Del pasado extrañado

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Hoy es un día corriente de un otoño que ha sido precedido por un verano caluroso y una primavera y un invierno en que apenas ha llovido. Este otoño está siendo caluroso también (como en los últimos años) y sorprende un tanto que esta última semana el tiempo nos haya devuelto a la normalidad, al menos a la atmosférica.

Hay quien dice que todo es muy raro ahora: el tiempo, la vida, la política… Más bien pienso que raro ha sido todo siempre y que, por diversas circunstancias, ahora nos percatamos. De golpe nos damos cuenta de la extrañeza en que está sumergida el mundo. Ocurre que la convivencia diaria en ese líquido, o magma, hace que nos volvamos insensibles a ella excepto en momentos excepcionales.

Una de esas razones – con sinceridad no sé por qué – está relacionada con el cine. Saber que hoy a eso de las cinco de la tarde comenzaré mi peregrinaje por diversas salas de cine durante una semana logra que la extrañeza sea visible, o al menos más perceptible, que el mundo sea menos confortable y que sienta una especie de frío.

Hay otras razones. El distanciamiento apenas perceptible durante mucho tiempo y que, de repente, nos muestra la distancia entre quienes fuimos y quienes somos. O entre nuestros amigos y nosotros. No suele haber razones para la distancia, acaso la pereza a la hora de vernos con regularidad o el cambio de costumbres y hábitos que conduce a no frecuentar algunos lugares o a algunos amigos. A veces, también, es la desaparición de un elemento que nos unía a todos.

Pere Gimferrer lo escribió, de manera oblicua en “Oda a Venecia ante el mar de los teatros”:

¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces, y por qué. ¿Es más verdad,
copos que os diferís en el parque nevado,
el que hoy así acoge vuestro amor en el rostro
o aquel que allá en Venecia de belleza murió?

Al final uno tiende a creer, quizás porque es lo más fácil, lo que menos problemas da, que uno cambia, que los demás también cambian, que es imposible mantener la tensión, adolescente si se quiere, durante muchos años. ¡Quién sabe! A lo mejor tampoco importa. Quizás solo importe lo vivido y no lo por venir; quizás eso sea a partir de determinada edad. Lo cierto es que la extrañeza existe, nos rodea y de vez en cuando sentimos su frialdad.

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Bajo la luz perdida de las palabras

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Otra mañana de sábado en que me levanto temprano, a pesar de tantas cosas, y comienzo, lento, otro día. Así son las cosas, así han de ser: Desayunar, asearse, vestirse, son acciones que en muchos momentos de la vida no tienen importancia, las hacemos de manera automática, sin pensárnoslo mucho. Poca gente dedica cinco minutos a pensar qué va a tomar en el desayuno, y menos aún son las que piensan el champú que van a usar ese día: lo normal es usar el de siempre, aunque haya excepciones a ese siempre.

Después de haber pasado por todas esas actividades que ahora tienen otro sentido, me siento en un sillón mullido, que protege bien la espalda pero en el que no te hundes, y me pongo a leer. La poesía de John Ashbery. Galeones de Abril, en concreto. Me gusta Ashbery, a pesar de la dificultad, a pesar de ese aire que flota en sus poemas como si nada fuera importante, como si la vida no existiese en realidad. En Ashbery encuentro – a lo mejor porque ahora lo busco – esa vida que es y que, de repente, cambia, esa vida que, en un momento determinado, casi por sorpresa, cambia de dirección o muestra que no hay camino más allá: Una avenida que se abre al vacío, un vacío blanquecino como de colores que han ido destiñéndose con el paso de los años y, de repente, te das cuenta de que se ha borrado casi completamente.

La poesía de Ashbery, al menos la que estoy leyendo, como gran parte de la poesía en lengua inglesa del siglo XX, es una poesía que trata lo que pudo haber y nunca fue porque algo se torció o algo apareció y nos desviamos del camino. Es una poesía de cenizas, ecos, silencios y músicas imaginadas. Es una poesía de fantasmas, y muchas veces uno mismo es el fantasma, el poeta o el lector, quienes a veces no se distinguen en la página. Quizás tampoco en la realidad porque, a veces, a pesar de la tan repetida objetividad del poema, dudo de si acaso el poeta no estará solo escribiendo de sí mismo y para sí mismo.

Son solo dudas que surgen cuando uno lee sobre esos ecos que se pierden en jardines de glicinas marchitas y el sonido ligero y leve de los versos terminan flotando en la habitación, entonces no tan silenciosa.

[…] No podemos convocarla más/ aun así puede que volvamos a encontrarnos, en otras ocasiones, bajo otros auspicios

N.B.: Pocas casualidades se dan en la vida. En este caso, no ha habido ninguna al coincidir el artículo de Antonio Muñoz Molina y esta breve entrada. Leí el suyo mientras desayunaba, y pensé que podía yo también escribir otro. La cercanía es la causa de que el mío contenga préstamos o similitudes a veces demasiado explícitas.

