La ciudad descubierta

Hace falta la mirada del extranjero que pasa fugaz, o hace una parada siempre temporal en su viaje a ninguna parte, para darse cuenta de los rincones secretos que esconde una ciudad, los portales anónimos, los callejones sin otra salida que un zaguán oscuro, las antenas alzadas hacia el azul, la recortada geometría exacta de los edificios – algunos viejos  y solemnes, otros más modernos y casi faltos de empaque. El consenso dominante hoy nos habla de manera machacona de las bendiciones del localismo, de la necesidad de las raíces personales en cualquier tierra, y no se da cuenta de la enorme falsedad de sus propuestas. No por haber vivido más tiempo en una ciudad se la conoce mejor. Tampoco hay que pensar que por haber vivido siempre en la misma ciudad el escritor tenga que hablar nada más que de ella. Siempre que alguien saca el tema a colación, me acuerdo de José Lezama Lima, quien vivió siempre en la Habana, y en la misma casa de la calle Trocadero, y sin embargo habitó mundos orientales y mitológicos. También, a veces, recuerdo a Benito Pérez Galdós o a Pío Baroja, escritores de la periferia, y que del Madrid que encontraron en sus años mozos fueron capaces de hacer la materia literaria de sus mejores novelas.

También podría citar a Umbral, aunque su caso sea algo distinto. Por un lado, continúa la saga de la crónica literaria de la vida madrileña en obras como Amar en Madrid, Travesía de Madrid o en la infinidad de artículos políticos o de costumbres. Por otro lado, y a través de la historia, Umbral reconstruye un Valladolid más literario y soñado que real. Es la ciudad alucinada de Francesillo, contrahéroe del conjunto de novelas vallisoletanas. A través del joven protagonista, y con su familia como pretexto, el escritor revive unos recuerdos que más que vividos han ido siendo imaginados a lo largo de su vida, en una genial, paradójica y atrevida vuelta de tuerca de lo que se supone que son las relaciones entre vida y literatura; al final se impone la fuerza de la ficción de tal modo que llegamos a quedar convencidos de que así fue la historia y no de otra manera. Todo es artificio literario tan bien tejido que pasa por verdad transparente.

 

Toda ciudad es varias simultáneamente en el tiempo y en el espacio, pues pocos son los que han vivido su infancia, su adolescencia y la edad adulta en lugares diferentes. Lo más común es que toda persona comparta en distintos estratos de la memoria una misma ciudad, y que los fulgurantes descubrimientos que son la vida hasta más o menos la treintena se superpongan o hayan quedado sepultados por la memoria de aquellos lugares en que fuimos viviendo sin pausa pero sin el vigor de la novedad durante demasiados años. No cambian las ciudades solo porque lo impongan los planes urbanísticos, porque se alcen nuevos edificios allá donde agonizaban casas molineras o envejecían solares descampados llenos de matojos y grillos. Las ciudades cambian porque vivimos en ellas nuestras vidas con sus incertidumbres y desengaños, sus alegrías y sus momentos de incomprensión, la luz fría de la madrugada en que alguien nos dejó o el foco denso de la noche en que nos perdimos de manera consciente. De lo que rara vez nos damos cuenta es del efecto adormecedor de la fuerza de la costumbre. El paso continuado durante años por las mismas calles no nos deja ver los cambios que se producen, a veces pequeñas maravillas que aparecen cualquier mañana de neblina o vulgares retoques rematados en medio de un verano agobiante y desolado.

