Nostalgia americana

20130908_313En la escena en que el viejo Ben Kenobi y el novato e ingenuo Luke Skywalker están en casa de Kenobi, este le habla de los buenos viejos tiempos en que reinaba la justicia, la paz y la libertad en la galaxia. Luke, acaso porque no había salido de su pueblo, le mira extrañado sin entender del todo lo que Ben Kenobi quiere decirle. Luke Skywalker es un joven granjero que sueña con marcharse de un pueblo desértico y deshabitado, donde la vida es dura porque las cosechas son escasas y hay que trabajar hasta la extenuación para sacar algo de beneficio. Más allá, en otro planeta, hay una escuela para pilotos a la que muchos de sus amigos, casi todos, han acudido. En gran medida el episodio IV de La Guerra de las Galaxias, no en vano titulado Una nueva esperanza, se estructura sobre dos ejes: el de Ben Kenobi, que vive en el recuerdo de un pasado más amable y civilizado y el de Luke Skywalker, que sueña con un futuro lejos de su pueblo y en el que las aventuras no faltarán. Los dos son exiliados: uno porque la situación política le obligó a refugiarse en un planeta remoto y desconocido donde las tropas del Imperio no lo buscarán nunca (recordemos que este episodio fue el primero que filmó George Lucas y que la primera trilogía en el orden cronológico de la historia solo se dedica a acoplar los hechos con lo que los espectadores ya sabían); el otro porque aún no ha salido en busca de su lugar en el mundo y se mantiene siempre a la espera, con la esperanza de que quizás el año próximo – siempre el próximo—la cosecha sea buena y él pueda abandonar el pueblo. En otro momento de la película aparece un avezado piloto contrabandista que los sacará de sus exilios. Un piloto de nave espacial que posee la mejor, la más mítica, el Halcón Milenario, con la que hizo la carrera del siglo batiendo incluso a los cazas imperiales. Así lo cuenta él, imprimiendo a la historia ese halo de leyenda.

Retrocedamos en el tiempo. Si esto ocurre en las pantallas de cine de 1977, en 1973 otra película había tenido una discreta presencia en el cine. American Graffitti, escrita y dirigida también por George Lucas, nos presenta la primera actuación importante – tampoco mucho – de Harrison Ford, el piloto del Halcón Milenario. En American Graffitti conduce un Chevrolet negro acompañado por una rubia más o menos misteriosa. Lleva un sombrero blanco de vaquero: un Stetson, quizás, o un Remington, y reta a John Milner, otro exiliado – en este caso de la adolescencia – a una carrera de coches en Paradise Road, una carretera solitaria y poco concurrida en las afueras de la pequeña ciudad donde viven, aunque él sea una presencia nueva en esa ciudad. La carrera la pierde Bob Falfa, es decir, Harrison Ford, pero tampoco la gana John Milner, como bien se da cuenta el propio Milner. Le iba ganando Falfa pero la mala suerte hizo que se saliera de la carretera inexplicablemente. Milner es consciente de que su tiempo ha pasado, de que ya solo le queda pasar el resto de su vida en el pueblo recordando los buenos viejos tiempos en que él reinaba en la carretera y era el referente de todos los jóvenes de la ciudad. Le acompañan, intermitentemente, unos cuantos jovenzuelos que, ingenuos e incautos solo piensan en marcharse de la ciudad para ir a estudiar a una universidad. Para ellos, al igual que para Luke Skywalker, la vida se está abriendo y les muestra la infinidad de caminos y posibilidades. Cada uno habrá de elegir. Habrá quien, como Luke obligado por sus tíos, tenga que esperar para marcharse, y otros que se marchen a la primera. Hay quien buscará el ideal en una mujer que ha visto fugazmente y descubra que Wolfman Jack – así lo llamaban – existe en realidad y no es solo una presencia enigmática que sobrevuela la ciudad, al igual que en La Guerra de las Galaxias, en su primera versión, Jabba el Hut, desempeña también ese papel.

Cuando en 1977, con escasos nueve años, vi La Guerra de las Galaxias me sorprendió esa nostalgia que destilaba, a pesar incluso, de sus hechuras de western, que muchos críticos han señalado. Años después, muchos años después, en alguna ciudad perdida vi American Graffitti. No me sorprendió la nostalgia que había en ella. Al fin y al cabo, la película, de culto, la conocía bien por lo que había leído sobre ella, y porque, del lado de los rockers, sabía lo que significaba, y sabía de la tendencia tan fuerte que late en la cultura americana en lo que a nostalgia se refiere. No me era ajena la frase de una canción que decía: “La música al infierno voló el día que Buddy Holly murió” y que en diversas formas se repetía sin cesar.

“The good old times” quizás nunca existieron pero siempre tuvimos la sensación de haberlos rozado justo en el momento en que estaban desvaneciéndose en un presente más frío, adusto y desabrido.

Vida provinciana

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En la ciudad los habitantes andaban con calma, mínimamente atareados en sus asuntos sabatinos y dominicales, vestidos de domingo, que es como en las ciudades de provincia uno celebra los días de asueto. Lazos en las cabezas de las niñas, zapatos lustrosos en los niños y en los adultos, abrigos de paño o de loden. Apenas queda ya el olor de las viejas cafeterías; en su lugar, lo moderno de moda que son las paredes blancas decoradas con utensilios antiguos y un perfume muy fuerte que ambienta el local en el que los camareros, de negro, pelo corto engominado y nuca rasurada, van de aquí para allá. También algunos llevan barbas. Ellas también visten de negro, el pelo recogido en una coleta. Te tratan, es la etiqueta de estos tiempos, con campechanía hasta llegar a llamarte chico. Nunca sé si porque quieren aparentar confianza o quieren humillarte. Vinos y tapas, y ausencia de olores de guiso, solo el ambientador.

