Los maestros

Uno va y viene por la vida, con sus ilusiones y sus aficiones, pero, sobre todo, con sus obsesiones. En mi caso la poesía y el rock de los años 50, o sus recreaciones de finales de los años 70 y principios de los 80.

Uno puede estar mucho tiempo sin volver a ellas. Puede pasarse meses, e incluso años, con la obsesión dormida. A alguien poco avisado incluso le parecería que ese que en el pasado le emocionó ha muerta ya para él. No es así. Las obsesiones – un caso de radicalización de una ilusión o de una afición – nunca mueren, dormitan a lo sumo.

Ahora he vuelto, antes de que sea primavera, momento propicio para esto. Escucho en todo momento a Stray Cats y Crazy Cavan and the Rhythm Rockers.

 

Dicho esto, la gente entenderá que conozco bien la pena y el desamparo que en estos momentos sienten aquellos que escuchaban a Paco de Lucía con asiduidad. Me gustaba mucho, es cierto, me tocaba el corazón y le reconozco un saber tocar, un gusto y una seriedad que y quisieran para sí muchísimos.

Sea de tu gusto en mayor o menor medida, a los maestros hay que tenerlos siempre presentes y no perderlos de vista porque nos desviamos hacia lo vulgar.

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El cuerpo, lo silenciado

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No soy fetichista. La excitación que a algunos hombres les producen unos pies femeninos, o la ropa interior, no va conmigo. Eso no quiere decir que no me interese el cuerpo, sobre todo por lo que dice en silencio mientras los rostros disimulan y callan las bocas lo que el resto revela.

Las fotografías de Garry Winogrand muestran como sin querer esto que digo. Hay especialmente una, la que sirve de ilustración a esta entrada, que me sorprende. Son todas mujeres jóvenes y, sin embargo, si nos fijamos en sus tobillos, en los empeines de sus pies, en los zapatos, vemos que estos están ya algo dados de sí y que los tobillos no son delgados. Es cierto que la posición ayuda a deformarlos un poco pero no lo es menos que hablan, los empeines junto con las caras internas de los muslos de una juventud ya perdida, de unos embarazos que han añadido rotundidad o flaccidez a los cuerpos. La alegría que transparentan en sus caras esas mujeres, el movimiento de sus torsos, de repente se ven detenidas sobre todo por los pies de la mujer que ocupa el centro de la imagen.

La posición de las piernas de las mujeres imprime sensación de movimiento a la fotografía, sensación que se complemente con la posición de los rostros y los gestos que tienen, pero el pie que está en el centro ejerce su dominio como eje que divide la escena y por tanto también como signo de lo que hay en el escenario. Es él el que nos hace fijarnos en las otras peirnas; en realidad subimos por su pierna y vamos saltando de una otra en función de la cercanái de cada momento.

Hay cosas que itnentamos callar, ocultar, reprimir, pero al final siempre salen a la superficie. Lo más escondido siempre logra encontrar una pequeña grieta para que el ojo de un espectador, quizás distraído en un principio quizás al acecho, logre captarlo antes o después.

Lo muelle, lo informe

Desde la alta ventana de mi claro despacho observo a la gente que, abajo, pasea. Es la hora de sacar al perro a dar un paseo. Veo uno de esas razas nuevas que, engordado por el poco ejercicio que puede hacer en el piso y porque estas nuevas razas tienden a la voluminosidad, y me parece a lo lejos un cerdo. El trotecillo pesadamente ligero aumenta la impresión. Junto a él, camina una chica absorta en lo que imagino será su teléfono móvil, o quizás mejor denominarlo dispositivo. Viste chándal, y pienso que casi todas las chicas que pasean a sus perros llevan chándal, casi ninguna pantalón vaquero y, por supuesto, nadie viste falda. La falda se ha quedado para momentos especiales, sábados por la noche, alguna comida de gala – esa gala decaída que son los cumpleaños de un familiar o la cena de Nochebuena – y poco más, si acaso una cita romántica con el novio, y creo que ya ni siquiera eso.

La chica pasea, el perro corretea jadeante a su alrededor, sortean los bancos, se sienta y el perro la mira con curiosidad o impaciencia. Apenas hay gente y el sol cae ya oblícuo y débil. El chándal es una prenda que se ha impuesto poco a poco, silenciosamente, no sé si por el prestigio inmerecido de los deportistas que lo llevan en todas las competiciones o si acaso es un síntoma más de la lenta decadencia que nos engulle. El chándal, las deportivas, el niqui, ropas que no aprietan, que dejan el cuerpo suelto, como si uno no llevase nada. Luego están los ademanes, desganados también, la forma de sentarse, desgarbada, casi tirado encima de la mesa o derrumbado en el sofá. Hay veces que uno echa de menos los cuellos duros de las camisas almidonadas y los zapatos de cordones que sujetan apretando el pie.

El matiz, siempre el matiz

Benjamin Britten (1913 – 1976) fue uno de los más imporntates compositores británicos del siglo XX. Fue, también, homosexual. esto, en realidad, poco tiene que ver con su obra musical pues no es la suya, en general, una obra centrada en el tema de la homosexualidad si exceptuamos quizás Billy Budd y Muerte en Venecia. Fue compañero del tenor Peter Pears.

