De franela

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[…] Te mostraré mi altar secreto.

Elena Medel

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Día del libro

La mañana es para las familias y para algún despistado que va a comprar un libro. Esto del día del libro es como el Corpus Christi de los católicos. Los libros salen a la calle para que aquellos que no van nunca a las librerías, vean algún libro al menos una vez al año.

Este año en Valladolid, Ciudad del paraíso, no hay reivindicaciones políticas. Se ve que con la llegada de la izquierda al Ayuntamiento –¡al Poder!— hemos vivido el advenimiento del Paraíso!

Es cuestión de estar atentos para ver qué ocurre con los mercaderes que hay en el Templo cuando el iracundo Mesías se dé cuenta de que ¡hacen negocios! Luego están los fariseos, que hasta anteayer pedían que los libros fueran gratis y hoy, con un plieguecillo publicado, piden, ahora sí, que los libros se vendan, ¡para que ellos reciban sus dineritos!

Mientras tanto, lo insuperable en casa: The Wings of the Dove, ya en su recta final. Amor y dinero, traición. Henry James en su mejor momento. Ha llegado un momento en que aunque no comprase ningún libro más, aunque no me preocupase por lo que se publica ahora, tendría, sin embargo, libros suficientes para leer el resto de mi vida. El día del libro es todos los días en mi casa.

Hay otro aspecto que no se toca y que es significativo. El día del libro coincide con el de Sant Jordi y Villalar, que no son sino reivindicaciones políticas reaccionarias. El libro como instrumento del reaccionarismo. La cultura – y por tal entienden la impresa – es para ellos solo el instrumento con el que imponer una visión reaccionaria de la política: la cultura como tradición, como reacción, como Paraíso perdido que hay que recuperar.

En fin, solo queda acabar con aquella canción: En la fiesta regional yo me quedo en la cama igual, que la música regional nunca me la supo levantar.