De épicas, líricas y otras tomatadas

%Geub2MWRL+9gYnOjjGCkg_thumb_304Observo en los periódicos que en Cataluña las clases donde se imparte la educación obligatoria están llenas de banderas catalanas – de las verdaderas y de las inventadas (porque como nos enseñó Eric Hobsbawn, la tradición se inventa – y pienso en los campamentos que la Falange organizaba en España con el único fin de adoctrinar. (creo que a los niños los llamaban flechas). También fueron adoctrinados los que formaron parte de las juventudes hitlerianas, de las juventudes comunistas en Rusia o en Cuba, los jóvenes en la Italia fascista.

Tienen todos dos rasgos en común: querencia por la masa, el grupo, la tribu (como quiera llamársele) y la primacía del sentimiento. No es extrañar que, la poesía – o que ellos creen que es poesía – florezca como nunca, como tampoco es extraño el gusto por toda reunión pública de masas. Cuando veo tanta gente junta – adultos en su mayoría – saltando, coreando consignas, cogidos de la mano, sonrientes, enseñando orgullosos a sus niños el comportamiento de la tribu, solo pienso en aquel grito: Non serviam! Cuando leo sus deposiciones líricas pienso en lo que decía Jaime Gil de Biedma sobre la prosa:

La prosa, además de un medio de arte, es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora, y no se puede jugar con ella impunemente a la poesía, durante años y años, sin enrarecer aún más la cultura del país.

La prosa ha sido el instrumento que las personas han utilizado para su progreso racional y político. La poesía ha sido una reflexión oblicua sobre la existencia. Hoy en día hay quien utiliza la prosa como adoquín que estrellar contra la frente de su enemigo; hoy los enemigos son necesarios, y quien no los tiene otros se los fabrican. La poesía, eso que llaman poesía, es hoy en día una regurgitación sentimental y un sustituto de medicamentos como el prozac y otros por el estilo. No es de extrañar, tampoco, el gusto por la poesía si tenemos en cuenta esa tendencia al gregarismo. Las lecturas de poemas en grupo funcionan como sesiones terapéuticas en que los participantes abandonan sus miedos, sus preocupaciones, su soledad, su individualidad para fundirse en la común unidad de la masa. Son, en breve, catecúmenos, que presumen de su inteligencia crítica mientras desgranan seguidos todos los tópicos de nuestra época.

No es de extrañar que tengan una banda sonora de su vida, que haya una comunidad de afectos generacionales (más bien intergeneracionales, pero parece que no se enteran; los conceptos la sentimental masa tiene problemas para entenderlos). No es de extrañar ese canturrear continuamente “L’estaca”, o hace meses, al perder las elecciones, “Ítaca”, cuando habría sido mucho más apropiado “Esperando a los bárbaros”. Aunque habría sido un problema, pues el poema acaba de este modo:

Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.
¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

La política desde Platón hasta nuestros días – con algunas excepciones como el período de entreguerras – ha sido un ir eliminando los sentimientos para que la razón se fuera abriendo camino. Hoy en día retrocedemos: pierde terreno la razón para ganarlo los sentimientos y la irracionalidad.

En esas estamos, en el retroceso hacia formas que podemos llamar, con pleno derecho, de fascistas. Creo que la vida me ha dado mucho. Entre otras cosas, ver la caída del Muro de Berlín, y ver el ascenso del fascismo (en su vertiente populista, que no es sino otro nombre de nacional-socialista). Eso sí, estoy seguro de que en cuanto salga a la calle, mañana o pasado, habrá quien seguirá repitiendo esa jaculatoria de que vivimos una época aburrida en que no pasa nada interesante.

La épica de la Revolución, la lírica de los sentimientos: eso es lo que nos espera, y dentro de unos años, las confesiones del desengaño, aunque desconozcan,  quizás, por eso, lo que Friedrich Hölderlin escribió:

Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno

¡Menudo panorama nos espera!

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Iba en serio (y nos damos cuenta demasiado tarde)

Jaime Gil de Biedma lo dejó dicho en el poema “No volveré a ser joven”. Para él era un canto a la vida desde una perspectiva epicúrea y desengañada en el momento en que lo escribe. ¡Cuánto haya de verdad y cuánto de impostura en ese desengaño, será difícil saberlo!

