Oscuridades

Para mí el invierno es la oscuridad, la de la noche que llega siempre demasiado pronto, a eso de las cinco y media y la del amanecer, que tarda demasiado en desaparecer. Entre dos oscuridades y una luz apagada el resto del día — aunque haya maravillosas excepciones algunos días brillantes,  azules y luminosos, fríos, muy fríos, también — transcurren mis inviernos, a  la espera siempre de más luz, de que amanezca antes, de que anochezca más tarde. Así, el mediodía se convierte en un momento especial, a apoteosis de la luz, de la vida apagada de los inviernos, el momento en que me gusta salir a pasear por mucho trabajo que tenga.

Paseo por sentir la luz en mis pupilas, también para que el frío viento de las mañanas invernales me roce las mejillas y me despeje del suave torpor que la calefacción induce en mí. Pasear por la ciudad, a media mañana, entre desconocidos, observarlos con una mezcla de interés e indiferencia, sabedor de que ya es difícil que algo te sorprenda o de que te llame la atención tan poderosamente como para romper los muros de la ignorancia y te acerques apra saber más, o si no te acercas, le sigas para averiguar algo.

Así paso los días, entre oscuridades y, cuando la luz alumbra los perfiles de mi ciudad, de mis paisanos (¡qué poco me gusta la palabra, qué ajena a mí en todos los sentidos!), busco el asombro cuyo inteligente estremecimiento cada vez es más difícil percibir.

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Horas intempestivas

Llevo una temporada durmiendo mal por ninguna razón concreta. Los usuales problemas a los que todo el mundo recurre cuando no logra dormir sus siete u ocho horas, en mi caso no existen. Ni tampoco tengo excesivo trabajo, ni nada que me acongoje. En suma, duermo mal porque quién sabe si me estoy acostumbrando a dormir cada vez menos horas, aunque a veces esas pocas horas sean solo tres.

El caso es que me levanto y no me apetece leer, que suele ser la actividad a la que uno se dedica cuando se desvela a medianoche. Tampoco enciendo la televisión, que solo logra aburrirme. Suelo escuchar música. Necesito auriculares, claro, para no despertar a ningún vecino. Hoy en día hay quien no piensa en los vecinos  si piensa solo lo hace para fastidiarlos. A mí aún me cuesta molestarlos.

Escucho música, no la que suelo escuchar durante el día, es cierto. No es música clásica, ni jazz. Suele ser rockabilly o música muy alejada de mis gustos, el Aviador Dro, por ejemplo, o algunas versiones que en su tiempo hizo Fangoria. No sé porqué a horas intempestivas sí que me agrada el tecno del Aviador o la música de Fangoria, las versiones para ser exactos. Sí que sé, sin embargo, por qué el rockabilly está siempre presente en mi vida.

La España fantasmática

Ramoncín representa el vacío que aparece en la sociedad española cuando algo la incomoda. Ramoncín ha llenado polideportivos y plazas de toros, ha ganado un disco de diamante por haber superado el millón de copias vendidas, pero en España nadie ha sido seguidor suyo, ni ha ido a ningún concierto, ni tampoco ha comprado ningún disco del cantante.

Ramoncín es, hoy en día, un fantasma, un ausente. No tiene pasado, y si lo tiene, la gente no lo quiere tal como es. Produce un embarazo algo angustioso a quienes fueron a sus conciertos, corearon sus canciones y se emborracharon escucharon algunos temas, que alguien les recuerde que fue a tal o cual concierto o que en su casa atesoraba con avaricia las cintas de varios discos de Ramoncín. Todo es mucho peor cuando alguien, en un despiste, comienza a tararear alguna de las canciones de entonces, “Al límite”, “marica de terciopelo” o la famosa “Litros de alcohol” que ni siquiera es el título que él le puso.

