El libertino (y II)


Al libertino nos lo representan como un hombre enfangado en los placeres, la molicie y el escapismo. La realidad es bien otra. El libertino, más en contra de su voluntad que por deseo propio, es una persona con un coraje que en algunos casos llega a ser sobrehumano.

Hemos de tener en cuenta que el libertino se rebela contra todo puritanismo, o lo que es lo mismo contra toda imposición del Poder, ese poder que es difuso en algunos sentidos pero bien palpable en otros. Los medios de formación, difusión y difuminación de la información repiten consignas que, aun a pesar de su palmaria estupidez, los oyentes, que es como decir la grandísima mayoría del mundo, termina por creer o por seguir. No importa que sean o no verdad, que sean prudentes o descabelladas. Todos sabemos que si las repiten un número de veces suficiente, esa opinión pasará por cierta, e incluso por necesaria. Será al final de obligado cumplimiento, y la obligación, curiosamente, Será interna (o moral como decían antes).

El libertino, confiando en su experiencia, en su subjetividad, sabe que nada hay menos cierto que las verdades que pasan por ser transparentes e indudables para todos. Todo conocimiento, toda elección moral ofrece alguna zona sombría. Sabe que junto con la alegría por los placeres, la vida le ofrece algunos momentos oscuros que también ha de vivir para que así la experiencia no sea plana. El placer del banquete va asociado a las molestias físicas de la digestión. Al amor por alguien le acompaña siempre el peligro de que desaparezca. Al lado del coraje de decidir por sí mismo camina el error en las decisiones. Lo puritanos, sin embargo, no tienen esos problemas: se cuidan en las comidas, no aman más que a sí mismos, o a entidades fantasmales de tan colectivas que son, y para las decisiones delegan en una autoridad superior.

Hay quien tiene miedo y piensa que nada hay más peligroso que equivocarse. Hay quien quiere hacer la revolución, su propia revolución, y sabe que todo lo demás es innecesario, otros anhelan el premio futuro y a ello dedican todos sus esfuerzos. Todos ellos comparten la misma característica: tienen principios sólidos, evidentes e indestructibles. El libertino, sin embargo, sabe que nada hay indiscutible, que los principios morales son el resultado de un proceso de pruebas, cambios y negociaciones sociales. Sabe, por tanto, que cuando no hay una autoridad que inspire las normas ni hay un ser supremo que nos inspire el conocimiento, este provendrá de la experiencia, y que la experiencia es subjetiva y falible. Mejor no afirmar nada con demasiado rotundidad, piensa; mejor entregarse a la vida, para así, poco a poco, saber algo más de los demás y de nosotros mismos.

El libertino (I)

El uso continuado de los vocablos termina por corromperlos, máxime si llevan una carga connotativa superior, por razones históricas, a su valor denotativo. Es normal que las palabras sufran corrimientos semánticos, incluso disminuciones. También lo es que pierdan su significado original y que a este lo suplente otro que poco tenía que ver en un principio.

Esto viene a cuento de la palabra libertino. En un primer momento, allá en la primera mitad del siglo XVII, el libertino era el librepensador. Su ejemplo más acabado era en aquel entonces Michel de Montaigne, que era, en un sentido muy personal, el heredero del pirronismo y de cualquier filosofía escéptica. Es cierto que libertino en el XVII aludía a una filosofía, e incluso a un modo de vida, que radicalizaba la crítica religiosa al tiempo que se protegía de las instituciones religiosas mediante declaraciones obsequiosas a la misma. Destacó en este doble juego, en esta mostración de la falsedad de la religión y ocultación de las verdaderas intenciones, Pierre Bayle, aunque hay que tener claro que no fue el único. La lucha por la tolerancia religiosa aún se encontraba escorada hacia el poder de los clérigos de una manera tan desigual que casi todos los libertinos preferían tentarse la cabeza antes de arriesgarla ante el poder político.

Los libertinos eran entonces lo opuesto a los hônettes hommes, aquellos filósofos que, por caricaturizarlos con un simple rasgo, podríamos llamar academicistas, aquellos para quienes la filosofía era un asunto de salón social u ocupación de fin de semana. Frente a ellos, vivían los otros, los libertinos, para quienes la filosofía era un ir despojando de sus velos a la superstición, el miedo y la costumbre (entiéndase por tal la pereza intelectual). Para estos la filosofía era una aventura, en un sentido muy literal y muy metafórico, una apuesta arriesgada, sobre todo porque al negar un principio superior que es la medida de todos los juicios y de todas las acciones, el individuo se veía forzado a decidir, sin apoyaturas externas, cada vez que actuaba si la acción era buena o mala. Así, el común consenso de las gentes desaparecía, al igual que el mundo se fugaba para el libertino que terminaba por encontrarse a solas con su conciencia. La medida de las acciones la encontraba ahora en su propia conciencia.

La tarea era, cuando menos, titánica, y muchos prefirieron no enrolarse en tal barcaza y seguir, por el contrario, en el cómodo buque de la religión institucionalizada. Otros, Giaccommo Casanova entre ellos, prefirieron seguir su conciencia. Así, fue capaz de escribir su monumental biografía, un relato de descubrimiento del placer. Casanova no da a la imprenta sus confesiones para escandalizar. Estas son un ejemplo inmenso de libertad. Se cuenta la vida cuando uno es libre y porque lo es. De otro modo, atenazado por el miedo o alguna otra pasión negativa, nadie se atreve a contarla, o miente como un bellaco. Casanova la cuenta porque es libre, como ya he señalado, y para que sirva de ejemplo a otros hombres. El placer no hay que guardarlo, no tiene sentido si no se comparte, y Casanova lo hace de la manera más fecunda que es posible: proclamando que ha gozado ya sea con mujeres ya sea entre libros.

Montaigne o Casanova descubren que la interioridad, la subjetividad o la conciencia, existe atada solo a uno mismo. Es además un valor mundano, es el espejo en que cada uno se mira al mirar a la sociedad y analizarla y enjuiciarla. La libertad de juicio conlleva que uno analiza a los demás al tiempo que lo hace a sí mismo, sin que medien normas superiores.

La crítica libertina se convierte en un espacio autónomo en la propia conciencia para el sujeto. La ética solo responde al fuero interno, como así ha de ser pues la ética es ajena a las instituciones religiosas o estatales. Persigue esta crítica una sabiduría alegre y sociable, una realización última del placer que no esté mediada ni por imposiciones ni por miedos.