Divagaciones sobre las biografías

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La biografía, cuando es buena, es un género a caballo entre lo literario y lo histórico. Una biografía, lo sabemos, ha de prestar atención a la vida del autor, a los hechos que vivió, a las lecturas que le formaron, los maestros y amigos que le enseñaron el camino y lo acompañaron en su viaje al menos durante un trecho más o menos importante. Los hechos son importantes, necesarios, imprescindibles en una biografía. Si el autor de la biografía inventa, distorsiona — como tantas veces ha ocurrido — u omite, está faltando a la verdad, y eso es uno de los peores defectos, ¡casi un delito!, que puede cometer el biógrafo. No esperamos una hagiografía de ningún personaje histórico, son aburridas y solo sirven para los santos (y eso por nuestra mentalidad, mal que nos pese, posmoderna. Las hagiografías las soportamos, en esta época descreída, gracias a la ironía posmoderna). Nos gustan los claroscuros, los momentos solares y también las caídas en el abismo. ¡Qué aburridos los escritores o los políticos de los que solo sabemos lo luminoso!, ¡qué terrible contribución a la historia de la infamia la de los biógrafos que solo dan cuento de los momentos buenos! Las personas lo somos, entre otras muchas razones, por nuestras incoherencias y nuestras zonas de penumbra o de oscuridad, ¡qué duda cabe!

Pero hay más en el arte de la biografía, mucho más que la documentación exhaustiva y el respeto a o real. Está la narración y el estilo, no solo el estilo de la escritura sino el modo en que se narra esa vida. Hay biógrafos que tienen el don narrativo y saben contarla de un modo amenos, agradable, de tal modo que el interés por el personaje no es solo histórico o erudito sino que nos atrae su vida por el solo modo en que está contada (y sin exagerar ni adornarla de un modo manierista). Eso es lo literario, de eso trataba la retórica y es algo que , a pesar del abandono en que se encuentra, debemos seguir teniendo en cuenta si queremos que la biografía sea algo más que una sucesión de hechos, amistades, éxitos y fracasos.

Estamos mejor que nunca, dice el optimista vital

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Todo es decadencia y desorden. Así ve mucha gente el estado actual de la cultura. Yo, sin embargo, no lo veo así. Es de los pocos momentos optimistas que tengo en mi vida. Cuando me hablan de la cultura me niego a aceptar la idea, tan extendida, de que las cosas van a peor.

Hay gente, que para demostrarme que estoy equivocado, me habla del esplendor de la Antigüedad grecolatina, que va desde el 500 A.C. al 400 D.C., y lo comparan con la literatura que se está escribiendo en los dos últimos siglos. Yo, por el contrario, pienso que los Antiguos, que tuvieron a Homero, Hesíodo, Jenofonte, Esquilo, Platón, Safo, Virgilio, Cicerón, Plutarco, y tantísimos otros, se perdieron –cosas de la cronología – a Shakespeare, Cervantes o Hölderlin, entre tantísimos otros. Se perdieron también a Guillermo Cabrera Infante o Alice Munro.

Esto del pesimismo es, en el fondo, pereza mental e intelectual. EN el caso de la cultura, es desconocer que ya Hesíodo habló de las tres edades: de oro, de bronce y de hierro, en la nos encontramos, y, por lo visto la peor.  Luego está la larga decadencia española (cierta, sin duda) y la leyenda negra. Y el discurso falso pero impactante (por lo que tiene de pesimista y tremendista a lo Camilo José Cela). Eso sí cuando se analizan  los datos, lo que queda son los restos de la mentira, humeantes aún esos restos, sí, pero solo rescoldos ya.

Es lo que tiene haber nacido tarde… y no ser un pesimista ni de la razón ni de a voluntad..

Descanso

Después de bastante tiempo atareado, yendo de la ceca a la meca, como se suele decir, asendereado, con conocidos a los que atiendo a costa de mi tiempo libre pero con quienes paso grandes ratos hablando de poesía, ya saben, Juan Ramón Jiménez, Wallace Stevens, T.S. Eliot, que no puede faltar en ninguna conversación, el ausente William Carlos Williams, y otros tantos que son presencias fantasmales, vuelvo a mi rutina.

Está bien que la rutina comience un fin de semana y que el domingo esté cerca porque así paso la mañana leyendo la prensa – la bendita rutina de todos los domingos. También estoy a punto de acabar el inmenso libre de Richard Pipes sobre la revolución rusa, y observo que los métodos leninistas de entonces siguen aplicándolos hoy en día algunos, La suerte es que la población, por ahora, está mejor pertrechada para resistir los embates dictatoriales. Me sorprende – hasta cierto punto – el tacticismo de Lenin, de quien siempre se dijo que rechazó dicha práctica.

En resumen, un fin de semana — ¡encima largo! – para reponerme del cansancio que arrastro y leer todo lo que en estas tres últimas semanas no he podido leer, más algún que otro libro que compré en la feria del libro antiguo.

Actualización: Me temo que no ha quedado suficientemente claro que a mí el Día de la Comunidad Autonómica me trae totalmente sin cuidado. No solo eso, abogo por la eliminación de todas las comunidades. Las razones: la corrupción política que día si, día también sale a la luz. Las Comunidades Autonómicas se instituyeron para que el caciquismo continuara funcionando en España. Entre las medidas necesarias para eliminar la corrupción está la eliminación de las Comunidades Autonómicas. Muchos ahora — ¡ay, la angelical izquierda! — claman contra la corrupción pero ninguno apunta a una de las causas profundas: la llamada descentralización, o con más acierto, el renovado caciquismo.

