Momentos estivales

 

Apenas tengo tiempo para otra cosa que no sea la lectura de A la busca del tiempo perdido. Es esta una novela que absorbe, dicho sea en varios sentidos, pues no me refiero solo al interés y la atención sino, también, al tiempo. Uno se pone a leer la novela, su trama tan estricta y bien pautada, sus cambios ordenados, y, cuando quiere uno darse cuenta, han pasado ya cuatro o cinco horas, y la mañana o la tarde han dado ya lo mejor de sí. A la busca del tiempo perdido es un medio insuperable de dejar que la vida pase sin darse cuenta de lo que hay afuera.

Por otro lado, afuera hay debates tan interesantes como ese de la moralidad – o inmoralidad – de gastarse hoy, en España, 200 euros por comensal en un almuerzo, o ese otro acerca de la solidaridad limitada que determinada sociedad limitada ha vuelto a poner encima de la mesa. En el fondo, una vez más, se trata de la infantil conducta de aquella persona que pide que se le deje tranquilo y libre para hacer su vida pero que, cuando tiene problemas, vuelve a casa a pedir auxilio, que, casi siempre, es económico.

Immanuel Kant habló de la democracia como esa forma de gobierno que se daba entre adultos. Supongo no andar muy desencaminado si hablo del populismo – y todo nacionalismo es un populismo – como la forma de gobierno de quienes, independientemente de su edad, son infantiles. (Aunque haya otros populismos que no sean nacionalistas, y que también se muestran en la España de hoy en día).

Ciertamente no hay que darse por vencido, pero con el panorama económico y con lo que los noventayochistas llamaron el paisanaje, a uno le entran ganas de encerrarse y no querer saber nada del mundo exterior. Aunque también uno sabe que eso no podrá ser nunca porque aquellos de quienes no quieres saber nada son los que más reclamarán tu atención hasta el punto de obligarte a ello.

Por lo demás ayer fui a ver otra exposición de fotografías en la sala de exposiciones San Benito. Fotografías de comienzos del siglo XX, de Jacques Henri Lartigue y de un gran descubrimiento, Martin Munkacsi. Luego estuvimos comiendo en un pequeño restaurante de menú, que estaba abarrotado. No fue comida de rancho; si acaso esa que demandan los turistas: algo que se  come y se olvida sin problemas pero que no es infame.

Un despertar ácido

Hay algo extraño en esto de aislarse gran parte del día y dedicar el tiempo a la lectura cuando se sabe que afuera las cosas están yéndose a pique, y con ellas uno mismo, que es, lo quiera  o no, parte de la sociedad. No sé si es la resignada aceptación de saber que la partida la hemos perdido, que hemos estado jugando con un equipo muy mediocre a quien dimos muchos poderes y toda nuestra confianza cegados por un brillo de hojalata dorada. Tienen mucha culpa, sí, pero no deberíamos exonerarnos a nosotros, que confiamos en ellos, que les permitimos tantísimos desmanes simplemente porque esperábamos algún beneficio y porque nos veíamos reflejados en ellos o porque conseguíamos las cosas gratis: el cine, el teatro, la música. Tantas otras cosas.

Ahora viene la desolación y un paisaje de ruinas (que nada tienen de la melancólica belleza de las ruinas románticas). A Pompeya la enterró en vida el Vesubio, nosotros vamos a ir ahogándonos en la mediocre cotidianidad de quien no está dispuesto a aceptar que somos muchísimos más pobres que hace cinco años, y que si lo somos es porque hemos gastado más de lo que teníamos y porque la farsa se tenía que acabar un día. Algunos lo advirtieron, pero nos hicimos los sordos.

Viaje hacia la nada

Que el Gobierno me quite la llamada paga extra de Navidad, me enfada sobremanera. Que me entere que Jon Lord ha fallecido, me sume en una gran tristeza. Una parte de mi mundo, de ese mundo primario que se forma en la primera adolescencia, desaparece con Lord, aunque aún me queden, para siempre, sus discos. Poco a poco va dejando de ser nuestro mundo.