Inacabada

 

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_121El problema de la vida, de la vida que acaba de repente y a una edad muy temprana, es que deja todo inacabado.

Ha habido escritores, Fernando Pessoa entre ellos, que escribían según les venía la inspiración o las ganas de trabajar, y que, a lo mejor no tenía la fuerza necesaria para acabar la tarea, y por eso dejaron libros a medias, inacabados. Son esos escritores que planean con gran viveza y diligencia, con ganas incluso, un libro, pero que luego… el trabajo diario no es para ellos.

Hay otros a los que la vida se les acaba demasiado pronto. Es un leve temblor que se detiene, sin que nadie se dé cuenta en ese momento y, por supuesto, sea capaz de preverlo. La vida se acaba, demasiado pronto, sí, y aunque uno haya estado trabajando con disciplina, queda mucho sin hacer. Hay quien se da cuenta, y siente una especie de horror ante el vacío que deja, y hay quien, afortunado sin duda, ni se percata.

La vida, como un pajarito frágil que revolotea acosado por corrientes de aire demasiado fuertes que lo bambolean.

Vivir es ver pasar

 

No recuerdo qué miraban los tres hombres. Quizás nada en concreto, la gente que pasaba delante de ellos, y después de tantos años transcurridos en la cafetería, con tertulias diarias, aún guardaban la capacidad de maravillarse por lo que veían. La ciudad, sin embargo, había cambiado mucho. En los ocho años, más o menos, que mediaban entre la primera y la segunda visita, era perceptible la cantidad de turistas que la visitaban. La primera vez eran los hijos y los nietos de los emigrados los que llenaban los cafés, los bares, las heladerías. Ahora, sin embargo, éramos los turistas.

Y allí seguían ellos, después de toda una vida, viendo pasar el tiempo, contemplando lo que era futuro cuando ya casi solo tenían pasado.

La alegría de vivir

En un artículo del El País, que trata de la próxima publicación de una obra de Canetti, se puede leer esta frase:

Mi esencia, en cambio, es rechazar y odiar cualquier muerte. No considero imposible que en algún momento llegue a aceptar más o menos mi muerte, pero jamás la de otro. Es tan seguro, lo siento con tal intensidad, que podría encabezar con ello mi pensamiento y mi mundo. Es mi Cogito ergo sum. Odio la muerte, soy así. Mortem odi ergo sum.Y eso que esta frase omite lo más importante, el hecho de que odio cualquier muerte.

Es algo que sorprende gratamente. Si observamos el mundo, donde en el último siglo y medio ha dominado la idea de la muerte, Canetti se nos aparece como un ser extraño y marginal. Quizás con la excepción de Friedrich Nietzsche, pocos ha habido como Canetti en este último siglo y medio. Fernando Savater, claro.

Pensemos que desde la Revolución rusa la izquierda ha estado más interesada en la muerte que en la vida, La muerte como colofón de la represión. La gente mencionará a Stalin, es lo sabido, pero Lenin lo antecedió. Y Mao continuó la estela asesina en China, y Pol Pot en Camboya, y … En España, por no irnos muy lejos, hubo celebración de la muerte cada vez que se aplaudió los asesinatos de ETA; ahora que ETA ve que la estrategia política pasa por no asesinar, hay quien aplaude a los asesinos y los homenajea.

Frente a tanto heraldo de la muerte se yergue, extraño y poderoso, envidiado, temido y rechazado por la izquierda, Elias Canetti, el judío centroeuropeo que escribió Masa y poder, un hombre que hizo de la afirmación de la vida el centro de la suya. Un hombre que afirmó la alegría de vivir.

Mambo Jambo

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Todo en esta vida es una sucesión de instantes que unimos con el recuerdo. La percepción de lo que hicimos, que se construye luego como imaginación. Al final, la imaginación no es lo que soñamos o inventamos, es simplemente una actividad intelectual que nos lleva a unir fragmentos de nuestro pasado. (Algunos al pasado lo llaman experiencia, aunque creo que es un término un tanto cursi en este caso.)

Esa percepción del pasado como algo continuo es, creo, una mania que tenemos de dotar a todo de sentido, de algún tipo de sentido, da igual de qué tipo. Nos angustiamos menos si sentimos que nuestra vida es un continuo, una especie de corriente que comienza cuando nacimos y acabará cuando muramos (aunque ni comience ni acabe en ninguno de esos momentos.) Pensar en una vida como momentos aislados, como pequeños fulgores que se sostienen en el espacio del tiempo que fue nuestra vida hace que nos sintamos angustiados, creo. No hay sentido ni continuidad. Quizás el instinto reproductor nos haya llevado a necesitar esa continuidad, esa necesidad de darle un sentido a lo que vivimos y terminamos por llamar vida.