 

Siente el hombre una nostalgia por la aldea, la melancolía de una vida que nunca vivió ni vivirá, el deseo de retirarse a algún lugar apartado y  abandonar, así, el tráfago urbano para siempre. Son sueños, pequeñas rebeliones que nos asaltan de vez en cuando como correctivo a lo que sentimos como una terrible vida en medio de un huracán de presiones, tiempo insuficiente y cansancio físico. Y sin embargo, pocos han reflexionado que cuanto mayor es el deseo, menores son las posibilidades de realizarlo, menores las ganas de llevarlo a cabo. Son solo deseos, y solo en esa esfera pueden habitar. Hoy en día incluso en las casas más apartadas se vislumbran los indicios de la urbanización. Aquel deseo de Thomas Jefferson por fundar una pequeña república agraria, y que al final terminaron siendo los Estados Unidos de América, resulta encantadora por lo ingenua, y aun así, Jefferson aún podía teorizarla y soñarla, aunque supiera que estaba condenada al fracaso. Hoy no pasa de ser un mecánico y vulgar ejercicio de conformismo nostálgico.

Las ciudades han cambiado, a veces tanto que resulta difícil reconocerlas y darse cuenta de cuáles fueron los principios urbanísticos que rigieron su expansión, porque hubo un tiempo entre mediados del siglo XVIII y comienzos del XX en que el urbanismo desempeñó un papel muy importante. No se trataba solo de construir sino de construir con arreglo a un plan milimétricamente trazado y que fuera reflejo de una sociedad ideal. Así, se fueron abriendo las ciudades y ganando terreno a los campos que las rodeaban, también Valladolid, hasta que en las últimas décadas del siglo XX nuevas ideas urbanísticas se propusieron transformar el centro en un lugar vacío y llevarse los llamados centros de ocio a las afueras en medio de complejos comerciales; se borró así la distinción entre tiempo de ocio y tiempo de consumo. Parece que olvidamos toda una tradición urbanística europea según la cual el centro de las ciudades era el de reunión, allá donde las personas paseaban para ver  y ser vistas, para mantener los lazos sociales que se tejen solo mediante la convivencia; una tradición que se encuentra maravillosamente recogida en la gran novela decimonónica, francesa, rusa o española.

 

Un paseo atento por el centro de la ciudad, por los barrios que la rodean, nos enseñará pequeños secretos que atesora la ciudad en la que hemos pasado tantos años de nuestra vida; pero, eso sí, siempre a condición de que miremos como el extranjero que por primera vez llega a la ciudad, o como el paseante benjaminiano – modelado a imagen de Charles Baudelaire – que recorre las calles de París como si no perteneciese a ella. Hay portales que se abren a un pasaje fantasmal, viejas escaleras de madera que se retuercen sobre sí mismas para llegar a buhardillas inexistentes, fachadas pintadas de diferentes colores superpuestos, perfiles de edificios que se contorsionan en el vacío, el pasaje enmarañado de las antenas espigadas, las luces matizadas de la mañana o de la tarde, el azul uniforme, tenso y agobiante de cada mediodía veraniego, o las circunvalaciones infinitas que se alejan y nos acercan a la ciudad. Son los escenarios de las distintas generaciones que habitan la ciudad, allá donde las múltiples posibilidades que la vida ofrece a quienes tienen todo el futuro por delante se realizarán. Son, también, o podrían ser, los escenarios de novelas que condensen el tiempo que nos ha tocado vivir y que no se reduzcan a repetir los tópicos que el tiempo ha ido sedimentando porque cada época tiene sus mitologías y sus símbolos; también sus lugares y su urbanismo.

(escrito el 17 de enero de 2004)

El rastro volátil (A propósito de la obra de Casilda García Archilla)

Hay en las obras de Casilda García Archilla una reducción del signo artístico a su mínima expresión. Junto a ella, una expansión de las posibilidades del arte. Reducción y expansión son posibles gracias a la labor denodada de búsqueda de nuevas formas y vías expresivas.  Es cierto que hoy en día, ya entrado el siglo XXI, tras el auge y el colapso de las vanguardias históricas y de otros movimientos, puede parecer a algunos que no hay ya búsqueda alguna. En su derecho están de pensar así. Olvidan que la expresión personal siempre lo es; todo lo demás es simple copia.

Casilda va encontrando nuevas formas expresivas conforme busca nuevos materiales. Pocas veces alguien ha pensado en utilizar tripa de cerdo y algodón, como tampoco es muy común saber ver en hojas secas, pelusas o ramitas lo artístico.

