Desiertos



El día hoy da para poco. No es de extrañar cuando el calor ha asolado las tierras, cuando a mediodía es imposible salir a la calle ni tampoco permite asomarse por la ventana. Cuando ni siquiera la penumbra logra que el calor no arrase con todo en la casa. Es la casa ahora un hueco de casi total oscuridad, silencioso y apagado, tal parece que la vida llevara ausente de ella largo tiempo.

Es ahora el tiempo de la inacción, no el de la reflexión ni el de la quietud, sí el de la obligatoriedad de la ausencia de todo. Es un tiempo de espera forzada a que todo mejore. Sobre todo que el clima refresque y nos permita poner el cuerpo a tono, dejar de vegetar, de sudar, de pensar que el desierto está a las puertas, como en la novela de Dino Buzzati. El desierto acecha y él es el símbolo de lo arrasado.

La vida es un progresivo secamiento, un continuo ir adelgazándose porque perdemos la inocente frescura de la juventud. La vida es un ir adentrándose en el desierto, un ir confundiéndote con él. Es un desprenderse de lo superfluo e ir acendrando lo esencial. Hubo quien cantó, con juvenil despreocupación y mucho de sorna, que no había futuro. El futuro se acaba a las puertas del desierto. El desierto es la ausencia de futuro porque es todo idéntico e igual es el tiempo. Detenido. Paralizado. En el agua los organismos se pudren, en el se secan y amojaman. Sequedad, grietas, arrugas. “Fear death by water”, dijo el poeta, equivocándose. Teme la muerte por deshidratación. Teme la sequedad que nos va acechando, nos va cercando, la sequedad del desierto que gradualmente nos va dejando sin oasis.

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P.S.: Completo la entrada con el poema bien conocido y por eso mal leído de Jaime Gil de Biedma:

De todas las historias de la Historia

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