La épica americana

Mike Brodie

Mike Brodie es un joven con una biografía de esas que gustan mucho a los que son incapaces de entender el arte y buscan solo excusas para hacer de samaritanos. A Brodie, un tipo criado en la marginalidad, esas personas le desagradan, y creo yo que ahí radica en parte su abandono de la fotografía. Mejor abandonarla a que te utilicen los samaritanos.

Brodie se inició en la fotografía con una polaroid después de llevar muchos kilómetros en mercancías a las espaldas. Me recuerda en cierto modo a Huckleberry Finn, el joven que echa a andar por tren o barca por los Estados Unidos por el solo placer de viajar. Más tarde vinieron los beats: Jack Kerouac y Neal Cassady. Entre todos, y alguno más, han configurado la épica americana del viaje. Un viaje entre gente que apenas tiene para vivir, que va de un lado para otro en busca de un trabajo que les permita ir tirando, gente que es feliz viviendo con lo justo, sin futuro y sin tener que aguantar redentores.

Son fotografías, directas, documentalistas, en las que lo poco que tienen de pensadas y preparadas apenas se nota. Al verlas uno piensa en que ese estar pegado a la realidad, ese documentalismo las salva de la banalidad, de lo hinchado y de lo huero. También la actitud de Brodie hacia el arte. En el catálogo de la exposición el fotógrafo dice: “Desarrollar las habilidades asociadas a un oficio debería ser prioridad. Hoy hay una epidemia de poner al artista antes de perfeccionar el oficio.” Dejando aparte la mala traducción, es una idea que muchos artistas deberían poner en práctica.

Trenes y libertad: la vieja épica americana desde los esclavos que huían al Norte hasta el presente de los trabajadores, inmigrantes y vagabundos que van de un lugar a otro sin rumbo fijo.

Contra la identidad (Cal Redback)

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Desterritorializar, quebrar las certezas, los conceptos de lo agradable necesario, la utilización del arte como medio de formación de masas. Cal Redback trae al frente lo ominoso, lo que estaba oculto porque, entre otras cosas, da asco, y lo muestra al espectador. Lo ominoso, en su caso, no es solo la imagen, no es solo hablar de lo que hay detrás y pueda ser desagradable..

Lo ominoso en Redback es la ausencia de identidad. Es, también, su gran fuerza. En un panorama donde los artistas se lamen las heridas y se reúnen en rebaños inmensos mientras hablan de la identidad, mientras retroceden en riesgo artístico y búsqueda de lo que aún no hemos logrado ver, Cal Redback, por el contrario, explora no tanto lo desconocido como lo desagradable, dejando en el espectador una sensación de inquietud.

Y eso hace que valga más que la gran mayoría de mapas, territorializaciones, indagaciones en la identidad feminista, de barrio, del país y demás regresiones artísticas.

Vida provinciana

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En la ciudad los habitantes andaban con calma, mínimamente atareados en sus asuntos sabatinos y dominicales, vestidos de domingo, que es como en las ciudades de provincia uno celebra los días de asueto. Lazos en las cabezas de las niñas, zapatos lustrosos en los niños y en los adultos, abrigos de paño o de loden. Apenas queda ya el olor de las viejas cafeterías; en su lugar, lo moderno de moda que son las paredes blancas decoradas con utensilios antiguos y un perfume muy fuerte que ambienta el local en el que los camareros, de negro, pelo corto engominado y nuca rasurada, van de aquí para allá. También algunos llevan barbas. Ellas también visten de negro, el pelo recogido en una coleta. Te tratan, es la etiqueta de estos tiempos, con campechanía hasta llegar a llamarte chico. Nunca sé si porque quieren aparentar confianza o quieren humillarte. Vinos y tapas, y ausencia de olores de guiso, solo el ambientador.

Tapas de toda la vida: lacón con pimientos, sopas de ajo humeantes, croquetas o calamares. Raciones abundantes de morcilla, mollejas o berberechos. Y pimentón picante para alegrar, eso dicen, la comida.

Están también los protestatarios: chupa de cuero, pelo greñudo, barbas de varios días, integrados en esa vida provinciana maternal, parecida a una placenta llena de líquido amniótico. El bar de barrio de siempre, allí donde llevamos tomando el vino o la caña con la presión justa y cuyo olor, siempre algo rancio, no es tan natural que ni nos molesta ni nos sorprende. Algo parecido, pienso con frecuencia, es la vida para la gente: un bar de barrio rancio donde acudir sabiendo que nada hay que descoloque el conjunto y el pasar del tiempo siga firme en la realidad de lo monótono y conocido.

Lejos, una exposición de fotografías. Gente con miradas inestables y medrosas o sorprendidas, una embarazada desnuda con un muñón, viejos derrotados por la vida pero, aun así, incólumes en su derrota, sombras de sueños que fueron las motos, donde no hay líneas rectas ni puras sino reflejos ondulantes sobre la tierra o el asfalto, perspectivas desusadas de ruedas y radios, algunos cascos y, a veces, un ojo que parece asomarse, extrañado, por el cristal. Fantasmas, tantas de esas imágenes, recuerdos de un mundo perdido, un mundo que algunos soñaron y en el que otros se estrellaron.

 

Mirada

La mirada es única pero eso no quiere decir que sea instantánea, que lo puede ser, pero, ya digo, no tiene por qué crear un escenario al instante, al igual que el poeta no siempre escribe su poema de una tirada sin que luego este necesite correcciones.

Paseo por la mañana y por la tarde. Valoro la intensidad de la luz, su calidad, esa especie de temblor de la luz del día reciente. Es la mejor hora, sin duda alguna. Entonces, cuando las corredoras van acaloradas por la acera de enfrente, enfundadas en sus zapatillas de correr y sus dispositivos musicales, saldré para fotografiar la luz, los buzones, las casas antiguas, desvencijadas, dejadas y habitadas por estudiantes o algunos matrimonios ya mayores a los que siempre acompaña un perro labrador.