Otredad

“Los otros todos que nosotros somos”, escribió Octavio Paz, allá por 1949 cuando aún las cosas no habían caído ni los conceptos había sido maltratados, y la otredad era un reconocimiento en el otro de lo que soy.

Pero traigo aquí a Octavio Paz porque he leído los que Fernando Savater dice de él en “Las ciudades y los escritores”. más que lo que dice, es el modo en que lo dice. Uno piensa que solo deberíamos hablar de otros escritores con el mayor entusiasmo. Es esta una época que se dice desmitologizadora pero que no pasa de resentida. Nos afanamos en hablar mal de los demás, con un propósito de desmontar las falsedades que alguien — a veces ellos mismos — crearon alrededor de personas notables, y lo único que se ve es el resnetimiento del que, apelando a tan alta misión, no pasa de ser alguien amargado y resentido que no acepta que otros sean mejores.

Hemos perdido la alegría filosófica — esa que tan bien ha teorizado Savater y que ha hecho de ella piedra medular de su vida –, aquella que nos empuja a ser mejores y a serlo con quienes nos rodean. En un situación así, ¿de qué sirve la otredad?

 

Celebración del mundo

Vuelve, como es habitual, la primavera todos los años, cuando ya el semestre comienza a mostrar síntomas de su cercano final. Vuelven los días que se alargan, las mañanas que amanecen temprano, y la luz fresca aún, que parece crujir cuando el aire la traspasa.

Vuelven también las clases de poesía moderna, de la poesía que en los inicios – los inicios, siempre los inicios – del siglo XX escribieron algunas de alas mentes más lúcidas y al tiempo más perceptivas que hemos tenido. (El siglo XX, del que todos somos hijos, qué lejos parece quedar ya, como si hubiera existido hace más de un siglo o como si solo hubiera sido un sueño.)

En el alba del siglo XX, pero ya después de la Primera Guerra Mundial, algunos poetas escriben con el propósito de que la poesía  sea una celebración del mundo.

Así, William Carlos Williams o Wallace Stevens. Es ahora el tiempo de recordarlos, de volver, como cada año, a lo que escribieron para disfrutar, una vez más, con esa sabia mezcla de inteligencia, percepción y sensibilidad.

Solo eso es la poesía: Celebración del mundo dado.

Non serviam

Hoy es el día para decir “Non serviam”. Hoy, que se celebra el estúpido día de Castilla y León; hoy, que se conmemora una absurda batalla de la que se ha hecho un triste símbolo de la identidad castellanoleonesa.

Hoy hay que decir, alto y claro, “non serviam”, no, yo no comparto, ni quiero compartir, la identidad castellanoleonesa, ni ninguna otra identidad. La identidad es la muerte, la identidad, nacional o regional, es fascismo.

En una fecha como hoy podríamos haber elegido celebrar el día del libro, celebrarlo leyendo a algún escritor extranjero, pero no, prefirieron celebrar el día de la identidad castellanoleonesa.

NON SERVIAM

¿Declive ahora o las semillas siempre germinan?

No va la gente al cine, mucho menos compran DVDs y se entristecen (o al menos eso dicen) porque quiebra el negocio de la distribución de películas. No puede ser de otro modo. Si con este panorama en el que la gente, repito, no va al cine, y por tanto no paga una entrada, si no compran las películas en algún formato, si se las descargan sin pagar por ellas, ¿qué esperamos? Si aun así se mantuvieran a flote las distribuidoras, los cines, etc…, habría que pensar en el blanqueo de dinero, la financiación irregular… cualquier cosa por el estilo.

Dice Carlos Bardem que esto es un empobrecimiento brutal de la cultura en España. Tiene toda la razón. A los que vamos al cine, a los que nos gustan las películas que Alta Films distribuía, se nos va a hacer cuesta arriba volver a las salas. Gracias a ellos he visto películas de todos estos directores: Michael Haneke, Atom Egoyan. Krzysztof Kieslowski, Nanni Moretti, Stephen Frears, Sergio Cabrera, Tomás Gutiérrez Alea, Arturo Ripstein, Eric Rohmer, Michael Winterbottom, Mohsen Majmalbaf, Mike Figgis, Mike Leigh, Manoel de Oliveira, Danny Boyle, Paul Auster, Roman Polanski, Steven Soderbergh, Michael Moore… Y las he disfrutado. Unas más y otras menos, pero en general las he disfrutado y puedo decir que he visto muy buen cine gracias a Alta Films.