Si por mí fuera la identidad nacional o regional llevaría años ahogándose en algún albañal. Lo único que nos ha traído la identidad nacional ha sido corrupción.

Termino: ¡A  la mierda Villalar!

Martini seco

Me gustan las películas donde las protagonistas beben Martini seco. El martini seco, yo que no soy de cócteles, es, sin embargo, mi preferido. Es una bebida exacta, rotunda, austera y aun así elegante. es de las pocas veces en que austeridad y elegancia van juntas. Hay otros cócteles que llevan varios licores y algún tipo de líquido para rebajar el alcohol. No ocurre así con el Martini que es ginebra y un poquito de martini blanco, tan poco que es solo un recuerdo, un leve toque.

Como decía, me gustan las películas en que las protagonistas beben martini seco. Suelen ser elegantes, no son jovencitas, y, al menos en las películas, tienen una conversación agradable y mundana. El martini seco no sale en películas de la bohemia ni del lumpen. Sale en películas de gente adinerada, como si el cóctel solo se lo pudieran permitir los ricos, cosa que no es así, pero ese toque de distinción lo aparta de otros ambientes.

También hubo escritoras que bebían martini seco. En Nueva York, claro, elegantes y mundanas.  Y el de Luis Buñuel y Manuel Alcántara. Fue también el cóctel de la Cuba de Batista, pero yo me quedo con las vistas de Nueva York.

Llanura

 

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A veces pienso que mi vida es una llanura, a lo sumo una pequeña duna, cuando estoy optimista. No me ha ocurrido nada, no he vivido nada histórico, ninguna gran Revolución en la que me hubira metido de hoz y coz para sentir el vértigo de la acción. Quizás sea eso, que en mi vida, en ese pasar monótono de los días, no he sentido el vértigo de la acción ni de la aventura. Sí que es verdad que de pequeño con la bicicleta viví algunas situaciones aventureras, o así las recuerdo yo, que quién sabe si lo fueron o si mi imaginación entonces se disparó.

A veces pienso que he vivido como los soldados que vigilar el desierto en El desierto de los tártaros. Aunque no son menos las veces en que pienso que eso de la vida aventurera es una patraña, que no es más que asunto de contrabandistas y piratas. (Aunque estos tengan una imagen vistosa, atractiva, un aura de peligro y de soberanía, en el fondo solo son delincuentes.) Sé en el fondo que no es vida para mí esa de la aventura, que las mejores aventuras que he vivido han sido en un sofá mientras leía los libros de Robert Louis Stevenson, Edgar A. Poe, Herman Melville o incluso Henry James.

Luego pienso en los años vividos y veo que tampoco han estado tan ayunos de acontecimientos importantes, aunque no parecieran ninguno de ellos una revolución. Viví la Transición, tan denostada hoy y tan inquietante y emocionante entonces. (Desde luego no era un asunto de cenizos.) Viví el fallido golpe de estado de Tejero y Milans del Bosch. Viví, y con gran alegría que muchos a mi alrededor no compariteron, la caída del Muro de Berlín y de todo el mundo comunista. También he vivido, últimamente, malos momentos como la victoria en el referendum británico de la posición aislacionista, que contrapesa la grandísima alegría que me produjo nuestro ingresoen los años ochenta. Viví los años en que la izquierda radical española fue disolviéndose como un azucarillo sin que verdaderamente se enteraran de las razones y, por eso mismo, lo aceptaran.

Al final, de un modo u otro, creo que todos podríamos apropiarnos del título de las memorias de Pablo Neruda: Confieso que he vivido. Mejor o peor, sin alharacas, lo he hecho. Y en ello persevero.

Antipáticos

Hay, en ese microcosmos que es el mundillo literario, autores que se desviven por caer bien a la gente, autores de libros galantes – algunos muy buenos – cuyo mayor interés es el de halagar a sus lectores, escritores que exudan melaza en las entrevistas. Hay otros que van de provocadores y que solo saben soltar exabruptos con el infantil propósito de escandalizar a la gente, aunque en el mejor de los casos solo cuatro o cinco beatillas se dan por aludidas. Es fácil criticar a los curas, a la derecha y a Ramoncín, al igual que lo es cuando insultan a los haitianos, a los negros y a las feministas. Pero esto es fácil, muy fácil. Los unos melosos, los otros infantilizados, creyendo que su público está compuesto también de personas infantiles. ¡Y a lo mejor es así!

Hay un tercer grupo. Suelen ser personas muy educadas, distantes, en algunos casos, porque así lo quieren ellos. Hay quien dirían que son águilas observando el mundo desde su olímpica altura. No buscan escandalizar aunque lo consigan, a veces bien a su pesar, con sus declaraciones. Casi siempre consiguen molestar, ya sea en entrevistas o en sus escritos.  Una inteligencia desmesurada, un sabio uso de la ironía asociada a esa inteligencia, un deseo de llevar a lector al límite en sus libros – todos ellos excelentes, y donde la condescendencia hacia el lector no se da – los convierte en gente antipática. Esa antipatía – de la que necesitamos mucho más – la notamos sobre todo en sus libros. Mientras escribía estas líneas pensaba en los inevitables antipáticos, que tan salutíferos son: Thomas Bernhard, Juan Benet y Elías Canetti.