Alerta

Los días — unos mejor, otros no tanto — uno los pasa atento a los latidos del corazón. Cuando esta sano uno no nota nada; el corazón late a su ritmo, silencioso y así puede uno ensimismarse en los suyo. Cuando el corazón no va bien, se hace notar: late con más fuerza, o mayor rapidez, o altera el ritmo, tanto que a veces parece un mambo o una conga el ritmo que lleva.

“El corazón y otros frutos amargos” es un cuento extraordinario de Ignacio Aldecoa, sin duda uno de los mejores relatos españoles del siglo veinte. El caso es que eso de los frutos amargos ahora tiene otro sentido; también lo tiene el corazón.

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Autobuses

A las ocho de la mañana ya es de noche, aunque por poco tiempo, pero noche oscura que en breve desaparece. Solemos ir los mismos a esa hora, aunque es verdad que los viernes algunos no cogen el autobús, no sé si porque cogen el coche, porque entran más tarde o porque ni siquiera van.

De entre los habituales uno de los que más me llama la atención – aunque procuro no mirarlo mucho para no levantar suspicacias – es un hombre de mediana edad que va leyendo algo en su teléfono. Esto no es infrecuente, claro, el número de lectores ha aumentado desde que pueden utilizar sus pantallas de teléfono o sus dispositivos electrónicos. Pareciera que el problema hasta ahora había sido que el medio no era el adecuado: la idea esa extendida, más extendida cuanto más falsa, de que el libro en papel no atrae la lectura mientras que el llamado libro electrónico favorece la lectura. Este hombre, como iba diciendo, suele leer en su teléfono, que, la verdad sea dicha, no tiene una pantalla muy grande. Una mañana, por casualidad, me senté detrás de él. Desde allí alcanzaba a ver lo que estaba leyendo. Eran salmos de la Biblia. Día tras día he intentado sentarme detrás de él o a su lado para poder ver lo que leía. En todos los casos eran pasajes de la Biblia, en su mayoría salmos, aunque no solo estos. Más tarde en otra línea encontré a una señora que también leía la Biblia en la pantalla de su teléfono. No sé nada de ellos, ni en qué trabajan ni si leen algo más aparte de la Biblia. (Algunos hubo en tiempos pretéritos, y no tan pretéritos, que solo leían la Biblia y tenían más que de sobra con ella.)

Ayer, de regreso a casa, a eso de las diez y media de la noche en una de las paradas, subieron unas doce mujeres y solo dos hombres. Entonces se me ocurrió que quizás haya quien, al leer esto, se anime a investigar si hay paradas a las que las mujeres son más proclives. ¿Hay una perspectiva de género a la hora de elegir la parada?, ¿esta elección está relacionada con los comercios, cafeterías o lugares de esparcimiento de las mujeres? Si es así, ¿cuáles son estos?, ¿influye el género en la elección de dichos lugares? Son muchas horas pasadas en el autobús sin dispositivo electrónico de lectura y, claro, la cabeza comienza a bullir por su cuenta con la menor excusa.

Mirada

La mirada es única pero eso no quiere decir que sea instantánea, que lo puede ser, pero, ya digo, no tiene por qué crear un escenario al instante, al igual que el poeta no siempre escribe su poema de una tirada sin que luego este necesite correcciones.

Paseo por la mañana y por la tarde. Valoro la intensidad de la luz, su calidad, esa especie de temblor de la luz del día reciente. Es la mejor hora, sin duda alguna. Entonces, cuando las corredoras van acaloradas por la acera de enfrente, enfundadas en sus zapatillas de correr y sus dispositivos musicales, saldré para fotografiar la luz, los buzones, las casas antiguas, desvencijadas, dejadas y habitadas por estudiantes o algunos matrimonios ya mayores a los que siempre acompaña un perro labrador.

Estampa

La mujer está sentada en un banco del parque, a la sombra de unos árboles frondosos, silenciosa, despeinada, con una chaquetilla de punto porque hace un frío desacostumbrado para esta época y esta hora, con la cabeza gacha, como concentrada o cansada. Calza unas zapatillas de franela, como casi siempre; normalmente los domingos suele llevar unos zapatos azul marino muy usados en los que se marcan las huellas de los juanetes.

Ahora está sola pero sabe que por la tarde tendrá compañía. Otras vecinas, la mayoría viudas como ella, algún que otro marido que no haya querido ir al bar, un anciano escueto y ausente que parece perderse cada día más en su traje gris y rozado por el tiempo aunque él todavía mantenga un porte digno con su sonrisa perdida y su paso mínimo.

Más allá el parque, con los jóvenes tumbados en la hierba o jugando en la cancha de baloncesto, algún que otro adulto paseando un perro, casi todos ellos de caza o de compañía. Algunos coches pasan a lo largo sin hacer demasiado ruido. A esta hora los niños han salido de su primer día de colegio y el griterío se ha perdido por las calles adyacentes. En un piso un señor mayor, al que se le marcan las costillas en el pecho, observa la poca gente que deambula por las aceras. No fuma ni habla por teléfono, solo observa mientras el aire le acaricia el pecho. El tendero está cerrando el colmado hasta la tarde y la peluquera ha salido a la calle para echarse un pitillo. En el bar están los habituales desde temprano por la mañana hasta casi la hora de cenar.

Puede ser una estampa intemporal de esta ciudad y de este barrio, pero no, es la escena propia de una sociedad. Es el lugar al que hemos llegado, quizás sin habernos movido mucho a pesar de habernos creído los más modernos. Una estampa que es producto de unas condiciones sociales pero que mucha gente que ha sido así siempre y seguirá siéndolo. Tenemos la necesidad de creer que la vida apenas cambia, que ya era así antes de que estuviéramos nosotros y seguirá igual cuando la hayamos abandonado. Es el conservadurismo esencial que habita en cada uno de nosotros. Algunos como Robert graves se dan cuenta de que no es así y titula su libro de memorias Adiós a todo eso o Stefan Zweig que le puso por título El mundo de ayer. Todo pasa y nuestros días, brillantes un día, se apagan en el olvido del futuro.

De vuelta

De vuelta ya del viaje y los días ajetreados en que uno no tiene tiempo ni para leer, mucho menos para escuchar música.

Los días de niebla y fina lluvia constante han acabado. Ahora es el tiempo del frío casi seco.