¿Qué podríamos haber hecho para evitar el cierre? Hay quien piensa que con las subvenciones se arreglan las cosas. No es cierto. Se enmascaran. Es como cuando tienes fiebre. Si la fiebre es debida a una bacteria o un virus, un analgésico no sirve para nada. Baja la fiebre pero oculta las razones profundas. La subvención actúa igual. Mantiene el negocio pero no ataca las causas que han dado lugar a la ayuda.

Lo que de verdad debemos hacer es ir al cine. Educar a la gente en el buen cine, en el cine exigente y de calidad. Y también hemos de concienciar a la gente que si no pagamos por lo que consumimos, el trabajador que ha realizado la obra termina en la ruina. El sueño de la cultura al alcance de todos se ha quedado en que la cultura sea gratis. Hubo un tiempo en que la expresión al alcance de todos era la petición de que la educación se universalizara, llegase a todos con independencia de su clase social, ingresos, sexo, lugar de residencia, etc… Hoy cultura al alcance de todos es simplemente una petición para que la cultura sea gratis. (Que dicho sea de paso nunca lo será mientras haya gente que la lleve a cabo. Quizás haya un día en que la realicen robots, puede que entonces no haya problemas en que sea gratuita y nadie salga perdiendo.)

¿Por qué se empobrece España ahora que cierra Alta Films? ¿Se empobrece ahora o el declive viene de años atrás? ¿Es solo un problema económico? No lo creo, aunque la crisis tenga que ver con ello. Para mí es el resultado de muchos años de permitir que el nivel y la exigencia en cultura se rebajasen. En otras palabras, son ya años en que la cultura es en realidad espectáculo. Como tal espectáculo, triunfan unas películas determinadas. Las películas que Alta Films distribuía no eran espectáculo, eran cultura, a veces mejor y otras peor, pero cultura. Estas son las que la mayoría del público no quiere ver en las salas, ni en el salón de sus casas.

Teníamos, nos decían, un extraordinario sistema educativo, teníamos una maravillosa red de programación cultural, nos susurraban también. Los españoles éramos personas muy interesadas por la cultura, afirmaban ufanos y orondos. Ahora que nos hemos quedado en paños menores, nos damos cuenta de que estaban raídos y que las chaquetas y los pantalones solo eran apariencia, como la ropa de nuestro antepasado don Toribio.

El renacimiento de la Primavera

olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.

La tradición cuenta que cuando Proserpina fue raptada por Plutón, la madre de esta, Ceres, mandó parar el crecimiento de la tierra, y que solo cuando Plutón accedió a devolver a Proserpina — con la condición de que seis meses al año los pasara junto a él en el hades — Ceres volvió a permitir que la Naturaleza continuara su crecimiento durante esos seis meses en los que Proserpina está en la Tierra.

Es este el mito grecorromano  principal del nacimiento de la primavera, que nos lleva también al de la circularidad del tiempo – bajo cuya especie alguno interpretó el mito del Eterno Retorno – y al hecho de que hay un renacer cíclico en la Naturaleza. Este renacimiento ha sido, como era de esperar, utilizado numerosísimas veces en política, ha sido empleado por la sociedad, de manera más o menos consciente, siempre que ha necesitado de ayuda para solventar problemas que la acuciaban. Si nos fijamos en la literatura norteamericana de la época colonial, son numerosas las historias que hablan de la caída y de la vuelta a la vida o al camino correcto.

Tampoco el Cristianismo es ajeno a esta mitología. La Semana de Pasión resume esa caída y ascenso de los infiernos.

Desde las postrimerías de la década de los setenta la celebración del aniversario de la proclamación de la República se ha convertido también en una fiesta por el renacimiento, la nueva vida, el cambio de la piel vieja por otra nueva, la posibilidad de una vida distinta. La república española, más soñada que planeada, cada vez más soñada, cada vez más irreal, es la festividad laica del renacimiento. En 1931 la Semana de Pasión tuvo lugar entre el 29 de marzo y el cinco de abril, apenas diez días antes de que se proclamara la República. Esta coincidió con los primeros días de la primavera, con los días primeros de luz plena y aire fresco, con los primeros brotes de los árboles.