Tapas de toda la vida: lacón con pimientos, sopas de ajo humeantes, croquetas o calamares. Raciones abundantes de morcilla, mollejas o berberechos. Y pimentón picante para alegrar, eso dicen, la comida.

Están también los protestatarios: chupa de cuero, pelo greñudo, barbas de varios días, integrados en esa vida provinciana maternal, parecida a una placenta llena de líquido amniótico. El bar de barrio de siempre, allí donde llevamos tomando el vino o la caña con la presión justa y cuyo olor, siempre algo rancio, no es tan natural que ni nos molesta ni nos sorprende. Algo parecido, pienso con frecuencia, es la vida para la gente: un bar de barrio rancio donde acudir sabiendo que nada hay que descoloque el conjunto y el pasar del tiempo siga firme en la realidad de lo monótono y conocido.

Lejos, una exposición de fotografías. Gente con miradas inestables y medrosas o sorprendidas, una embarazada desnuda con un muñón, viejos derrotados por la vida pero, aun así, incólumes en su derrota, sombras de sueños que fueron las motos, donde no hay líneas rectas ni puras sino reflejos ondulantes sobre la tierra o el asfalto, perspectivas desusadas de ruedas y radios, algunos cascos y, a veces, un ojo que parece asomarse, extrañado, por el cristal. Fantasmas, tantas de esas imágenes, recuerdos de un mundo perdido, un mundo que algunos soñaron y en el que otros se estrellaron.

 

Sueños de adolescencia

Taza-verde

De adolescente quería ser escritor. En realidad quería vivir la vida de un escritor según la reflejaban las películas de Hollywood. Levantarme temprano, aunque tampoco mucho, pasar la mañana en el estudio escribiendo mientras por el amplio ventanal entraba una luz clara y vigorizante. Más tarde, en una biblioteca amplia de corte moderno, sentarme a leer lo que otros habían escrito. Alternaría novela decimonónica y de comienzos del siglo XX con poesía moderna – el sentido del adjetivo en este caso era lo menos importante –, de vez en cuando leería alguna obra de teatro y ensayos, aunque estos no terminaban de atraerme por aquellos años.  Era un trabajo ideal entre otras razones porque no tenía compañeros. Era algo que solo me incumbía a mí, que no tenía que hablar de ello hasta que lo entregara a la imprenta. Mañana tras mañana, recluido en mi casa, y al final de varios años – dos, tres, quién sabe – me desplazaba a Madrid o Barcelona, le entregaba el manuscrito a mi editor, charlábamos y comíamos opíparamente en algún restaurante moderno – hoy esos restaurantes modernos los cambiaría por otros afrancesados – y luego, en el tren de la noche o en el de la mañana siguiente volvería a la ciudad en que habito. A los pocos meses me llegarían las galeradas y, finalmente, algunas copias del libro impreso. Poesía, cuento, el género, entonces, era lo que menos me importaba. Solo contaba escribir. Quizás, por qué no, al igual que cuenta la leyenda de Francis Scott Fitzgerald, un martini seco a mediodía, y unas vacaciones en el Mediodía francés.

A día de hoy todavía no he probado ningún martini seco ni he visitado esa región de Francia. Tampoco escribo poesía ni novelas. A veces pienso que ha sido la falta de disciplina y el hacer del oficio de escritor una ilusión más que una tarea diaria lo que ha dado al traste con todos mis proyectos literarios. Reconozco que prefiero leer una novela antes que escribir unas cuantas cuartillas con un argumento que no sé dónde va a acabar. Mientras tanto, en el mundo ha habido una serie de cambios fundamentales, entre ellos el del agente literario. Ya existían cuando yo era adolescente, pero ahora su papel es muchísimo más determinante. También la música me distrae, con complacencia mía, por supuesto, de mis tareas literarias, más supuestas que reales. Hay a quien le distrae el mundo, la sed de aventuras, el deseo de viajar; a mí siempre me ha distraído la literatura.

Tomo notas casi sin cesar: de planes, de ideas, del mundo que me rodea, apunto citas de otros escritores, comentarios, frases ingeniosas o que abren perspectivas inusuales. Tengo varias docenas de libretas llenas con ese tipo de miscelánea. En ellas hay un proyecto de un libro de viajes por Estados Unidos, que no escribiré seguramente porque Nathaniel Hawthorne o Herman Melville me habrán detenido, algunas ideas para ensayos sobre el cuento o la poesía que se quedarán entre las hojas de las libretas porque volveré a leer esos cuentos y poemas y el tiempo se habrá pasado. De joven nunca me gustó ese escritor de una sola obra que, después de publicarla, se distraía quién sabe por qué razones. Ahora veo que yo ni siquiera llego a ser uno de ellos.

Soy un escritor – si es que lo soy – de acompañamiento. Lo que escribo es una simple excusa introductoria a algún autor mayor. Hay por ahí, mías, desperdigadas, notas, artículos, prólogos a ediciones y traducciones de otros que sí que tuvieron la disciplina necesaria y la capacidad de desprendimiento para convertirse en grandes autores. Yo los leo y, de vez en cuando, les escribo un prólogo o una reseña.

Friedrich Nietzsche habló muchas veces del amor fati.