Perseverancias

2008-08-12 21.33.40

En el jardín, poco bucólico la verdad sea dicha, con el estruendo de los coches que pasan por enfrente, leo una breve historia, crítica, sí, de la Generación Beat. Todo empezó muy atrás, con 16 años más o menos, y se mantiene hasta hoy. Incluso hubo un tiempo en que estuvo dormido, tiempo durante el cual otros se fueron añadiendo, hasta que llegó el despertar definitivo aunque no fue súbito ni rápido, más bien lento, como despierta uno después de un largo sueño, perdido en cierto estupor.

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Martinis en la avenida

DSCF7465.JPGLo de las calles desiertas de la ciudad en verano es ya una frase hecha, al igual que la serpiente multicolor o el calor inclemente. En verano, es normal, hace calor, más calor que el resto del año, por algo es el estío, y la gente huye de las ciudades hacia cualquier lugar, preferiblemente la playa, aunque la montaña tampoco es mala opción (y aquí nos sale otro de los tópicos veraniegos: ¿tú eres de playa o de montaña?, como si eso nos definiese o importara lo más mínimo).

Las ciudades se quedan vacías, las avenidas, las largas avenidas neoyorquinas, los bulevares parisinos quedan desiertos, ofreciendo, por escasos días, sus perspectivas de horizontes lejanos. Es entonces cuando me imagino en uno de esos días de calles deshabitadas, en medio de la calzada, bebiendo un Martini seco a la salud de todos los cinéfilos y letraheridos, que prefieren vivir los veranos bajo la brisa del aire acondicionado.

 

Divagaciones sobre las biografías

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La biografía, cuando es buena, es un género a caballo entre lo literario y lo histórico. Una biografía, lo sabemos, ha de prestar atención a la vida del autor, a los hechos que vivió, a las lecturas que le formaron, los maestros y amigos que le enseñaron el camino y lo acompañaron en su viaje al menos durante un trecho más o menos importante. Los hechos son importantes, necesarios, imprescindibles en una biografía. Si el autor de la biografía inventa, distorsiona — como tantas veces ha ocurrido — u omite, está faltando a la verdad, y eso es uno de los peores defectos, ¡casi un delito!, que puede cometer el biógrafo. No esperamos una hagiografía de ningún personaje histórico, son aburridas y solo sirven para los santos (y eso por nuestra mentalidad, mal que nos pese, posmoderna. Las hagiografías las soportamos, en esta época descreída, gracias a la ironía posmoderna). Nos gustan los claroscuros, los momentos solares y también las caídas en el abismo. ¡Qué aburridos los escritores o los políticos de los que solo sabemos lo luminoso!, ¡qué terrible contribución a la historia de la infamia la de los biógrafos que solo dan cuento de los momentos buenos! Las personas lo somos, entre otras muchas razones, por nuestras incoherencias y nuestras zonas de penumbra o de oscuridad, ¡qué duda cabe!

Pero hay más en el arte de la biografía, mucho más que la documentación exhaustiva y el respeto a o real. Está la narración y el estilo, no solo el estilo de la escritura sino el modo en que se narra esa vida. Hay biógrafos que tienen el don narrativo y saben contarla de un modo amenos, agradable, de tal modo que el interés por el personaje no es solo histórico o erudito sino que nos atrae su vida por el solo modo en que está contada (y sin exagerar ni adornarla de un modo manierista). Eso es lo literario, de eso trataba la retórica y es algo que , a pesar del abandono en que se encuentra, debemos seguir teniendo en cuenta si queremos que la biografía sea algo más que una sucesión de hechos, amistades, éxitos y fracasos.

Estamos mejor que nunca, dice el optimista vital

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Todo es decadencia y desorden. Así ve mucha gente el estado actual de la cultura. Yo, sin embargo, no lo veo así. Es de los pocos momentos optimistas que tengo en mi vida. Cuando me hablan de la cultura me niego a aceptar la idea, tan extendida, de que las cosas van a peor.

