Porvenir inexistente

Siempre había un luego, nunca un ahora. Lo fiaron todo al porvenir que apenas les alcanzó. Jack Kerouac y Neil Cassady se embarcaron decenas de viajes por todos los Estados Unidos en busca de quién sabe qué: un fantasmal anhelo juvenil o la renovación de la épica americana, la del viaje como un rito de paso. Vivía Kerouac con la vista puesta en un futuro en el que dejaría de vivir para escribir lo que había vivido. Se sabía un beat en el doble sentido: el de un joven abandonado por la sociedad, un bohemio, y el de un ser beatífico. Correspondían a su juventud y madurez, aunque madurez no llegase a tener porque murió demasiado pronto, cuando estaba ya preparado para ser un contador de historias, las míticas historias de su juventud.

Nunca hay tiempo para luego, un porvenir que solo existe en nuestros deseos y que conforme se acerca, se aleja aún más. El futuro solo existe en nuestros sueños y deseos. El resto es presente urgente y pasado crepuscular.

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Los inicios

Estantería

Fue hace mucho. En una librería de lance encontré  En la carretera de Jack Kerouac, traducido por Mariano Antolín Rato. Apenas sabía nada de Kerouac ni de su libro, todo lo más que era una gran novela, según el olvidado autor del artículo de aquella revista. Una novela de aventuras pero no de piratas ni de niños detectives en la campiña inglesa, sino de viajes y música, de jazz, del que por aquel entonces desconocía casi todo. Eso fue lo que encontré, sí, y bastante más, porque para empezar tuve que ponerme a leer sobre el bebop y Charlie Parker. También tuve que buscar los efectos de algunas sustancias narcóticas o estimulantes. Busqué también un mapa de los Estados Unidos y tracé el recorrido del viaje de los protagonistas. Con todo, lo que más me fascinó fue su arranque. Tanto me gustó que durante muchos años lo repetí:

 

Todo esto era hace muchísimo, cuando Dean no era del modo en que es hoy, cuando era un joven taleguero nimbado de misterio. Luego, llegaron noticias de que Dean había salido del reformatorio y se dirigía a Nueva York por primera vez; también se decía que se acababa de casar con una chica llamada Marylou.

Hoy podría pensar que si aquello me atrajo fue porque había leído poco y un texto exaltado, apropiado para los quince años que tenía entonces, tenía todas las posibilidades de llamar mi atención e incluso de convertirse en mi libro de cabecera. No hubiera sido el primer libro que releyese compulsivamente. Si hoy analizo el estilo, lo encuentro algo flojo, demasiado arrebatado, y sin embargo… la fascinación persiste. No entendí todo lo que contaba pero eso importaba poco, lo que me atraía era el espíritu aventurero, la pasión y la idea latente de que cualquiera podía embarcarse en un viaje así. Desde luego era mucho más fácil que enrolarse en una goleta y surcar los mares o que actuar como un detective adolescente que resuelve misterios yendo disfrazado de vagabunda o de cura.

Nostalgia

2016-12-06 23.49.54

“Escribo este libro porque todos moriremos”, dice Jack Kerouac al comienzo de Visiones de Cody, aunque en realidad no está pensando en la muerte como en el final de la existencia sino como el olvido. Al final – sin que importe lo que hayamos hecho o dejado de hacer, las ganas que le hayamos puesto a la vida, o la indolencia con la que hayamos pasado por ella – lo cierto que tenemos es el olvido. El rastro que dejamos va despareciendo gradualmente; incluso si tenemos hijos, la carga genética es cada vez menor: al principio la mitad, luego un cuarto, un octavo, un dieciseisavo y así sucesivamente. Cada vez, menor: el olvido.

Iban a morir, aunque entonces no lo sabían y lo único que veía Kerouac alrededor de sí era un mundo que iba desapareciendo: las pequeñas ciudades americanas donde todo el mundo se conoce, donde el sentimiento de pertenencia, aunque no de arraigo, está tan presente. Uno forma parte de una sociedad, y parece que la vida adquiere un cierto sentido, más que en la Nueva York que tanto le atrajo durante unos años. ( Billy Wilder puso en escena ese formar parte anónima de una empresa enorme de una manera muy aguda en El apartamento). Hacia eso se dirigía la Generación Beat mientras de eso huía.

El olvido, la tristeza por lo que dejó de ser, por lo que desapareció de nuestras vidas, “escribo esto porque todos vamos a morir”, al igual que murió Charlie Parker.  Tristeza y visiones, un sentimiento ácido de nostalgia por un mundo que está dejando de ser, por unos años en que vivió con Neal Cassady, y no solo observaba, también vivía, aunque luego se recluyese para dejar constancia de lo vivido. Para dejar constancia lo que vivieron las mejores mentes de su generación: la urgencia de vivir, la inocencia desnuda, las santas visiones en medio del torbellino.

El final casi ineludible es la nostalgia. Y la orquesta de Charlie Parker en lo profundo del tocadiscos.

Todo se desvanece

Leo en el periódico el desganado obituario por Carolyn Cassady, fallecida hace ya nueve días en Gran Bretaña, lejos de Denver, lejos de Tennessee, lejos, también de California, donde, durante muchos años, vivió.