Que la vida iba en serio,
uno lo empieza a comprender más tarde

Así comienza, y acaba de este modo:

Envejecer, morir
es el único argumento de la obra

La juventud del cuerpo, el asombro diario y algunas otras cosas más las perdemos con la edad, y bien está que así sea. Perseverar en ellas lo convierte a uno en un adolescente eterno con calva, barriga y arrugas. Y aunque hoy se estile mucho este modo de vida, en el fondo, es lo peor en lo que uno puede caer; un peor que, además, va ligado a otros peores con los que suele cohabitar.

Sin embargo, hoy el poema me ha venido a la mente, por los acontecimientos de los últimos días.  Algunos ahora, nos dicen, comprenden que los nacionalistas iban en serio, y que su pulso fascista al estado no era pose , no era la teatralización de una vida. Queda por saber de qué lado caerá la moneda de la resolución: a quién le tocará envejecer y morir envuelto en la niebla de sus sueños de juventud.

Tres autobiografías

DSCF7258Las autobiografías, hasta no hace mucho – unos quince años – comenzaban con las notas que el interesado dejaba por escrito en un diario. Eran una tarea eminentemente literaria. Partía de unas notas y elaboraba una historia – normalmente pro domo sua, aunque había ocasiones en que el examen de conciencia llevaba al escritor a un ajuste de cuentas consigo mismo. En gran medida eso es lo que, en un ejercicio titánico, hizo Juan Goytisolo al escribir Coto vedado y En los reinos de taifas, su autobiografía moral y social – separo los dos elementos por la importancia del primero. Goytisolo no intenta justificarse ni contar su ascenso a la cima literaria, en la que vivió con una ambivalencia propia del desarraigado que sabe que ese es su sitio pero no quiere habitar dicho lugar con demasiada comodidad. La autobiografía de Goytisolo es una explicación de su literatura y de su vida – ambas tan unidas – de cómo descubrió que era bisexual, de su desencanto con la izquierda revolucionaria, pero sobre todo es una explicación de su obra literaria, de su interpretación creativa – al modo en que R.W. Emerson aconsejaba – de la literatura española, en particular de la literatura medieval, renacentista y barroca. Es cierto que no menciona el influjo que alguien como Edward Said tuvo en su comprensión de la literatura (y de la sociedad), a pesar de que, a partir de un determinado momento, está omnipresente esa filiación saidiana, que lo es también en lo arábigo. Goytisolo, en el fondo, no dice que no hay diferencia entre su obra y su vida, entre la persona y el personaje, en un intento no del todo fracasado de que los lectores prestemos atención a sus novelas y ensayos y olvidemos, o dejemos en un lugar secundario, al escritor de carne y hueso que inventó y escribió esas ficciones.

El caso de Jaime Gil de Biedma es algo distinto. En sus diarios, que al repasarlos y corregirlos los convirtió en una autobiografía, hay un punto de impostura. Son diarios pero al lector siempre lo tiene en cuenta el escritor. Es como una presencia que lee por encima del hombro lo que Biedma está escribiendo, una especie de conciencia delatora. Por lo demás, Biedma se siente a gusto con la vida que lleva en Barcelona, no le plantea mayores problemas. Está instalado en la alta burguesía catalana y, a pesar de todo – de su homosexualidad, de su izquierdismo – no se encuentra a disgusto en medio de esa burguesía que le permite, si es discreto, hacer escapadas a los bajos fondos barceloneses.

Están también los tres volúmenes de la autobiografía de Carlos Barral, un empeño aún más titánico que el de Goytisolo, por la creación de un lenguaje moral alejado de lo excesivo y de lo cursi, con el que se permite indagar en su vida y en la sociedad en que vivió. Barral, otro hijo de la alta burguesía catalana, no reniega de su situación pero es capaz de criticarla, Eso sí, en su obra también hay un claro deseo de establecer una genealogía moral donde los catalanes se sitúan por encima de los demás españoles. Sus ataques a Castilla son numerosos y no da razones, mientras que, en Andalucía, donde hizo el servicio militar, le parece un lugar extraordinario, y hacia ella siente una peculiar conexión (que me malicio tiene que ver más con la actitud del señorito hacia sus trabajadores que a otras razones si no es la amistad y unión que surge por el hecho de estar haciendo el servicio militar obligatorio en esa región.)  Habla poco de su literatura, escasa si no se tienen en cuenta los tres volúmenes autobiográficos, y mucho de su labor como editor y también, por fortuna, de su crecimiento intelectual. El desarrollo de una mente literaria fundada en un lenguaje de clara intención moral.

