Todo se desvanece

Leo en el periódico el desganado obituario por Carolyn Cassady, fallecida hace ya nueve días en Gran Bretaña, lejos de Denver, lejos de Tennessee, lejos, también de California, donde, durante muchos años, vivió.

Carolyn Cassady escribió una inteligente réplica de la famosísima novela On the Road, y la titulo Off the Road, que no es sino su vida con Neal Cassady y la vida furibunda que este llevaba, eterno adolescente, amigo irrenunciable de Jack Kerouac. Cuenta también, y otros lo callan, el largo romance que tuvo con el propio Kerouac mientras este vivía con ellos. Neal lo supo, o al menos lo sospechó pero no pareció importarle mucho, no al menos durante un tiempo.

Carolyn ha muerto, como antes lo hicieron Allen Ginsberg o William Burroughs y mucho antes, temprano, Jack Kerouac o Neal Cassady. Los viejos beatniks yacen bajo tierra, y aquellos que siguieron a Ginsberg o que soñaron la carretera de Keroauc, son ya viejos, rondan la setentena, y su lgar en la sociedad lo han ocupado otros muy jóvenes, quizás emos, quizás grunges, que nada aben de los beats, ni de su interpretación del budismo. El mundo sigue su vida, y la llama de aquellos lentamente se va extinguiendo

Perdido para el mundo

De la lectura de Desolate Angels, una de las muchas biografías de Jack Kerouac escrita antes de que la moda editorial inundara las librerías con algunas de dudoso valor y otras que se aprovechaban de la fama repentina – o quizás fermentada durante años — del escritor, un saca una sensación de tristeza bastante grande. No se debe a las circunstancias de la lectura — realizada en sus fases finales entre el avión que cruzaba husos horarios para amanecer en breves horas ni al insomnio que me ha permitido acabarlo en menos tiempo del que esperaba — la inmensa extensión del insomnio y su claro silencio en la casa.

Kerouac, quien podría haber sido un gran escritor, se vio hundido por la incapacidad para soportar una fama que le sobrevino repentinamente, después de años de que lo ignoraran, los ningunearan, lo criticaran a veces inmisericordemente. De la noche a la mañana, según los que lo ignoraban todo de su escritura, Kerouac se vio lanzado a la fama con su famosísima En la carretera. En realidad, la novela era el trabajo de seis años de escritura, reescritura, peregrinaje por editoriales. En cuanto apareció en las librerías, la gente creó el mito del eterno vagabundo americano. A Kerouac esto le hirió porque él ya estaba en otra fase de su literatura, pero los lectores querían la imagen del nómada que no tenía cabida en la sociedad americana de los año sesenta.

Es cierto que Kerouac era un extraño en esa sociedad. Era el producto de la América de los años 40 y 50, y los años 60 le pillaron con el paso cambiado, o quizás simplemente ni le interesaba ni le apetecía entender esa sociedad que, en ciertos círculos, llegaba casi a idolatrarle hasta el punto de peregrinar a su casa — a sus varias casas sucesivas porque su vida fue, eso sí, errabunda. (Cuenta el biógrafo la triste anécdota de que un día, poco antes de que muriera después de un vómito de sangre, una jovencita hippie de unos 20 años se acercó la casa de Kerouac en Lowell, donde entonces vivía. Resultó ser su única hija, de quien no había querido saber nunca nada. Hablaron y Kerouac no le dijo nada de lo mucho que los hippies le disgustaban.)

Cuando la fama le llegó, no supo qué hacer, perdido como ya estaba en el mundo, y se dedicó a beber aún más de lo que ya bebía por entonces, y a pasar las tardes en los bares de barrio de allá donde viviese, entre gente que no había oído nada de él, o antiguos compañeros del instituto. Mientras Allen Ginsberg, Gregogy Corso, William Burroughs o Peter Orlovsky peregrinaban por Centroamérica, Europa y el Magreb, Kerouac se encerró en su mundo de la juventud, un fantasma ya de sí mismo con apenas treintaicinco años, y no se atrevió a salir de él, a abandonar a su madre, la vida de bares americanos, sus infatigables charlas sobre la beatitud y el budismo.

Llegada a Memphis

El avión nos deja en solo dos horas en Memphis. Boulder de Memphis está a más de mil cien millas. Lo que en coche, o en autobús, en uno de los míticos Greyhound que salían ya en Las uvas de la ira, habríamos tardado unas veinte horas, lo hemos cubierto en dos. Los aviones son necesarios en un país con distancias tan enormes. En el trayecto – ya la había comenzado días antes – leo la biografía que Dennis McNally escribió de Jack Kerouac. Tienen de interesante que también documenta el cambio de los Estados Unidos en el paso de los años cuarenta a los cincuenta.

En Memphis nos recibe el calor húmedo, la parsimonia de una gente que no tiene más remedio que sobrevivir en medio de ese clima. En el autobús recorremos el extrarradio hasta llegar a la estación de autobuses en el centro – más bien – en la zona norte de la ciudad. No es una ciudad al estilo europeo. Son casas, edificios que han ido construyendo sin orden ni plan y han formado, al final, diríase que casi por azar, un conglomerado urbano. Al final, unas pocas calles forman el centro.