Lo que uno percibe de inmediato en cuanto ve cualquiera de sus obras es la ligereza, la delicadeza de la existencia y de una sensibilidad artística encarnada en un objeto que a veces ha sido tratado ligeramente pero con mucho criterio  para lograr que represente un estado de ánimo, un momento de la vida o un sueño que de frágil puede desvanecerse con el temblor mínimo de una mano. Son estas obras las que van reduciendo el signo a su esencia.

Una hoja caída, poco a poco desecada y despojada de la poca carne inerte que aún permanecía; una hoja que es ya solo nervios y restos, enmarcada y reflejada en un cristal, o una pelusilla guardada dentro de una vitrina para que el poco viento que la pueda alcanzar no la desperdigue por la habitación. También trabaja con sedas a las que va despojando de sus hebras hasta que quedan las esenciales, aquellas que señalan el resto de lo que fue y apuntan al misterio de un significado siempre elusivo, o con fibras de papel entintado.

Las fibras, los nervios, lo que compone la línea central, el mínimo y casi inexistente cuerpo del objeto, la alusión a un momento de la vida que ya ha desaparecido. La naturaleza, muerta o moribunda, pero de la que logra detener un momento. Las fibras y los nervios, también, como escritura, de la vida o de la naturaleza, reflejo del mundo caótico. En algunas obras de Casilda el dibujo se va haciendo cada vez más sutil y profundo hasta llegar a ser líneas sueltas que van dejando el rastro de algo escrito, que a su vez también va disolviéndose, perdiéndose por el espacio cada vez mayor de la página. El signo artístico se reduce a su mínima expresión y se carga de sentidos antes no intuidos. El trazo señala y se desvanece al igual que la hoja cae y se pierde.

Si alguien quiere saber más, puede dirigirse a su blog Sociedad de diletantes

Senda no cogida

Algunas mañanas sorprende la ácida luz del desconocimiento y la realidad se adivina turbia tras lo que no es sino un velo de luz intensa. Esos momentos son pocos en una vida, dos o tres a lo sumo, pero cuando uno se levanta y mira por la ventana después de una mañana anodina y como irreal, intuye que algo ha cambiado. Hay mañanas detenidas en la suave pereza del día común, otras abrigadas por la dulzura de pasarse el día entero sin salir a la calle, otras reconfortantes por saberse tras el cristal, observando el ajetreo de gente desconocida. Hay mañanas frías y secas, desabridas porque nos derriban todas las ilusiones.

Algunas son tristes, otras punzantes, casi siempre dolorosas. No suele haber una razón objetiva, como tampoco podemos señalar un desencadenante claro. Son un pequeño cúmulo de insignificancias que en un determinado momento se agrupan o revelan las extrañas líneas trazadas que las unen detrás del tapiz. No es sencillo darse cuenta de lo que hacemos conforme vamos viviendo. Es más fácil ir acumulando momentos y experiencias, fracasos y rechazos, ir orientándose por la vida con la intuición y los escasos recursos que los años nos van dando para ir construyendo los mimbres de eso que llamamos vida, y que a veces se descubre tan extraño y tan siniestro.

Son pocas, pero poseen la intensidad de lo absoluto, aunque queramos creer que pasan sin dejar huella. El tiempo queda suspendido en un irreal remanso cálido, los ruidos de la calle desaparecen, y es como regresar a algún lugar querido en que estuvimos o como retroceder a algún momento que vivimos. Nos separamos de quienes somos y en una extraña perspectiva nos observamos en el tiempo transcurrido. Es entonces cuando percibimos el significado conjunto de lo que hemos ido viviendo, en nuestras elecciones, en nuestros rechazos, omisiones, miedos, en la dejadez que nos ha acompañado a ratos, en pasión que pusimos otros.

