¿Instituiones y Arte?

El arte contemporáneo, ¿es posible fuera de las instituciones?, ¿qué se juegan los artistas cuando deciden apostar por un arte fuera de las instituciones? ¿Cuáles son las condiciones de producción del arte contemporáneo en cualquier caso? ¿Existe el arte fuera de las instituciones o queda reducida esa expresión a mero balbuceo inarticulado o todavía no lo suficientemente articulado por causa de la marginalidad a que se ha sometido voluntariamente?
Los contextos de producción y recepción del arte actual están mediatizados por las instituciones. No entraré en la diferencia que pueda suponer que las instituciones sean públicas o privadas. Sí que me interesa señalar cómo cuando hablamos de producción de arte enseguida pensamos en instituciones. Parece que el arte no es posible sin ellas. Al final, la categoría artística la estampa una institución sobre las obras. El subjetivismo más o menos radical, más bien menos que más, que se impuso en épocas pasadas ha terminado por disolverse en el certificado de artisticidad (como otros necesitan el certificado de penales o el de vacunas para que puedan ejercer de algo o moverse por el mundo.)
A lo que voy. Las instituciones son necesarias porque las hemos convertido en eso. En realidad, un grupo de “burócratas” han logrado convertirse en necesarios o han conseguido que creamos que son necesarios, y a alrededor de sí mismos han montado una inmensa industria llamada cultural, e incluso artística. ¿Por qué artística? Porque lo dicen ellos, no hay más.
En realidad no hay nada más, nunca hay más. Lo que hay son expresiones que intentan expresar algo. Algunas asoleen de técnica, otras son murmullos que repiten lo que otros expresaron con voz alta y clara, hay quien ve en su obligo la salvación del Arte, del Mundo y del Universo. Todo eso queda relegado a un segundo plano con la entrada (creo que debería decir “Advenimiento”) de las instituciones (mejor Instituciones) Artísticas y Culturales.
Estas logran obturar los espacios que colectivos de los más variados pelajes, intereses o disposiciones están abriendo. Las Instituciones Artísticas (lamentablemente no se pueden apear de la mayúscula) son dignas herederas de la Royal Society británica. Una sociedad para el fomento del arte de aliento conservador y contra la que reaccionaron todos los artistas, críticos y aficionados al arte que se daban cuenta de lo limitado de miras de la tal sociedad. La Royal Society tuvo un efecto beneficioso no en cuanto promotora del arte, que también lo pudo tener, sino en cuanto que fue la diana contra la que disparar, el ejemplo que rechazaron algunos de los más inteligentes. Gracias a su conservadurismo, otros abrieron nuevos caminos hasta entonces impensados. ¿Necesitamos hoy en día instituciones así?
En nuestro país las cosas empeoran por la inexistencia de una sociedad civil fuerte, independiente, autónoma. Quien más quien menos busca el maná de la subvención. Quien más quien menos se escandaliza de que haya que pagar por el arte. En un país católico como el nuestro aún tienen demasiada fuerzas las palabras del Evangelio:

“No os acongojéis por vuestra vida, qué habéis de comer, o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir: ¿no es la vida más que el alimento, y el cuerpo que el vestido? 26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas? 27 Mas ¿quién de vosotros podrá, acongojándose, añadir a su estatura un codo? 28 Y por el vestido ¿por qué os acongojáis? Aprended de los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; 29 mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria fue vestido así como uno de ellos. 30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana es echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? 31 No os acongojéis pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? 32 Porque los gentiles buscan todas estas cosas; que vuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas tenéis necesidad.”

Ese dejar en manos de la intervención paterna del Evangelio es hoy en día dejar en manos de la Institución Artística el cuidado de nuestra obra y del Arte. No preocuparnos por nuestra carrera artística que encomendamos a los Ministros del Padre o burócratas de la Institución Artística.
Así que solo tenemos un Discurso sobre el Arte, revestido de innúmeros estilos, vestimentas o disfraces (como cada uno quiera). La carencia de otras voces que resuenen en la sociedad, que distorsionen, enriquezcan, pongan en tela de juicio la Voz del Padre de la Institución Artística nos ha dejado en una situación de pobreza absoluta, de desamparo y de ausencia de reflexión crítica y teórica de calado sobre lo que sea el Arte y las posibilidades y condiciones de producción artística.
Nos dejamos arrastrar por la marea de la moda, los caprichos y las arbitrariedades de la Institución Artística. Mientras tanto, algunos, pocos, corsarios, a borda de juncos o esquifes navegan por las aguas del Mar de China o del Pacífico Sur ajenos a las instituciones y a las miguillas (dierais, de reconocimiento o visibilidad) que reparten a la tropa disciplinada.
Achab murió mientras intentada dar caza a la ballena blanca. Fue víctima de su obsesión, su manía, su vida. Murió sin reconocimientos, ni fortuna, herido en el combate contra la gran ballena blanca. Al igual que Melville, que murió olvidado, abandonado por la sociedad literaria de su tiempo. Ejemplo de héroes trágicos, demasiado grandes para que los pudieran comprender entonces.

