Descanso

Después de bastante tiempo atareado, yendo de la ceca a la meca, como se suele decir, asendereado, con conocidos a los que atiendo a costa de mi tiempo libre pero con quienes paso grandes ratos hablando de poesía, ya saben, Juan Ramón Jiménez, Wallace Stevens, T.S. Eliot, que no puede faltar en ninguna conversación, el ausente William Carlos Williams, y otros tantos que son presencias fantasmales, vuelvo a mi rutina.

Está bien que la rutina comience un fin de semana y que el domingo esté cerca porque así paso la mañana leyendo la prensa – la bendita rutina de todos los domingos. También estoy a punto de acabar el inmenso libre de Richard Pipes sobre la revolución rusa, y observo que los métodos leninistas de entonces siguen aplicándolos hoy en día algunos, La suerte es que la población, por ahora, está mejor pertrechada para resistir los embates dictatoriales. Me sorprende – hasta cierto punto – el tacticismo de Lenin, de quien siempre se dijo que rechazó dicha práctica.

En resumen, un fin de semana — ¡encima largo! – para reponerme del cansancio que arrastro y leer todo lo que en estas tres últimas semanas no he podido leer, más algún que otro libro que compré en la feria del libro antiguo.

Actualización: Me temo que no ha quedado suficientemente claro que a mí el Día de la Comunidad Autonómica me trae totalmente sin cuidado. No solo eso, abogo por la eliminación de todas las comunidades. Las razones: la corrupción política que día si, día también sale a la luz. Las Comunidades Autonómicas se instituyeron para que el caciquismo continuara funcionando en España. Entre las medidas necesarias para eliminar la corrupción está la eliminación de las Comunidades Autonómicas. Muchos ahora — ¡ay, la angelical izquierda! — claman contra la corrupción pero ninguno apunta a una de las causas profundas: la llamada descentralización, o con más acierto, el renovado caciquismo.

Si por mí fuera la identidad nacional o regional llevaría años ahogándose en algún albañal. Lo único que nos ha traído la identidad nacional ha sido corrupción.

Termino: ¡A  la mierda Villalar!

Martini seco

Me gustan las películas donde las protagonistas beben Martini seco. El martini seco, yo que no soy de cócteles, es, sin embargo, mi preferido. Es una bebida exacta, rotunda, austera y aun así elegante. es de las pocas veces en que austeridad y elegancia van juntas. Hay otros cócteles que llevan varios licores y algún tipo de líquido para rebajar el alcohol. No ocurre así con el Martini que es ginebra y un poquito de martini blanco, tan poco que es solo un recuerdo, un leve toque.

Como decía, me gustan las películas en que las protagonistas beben martini seco. Suelen ser elegantes, no son jovencitas, y, al menos en las películas, tienen una conversación agradable y mundana. El martini seco no sale en películas de la bohemia ni del lumpen. Sale en películas de gente adinerada, como si el cóctel solo se lo pudieran permitir los ricos, cosa que no es así, pero ese toque de distinción lo aparta de otros ambientes.

También hubo escritoras que bebían martini seco. En Nueva York, claro, elegantes y mundanas.  Y el de Luis Buñuel y Manuel Alcántara. Fue también el cóctel de la Cuba de Batista, pero yo me quedo con las vistas de Nueva York.

Llanura

 

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A veces pienso que mi vida es una llanura, a lo sumo una pequeña duna, cuando estoy optimista. No me ha ocurrido nada, no he vivido nada histórico, ninguna gran Revolución en la que me hubira metido de hoz y coz para sentir el vértigo de la acción. Quizás sea eso, que en mi vida, en ese pasar monótono de los días, no he sentido el vértigo de la acción ni de la aventura. Sí que es verdad que de pequeño con la bicicleta viví algunas situaciones aventureras, o así las recuerdo yo, que quién sabe si lo fueron o si mi imaginación entonces se disparó.

A veces pienso que he vivido como los soldados que vigilar el desierto en El desierto de los tártaros. Aunque no son menos las veces en que pienso que eso de la vida aventurera es una patraña, que no es más que asunto de contrabandistas y piratas. (Aunque estos tengan una imagen vistosa, atractiva, un aura de peligro y de soberanía, en el fondo solo son delincuentes.) Sé en el fondo que no es vida para mí esa de la aventura, que las mejores aventuras que he vivido han sido en un sofá mientras leía los libros de Robert Louis Stevenson, Edgar A. Poe, Herman Melville o incluso Henry James.

Luego pienso en los años vividos y veo que tampoco han estado tan ayunos de acontecimientos importantes, aunque no parecieran ninguno de ellos una revolución. Viví la Transición, tan denostada hoy y tan inquietante y emocionante entonces. (Desde luego no era un asunto de cenizos.) Viví el fallido golpe de estado de Tejero y Milans del Bosch. Viví, y con gran alegría que muchos a mi alrededor no compariteron, la caída del Muro de Berlín y de todo el mundo comunista. También he vivido, últimamente, malos momentos como la victoria en el referendum británico de la posición aislacionista, que contrapesa la grandísima alegría que me produjo nuestro ingresoen los años ochenta. Viví los años en que la izquierda radical española fue disolviéndose como un azucarillo sin que verdaderamente se enteraran de las razones y, por eso mismo, lo aceptaran.