Hay gente, que para demostrarme que estoy equivocado, me habla del esplendor de la Antigüedad grecolatina, que va desde el 500 A.C. al 400 D.C., y lo comparan con la literatura que se está escribiendo en los dos últimos siglos. Yo, por el contrario, pienso que los Antiguos, que tuvieron a Homero, Hesíodo, Jenofonte, Esquilo, Platón, Safo, Virgilio, Cicerón, Plutarco, y tantísimos otros, se perdieron –cosas de la cronología – a Shakespeare, Cervantes o Hölderlin, entre tantísimos otros. Se perdieron también a Guillermo Cabrera Infante o Alice Munro.

Esto del pesimismo es, en el fondo, pereza mental e intelectual. EN el caso de la cultura, es desconocer que ya Hesíodo habló de las tres edades: de oro, de bronce y de hierro, en la nos encontramos, y, por lo visto la peor.  Luego está la larga decadencia española (cierta, sin duda) y la leyenda negra. Y el discurso falso pero impactante (por lo que tiene de pesimista y tremendista a lo Camilo José Cela). Eso sí cuando se analizan  los datos, lo que queda son los restos de la mentira, humeantes aún esos restos, sí, pero solo rescoldos ya.

Es lo que tiene haber nacido tarde… y no ser un pesimista ni de la razón ni de a voluntad..

Descanso

Después de bastante tiempo atareado, yendo de la ceca a la meca, como se suele decir, asendereado, con conocidos a los que atiendo a costa de mi tiempo libre pero con quienes paso grandes ratos hablando de poesía, ya saben, Juan Ramón Jiménez, Wallace Stevens, T.S. Eliot, que no puede faltar en ninguna conversación, el ausente William Carlos Williams, y otros tantos que son presencias fantasmales, vuelvo a mi rutina.

Está bien que la rutina comience un fin de semana y que el domingo esté cerca porque así paso la mañana leyendo la prensa – la bendita rutina de todos los domingos. También estoy a punto de acabar el inmenso libre de Richard Pipes sobre la revolución rusa, y observo que los métodos leninistas de entonces siguen aplicándolos hoy en día algunos, La suerte es que la población, por ahora, está mejor pertrechada para resistir los embates dictatoriales. Me sorprende – hasta cierto punto – el tacticismo de Lenin, de quien siempre se dijo que rechazó dicha práctica.

En resumen, un fin de semana — ¡encima largo! – para reponerme del cansancio que arrastro y leer todo lo que en estas tres últimas semanas no he podido leer, más algún que otro libro que compré en la feria del libro antiguo.

Actualización: Me temo que no ha quedado suficientemente claro que a mí el Día de la Comunidad Autonómica me trae totalmente sin cuidado. No solo eso, abogo por la eliminación de todas las comunidades. Las razones: la corrupción política que día si, día también sale a la luz. Las Comunidades Autonómicas se instituyeron para que el caciquismo continuara funcionando en España. Entre las medidas necesarias para eliminar la corrupción está la eliminación de las Comunidades Autonómicas. Muchos ahora — ¡ay, la angelical izquierda! — claman contra la corrupción pero ninguno apunta a una de las causas profundas: la llamada descentralización, o con más acierto, el renovado caciquismo.

Si por mí fuera la identidad nacional o regional llevaría años ahogándose en algún albañal. Lo único que nos ha traído la identidad nacional ha sido corrupción.

Termino: ¡A  la mierda Villalar!

Martini seco

Me gustan las películas donde las protagonistas beben Martini seco. El martini seco, yo que no soy de cócteles, es, sin embargo, mi preferido. Es una bebida exacta, rotunda, austera y aun así elegante. es de las pocas veces en que austeridad y elegancia van juntas. Hay otros cócteles que llevan varios licores y algún tipo de líquido para rebajar el alcohol. No ocurre así con el Martini que es ginebra y un poquito de martini blanco, tan poco que es solo un recuerdo, un leve toque.

Como decía, me gustan las películas en que las protagonistas beben martini seco. Suelen ser elegantes, no son jovencitas, y, al menos en las películas, tienen una conversación agradable y mundana. El martini seco no sale en películas de la bohemia ni del lumpen. Sale en películas de gente adinerada, como si el cóctel solo se lo pudieran permitir los ricos, cosa que no es así, pero ese toque de distinción lo aparta de otros ambientes.

También hubo escritoras que bebían martini seco. En Nueva York, claro, elegantes y mundanas.  Y el de Luis Buñuel y Manuel Alcántara. Fue también el cóctel de la Cuba de Batista, pero yo me quedo con las vistas de Nueva York.