelación.
Las palabras significan ya poco y apenas son audibles, pero el artista logra escuchar detrás de él, delante, rodeándolo, el sonido de la misterioso, los latidos de lo que está allí, junto a él, cercándolo, llamándolo, esperando el instante en que se hará visible.
La creación no tiene reglas, ni palabras que puedan guiarlo. De lo negro informe surge el crujido de la luz, el resplandor de lo inmaterial que se hace presente. Pero el mundo se presenta en sus variaciones y el artista ha de aceptarlo. Ha de esperar, ha de entrenar el instinto paciente de la concentración atenta.
La obra de Luis Nieto se pasea por el mundo natural en busca de lo cotidiano que aparece entre los entresijos de lo que llamamos realidad a falta de otro nombre que logre describirlo en su totalidad. Cuando uno se pone delante de los lienzos de gran tamaño suele aprisionarlo el desconcierto para, después de un rato, ya familiarizado, dejarse ganar por una extraña quietud que ahonda el silencio que habita en la sala. Hay también lienzos de menor tamaño en los que va dejando las variaciones de un tema; con todos unidos, el espectador logra entender y escuchar una lejana melodía en la que sentido, silencio y ausencia aletean neblinosos.
Del fondo asciende el aliento de lo verdaderamente existente pero que no logramos percibir. Surge moroso, sabedor de que no hay prisas en el mundo, de que hay que esperar el momento exacto, los latidos acompasados del cuerpo y el mundo para que se revele eso mínimo que resulta en gran medida alegría vital y mundana.