Lectoras


Desde siempre han estado allá, ocultas, sin un lugar propio, aunque quizás la casa, el espacio doméstico por excelencia lo fue. Allí, en cualquiera de sus rincones, solas, a hurtadillas, dejando labores más productivas para otros momentos, leyeron, o leían, eligiendo con cuidado porque el tiempo era escaso y las ganas enormes. Novelas de pasión, folletones de romances disparatados, poesías o cartas de otras, casi cualquier libro que hablara de las vida y de los sentimientos, pues la filosofía pertenecía al mundo masculino y era demasiado abstracta, y preferían (era mucho mejor, claro) algo concreto, real, anclado en la vida, algo que las moviese, en que se sintieran reflejadas.
Ahora los tiempos han cambiado. Ya no tienen que esconderse, la presencia femenina es algo aceptado y pueden tumbarse en el sofá, quedarse en la cama, buscar el rincón más cómodo, sentirse en casa de verdad. Cambian cosas, e incluso algunas prefieren la abstracción filosófica, pero pocas han renunciado a las historias marcadas por la vida y la experiencia.

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Lo bueno de llorar

Una anécdota mínima, nunca explicada, es el punto de partida en la disección sobria de las relaciones humanas. Las palabras apenas cuentan; los silencios y lo que callamos es siempre más importante. La cámara sigue la peripecia de un hombre y una mujer por las calles de Barcelona, con sus amigos, a solas o entre desconocidos.
Hay un momento en el que los rostros de los protagonistas se reflejan a contraluz. La expresión inmóvil de los maniquíes en el escaparate colorista funciona como contrapunto y rompe la sobriedad fílmica y la negrura de los primeros planos. El negro de la vida, el color de lo inerte. Acaso el director quiere señalarnos las contradicciones, las zonas de sombra y de luz, el brillo siempre ajeno a nuestras vidas.
Pero domina el silencio, ingrávido o pesado, angustioso, presagio de dudas y temores, refugio de los miedos que no nos atrevemos a enfrentar. El silencio, que desnuda la película; el silencio, para el que lo accesorio no existe; el silencio, que mediante el despojamiento, adensa la película sin que pierda toda su gracia. Probablemente no haya un momento más difícil de sortear que el que se produce cuando dos personas no saben qué decirse. Las miradas se tornan huidizas, y tensamos el gesto imperceptiblemente, incluso para nosotros. Sabemos entonces que todo ha acabado.
El silencio también nos aparta del costumbrismo en las historias y en los decorados, de las escenas que el espectador pueda esperar en ese momento.
Mathias Bize nos ofrece una película sobre las relaciones, sobre la imposibilidad de la comunicación, el futuro hipotético y el pasado que nunca podremos variar.