Más allá del sol …

Suena “I’m Gonna Sit Right Down and Cry” en la version de Chris Isaak. El ritmo tiene poco que ver con lo que el título anuncia. Chris Isaak se embarcó en lo que, para mí sin duda, es su mejor proyecto: la grabación de algunas de las mejores canciones que salieron de Memphis Recording Studio, los estudios de grabación de Sam Phillips, uno de los hombres que, sin ser político ni militar, logró cambiar el mundo. La cultura popular tiene una deuda enorme con este hombre discreto que, aunque era consciente del valor de sus músicos, nunca pudo imaginar lo que se avecinaba, y parte de ese cambio se lo debemos a él. Fue capaz de ver lo nuevo e valioso que había en esos músicos, casi todos desconocidos, algunos pequeñas estrellas locales, que se acercaban a su estudio para grabar un single y probar suerte en el mundillo de la música, en los clubs de blues y jazz que salpicaban la calle Beale, no muy lejos de su estudio de grabación y muy cerca de la emisaora local donde su hermano pinchaba las últimas grabaciones.

En el 2011 Isaak viajo a Memphis y recaló en esos estudios para grabar Beyond the Sun, una colección de canciones de los años 50, cuando el rocanrol comenzaba a formarse, orgulloso y vibrante. Jerry Lee Lewis, Roy Orbison, el gran Johnny Cash y, por supuesto, mucho Elvis Presley.

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Nadie hablará de cuando tuvimos veinte años

hotel cisca

Me entero de que el abandonado hotel Chisca, en la calle principal, lo han rehabilitado y ahora es un edificio de apartamento. Cerca, el viejo teatro, con su cartel de neón, donde actúan viejas y novedosas bandas de rocanrol, mantiene la apostura de lo que ha adquirido ya el marbete de clásico, aunque esto solo sea una manera de querer cerrar los ojos a la evidencia del paso inexorable del tiempo, el olvido, la decadencia, … El hotel Chisca me interesa porque allí, en los años 1950 había una emisora de radio, y en el programa de Dwight Phillips sonó por primera vez “That’s All Right, Mama”, en la versión que poco antes había grabado Elvis Presley en Memphis Recording Studio, más conocido como Sun Records.  En gran medida ese fue el inicio, aunque no fuera el único y en otros lugares estuviera forjándose también el rocanrol. Dwight Phillips pinchó la canción una vez, y después del abrumador número de llamadas que recibió no tuvo más remedio que ponerla otras catorce. Un buen comienzo, sin duda alguna.

El estudio de grabación Memphis Recording Studio, sede del sello discográfico Sun Records, no se encontraba muy lejos del hotel, unos cinco minutos en coche, que en el tranvía que nos llevó aquella mañana hasta la calle Ocean, se convirtieron en casi veinte. El tranvía continuaba hasta el hospital, y algunos de los pasajeros eran tullidos o cojos que se acercaban allí a pasar la revisión médica o recoger medicamentos, tiendo a suponer.  Bajamos del tranvía al lado de un enorme aparcamiento al aire libre, desierto casi, y enseguida nos encontramos con la trasera del edificio decorada con enormes fotos de Jerry Lee Lewis, Roy Orbison, Johnny Cash, y otros de los héroes del Sur, héroes que no cayeron en el campo de batalla. Al torcer la esquina, vimos la pequeña entrada bajo la enorme guitarra Gibson, seguida de la fachada donde luce el cartel de neón en tonos rojos y azules.

Allí estuvimos, donde todo empezó, al menos un todo personal, que quizás no dé sentido a la vida en un sentido religioso, pero sí en otros más mundanos, porque al fin y al cabo, he logrado entender que sin Elvis, sin el rock, que descubrí gracias a él, yo no habría viajado tanto a Estados Unidos, y no habría ido ni a Memphis ni a Nueva Orleáns, tampoco, es lo más seguro, habría recorrido la ruta 66, ni habría ido en busca del fantasma de los Beats. Ahora son solo eso, un fantasma, un recuerdo, una imagen que perdura, débil, en algunos lugares, a punto de desaparecer, al igual que Elvis Presley, un reclamo turístico solamente, un nombre pronunciado en las conversaciones de muchos que hoy en día son abuelos, y que escuchan los nietos sin entender quién fue ni las puertas que abrió, puertas ya lejanas, fantasmales, al fondo de las cuales apenas logramos entrever un pasillo oscuro, silencioso. Aún en Memphis, en algunos bares hay quien se afana en cantar sus canciones, son músicos de edad venerable, coetáneos de Elvis, aunque cada vez son menos porque, cosa del tiempo, van muriendo. Van dejando de vivir quienes lo conocieron, quienes lo vieron actuar en Memphis, en Luisiana, en tantos conciertos al aire libre o en pequeños garitos durante sus primeros años.

Llegará un tiempo en que esa América que tanto me ha gustado, que tan importante ha sido en mi vida, desaparecerá. Elvis lo hará, y Jack Kerouac y Allen Ginsberg, y los bohemios neoyorquinos y californianos que contemplaron atónitos a Ginsberg recitando Aullido, y Charlie Parker o Charlie Mingus, por no hablar de Johnny Cash. Nada hay eterno, ni siquiera el recuerdo. Algún día, cuando hayamos muerto, nadie recordará cuando tuvimos veinte años.

Una época

En 1960 J.F. Kennedy fue elegido presidente de los Estados Unidos. El asesinato truncó la vid de un presidente que en unos mil días imprimió un sello personal a la época. Entre los momentos más importantes, al menos para mí, está la grabación de (Maria’s Her Name) His Latest Flame que hizo Elvis Presley en 1961 en los estudios de la RCA en Nashville, Tennessee.

También George Lucas sitúa American Graffiti en esa época, en concreto en verano de 1962. La banda sonora de la película es excepcional (dentro de los márgenes de la música popular americana de entonces). He escuchado la banda sonora mil y una veces, por aquello de no abandonar el embrujo de unas canciones que son parte importante de mi juventud, al igual que he escuchado a Elvis miles de veces por las mismas razones.

Algo hay, que empezó a mediados de los años 50 y que con la presidencia de Kennedy llegó a su culmen para, desde entonces, iniciar la caída y convertirse en una elegía.