La celebración de la República en España ha devenido en la fiesta laica de la primavera, como la Semana Santa es la religiosa. En parte se debe a la mitificación de aquellos años, como por ejemplo hizo Eduardo Haro Tecglen en su libro de memorias, El niño republicano. También algunas decisiones políticas ayudan a tener esa sensación de renovación o de comienzo rupturista: Entre otras, la decisión de legalizar el PCE el Sábado Santo de 1977.

La República ahora es la imagen de un tiempo floreciente, de un tiempo lleno de vitalidad y energías, un tiempo de florecimiento en las artes, en la cultura, en la sociedad. Lo fue, sí, pero no deberíamos olvidar que las semillas se plantaron mucho tiempo antes, en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera o de la monarquía alfonsina.

Pensamos ahora en la República, con mayúsculas, claro, por todos los problemas que nos acucian, pero nos negamos a entender que muchos de esos problemas van más allá del debate por la forma del Estado. La República no atajará ni eliminará problemas como la crisis económica o la casi nula productividad laboral, al igual que tampoco eliminará la impunidad de algunos. Algunos piensan que el día que llegue la República (es curioso el verbo que escogemos: llegar en vez de traer) dejarán de tener halitosis, serán más jóvenes o tendrán más dinero. La república puede ser muchas cosas… en los sueños de cada cual; en la realidad es solo una forma de establecer el funcionamiento del Estado.

Tres eran tres

La semana comienza con fuerza. Me refiero a las muertes. En dos días han fallecido Margaret Thatcher, Sara Montiel y José Luis Sampedro. De los tres la que más me ha impactado es Margaret Thatcher.

Sara Montiel puede que fuera una gran actriz que actuó en grandes películas, pero ninguna me gusta. No me dicen nada, ni siquiera me aburren. De Sampedro solo puedo decir que aún no entiendo a quienes dicen que es novelista, a menos que novelista sea escribir 500 páginas independientemente de la calidad de lo escrito. Sampedro es un novelista prescindible que tuvo mucha fama y popularidad por razones ajenas a lo literario.

Es algo que suele ocurrir. Recordemos los premios nobel de literatura. Cuando señalan los méritos de quienes han obtenido el galardón siempre resaltan su compromiso con lo social, pero casi nada dicen de las novelas, la poesía o el teatro que han escrito. (Puede que sea porque los periodistas no han leído nada de ellos ni han hecho intención de leerlo, o quizás sea que siempre queda más emotivo y sentimental hablar de lo bueno que es el ganador de un premio. Nadie se imaginaría un galardonado al que se le acusase de algún delito. Primero tiene que ser honrado y honorable, y luego recibe el premio: Au revoir, Jean Genet!!!!). En resumidas cuentas, los libros de Sampedro se me han caído de las manos. Sería una gran persona y un economista excelente, no lo dudo, pero como novelista era olvidable, perfectamente perfunctorio que dirían quienes los iniciados ya saben.

Queda la Thatcher, Maggie, como la llamó alguna que otra vez The Sun. Margaret Thatcher vino a gobernar Gran Bretaña cuando entraba yo en el mundo. El punk y ella vinieron al unísono para mí. Ella fue nombrada Primera Ministra en 1979 y el punk comenzó solo dos años antes. Hay bastante más relación de la que parece entre el movimiento musical y la Primera ministra, como hay una relación clarísima entre el cine de Stephen Frears y ella. Frears, otro de los que vinieron en esa época, aunque algo más tarde. Frears y Mi hermosa lavandería, película extraordinaria y fresca donde las haya, y sin la pedantería ni el sentimentalismo de las películas de Ken Loach. Sin Margaret Thatcher es difícil que él hubiera rodado algunas de sus películas, a las primeras me refiero.

Vino también la guerra con Argentina por las Malvinas; Falklands Islands para los ingleses. Tenía yo por aquel entonces un profesor que había sido comandante en el Cuerpo de Artillería y que, como era normal, apoyaba a Argentina. Era normal: entre militares el apoyo suele ser mutuo e instantáneo. Yo, ya se pueden imaginar, me puse del lado de los ingleses. Mi fascinación por Inglaterra había ya comenzado y no coincidir con un profesor militarote y franquista era un orgullo y algo necesario. Hoy sigo pensando que Gibraltar bien puede seguir siendo británico. Más tarde me enteré que Margaret Thatcher apenas dormía mientras duró la guerra y que se pasaba la noche agarrada a una botella de whiskey. Fue el único detalle que me la hizo simpática.