¡Vive la Republique!

Hoy es un día histórico, un día en que la amenaza populista ha sido derrotada en Francia, aunque nuestros comunistas patrios no lo vean, pero claro los comunistas no vieron nada malo en firmar un pacto de no agresión con los nazis.

¡Una jornada histórica, sí! en la que ha ganado lo mejor de Europa y han sido derrotados los cenizos. Contra el grito revolucionario leninista que dice que cuanto peor, mejor, yo digo, ¡cuanto mejor, mejor!

Como en la famosa escena de la película Casablanca, así me he sentido hoy. Los fascistas creían que iban a poder con nosotros pero al final, optimismo de la historia, el fascismo ha sido derrotado, y en España la cara de aflicción de los populistas ha sido memorable.

 

Cuando miro a Francia, pienso en que sí, que soy republicano. Lo malo es cuando vienen los republicanos españoles, esos populistas, comunistas y demás ralea  arengando a las masas y excitando sus más bajas pasiones, se me quita en un santiamén el deseo de ser republicano. Hay, aunque la genta no lo crea, repúblicas y repúblicas. Entre las que nos enorgullecen están Francia y Estados Unidos, entre las que nos avergüenzan está el sueño de los republicanos españoles, un sueño de miseria, represión y leninismo.

Por eso digo, y solo diré: ¡Vive la Republique!

Adioses

Leo en los periódicos recuentos del año. Destacan el alto número de artistas (en su sentido más amplio, aunque creo que predominan los músicos) que este año han fallecido. A muchos de ellos los he escuchado con verdadera pasión. He ido recibiendo las notificaciones de la muerte de cada uno de ellos sin demasiada alharaca sentimentalista. Será que me he hecho viejo, pero sobre todo que tanta efusión sentimental que nos inunda me repele.

Creo que en la tristeza, sobre todo en la desgracia y en la tristeza, uno ha de mantenerse firme, fuerte, y la congoja ha de ir por dentro, como las aguas turbulentas que corren por debajo de la superficie de los ríos. Es la única manera de comportarse en la que uno no cae ni en el patetismo ni hace el ridículo.

Y repito, en una época como esta en que todos se aprestan a demostrar ansiosos sus sentimientos – lo que solo consigue que sean infantiles – la verdadera soberanía reside en el control de las emociones. Solo así uno no forma parte de la grey.

Escribo esto al poco de enterarme que Carrie Fisher ha fallecido – otra pieza de la niñez que desaparece — y al saber que los rancios de la izquierda dizque radical española la utilizan para sus estupideces políticas. Aunque, seamos sinceros, un comunista del período alto del Capitalismo (en el que vivimos) — o del período medio (Lukács, por ejemplo) — es incapaz de entender (ahí quedan los escritos estéticos de tantos y tantos comunistas, con la excepción de Theodore Adorno, Walter Benjamin y pocos más) la función de la ambigüedad de la ficción.

(Nota Bene: quizás la izquierda española utiliza la Guerra de las Galaxia porque cree que George Lucas, su director, es Georg Lukács, el filósofo (en puridad, el teólogo) marxista. Nada me extrañaría conociendo como conozco la indigencia intelectual de la izquierda.)

star-wars

 

Canalla

Veo un programa de televisión, otro más, sobre las elecciones presidenciales americanas. Hay miedo a que salga elegido Donald Trump. Hillary Clinton no gusta mucho pero Trump espanta a la gente. Eso dicen. No es algo irracional ese rechazo a Trump por parte de una clase media más o menos ilustrada como tampoco lo es que la clase trabajadora empobrecida lo apoye. Es lo que tiene el populismo.

De todas formas, lo que me interesa, a pocos días de que Donald Trump pueda tener el número necesario de delegados que lo puedan hacer Presidente de los Estados Unidos, es una cita de Slavoj Zizek, el canalla Zizek. Dice esto en su artículo “Over the Rainbow” que, aquí publicó El viejo topo y también la editorial Acuarela como epílogo a ¿Qué pasa con Kansas? Al final del artículo escribe:

Aunque, como es lógico, un representante de la izquierda radical debería apoyar, en el contenido concreto de gran parte de las cuestiones en disputa, la posición progresista (a favor del aborto, contra el racismo y la homofobia), no se debe olvidar que, a largo plazo, es el fundamentalismo populista [se refiere al populismo conservador americano, de raíz religiosa y anarcocapitalista], y no el progre, el que constituye nuestro aliado.