En España, cuando algo es embarazoso, tendemos a eliminarlo, a borrarlo. Esto ha ocurrido con mucha frecuencia con las antiguas militancias políticas. Y lo de Ramoncín, lo de la relación de quienes fueron sus seguidores, digo, es igual. En vez de querer reconocer que hubo un tiempo en que les gustó y luego dejó de gustarles por las razones que fueran, niegan todo, lo niegan con énfasis y cierta ira, ira que les sale también cuando alguien habla siquiera sea objetivamente del cantante. Vacían los estadios y las plazas de toros, blanquean las cifras de discos vendidos y el número de personas que hicieron de Ramoncín un símbolo o un ídolo. Todo porque son incapaces de asumir su pasado. Decía Américo Castro que solo se podía ser español al margen, habría que añadir que además solo se puede ser persona si alguien es capaz de admitir su pasado tal y como verdaderamente fue.

La creatividad respecto a los hechos históricos no existe. Es simplemente mentira, ganas de ocultar, incapacidad de ser maduro.

Eso es España, lo demuestran tantísimos con su tormentosa relación, existente a pesar de ellos, con Ramoncín.

Adiós al ayer

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Han cerrado los cines Roxy. Cuentan ahora quienes saben del pasado de esta ciudad que abrieron en 1936. Entonces solo tenía una sala, con su patio de butacas y su gallinero. Luego, eso ya lo vi yo, cerraron el gallinero y pusieron allí otra sala. Así pasó de ser el cine a ser los cines. Yo no tenía costumbre de ir mucho. Eran películas comerciales que, la verdad sea dicha, me llamaban bastante poco la atención. Sí lo frecuentaba durante la Seminci, desde que, por fortuna, el director de esta decidió que se proyectaran en los Roxy las películas estrenadas el día anterior en el Calderón. Era un cine cómodo, sobre todo arriba, que tenía el encanto de lo moderno que se ha vuelto antiguo. Incapaces como somos de ser siempre modernos, nos fascina eso moderno que ahora es ya antiguo, mejor aún si es quincalla.

Hay ahora, en le periódico, en la calle, un ambiente algo pesado de lamento en sordina, de luto por el cierre de un cine, cuando lo que cierra no es solo una sala de proyecciones sino un modo de vida que mucha gente ha abandonado. Hay quien se lamenta de las pocas salas que quedan en el centro de la ciudad y de que casi todas estén en el extrarradio o en algunos pueblos del alfoz. Al fin y al cabo, no es de extrañar. La gente prefiere pasar la tarde en un centro comercial, deglutir una pizza o una hamburguesa con su ración de fritanga y luego descansar en el cine que otras variaciones de ese mismo plan sabatino. Podríamos ir a cenar a un restaurante o a un bar de pinchos que ofreciesen platos y tapas bien cocinadas, con buenos producto; podríamos beber una cerveza buena o un vino, o simplemente agua; podríamos ir a ver una película con una cierta calidad, sí, pero preferimos la comida de franquicia, la bebida carbónica de color oscuro y la película que es exige poco pero es taquillazo mundial.

La gran ilusión se titulaba una novela de Miguel Sánchez Ostiz que trataba de la desaparición de un cine (ya entonces). Luego han venido otras: novelas, películas, que nos han contado la irremediable decadencia del cine, de una forma de ver cine y de entender la vida. Hay quien aún no se ha enterado que la cultura es algo que depende de la técnica y de nuestras costumbres, que la cultura no es eso que vemos en los museos o en las salas de concierto.

Hay quien quiere hacer la épica y la lírica de la desaparición de un mundo sin entender que nada hay permanente, que el tiempo no es una emulsión en la que permanecemos suspendidos. La cultura es vida y se transforma con nosotros. Lo que a nosotros nos vale nunca habría sido para nuestros padres, como Campoo lo es para nuestros hijos.

El fugitivo tiempo huye de nosotros, y algunos solo ven la negrura del vacío dejado. Otros advierten el resplandor a veces insoportable de lo que el tiempo alumbra, y el tiempo comerá.

