Cambios y permanencias

20171228_51Estas fiestas ha habido un pequeño cambio en mis hábitos lectores. En los últimos solía leer alguna novela rusa, de Fíodor Dostoievski, León Tólstoi, Mijáil Bulgákov, un buen tocho, que se suele decir. Luego era normal que también leyera otra algo más liviana, casi siempre el último premio Anagrama.

Este año, sin embargo, no ha sido así. Comencé en el puente de la Constitución la relectura del Ulises de James Joyce y ahora despido el año leyéndome la extraordinaria biografía sobre Beethoven de Jan Swafford. En cuanto la acabe, que será pronto me daré a la lectura del segundo todo de las memorias de Luis Antonio de Villena.

Entre la continuidad y los cambios leves un va haciendo la vida, imperceptiblemente.

Anuncios

Dulce Navidad

20171215_78.JPGLas quejas sobre las Navidades contemporáneas son costumbre ya. Quien más quien menos se queja de que el espíritu de la Navidad ha desaparecido, que cuando entonces (se supone que en la feliz Arcadia infantil) lo comercial no era tan importante, que las Navidades solo duraban desde el 23 de diciembre hasta el 8 de enero, al contrario que ahora que van desde el día siguiente a Acción de Gracias (ya saben el cuarto jueves de noviembre) hasta mediados de enero.

No es más que un síntoma de anteriosclerosis. Lo que entonces les parecía una celebración incorrupta (o al menos presentable, auténtica, propia del llano pueblo) para muchos adultos de la época era ya algo que se había corrompido (o mejor, que el capitalismo había corrompido).

Nadie obliga a nadie a comprar el día del Negro Viernes, ni a comprar lotería de Navidad ni a ir de cena o comida con los compañeros del trabajo o con los amigos, ni a atiborrarse en las celebraciones familiares. Uno puede muy bien pasar sin langostinos, caviar, cava, champán,  sin salir a la calle y tener que dejarse llevar por la muchedumbre, ni siquiera ha de ver a los viejos amigos ni a los familiares que regresan.

Supongo que debe de ser que nunca me hice muchas ilusiones sobre estas fiestas por lo que a mí apenas me afectan. Desde muy joven las Navidades fueron solo una buena pila de libros para leer y un buen montón de discos para escuchar. Fueron entonces cuando era niño, son ahora que soy adulto y he cruzado de sobra la mitad del camino de mi vida.

No hay decadencia sino voluntad o conatus.

No somos politeístas, no

9vL1i97VRZavgY8zXqCJww_thumb_376Ahora que todo es teatrillo y representación, en una curiosa vuelta a ese barroco español al que le han incrustado la banalidad posmoderna, pues lo que entonces era sueño ahora es solo banalidad, viene la época del año en que el teatro reina sobre todos los ámbitos de la vida. (No es el único momento del año, la Semana Santa lo acompaña. Por supuesto que no hablan ni de Navidad ni de Semana Santa, sino de solsticio de invierno y de equinoccio primaveral. La razón es bien simple: cuando dos interpretaciones del mundo disputan la primacía [debería haber escrito hegemonía] la que viene después en sentido cronológico siempre se afana en la diferente terminología para que parezca que haya una diferencia conceptual).

Ahora que es tiempo de belenes, cabalgatas y otras ficciones hay quien ve el momento propicio para ofrecer su aspaviento. Esto no tendría nada de malo si no fuera porque hay quien considera, entre estos aspaventados, que lo suyo es obligatorio: todos hemos de verlo, todos hemos de saber de su genial espectáculo. Hay que tener en cuenta que esta gente entiende que su vida se cumple en la puesta en escena de su ficción. Sin ella, su vida – en un sentido literal – no tiene sentido.

Lo dicho, dos versiones de una realidad disputando la primacía social [vuelvo a evitar el término hegemonía] y los espectadores, voluntarios o, en muchos casos, involuntarios, obligados a contemplar las dos. Porque el problema es que ninguna de ellas es politeísta.

Manjares de Navidad (impresos)

Estamos ya en el umbral de la Navidad, una época perfecta para encerrarse en casa con una buena pila de libros y olvidarse, en la medida de lo posible, del mundo. Es algo que llevo haciendo desde que una tía de mi madre, su madrina, me regaló unos cuantos libros allá por mi prehistoria (o casi).

Años atrás solía leerme el Premio Herralde de Novela, aunque desde hace cuatro o cinco he abandonado la costumbre porque la calidad de las novelas ha caído estrepitosamente.

Ahora, de unos años acá lo que tocan son clásicos rusos, que combinaba con los premios Herralde: Dostoievski, Tolstoi, el grandísimo Turgueniev, Goncharov. Este año le toca el turno a Bulgakov y su magistral (eso me han dicho) El maestro y Margarita. No sé si me fascinará tanto como Asia o Primer amor. ¡Quién sabe! Las horas previas intensifican esa incertidumbre, la convierten en un pequeño placer anticipado, aunque quizás el desencanto pueda presentarse ya en la tarde del viernes. Siempre hay más libros por si acaso. Tengo uno de Goncharov, y los cuentos completos de Chejov, que daría para varias Navidades. Así lo tengo pensado que los cuentos de Chejov me duren cuatro navidades, al menos, una por volumen.

No tengo muy claro lo que leeré el día que ya haya leído a los rusos, quizás los clásicos griegos, quizá relea a los rusos. Una vuelta a las aficiones de años atrás siempre es buena idea, quizás dedique la navidad a releer mis favoritos, en realidad los que fueron favoritos en un momento y que luego has guardado en la biblioteca y no has vuelto a tocar. Los favoritos de verdad los releo, quizás no todo el libro pero sí pasajes importantes, a veces dictados por el azar de por donde los abro.

Están en navidad las cenas y almuerzos pantagruélicos, esos que te dejan fisiológicamente molido y anímicamente sin ganas de nada. Son un peaje que hay que pagar para conseguir la libertad de la lectura. Pensemos que si nuestra sociedad no concediera tanta importancia a esta fiesta, no tendríamos tantos días de asueto.