Viaje

Me levanto a eso de las siete, costumbre veraniega que me recompensa con el aire fresco de la mañana temprana. Desayuno, leo los periodicos, termino el equipaje y espero. Son lentas las horas de espera antes de que el viaje comience. Hay una especie de disciplina oriental en esto de la espera. Podria haberme levantado con el tiempo justo, pero, al final, como siempre, he preferido el tiempo lento, un tanto desesperante, de la espera cierta que solo conduce a desear con más fuerza que todo comience ya.

Tenemos por delante un día largo de autobús, en carreteras a veces montañosas y esperas en estaciones de autobuses, para llegar a un destino que, en coche, está a unas cuatro o cinco horas. Hay veces que el placer del viaje está en el movimiento y en la espera, en las circunvalaciones del viaje o de la vida.

Viajes y estancias

 

 

Me recuBonelaerdo de pequeño en Casarabonela, varada toda la familia durante tres meses en una pequeña finca que alquilábamos. Mi padre, es cierto, iba y venía en junio y julio a Málaga por cuestiones de trabajo, pero nuestra madre y nosotros, los tres hermanos, nos mudábamos allá por el quince de junio y no regresábamos a la capital hasta que no se acercaba la segunda quincena de septiembre. Era nuestra Arcadia cuando aún no sabíamos que existía, cuando ni siquiera la necesitábamos.

Nuestros veranos eran sedentarios: la mañana la pasábamos en la finca y nos bañábamos – quizás solo nos remojábamos – en la alberca. Cuidábamos de unas pocas gallinas, regábamos la huerta, robábamos ciruelas porque la dueña del frutal no las comía y dejaba que cayesen a la tierra y allí se pudrieran. Por la tarde, con la fresca, bajábamos al pueblo a casa de una tía, en la plaza, una casa enorme de tres pisos, más patio donde en su tiempo hubo conejos y los retretes al aire libre.

Luego, al mudarnos a Soria, dejamos de volver al pueblo cada verano, pero no nos volvimos más viajeros. Sí que hicimos algunos viajes por Extremadura, sin contar con todas las veces que fuimos desde Soria a Málaga para visitar a la familia, pero estos viajes no contaban como tales. Eran simples desplazamientos a una ciudad que en gran medida era la tuya aunque ya no vivieras allí.

Los veranos de Soria están marcados por las lecturas intensivas, casi frenéticas, y la música. Fue entonces cuando moldeé mi manera de estar en la vida: entre libros y discos, espectador lejano de un mundo que por aquel entonces me interesaba mucho pero respecto del cual guardaba una cautelosa distancia. Eran meses de mucho sosiego, pues apenas salía entre semana y solo los viernes y sábado permanecía en la calle más tiempo, algo que agradecía pues dejar que llegase la noche y el calor disminuyera era algo que agradecía entonces y agradezco aún ahora. Solo un par de veranos me ausenté de Soria: uno a Italia y otro a Francia. Eran aventuras muy controladas, pues íbamos en una excursión con muchos otros turistas, gente con la que tenía poca relación, aunque la curiosidad por otro país nos hubiera unido durante una quincena.

Luego, poco más, un verano en Exeter, y ya de mayor, París varias veces, Praga, Portugal y, sobre todo, Estados Unidos. Imagino que mi desinterés en viajar viene de la infancia y adolescencia, e imagino que otros muchos han crecido con el sueño del viaje como aventura.

Ahora, sin embargo, observo una reacción muy cercana al resentimiento en contra de los turistas. No sé si el programa de itnercambios Erasmus ha facilitado tanto el viaje y las estancias en otros países que ya eso del viaje lo vemos con cierto empacho y pereza o si, en realidad, no es más que un retorno a la antigua actitud española rancia y cateta que se resume en dos frases: “Como en mi pueblo en ningún otro lado” y “El mejor cocido es el de casa”. Al fin, creo, los promotores son esa gente que ven con recelo al que viene de fuera, no necesariamente extranjero. (Es cierto que cuanto más exótico el extranjero más tenderá el español a congraciarse con él para mantenerlo en un situación subordinada, como más o menos explicó Edward Said.) El extraño rompe la armonía, la paz y la tranquilidad de que disfrutamos en casa. Es causa de todo lo malo, siendo lo malo una simple variable dentro de una función que exalta la xenofobia.

Claro que como no pueden dejar de viajar – en el fondo es algo que les encanta – para distinguirse de los otros viajeros han inventado las categorías de viajero y turista, siendo esta última peyorativa, deleznable incluso, y la primera algo distinguido, aristocrático en cierto modo.