Lectura de verano

“Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja.”

“Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adriático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial”

“Mucho tiempo me acosté temprano. A veces, nada más apagada la vela, mis ojos se cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: ‘Me estoy durmiendo’”.

Estos son tres comienzos de novelas que me gustan mucho. Son novelas extensas – no tanto la segunda – y novelas que exigen un esfuerzo continuado al lector. Esto las convierte en artefactos extraños hoy en día, más aún en esta época del año en que exigimos cositas ligeras con que entretener el tiempo de la playa, de la siesta, del intervalo – cualquiera – entre dos instantes plenos. No hay intervalo, sin embargo, entre dos instantes tales cuando la lectura entra a escena: su momento es el de la plenitud y lo demás son espacios entre instantes – que pueden prolongarse durante varias horas – plenos.

He traído a colación estos comienzos, los he querido copiar porque para mí son ejemplos, juntos con otros más, por supuesto – del inicio del período estival. Para mí, este empieza cuando me doy a la lectura, que viene a querer decir que dedico la mayor parte del tiempo, de mis esfuerzos y de mi atención a leer. No tiene por qué ser ya período de vacaciones, en realidad aún no estoy de vacaciones, ni lo estaré hasta agosto, pero ya he decidido, y he comenzado mi principal lectura veraniega. Ha habido algunos aperitivos: Alfred Döblin, Arno Schmidt, Arturo Úslar Pietri, todos han sido una preparación para volver a uno de mis libros favoritos. Lo he leído varias veces, no siempre seguido, pero siempre he podido recordar lo ya leído y continuar la lectura. Tengo por delante un tiempo largo que sé que será insuficiente para completar todo En busca del tiempo perdido (ahora transformado en A la busca del tiempo perdido), pero lo que pueda leer con morosidad, con delectación, sin atragantamientos ni empachos propios de un glotón, será más que suficiente.

Bibliotecas y otros mundos

Hablan los asiduos visitantes a la bitácora de Antonio Muñoz Molina de las bibliotecas y muchos constatan que ya apenas van los jóvenes y es normal que desaparezcan aquellas.

No lo veo tan normal. Una biblioteca no es solo un lugar donde se guardan libros hasta que alguien llega y los pide prestados para leerlos. Una biblioteca es también, quizás sobre todo, un espacio de la memoria, de la acumulación de la palabra escrita a lo largo de los siglos. Las bibliotecas guardan los libros, pero sobre todo guardan los libros que una vez se publicaron y ahora están descatalogados. Sin ellas tendríamos solo las novedades y algunos clásicos.

Algunos acumulamos libros en casa y aun así no dejamos de ir a las bibliotecas proque sabemos que hay libros que no están ya disponibles y, sin embargo, son necesarios al menos una vez en la vida.

Internet con sus buscadores, nubes y programas de digitalización está conviertiéndose en una inmensa biblioteca. Probablemente dentro de poco no tengamos que desplazarnos a las bibliotecas, casi con total seguridad desaparecerán lso edificios con ese nombre, pero seguriá habiendo almacenes de libros para que podamos leerlos, consultarlos, recuperar parte de nuestra memoria como sociedad.

La Biblioteca de Alejandría se quemó y todo el mundo coincide en que fue una gran pérdida (o habría que decir: todo el mundo coincidía). Una biblioteca es nuestra memoria, lo que hemos hecho, lo que hemos querido ser. Quizás haya muchos edificios pero, aunque vaya poca gente, la biblioteca es imprescindible.

Los ataques contra ella se enmarcan en los ataques a lo que tenemos de humanos, a nuestra tendencia a guardar los vestigios del pasado, a nuestro aprendizaje de quienes nos precedieron. Siempre ha habido quien se ha empeñado en forjar el hombre nuevo, aquel que está libre de la rémora de la memoria y del pasado. También quien ha querido quemar las bibliotecas o espurgarlas de libros nocivos.