 

Un fin que es un principio

Se ha acabado ya el período navideño, que es como decir que se ha acabado el tiempo de las comidas pantagruélicas que acaban en tremendas siestas alcoholizadas y, si es por la noche, en amaneceres rasposos y torpes al día siguiente.

El exceso tiene eso: la torpeza del día siguiente y la pérdida de la alta madrugada, oscura, extraña, silenciosa, en la que el cerebro funciona con una agilidad sorprendente, casi un desconocido parece.

Se han acabado ya las semanas de ajetreo, de reuniones infinitas con gente a quien conoces y otros que son ya, desde hace tiempo, desconocidos. La Navidad se ha termina por convertir en ese momento en que las tendencias gregarias de las personas triunfan y se recrudecen. En el fondo ese impulso, o quizás podríamos denominarla manía, por comprar es otra de sus manifestaciones. Uno, soberano solitario, no pierde el tiempo de compra en compra.

He logrado resistir lo más posible todas las tendencias gregarias. He leído bastante y escuchado música, lo cual procura una paz inmensa a mi débil sistema nervioso. Hay varias maneras de ver pasar el tiempo frente a ti, y aunque ninguna sea mejor que otra, prefiero esa que tiene a la música como protagonista. El tiempo mientras la arquitectura sonora de una sinfonía o de un cuarteto se alza en el aire fino y grácil de la mañana.

Entre los libros, ya lo comenté, que me he leído está Figuraciones mías de Fernando Savater, una recopilación de artículos ya publicados que mantienen la gracia, la ligereza, y el tono crítico sin ser gruñón, de lo mejor de Savater. Lo mejor es que uno puede discrepar cordialmente (en su acepción etimológica) de lo que dice su autor y aun así sabe que eso que no comparte es un acicate para el pensamiento. Un pensamiento verdaderamente libre, lejanísimo a esos que se dicen ejercitadores de un pensamiento crítico que se resume en unas pocas consignas y un montón de jaculatorias a los santos laicos de esa izquierda polvorienta y decadente.

En fin, otras Navidades que ya han pasado, el tiempo sigue su curso y el alba oscura a la que retorno hasta que, en un nuevo milagro, el solo comience a ganarle la partida a la noche invernal.

(Acaba el año Britten y

comienza el aniversario de la Gran Guerra):

Me levanto en este primer día de año a las nueve de la mañana, sin pesadez en la cabeza, fresco, ligero, descansado. El día es grisáceo pero el ánimo es fuerte. Desayuno y me dispongo a leer: una lectura tonificante como es, o espero que sea, la Autobiografía de Bertrand Rusell, alguien que trabajó incansablemente durante toda su vida para disipar las brumas de la superstición y de la superchería, así como eso que algunas llaman pensamiento (a la contra creen ellos) y no pasa de ser una serie de jaculatorias de uso corriente entre grupos sociales cerrados.

Naturalmente la lectura de Russell inmuniza contra los estúpidos titulares que encuentro en casi todos los diarios. En una subrayan que la mayoría de los españoles no cree que el 2014 vaya a ser el año de la recuperación, como si esta dependiera de las creencias de gente que no dispone de los conocimientos ni información necesaria para emitir un juicio sustentado en datos y no en presentimientos, creencias o gustos. (¡Ay, el tonto prestigio de la opinión!) Otro dice: “La nueva subida de la luz costará a los consumidores más de un millón diarios” dando a entender que ese millón es por consumidor, y también sin discriminar entre quienes tienen bono social y lo que no lo tienen, o entre quienes gastan 50 o 400 euros. (¡Nada como el brochazo gordo sin matices! ¡Para qué los matices en tiempos de guerra!)

Contra ellos, contra toda forma de estupidez, los escritos de Bertrand Russell, escritos en un estilo legible, conciso, claro; el estilo apropiado para disipar las supersticiones y la superchería.