La épica americana

Mike Brodie

Mike Brodie es un joven con una biografía de esas que gustan mucho a los que son incapaces de entender el arte y buscan solo excusas para hacer de samaritanos. A Brodie, un tipo criado en la marginalidad, esas personas le desagradan, y creo yo que ahí radica en parte su abandono de la fotografía. Mejor abandonarla a que te utilicen los samaritanos.

Brodie se inició en la fotografía con una polaroid después de llevar muchos kilómetros en mercancías a las espaldas. Me recuerda en cierto modo a Huckleberry Finn, el joven que echa a andar por tren o barca por los Estados Unidos por el solo placer de viajar. Más tarde vinieron los beats: Jack Kerouac y Neal Cassady. Entre todos, y alguno más, han configurado la épica americana del viaje. Un viaje entre gente que apenas tiene para vivir, que va de un lado para otro en busca de un trabajo que les permita ir tirando, gente que es feliz viviendo con lo justo, sin futuro y sin tener que aguantar redentores.

Son fotografías, directas, documentalistas, en las que lo poco que tienen de pensadas y preparadas apenas se nota. Al verlas uno piensa en que ese estar pegado a la realidad, ese documentalismo las salva de la banalidad, de lo hinchado y de lo huero. También la actitud de Brodie hacia el arte. En el catálogo de la exposición el fotógrafo dice: “Desarrollar las habilidades asociadas a un oficio debería ser prioridad. Hoy hay una epidemia de poner al artista antes de perfeccionar el oficio.” Dejando aparte la mala traducción, es una idea que muchos artistas deberían poner en práctica.

Trenes y libertad: la vieja épica americana desde los esclavos que huían al Norte hasta el presente de los trabajadores, inmigrantes y vagabundos que van de un lugar a otro sin rumbo fijo.

Muelle de embarque

Desde el enorme ventanal contemplamos los muelles desiertos, Aquí y allá algunas personas – operarios les llaman – faenan con sus vehículos de arrastre y de carga. Son morenos, enjutos, de color oliváceo bastantes y pelo fosco. El sol cae a plano, o al menos eso parece desde la zona protegida y acondicionada donde esperamos que, de una vez por todas, después de los varios retrasos, salga el avión, o quizás mejor decir nave, porque avión en su origen significaba pájaro.

No hay vegetación, solo asfalto blanquecino pintado con rayas amarillas ya descoloridas. Los vehículos que pululan por las pistas de despegue y de aterrizaje así como por la zona de transición tienen extrañas formas paralelepípedas, llevan ganchos enormes en la parte trasera y mezclan con el blanco un color naranja chillón, al igual que los chalecos de seguridad. Más allá, imaginamos la fauna salvaje de la zona, quién sabe si de formas prehistóricas o muy avanzadas en la evolución de las especies.

Mos Eisley se llamaba el primer puerto de embarque que conocí, un lugar peligroso y nada recomendable, donde se juntaban todos los malos, aunque en el fondo de algún contrabandista hubiera un adarme de bondad. Allí se dirigió un pobre chaval pueblerino cuyo único horizonte hasta ese momento era la agricultura de secano. Allí saltó hacia otros mundos en una pirueta que impedía la vuelta atrás. Ya para siempre vagaría en naves interestelares por las rutas que solo los contrabandistas conocían.

Esperamos en la enorme sala donde se juntan las puertas de embarque de varias compañías. Apenas hay ruido, ni olores. El sol del exterior no nos afecta. Unos cuantos gorriones revolotean por la sala enmoquetada. Esperamos aún más.

Turismo

Una de las cosas que más me ha extrañado al conocer la catástrofe provocada por un terremoto en Nepal, es el número de españoles que estaban allí: 580. Yo tengo una idea un tanto anticuada de esto de los viajes. Pienso que es normal desplazarse a la costa o a la montaña en tu país o en otro aledaño para pasar las vacaciones. También me parece normal que la gente viaje a Italia, Alemania, Argentina, por decir algunos países, pero también podría nombrar Egipto o Túnez cuando están de vacaciones. Pero lo que no esperaba, anclado como estoy en una mentalidad anterior, antigua sería más correcto decir, era el elevado número de españoles que pululaban por Nepal en abril. Me imaginaba que a lo sumo habría cuatro o cinco, esos bohemios fascinados por el Oriente, algunos de ellos casi una sombra, poco más que un recuerdo de otro momento.

Vivimos la época del turista, es cierto, y esto debería haberme puesto sobre aviso que la cantidad de personas que hoy se desplaza por el mundo es superior a la que yo calculo por costumbre. También debería haber tenido en cuenta que los destinos exóticos – al menos los que lo son para mí – son cada vez más solicitados. Querámoslo o no, el capitalismo es lo que tiene, nos permite viajar donde queramos al tiempo que mantener nuestra conciencia a salvo: los turistas son los demás, nosotros solo somos viajeros.