En España es impensable que un músico homosexual componga música religiosa. Mal van ya los que la escriben sin serlo, ¡imagínense a alguien que sea homosexual! Britten, sin embargo, poco dado a secundar los prejuicios de su tiempo, sí que la escribió. No solo eso, es uno de los mejores compositores del anterior siglo. Entre las que escribió señalo, por ejemplo, Rejoice in the Lamb, Missa Brevis, A Hymn to the Virgin o A.M.D.G. basado en poemas de Gerald Manley Hopkins.

Pero, claro, es un británico el que no veía contradicción ni tampoco pensaba que con ello estaba traicionando a los suyos (ese término tan de tribu, tan de batallón y tan de partido político). Britten era capaz de pensar con matices. Sabía que el pensamiento es sobre todo el arte del matiz, no como aquí y ahora donde si uno intenta matizar algo queda aplastado por el batallón unánime en su descrédito del pensamiento.

Minientrada

Rafael Simancas

Este es el comentario que envié a la web de Rafael Simancas ayer con motivo de la entrada que escibió acerca del artículo de Manuel Jabois. La pongo aquí porque en la web de Rafael Simancas sigue, después de 24 horas, pendiente de moderación. No la escribí para defender s Jabois, que no lo necesita, sino como reacción a la pobre respuesta de Simanas. Ahí va:

Yo esperaba de un político, aunque derrotado varias veces en las urnas, como el Sr. Simancas, que al menos en comprensión lectora fuera competente. Que entendiera lo que lee, dicho en román paladino, pero se ve que no, que el Sr. Simancas no comprende lo que lee (y hablamos de un texto periodístico).
El Sr. Jabois ha dicho lo que muchos pensamos, Sr. Simancas, que ud. como político no tiene ni el respaldo de us partido (como bien se ha visto con su boicot a Coca-Cola).
Por cierto, el alcalde de Valladolid  — seguro que es gran amigo suyo — también lleva años viviendo del trabajo que le ha encargado la mayoría de votantes de Valladolid, votantes, algunos que dejaron de votar al PSOE para votar al PP. Y nunca ha cobrado por insultar (Habrá insultado, pero nunca ha cobrado por ello.) Como ve, no son uds. tan distintos.

A estas alturas, comprenderán que no espero que nadie sea capaz de ver lo humorístico. Así pues, … ¡¡¡¡¡vayamos al Jansenismo!!!!!

El pensamiento crítico ja ja ja

Cuando uno empieza a trabajar temprano, llega un momento de la mañana en que siente que le ha cundido mucho el tiempo y piensa que ha llegado el momento del descanso, no por agotamiento sino por convencimiento de haber aprovechado el tiempo lo más posible.

Es un momento ese peligroso. Puede uno dar en leer los periódicos y encontrarse con una noticia que narra el supuesto acercamiento de la Universidad a la ciudadanía. Se hace llamar la Universidad del barrio y tiene como objetivo el rearme político.

Como muchos de los comentaristas señalan, poco tiene que ver la Universidad con la política. En el fondo de lo que se trata es de establecer un lugar donde el adoctrinamiento se ejercite con toda su fuerza (supongo que los organizadores dirán pasión o algún otro adjetivo similar.)

Llama la atención el comentario de un tal F. Demuth que se interesa por la poca exigencia académica que tendrán estos estudios (yo los llamaría sermoncillos). Y llama la atención porque durante muchos años, incluso todavía hoy allá donde el conocimiento se valora lo académico es sinónimo de universitario por cuestiones etimológicas. Akademos, un héroe griego, fundó la primera institución de enseñanza. Luego, entre otros, le siguió Platón, con su famosísima Academia – desde luego, poco conocida por quienes piden esa universidad de barrio. Pero, recordemos, el conocimiento y el rigor intelectual está extramuros de esa universidad. Ni para sus profesores ni para sus alumnos rige la máxima spinoziana: “humanas actiones, non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere“. Probablemente no tengan la más remota idea de quién es ese

Uno, que es bien consciente del descenso de los conocimientos en España en los últimos 25 años, no ve en esto más que otro escalón, o pedrusco en esa caída libre. Si los burócratas del Ministerio piden que los alumnos aprendan “habilidades, destrezas y competencias”, estos de la Universidad del barrio piden que los alumnos se traguen sus cuatro ideas mal formadas, peor expuestas y jamás pasadas por el filtro de la razón. Lo que les interesa no es el conocimiento, eso está bien claro, sino la creación de una clase de tropa a la que lanzar a la calle para montar algaradas que creen el espejismo de que la sociedad está contra el Gobierno. Lo que les interesa es tener un pelotón de creyentes que actúen todos juntos siguiendo a pies juntillas los dictados del alto mando.

Es muy fácil reconocerlos. Lo primero que hacen siempre es subrayar que lo suyo va a ser el estímulo del pensamiento crítico. Cuando Ud., lector, lea o escuche esa invocación al pensamiento crítico, tengo por seguro que quieren de usted una oveja que bale y baile al ritmo que ellos le marquen.