Carolyn Cassady escribió una inteligente réplica de la famosísima novela On the Road, y la titulo Off the Road, que no es sino su vida con Neal Cassady y la vida furibunda que este llevaba, eterno adolescente, amigo irrenunciable de Jack Kerouac. Cuenta también, y otros lo callan, el largo romance que tuvo con el propio Kerouac mientras este vivía con ellos. Neal lo supo, o al menos lo sospechó pero no pareció importarle mucho, no al menos durante un tiempo.

Carolyn ha muerto, como antes lo hicieron Allen Ginsberg o William Burroughs y mucho antes, temprano, Jack Kerouac o Neal Cassady. Los viejos beatniks yacen bajo tierra, y aquellos que siguieron a Ginsberg o que soñaron la carretera de Keroauc, son ya viejos, rondan la setentena, y su lgar en la sociedad lo han ocupado otros muy jóvenes, quizás emos, quizás grunges, que nada aben de los beats, ni de su interpretación del budismo. El mundo sigue su vida, y la llama de aquellos lentamente se va extinguiendo

Perdido para el mundo

De la lectura de Desolate Angels, una de las muchas biografías de Jack Kerouac escrita antes de que la moda editorial inundara las librerías con algunas de dudoso valor y otras que se aprovechaban de la fama repentina – o quizás fermentada durante años — del escritor, un saca una sensación de tristeza bastante grande. No se debe a las circunstancias de la lectura — realizada en sus fases finales entre el avión que cruzaba husos horarios para amanecer en breves horas ni al insomnio que me ha permitido acabarlo en menos tiempo del que esperaba — la inmensa extensión del insomnio y su claro silencio en la casa.

Kerouac, quien podría haber sido un gran escritor, se vio hundido por la incapacidad para soportar una fama que le sobrevino repentinamente, después de años de que lo ignoraran, los ningunearan, lo criticaran a veces inmisericordemente. De la noche a la mañana, según los que lo ignoraban todo de su escritura, Kerouac se vio lanzado a la fama con su famosísima En la carretera. En realidad, la novela era el trabajo de seis años de escritura, reescritura, peregrinaje por editoriales. En cuanto apareció en las librerías, la gente creó el mito del eterno vagabundo americano. A Kerouac esto le hirió porque él ya estaba en otra fase de su literatura, pero los lectores querían la imagen del nómada que no tenía cabida en la sociedad americana de los año sesenta.

Es cierto que Kerouac era un extraño en esa sociedad. Era el producto de la América de los años 40 y 50, y los años 60 le pillaron con el paso cambiado, o quizás simplemente ni le interesaba ni le apetecía entender esa sociedad que, en ciertos círculos, llegaba casi a idolatrarle hasta el punto de peregrinar a su casa — a sus varias casas sucesivas porque su vida fue, eso sí, errabunda. (Cuenta el biógrafo la triste anécdota de que un día, poco antes de que muriera después de un vómito de sangre, una jovencita hippie de unos 20 años se acercó la casa de Kerouac en Lowell, donde entonces vivía. Resultó ser su única hija, de quien no había querido saber nunca nada. Hablaron y Kerouac no le dijo nada de lo mucho que los hippies le disgustaban.)

Cuando la fama le llegó, no supo qué hacer, perdido como ya estaba en el mundo, y se dedicó a beber aún más de lo que ya bebía por entonces, y a pasar las tardes en los bares de barrio de allá donde viviese, entre gente que no había oído nada de él, o antiguos compañeros del instituto. Mientras Allen Ginsberg, Gregogy Corso, William Burroughs o Peter Orlovsky peregrinaban por Centroamérica, Europa y el Magreb, Kerouac se encerró en su mundo de la juventud, un fantasma ya de sí mismo con apenas treintaicinco años, y no se atrevió a salir de él, a abandonar a su madre, la vida de bares americanos, sus infatigables charlas sobre la beatitud y el budismo.

Llegada a Memphis

El avión nos deja en solo dos horas en Memphis. Boulder de Memphis está a más de mil cien millas. Lo que en coche, o en autobús, en uno de los míticos Greyhound que salían ya en Las uvas de la ira, habríamos tardado unas veinte horas, lo hemos cubierto en dos. Los aviones son necesarios en un país con distancias tan enormes. En el trayecto – ya la había comenzado días antes – leo la biografía que Dennis McNally escribió de Jack Kerouac. Tienen de interesante que también documenta el cambio de los Estados Unidos en el paso de los años cuarenta a los cincuenta.

En Memphis nos recibe el calor húmedo, la parsimonia de una gente que no tiene más remedio que sobrevivir en medio de ese clima. En el autobús recorremos el extrarradio hasta llegar a la estación de autobuses en el centro – más bien – en la zona norte de la ciudad. No es una ciudad al estilo europeo. Son casas, edificios que han ido construyendo sin orden ni plan y han formado, al final, diríase que casi por azar, un conglomerado urbano. Al final, unas pocas calles forman el centro.

En el hotel, nos azota el fresco casi polar del aire acondicionado. Las calles no se ven pegajosas, como en Nueva Orleáns, pero los olores sí son densos, como el perfume que se me ha pegado en las manos cuando esperaba en el aeropuerto al autobús.