El sol de los desterrados

 

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“Estando como estoy, con un pie en un país y el otro en otro distinto”, escribió Descartes, “encuentro que mi condición es muy feliz, en tanto que es libre”. Un modo de ser libre, sin duda, cuando el exilio es elegido. No tanto cuando es impuesto, como vivieron Ovidio o .

Claudio Guillén, otro desterrado, tiene una imagen preciosa para el exilio. Un capítulo de uno de sus innumerables libros se titula “El sol de los desterrados”. Así me lo imagino yo, un sol que se pone, que cae en la lejanía, acaso donde está, más o menos, el país de donde se ha tenido que huir si se quería conservar la vida.

Ser libre, sí, renunciando a las seguridades de la identidad nacional, a las comodidades que procura el saberse parte de una tribu. Un pie aquí y otro allá, no solo en dos países distintos, también en dos lenguas distintas.

Años más tarde, en la soledad del apartamiento de la comunidad hebrea, escribió Baruch Spinoza: “Sólo los hombres libres se son muy útiles unos a otros, y sólo ellos están unidos entre sí por la más estrecha amistad y se esfuerzan con el mismo grado de amor en prestarse mutuos beneficios; y, por tanto, sólo los hombres libres son entre sí muy agradecidos.”

Esclavitud

“La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento de los hombres” (F. Nietzsche)
“No hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza.” (B. Spinoza)
Para los cristianos es la virtud teologal por la cual deseamos a Dios como Bien Supremo y confiamos firmemente alcanzar la felicidad eterna y los medios para ello.

Hay que vivir instalados en el presente, sin pensar en un futuro en el que alguien nos solucionará los problemas. La esperanza va unida a la teleología: un aplazar a un futuro inconcreto lo necesario presente. Lo expresa muy bien la frase: “primero ganamos la guerra, luego hacemos la revolución”, que es el modo en que la gente deje para nunca, suspenso en el no-tiempo, sus deseos presentes y se someta al Gran Líder.

Sobre los diccionarios

Sobre la mesa del despacho, extendido, como si esperase a que alguien le confiera sentido, el Diccionario histórico y crítico de Pierre Bayle aguarda en la mañana oscura aún casi noche. Por primera vez una editorial asume el proyecto, hercúleo en más de un sentido, de traducirlo completo en España. Adversa ha sido su fortuna hasta ahora. Los tiempos, negro el futuro, permite albergar escuálidas esperanzas sobre su finalización. No es tiempo de proyectos a largo plazo ahora que todo se va cerrando y que con la supervivencia del día a día tenemos más que suficiente. Sin embargo, a pesar de todo, alguien se ha empeñado en, por fina, ponerlo al alcance de los lectores españoles.

El Diccionario es hijo de una época y de la obstinación de su autor. Su propósito es escribir un libro que ponga en claro los errores que se han ido acumulando en las biografías de personas principales. No se conforma con transmitir el saber recibido; se propone expurgarlo de las inexactitudes y supercherías que el descuido de unos y la mala fe de otros ha ido adhiriendo al cuerpo fundamental del saber. No se entiende esta aventura – pues algo tiene mucho de andanza inquieta – sin el trabajo que por aquel entonces había llevado a cabo David Hume, o sin el espolique que el ejemplo de John Locke y, anteriormente, de Baruch Spinoza representaban. La tarea hermenéutica que realizó Spinoza con la Biblia ayudó en gran medida a la secularización de la historia hasta entonces divina. Quizás sin la ambición que lo animó, y que le valió el mote de mal cristiano y peor judío, muchos de los avances que fueron viendo los siglos posteriores habrían tardado más en producirse. Una empresa tal está fuera de lugar en nuestra época. Valoramos la creatividad – sea el que sea el significado que le demos a la palabra – y damos excesiva importancia a los balbuceos incoherentes y a las torpes tentativas de infantes, a los que, de paso, colocamos en un lugar elevado que en modo alguno les corresponde. Paciencia, rigor, exactitud, gusto por la búsqueda de la información correcta, cotejada con sus fuentes, esto es lo que debemos buscar y no la absurda creatividad del principiante que, en la inmensa mayoría son gestos cargados de ignorancia.

Pero vuelvo a mi tema, los diccionarios. Pierre Bayle escribió uno de los primeros diccionarios críticos cuyo propósito más que avanzar en los conocimientos del momento era expurgarlo de toda falsedad. Así, al restituir solo lo demostrable por los hechos y por los testimonios históricos, despojaba de todo aquello que, con el correr de los siglos, se había ido añadiendo y que carecía de todo fundamento. Las supersticiones no surgen como tales; antes bien, se van formando mediante un proceso de sedimentación y de frecuentación. Las transmisión de informaciones que solo se sustentan en la tradición es una de las vías más apropiadas para que broten las supercherías.

La vida

El tiempo arrasa la vida. El uso es consumo y desgaste. Luego quedan las explicaciones y las metáforas, muy buenas en este caso.

La vida es también, sobre todo, afirmación, conatus spinoziano: “El conatus en Spinoza no es más que el esfuerzo de perseverar en la existencia, una vez dada ésta, es la esencia del modo (grado de potencia), pero una vez que el modo ha comenzado a existir” (Gille Deleuze, “Spinoza y el problema de la expresión”, capítulo XIV, “Qué es lo que puede un cuerpo”, página 221). Lo único que nos hace y que nos justifica.

El cuerpo y sus debilidades y, enfrente, el inmenso deseo que nos impulsa.