 

 

JGB en su literatura confesional

Leo en un par de días los Diarios de Jaime Gil de Biedma (o JGB) como lo llama el editor. Si alguien hace diez años me dice que me iba a interesar tanto por la literatura confesional, memorialista o simplemente descubridora de la intimidad de los escritores, no le habría creído, ni siquiera en el caso del JGB, que es un poeta que me ha interesado mucho.

Siempre he pensado que la obra ha de defenderse por sí misma, que ni las explicaciones de los propios escritores, ni las vidas, ni las excusas que puedan dejar por escrito sirven para explicar, mucho menos para valorar, una obra literaria. En mi postura, altiva, había algo propio de la juventud, una soberbia intelectual que estaba compuesta en parte por la defensa de la impersonalidad que T.S. Eliot propugnaba, y que, en cierto modo, ya había anticipado John Keats. En parte había también esa apuesta de no dar el brazo a torcer por simple cabezonería. Esto, al final, tampoco tiene mucha importancia. El tiempo cura todo, lo cambia, lo moldea, te desvía – en muchas ocasiones, por fortuna –, en fin que caer en la literatura confesional era cuestión de tiempo: primero los poetas confesional, luego las autobiografías, y así tranquilamente.

JGB era un poeta confesional con el que me topé a edad no muy temprana, tampoco tardía. Es un poeta que me gusta, sobre todo por su exigencia crítica para consigo mismo, pero ya cuando lo leía por primera vez, había algo en él que no terminaba de convencerme. Después de leer los diarios, creo verlo. El de JGB es un mundo muy pequeño y provinciano. No tanto por los modelos que elige, L. Cernuda, T.S. Eliot o W.H.Auden, Ch. Baudelaire y S. Mallarmé, sino por el lugar donde aplica esos modelos. Sus maestros, los citados, son, nadie lo discutirá, maestros líricos que han llevado a la poesía a lugares que antes nadie lograba intuir. EN JGB , sin embargo, la poesía va poco más allá de donde él la toma, si es que se mueve. Y esto se debe a que JGB está acomodado, aunque sea con incomodidad, en un mundo pequeño, el mundo de la Barcelona de su época, el de la burguesía catalana, en medio de la cual él se siente alguien importante. Así se nota en sus diarios. Nótese que cuando es más libre, su estancia en Filipinas, es cuando el pequeño mundo barcelonés está lejos. En cuanto vuelve, la opresión del mundo suyo tan mínimo hace su aparición.

Por otro lado, su poesía y sus diarios me producen tristeza. Hay un poso triste en JGB. Desconozco las razones, pero lo hay. De tristeza y de suma precaución. Esto sí que sé a qué se debe.

Me acerco y me alejo de su literatura. Me gusta y me produce un cierto desasosiego. Veo los modelos, su extraordinaria reflexión poética y luego me adentro en el pequeño mundo, tan similar al que yo viví de pequeño: el mundo cerrado de una familia muy asentada en una ciudad de provincias. El ahogo que ese mundo provoca. “Fuir, fuir la-bàs” El problema, intuyo, es que en su caso no pasó de ese verso.

Antipolítica

“Sábado noche con mi chica voy a salir”, dice inmortal la canción. Cualquiera que casi haya alcanzado la cincuentena con un mínimo de sentido común y vergüenza torera, sabe que la frase, por mucha aventura que prometa, a esa edad ya no es sostenible, a menos que se quiera hacer el ridículo.

Entre otras razones porque, y sigo con la canción de manera oblicua, la muerte deja de ser un acontecimiento para convertirse en un suceso cada vez más cotidiano. Hace un par de días ha fallecido B.B. King y ya no es sorprendente, al contrario que sí que lo fueron las de Toño y años después, el mismo día, la de Pepe Risi. Pero entonces la edad era aún tierna e ignorábamos lo versos finales del poema de Gil de Biedma:

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Es primavera, pero no temprana y el calor es quizás demasiado intenso para estos días. La luz entra a raudales, casi ya dañina para las pupilas sensibles. Anuncia el tiempo que viene, el de una naturaleza en plena madurez. Es demasiado para los que preferimos los inicios, los tiernos brotes verdes, el asombro de lo que comienza, como recuerdan los versos de William Carlos Williams.

Una costumbre que no podemos eludir, eso y poco más. Suena en tocadiscos el primer disco de Burning. Puede parecer poco pero es más que suficiente cuando sabes lo que hay y entiendes que casi todo lo otro es vanidad, deseos de poder, miedo a la lucidez.