Septiembre

 

Zapatos

Septiembre era uno de mis meses favoritos — no los primeros días, que eran casi iguales que los últimos de agosto con los nervios y las tensiones de la mudanza a la ciudad. Me gustaba a partir del quince, cuando volvíamos al colegio, con los zapatos nuevos, los nuevos cuadernos, el olor de los lápices y de la goma de borrar sin estrenar, el pegamento y los rotuladores, los lápices de colores de madera, todo un mundo perdido para regocijo de algunos. El colegio, me gustaba ir al colegio, no los primeros días en que los alumnos se saludaban y se contaban sus vacaciones en tal o cual destino que a mí me parecían exóticos; a mí, que había pasado el verano en un pueblo perdido en la montaña con el olor a mulas, vacas y cabras, con el sabor de la leche espesa recién ordeñada: otro mundo perdido. Todo termina por ser un mundo perdido. Mis compañeros, sin embargo, no parecían habitar esos mundos que iban desvaneciéndose. Eran modernos, creo, y no les gustaba regresar al colegio, preferían, según creía oírles, sus piscinas privadas de azul turquesa y el olor a crema bronceadora. A mí me gustaba regresar al colegio, abrir el libro de geografía y usar el dedo por los mapas de los continentes, los océanos y los mares lejanos, el mar del sur de la China  por donde mucho más tarde navegué a bordo de un junco.

¡Mi vida, sí, siempre un viaje ininterrumpido!

 

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Recortables

 

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Ella me dijo, en los comienzos, que su sueño era viajar a Laponia o a Islandia, quien sabe si a Finlandia, aunque, nunca lo entendí, no sentía ningún interés por Noruega y solo una pequeña curiosidad por Dinamarca. Algunos días, cuando se acercaba el solsticio de invierno, solía pintar pequeños alces en las paredes y en cuadradillos de madera que guardaba escondidos por toda la casa. La casa era de madera, y había reservado una habitación para la sauna, algo imprescindible en cualquier casa islandesa.

A veces despertaba de los sueños y la veía absorta acodada en la ventana dejando que la vista se perdiese por el largo horizonte de asfalto.

Las columnas de Hércules

 

Holandés errante.jpgCuenta Dante que Odiseo no puso rumbo a su casa cuando acabaron sus aventuras. En lugar de buscar La paz y el refugio hogareño enfiló hacia las columnas de Hércules, entonces el fin del mundo. Es un acto prometido el de Odiseo. El atrevimiento de ir más allá de lo que los mapas delimitaban, desafiando el conocimiento objetivo de su época. Hasta no hace mucho, la tarea del hombre fue la de ir rellenando el mapamundi con territorios hasta ese momento ignoto. Entre el Renacimiento y los inicios del siglo XX, los mapas fueron cambiando su fisonomía y perdiendo espacios en blanco. Desde la segunda mitad del siglo XX, predomina la fábula que Peter Carey escribió en “Do You love Me?”. Poco a poco los mapas van ganando espacio en blanco.

Entre la hazaña de Odiseo, criticada por Dante, y la desaparición de nuestro mundo conocido porque los agrimensores y cartógrafos se niegan a realizar su tarea, queda solo el ensueño, algo antiguo y ajado ya, una actividad decimonónica o de comienzos del XX, de cuando para viajar la gente llenaba varios baúles con equipaje, y así, desde la ventana, más allá de la avenida, imagino el ancho mar flanqueado por dos columnas, más allá de las cuales solo impera lo blanco.

Anteojos

DSCF7512.JPGDesde la desierta avenida cojo los prismáticos y echo la vista al horizonte lejano de los viajes que nunca he hecho (y quién sabe si haré). Desde la desierta avenida en la temprana mañana de verano cuando solo unos pocos se dirigen al trabajo y otros tantos regresan a casa después de una noche de farra y quién sabe si encontrarán arroz blanco en el frigorífico, escruto el horizonte de la lejana ciudad a la que voy todos los veranos desde los libros. Viajo de un lado a otro desde la chaise longue en que paso las horas vespertinas del calor que cae a plomo sobre el asfalto y sobre los coches, recalentando la atmósfera y encendiendo los cristales de los vasos de las terrazas y de las ventanas.

Enjaulados

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Los veranos la gente los piensa como un tiempo de movimiento, sin saber, como sabe el pájaro, que la libertad que asociamos con el estío es interna. El pájaro enjaulado sueña con el horizonte que nunca alcanzará, al contrario que el halcón peregrino que es ave de horizontes y quiebros. El enjaulado es un animal que conoce sus límites y dentro de ellos canta y hace su vida.

Estas son semanas de mucho viaje y mucho traslado, de norte a sur, de este a oeste, también de sur a norte y de oeste a este, pero el pájaro y el veraneante de interior permanecen en casa, en su jaula o en una habitación, disfrutando de las lejanas vistas del horizonte que nunca alcanzarán. Porque solo eso son los sueños.

 

 

 

 

 

De viajes y bañeras

DSCF7366.JPGDe siempre nos ha gustado viajar, aunque sean viajes pequeños, aunque sean viajes inmóviles, de esos que llenas la bañera, esparces todos los juguetes por ella y colocas alguna foto de un lugar turístico, el que sea. Lo importante, no lo olvides, viajero, es el ánimo que tengas mientras estés sumergido en el agua rodeado de tiburones de plástico o patitos que hacen un ruido desagradable. Los viajes han sido, recuerda, momentos de descubrimientos, aunque ahora que todo está descubierto, el viaje es un momento de solaz en medio del simulacro.