En el hotel, nos azota el fresco casi polar del aire acondicionado. Las calles no se ven pegajosas, como en Nueva Orleáns, pero los olores sí son densos, como el perfume que se me ha pegado en las manos cuando esperaba en el aeropuerto al autobús.

My little runaway

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Con la entrada “En el mercado de frutas y verduras” pude haber caído en algo parecido a un bucle proustiano en el que recordase mi infancia y adolescencia lectoras Los maravillosos libros, que un lector de estos apuntes recordaba, de Enyd Blyton, a quien tanto, al menos yo, tengo tanto que agradecer por tantas horas de lectura agradable y cautivadora.

No fue así, pero esta tarde noche, apenas las siete pero parecían ya la diez, sonaba “Runaway” de Del Shannon y entonces la caída ha sido inevitable, quizás por pillarme desprevenido. “My little runaway” cantaba y entonces, como a plomo han caído sobre mí los años de adolescente en Soria, despistado, que ya apuntaba maneras para eso de no valer para nada práctico. Algunos años más tarde me enteré del viejo lema teddy boy: “Don’t follow me, I’m lost” y al cierto sentido estoy perdido para el mundo. Aquel adolescente despistado para quien no había nada más importante que la literatura y el rocanrol, y para quien, de modo muy ingenuo, se resumía todo en la palabra América, ese adolescente, digo, logró que parte de su vida girara en torno a esas primeras ilusiones juveniles, incluso ahora, cuando la juventud queda tan lejos que ya no logra ni avistarla en la distancia del pasado.

Literatura, Jack Kerouac, una de las primera lecturas serias junto con Santuario de William Faulkner – una historia de contrabandistas, me dijo mi amigo –, Elvis Presley, la música de los años cincuenta y el sentimiento de “Et in Arcadia ego”.

Todo esto ha sido luego matizado, incrementado, han entrado nuevos elementos, otras personas muy importantes, pero aquel adolescente que miraba las portadas de los discos de Gene Vincent and the Blue Caps,  que le gustaban las camisas de cowboy, sigue al menos en lo esencial fiel a aquellos años, y cree que la vida, a la que no ha le ha pedido mucho, al menos le ha concedido vivir de la literatura y acompañado de la música y de una persona que merece la pena.

Lecturas de verano

Los veranos aquí, parece ya una costumbre totalmente implantada, leo algo de la Generación Beat. Normalmente, al día siguiente de nuestra llegada, recorremos la calle principal de una punta a otra y entramos en Trident, café y librería, donde los dueños venden libros que son restos de ediciones y por esa simple razón están a muy buen precio, normalmente la mitad de lo que costaría en otra tienda y no mucho más tarde, aunque está en la dirección opuesta, nos pasamos por la librería beat (Beat bookshop). Allá solemos departir un rato con el dueño, que no se acuerda de nosotros de veces anteriores (y es lo normal, tengo que añadir). La conversación siempre es idéntica: De dónde venimos, por qué nuestro interés por los escritores beat, algunas recomendaciones, que cambian de año en año, y casi al final, un recuerdo de mi parecido con algún actor más o menos famoso (parecido que yo nunca logro ver pero que tampoco le desmiento). En esta librería los libros son de segunda mano y están muy sobados, los lomos muy abiertos, las hojas amarillentas. Son libros que se han leído varias veces y que una vez acabados, después de una breve estancia en alguna estantería de alguna casa, imagino, vuelven a la librería a la espera de otro lector que lo leerá y lo volverá a vender. Quizás ese sea uno de los mejores destinos para cualquier libro.

Compramo, así, varios libros. Este año son las biografías de Allen Ginsberg y William Burroughs que escribió Barry Miles, más el libro de memorias que Carolynn Cassady escribió de su vida con Neal Cassady y Jack Kerouac. Off the Road se titula y es un buen libro de recuerdos, aunque las trampas de la memoria aparezcan aquí y allá de vez en cuando. Es un libro que comienza con una gran alegría de vivir y acaba inundado en la tristeza por la destrucción de quienes fueron los dos hombres que amó en su vida.

Hay algo que, a estas alturas de la vida, subleva en esas ganas de acabar con uno mismo con rapidez. Uno piensa en Ginsberg o en el siniestro Burroughs y comprende que los experimentos son compatibles con una vida larga, que se trata en el fondo de un impulso destructivo lo que llevó a Cassady y Kerouac a vivir tan sin freno, al igual que aquí, en cierto sentido de igual modo hizo Eduardo Haro Ibars.

Otro tema es la realidad de esas vidas y cómo se transformaron (y aún se sigue haciendo) en gran medida extendiendo el silencio sobre algunas partes de su vida,  en España para que Cassady, Kerouac y otros se acomoden al modelo de rebelde que nos interesa.