Al final, de un modo u otro, creo que todos podríamos apropiarnos del título de las memorias de Pablo Neruda: Confieso que he vivido. Mejor o peor, sin alharacas, lo he hecho. Y en ello persevero.

Antipáticos

Hay, en ese microcosmos que es el mundillo literario, autores que se desviven por caer bien a la gente, autores de libros galantes – algunos muy buenos – cuyo mayor interés es el de halagar a sus lectores, escritores que exudan melaza en las entrevistas. Hay otros que van de provocadores y que solo saben soltar exabruptos con el infantil propósito de escandalizar a la gente, aunque en el mejor de los casos solo cuatro o cinco beatillas se dan por aludidas. Es fácil criticar a los curas, a la derecha y a Ramoncín, al igual que lo es cuando insultan a los haitianos, a los negros y a las feministas. Pero esto es fácil, muy fácil. Los unos melosos, los otros infantilizados, creyendo que su público está compuesto también de personas infantiles. ¡Y a lo mejor es así!

Hay un tercer grupo. Suelen ser personas muy educadas, distantes, en algunos casos, porque así lo quieren ellos. Hay quien dirían que son águilas observando el mundo desde su olímpica altura. No buscan escandalizar aunque lo consigan, a veces bien a su pesar, con sus declaraciones. Casi siempre consiguen molestar, ya sea en entrevistas o en sus escritos.  Una inteligencia desmesurada, un sabio uso de la ironía asociada a esa inteligencia, un deseo de llevar a lector al límite en sus libros – todos ellos excelentes, y donde la condescendencia hacia el lector no se da – los convierte en gente antipática. Esa antipatía – de la que necesitamos mucho más – la notamos sobre todo en sus libros. Mientras escribía estas líneas pensaba en los inevitables antipáticos, que tan salutíferos son: Thomas Bernhard, Juan Benet y Elías Canetti.

Manjares de Navidad (impresos)

Estamos ya en el umbral de la Navidad, una época perfecta para encerrarse en casa con una buena pila de libros y olvidarse, en la medida de lo posible, del mundo. Es algo que llevo haciendo desde que una tía de mi madre, su madrina, me regaló unos cuantos libros allá por mi prehistoria (o casi).

Años atrás solía leerme el Premio Herralde de Novela, aunque desde hace cuatro o cinco he abandonado la costumbre porque la calidad de las novelas ha caído estrepitosamente.

Ahora, de unos años acá lo que tocan son clásicos rusos, que combinaba con los premios Herralde: Dostoievski, Tolstoi, el grandísimo Turgueniev, Goncharov. Este año le toca el turno a Bulgakov y su magistral (eso me han dicho) El maestro y Margarita. No sé si me fascinará tanto como Asia o Primer amor. ¡Quién sabe! Las horas previas intensifican esa incertidumbre, la convierten en un pequeño placer anticipado, aunque quizás el desencanto pueda presentarse ya en la tarde del viernes. Siempre hay más libros por si acaso. Tengo uno de Goncharov, y los cuentos completos de Chejov, que daría para varias Navidades. Así lo tengo pensado que los cuentos de Chejov me duren cuatro navidades, al menos, una por volumen.

No tengo muy claro lo que leeré el día que ya haya leído a los rusos, quizás los clásicos griegos, quizá relea a los rusos. Una vuelta a las aficiones de años atrás siempre es buena idea, quizás dedique la navidad a releer mis favoritos, en realidad los que fueron favoritos en un momento y que luego has guardado en la biblioteca y no has vuelto a tocar. Los favoritos de verdad los releo, quizás no todo el libro pero sí pasajes importantes, a veces dictados por el azar de por donde los abro.

Están en navidad las cenas y almuerzos pantagruélicos, esos que te dejan fisiológicamente molido y anímicamente sin ganas de nada. Son un peaje que hay que pagar para conseguir la libertad de la lectura. Pensemos que si nuestra sociedad no concediera tanta importancia a esta fiesta, no tendríamos tantos días de asueto.

El dueño del secreto

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Este año el Premio Nacional de las Letras ha pasado desapercibido. Ha habido alguna que otra mención en los periódicos, pero poco más Quizás sea proque se lo han concedido a Juan Eduardo Zúñiga, autor secreto, lento, exacto. Traductor, también, pero sobre todo persona que parece no querer molestar a nadie. Zúñiga lelva escribiendo toda la vida y es, simplemente, uno más entre tantos otros. Lo es para la sociedad, para muchos suplementos culturales. Pero no lo es, en modo alguno lo es, para el elctor. Una vez que uno ha leído algo de Zúñiga, lo que sigue es la lectura continuada del resto de su obra. incluso de sus traducciones.

Zúñiga tiene un aire antoguo con la chaquet, el jersey, la corbata y la barba entre cana que le tapa el cuello. Su literatura tiene ese mismo atildamiento un tanto antiguo. Está bien para compensar tanto exceso posmoderno o simplemente banal.