“Cuanto peor, mejor”, es el resumen. Si la mayoría de la sociedad vota a Trump (por poner el ejemplo de estos días) esto hará que la situación de la mayoría de la sociedad empeore: económica, social, jurídicamente, …, y se levanten en armas contra el poder establecido. Es la misma verborrea canalla responsable de las grandes matanzas del siglo XX: URSS, la China de Mao y los Países del Telón de Acero, y la que hace que hoy Zizek diga que su aliado a largo plazo es el fundamentalismo populista: Trump o Marie Le Pen. Desde luego en Europa, la izquierda radical y la derecha fascista son aliados. Son muchos los puntos en que coinciden y que votan juntos en el Parlamento europeo. Tampoco es nada raro. El 23 de agosto de 1939, nazis y comunistas firmaron el pacto de no agresión, más conocido como pacto Ribentrop-Molotov.

Quede constancia del lugar moral de la izquierda radical.

Intimidad/ extimidad

Las redes sociales son para los nuevos políticos como el Hola para los antiguos y para la vieja aristocracia. Si por el Hola nos enteramos de que tal o cual duque casa a su primogénita con el benjamín de otra abolenga familia, por twitter o por facebook Alberto Garzón (creo que era él) nos comunica que ha pedido matrimonio a su novia o compañera. Por esas redes nos enteramos de que Pablo Iglesias había roto con su novia, y que la alcaldesa de Barcelona, la Evita del Ensanche, está embarazada. (Eso sí, los anuncios de los duques poseen la tintura ajada de lo decadente del que estos nuevos políticos, con sus chanclas y desaliño carecen.)

La nueva política tiene sus nuevos canales de comunicación que son idóneos para lanzar consignas y para abolir la intimidad. Cierto es que les anima una irrefrenable egolatría y una ansiosa necesidad de ser el foco de atención a todas horas. También debemos tener en cuenta que el nuevo político es solo un actor, un performático actor, al que, por supuesto, no se le puede pedir un razonamiento mínimamente complejo. Eso excede los 140 caracteres y su capacidad analítica y sintética. El nuevo político, ya lo dijo, no puede dejar las performances porque solo es eso, performance, pura superficie.

Pero además hay un proyecto político en marcha con la abolición de la intimidad: el control total de las subjetividades, Si en el siglo XVIII fue el panóptico, como bien analizó Michel Foucault, el modo de controlar socialmente las subjetividades, y en el siglo XX ese papel lo desempeñaron los delatores que abundaron en la URSS, los países del Telón de Acero y en Cuba, en el siglo XXI es la llamada extimidad, concepto confuso que solo tiene como función acostumbrar a la gente a que viva de cara a la galería, a que su subjetividad tenga, por decirlo de algún modo, paredes de cristal y todo sea visible. (Para otro momento dejo, la ola de puritanismo que lleva aparejada.)

Ante ello, claro, ni facebook ni twitter, y a vivir como el emboscado de Ernest Jünger.

Non serviam!

Quo Vadis, República?

Y puede que morir sea ya inevitable. Pero, al menos, morir luchando. No este balar medroso de corderos que lo babea hoy todo. Yo soy Charlie.

Así de contundente, y no hay otra actitud que pueda llamarse humana — la que aúna dignidad y libertad –, se muestra Gabriel Albiac en su último libro, Alá en París, que es una crónica periodística de lo que vio tras lo atentados islámicos en París, en enero y en noviembre de 2015 respectivamente.

He comenzado el libro, y su contundencia, su exactitud, ese no ceder nunca ante el cobarde engaño de los silenciosos corderos, me ha empujado a escribir esta nota.

Pocos quedan ya, pocos con coraje cívico, pocos que no hayan sucumbido al populismo, pocos que aún sigan haciendo de la ética, una física que es una metafísica. Pocos que aún hoy mantengan la máxima:

non ridere, neque lugere, neque detestari, sed intelligere.