Encarnación

Conforma al catolicismo, al contrario que a otras variedades religiosas cristianas, una fuerte carnalidad. En el cristianismo, la experiencia de la encarnación es central al misterio religioso. Sin encarnación no hay Hijo ni redención de la Humanidad. Supone que Dios pierde parte de sus características divinas para hacerse hombre. Al humanizarse es mortal, es carne; y como tal sufre, se duele y duda.
El misterio de la encarnación (el que un ser inmortal pueda volverse mortal) ha ocupado muchas páginas de teólogos. Muchos quisieron explicarlo a la luz de la dicotomía carne-espíritu, que es de origen griego, y ajena en principio al cristianismo. En la tradición cristiana se dice al comienzo: “Y el Verbo se hizo carne”, aboliendo así toda escisión. De ser “filosomáticos” acusaban los griegos de finales del siglo II a los cristianos. Hay en todo el catolicismo un elogio de la carne que puede resultar extraño, y aun desagradable y repugnante, a la sensibilidad contemporánea.
Gran parte del arte cristiano se cimenta en una exaltación del cuerpo. Pienso en San Sebastián, extraordinario ejemplo de cuerpo doliente que, en algunas de sus representaciones, despierta el deseo. O la Santa Teresa de Bernini, aquella monja en pleno trance extático, atravesada por Dios pero cuyo rostro delata solo la huella del placer sumo. Pensemos también en la Piedad de Miguel Ángel, austera en su frío mármol pero delicada en su aparición de Cristo muerto y contenida en la expresión del sentimiento de la madre. Hay en muchos pintores de los siglos XVI y XVII una delectación por el cuerpo. Hay un gozarse en la pintura de cuerpos variados que muestran sus formas y hablan de la carnalidad propia de este mundo. La mezcla de temas de la Antigüedad pagana con otros de raigambre cristiana ayuda a cimentar la tesis de la carnalidad cristiana.
La imaginería barroca, esa que luego vemos desfilar por las calles en la Semana de Pascua, participa también del imperio de la encarnación. Suelen oírse comentarios de que son imágenes tristes, siniestras, que muestran el dolor y el sufrimiento. Pocos piensan que cumplen con su cometido y que provienen de un entendimiento de la religión como algo sensible. La fuerza de las tallas radicaba en su capacidad para transmitir un estado de ánimo concreto. Estado de ánimo que, por supuesto, nada tenía que ver con el del imaginero. Este se remitía a un conjunto de situaciones y sentimientos decantados por la tradición que debía de representar con la mayor efectividad posible. Para ello había de pensar en una situación concreta, debía ser capaz de que el sentimiento quedara encarnado en una escultura que, a través de los rasgos particulares de cada talla, lograran transmitir a los espectadores no solo una enseñanza, siempre abstracta, sino la idea sensible de la Pasión, y para ello tenía que ser concreta y tenía que tocar la cuerda sentimental de la persona.
Hoy en día nos molestan porque son demasiado expresivas en sus sentimientos. Vemos sufrimiento y dolor y nos sentimos agredidos. Jean Baudrillard ha escrito con detenimiento y perspicacia acerca de las transformaciones que hemos sufrido a raíz de la aparición de la televisión y de la llamada realidad virtual. Lo que vemos lo estetizamos de manera más o menos consciente y por tanto lo despojamos de su realidad. No ocurre así con algunas manifestaciones culturales. Las corridas de toros, las procesiones de Semana Santa se van quedando fuera del curso de la historia. No nos importa visitar un museo y contemplar el Cristo crucificado de Juan de Juni o cualquier Virgen dolorosa del Barroco. Sin embargo, su presencia en las calles, en una recuperación de su función primigenia, nos deja azorados porque transporta y comunica una carga de sentimiento sensible más fuerte del que estamos acostumbrados a percibir.
Toda la Semana de Pascua, las procesiones, los penitentes, los oficios religiosos y sus letanías, la música que los acompaña: las lecciones de tinieblas, el memento mori, todo está preparado como una experiencia en la que sumergirse, un abandonarse a unos sentimientos, un dejar que salgan determinadas sensaciones. Es una inmersión en lo más profundo de nuestro ser con el propósito de salir renovados. Es algo que el catolicismo comparte con otras religiones mistéricas y raigambre indostaní o mesoamericana. Las variedades del Cristianismo que se separaron del tronco común, sin embargo, han evolucionado hacia estilos más austeros, menos dados a la imagen y a las celebraciones comunitarias, y más centrados en la abstracción y en el individuo. Es más que evidente que son estas las que marcan la sensibilidad de hoy en día y que la Semana Santa como tal va quedando como un atractivo turístico que puede llegar a escandalizar por la crudeza de sus imágenes y la fuerza que exigen de los sentimientos.