La vida la imaginamos como un precioso camino recto y luminoso. Me inclino por pensar, sin embargo, que no es un viaje sino un perdernos por la maleza espesa de algún bosque en el que de tiempo en tiempo encontramos algún claro. La luz entonces nos golpea una vista acostumbrada a la grisura, a los tonos suaves y difuminados, al crepúsculo o a la sombra. Es la luz que refleja el estupor de la vida al darse de bruces contra sí misma. Llegado ese momento no sabemos por dónde tirar pues sabemos lo que tendríamos que haber hecho. Nos asomamos a esos rincones oscuros que siempre quisimos silenciar, contemplamos el reverso de nuestras vidas, lo que pudo haber sido y no nos atrevimos. Queda siempre un poso amargo que no es resignación ni pena ni rabia. Henry James, en su última etapa literaria, da vueltas obsesivamente a esto que he venido tratando. Consiguió algunas obras maestras como “La bestia en la jungla”, “El rincón feliz” o “El banco de la desolación”.

(escrito el 11 de noviembre de 2003)

Treinta años de El espíritu de la colmena

“A mi querido misántropo”, reza la dedicatoria de la foto, aunque la niña, que aún no sabe leer correctamente, no pone el acento en la sílaba adecuada. Pero ese es un mínimo detalle que se  justifica por la edad y que permite captar el lugar desde el que la niña – y el director – miran el mundo. Toda película, claro que también cabría decirlo de toda novela, o incluso de todo cuadro, o poema, es una mirada al mundo que nos rodea, el único que existe, por otra parte.

El espíritu de la colmena es una de esas pocas películas que condensan el mundo. La mirada de Víctor Erice, a través de la niña sobre todo, pero también a través de su hermana mayor o de la madre, incluso del padre, nos ofrece la compleja geografía de las pulsiones humanas. Es cierto que también la realidad social aparece en la pantalla, pero su importancia es menor. La situación de los pueblos castellanos, el fugitivo y su caza por parte de la Guardia Civil, las autoridades que aparecen, son elementos menores en una película de interiores, una película en la que lo que importa, lo que se retrata, aquello que el director disecciona con esa mirada fría al tiempo que compasiva, son los oscuros paisajes del mundo de los niños y el de los mayores.

Se ha hablado mucho de la sutil identificación del padre con el monstruo, y aunque a veces pueda parecer así, creo, sin embargo, que es una interpretación fallida, porque no puede ser un monstruo aquel que se aleja del mundo por desengaño. El padre, en sus manías, en sus ocupaciones tan alejadas de toda utilidad y transcendencia sociales, no puede ser el monstruo, a menos que pensemos que lo es por su falta de integración en la sociedad. El padre, y con él la madre y, por qué no, las hijas también, son personas que se han apartado de la sociedad, al igual que el fugitivo o que tantas otras personas que habitaban esos pueblos. Es cierto que la gran mayoría realizó un gran esfuerzo por integrarse para que así el llamado tren del progreso no los dejara en la cuneta o en el andén de cualquier estación perdida en el mapa. No ocurre lo mismo con el padre, que ha decidido mantener la pose y la elegancia de otros tiempos. La casa, las colmenas, la vida demorada sin apenas variaciones ni sorpresas, la escritura un poco sin sentido práctico, todo eso compone el retrato humano de aquellas personas que no se sienten a gusto en un mundo uniformado, un mundo que nos arrastra a sus intereses y nos aleja de nuestras obsesiones o de nuestros mundos.

Erice rodó la fábula de un mundo perdido que iba a desaparecer en breve arrollado por el progreso. En el celuloide quedan los silencios, las palabras justas de los personajes, la austera geografía del mundo. En resumen, lo esencial, aquello que tantas veces despreciamos porque no sabemos apreciar en su justa medida su importancia. Han transcurrido treinta años desde entonces. El cine ha cambiado tanto que ya tiene poco que ver con el de entonces, la sociedad también. Quedan aún unos pocos misántropos, personas centradas en aquello que importa y que desprecian todo lo superfluo.

(escrito el 12/02/2004)