Es, sí, el final de una época, al nacimiento de otra: la de la Europa aniquilada, la de la destrucción de aquello que hizo de ella el lugar de la libertad, los derechos humanos, la Humanidad en sentido político. Destruida por el Islam, con sus guerreros que forman parte de Europa e algunos incluso con guerrilleros que no son musulmanes pero que, por resentimiento y miedo, apoyan el Islam. Hay que combatir el capitalismo, vociferan estos últimos, y para ello nada mejor que unirse a cualquier fuerza, aunque sea reaccionaria, que quiera destruirlo. ¿Dónde habrá quedado esa exhortación de Karl Marx a los comunistas en que les avisaba de que no todos los que querían derribar el capitalismo eran iguales y que algunos de estos solo pretendían implantar regímenes retrógrados? ¡Sí, flotan, sin terminar de ahogarse, en los restos de la papilla populista en que se ha convertido el comunismo gracias al populismo! ¡Tantos años hablando del socialismo científico para acabar en el populismo espeso, pringoso y sentimentaloide de raigambre peronista!

Fervor de Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna, Ramón a secas, es el escritor de los albores de Madrid, ese Madrid de principios del siglo pasado, situado entre la modernidad y lo castizo, siendo lo primero sin renegar de lo segundo ni hacer de ello un freno. Ramón, con la greguería como instrumento principal, hace una novela que es presentimiento futuro y amplias avenidas de un Madrid que va abriéndose hacia las afueras y hacia el tiempo que va a venir.

Ramón comienza a escribir en los inicios del siglo XX cuando, ironías de la vida o de la historia, todo era posible, vislumbraba la gente un mundo nuevo y las costumbres, la música, la literatura o la pintura viraban hacia nuevos caminos, inexploradas avenidas que dieron en el cuestionamiento de muchos límites, aunque hubo quien, simplemente con la fuerza de la censura, las recondujo hacia la pedagogía estéril del socialrealismo, que tantos de esos llamados artistas siguieron con fervor juvenil.

Ramón, decía, en los inicios de un tiempo que todos creían iba a ser nuevo, en un Madrid que vislumbra una modernidad posible, un cambio que iba a dejar atrás lo rancio castizo de la Restauración y demás monsergas. En ese Madrid alegre, festivo, quién sabe si faldicorto, Ramón descubre que uniendo la metáfora y el humorismo surge la greguería. La greguería es un fulgor de la inteligencia acompañado de la alegría de vivir. Así escribe Ramón sus novelas mayores, que son novelas al modo de las vanguardias con la salvedad de que el tema es castizo, madrileño. Ramón escribe entre D. Benito Pérez Galdós y Francisco Umbral, y crea un Madrid que es nuevo y que Umbral, más tarde habitará y ampliará.

Pensaba Ramón, pensaban tantos otros, que era un tiempo nuevo, en el que todo era posible y que España iba a cambiar, cuando se encontraron con la Guerra Civil, que cambió todo, sí, pero en sentido contrario, y Ramón tuvo que exiliarse, a Buenos Aires. Un hombre libre no podría haber seguido viviendo en España. Luego, con el tiempo, regresó para marcharse definitivamente. Regresó, vio lo que era España, que su Madrid había desaparecido, que su tiempo ya no existía, y se marchó, sin las condenas tajantes al dictador que los políticos aposentados en la URSS lanzaban sin criticar ninguna vez a los sucesivos dictadores comunistas. Volvió a Buenos Aires, con Luisa, solos, libres, sin entrar en logias ni hacer bandera de nada que no fuera la libertad. Ramón, que estuvo en la creación de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, regresó a Buenos Aires seguramente desesperanzado y consciente de que quedarse en España era morir todos los días un poco.

Eran nuevos tiempos, creían, que truncaron el Fascismo y la gangrena comunista que perduró 75 años. Ni con unos ni con otros, libre, vivió Ramón, al igual que las golondrinas madrileñas que tanto le gustaban. Otros, sí, lo sabemos, criticaron al dictador mientras giraban la cabeza para no ver cómo Stalin mandaba asesinar a los Brigadistas Internacionales afincados en la Unión Soviética que lucharon en España por la República y defendieron a los comunistas españoles de los fascistas.