Antonio Tabucchi

El domingo, creo, dijeron que Antonio Tabucchi había fallecido. Fue el martes cuando busqué sus libros en la biblioteca. Por una casualidad no estaban ocultos por otra fila de libros. Parecía que me estaban esperando.

Los cogí y puse sobre la mesa, miré la fecha de lectura de cada uno. Dicen que los leí en los años noventa, excepto  el último, que lo leí hace unos pocos meses, ignorante de que ya la enfermedad cercaba la vida de Tabucchi.

Empecé a leerlo en un momento de mudanza, mientras vivía entre Soria y Valladolid. Quizás por ello el recuerdo que tengo es de una literatura para la que la realidad no es lo que parece. Esta se escapa a nuestra comprensión. No se trata de que podamos comprender lo que sucede. Hay algo elusivo en sus historias. La realidad es un falso espejo o está distorsionada por un cristal traslúcido que se interpone entre nosotros y ella. Sostiene Pereira, que fue la última que leí hasta el último libro de relatos, no era así, sin embargo. En ella la realidad era bien tangible. Quizás ayude a dicha sensación que primero viera la película y luego leyera la novela. Entonces el mundo de Tabucchi adquirió espesor y consistencia. Recuerdo sobre todo el salón amueblado con austeridad, incluso con cierta escasez, casi pobreza, en que se movía Marcello Mastroiani.

El último libro tenía como uno de los motivos principales el paso del tiempo, la imposibilidad de volver atrás, y ahora, cuando conozco la noticia de su deceso, adqueiren un brillo apagado y lejano, desasosegante y frío, como si allá al fondo nos estuviera esperando ese callejón sin salida.

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Los volúmenes de las historias de Tabucchi, algo descoloridos por la edad, muestran una rotundidad objetual muy poco común. Son libros finos que no se exceden en el número de páginas. Ahora parece que hubieran adelgazado sin perder peso ni consistencia. Aún pesan, y el papel es grueso, al menos comparado con el que usan ahora.

A modo de orientación: Una lectura – muy parcial – de Leopoldo María Panero

0. Era el final de la década de los sesenta; para bien o para mal, el final del sueño, aunque muchos aún tardarían en despertar, si es que lo lograron. Para otros fue peor, pues ni siquiera llegaron a soñar. Pero lo que importa es que a pesar del final, de que el sueño se estaba acabando – sin que ellos lo supiesen – y de que el despertar sería largo y ácido, aún se mantenían algunas fantasías. La del arte, entre otras, la de cambiar el mundo, o la de la infinita felicidad que esperaba allí, en cualquier lado, en las drogas, en el sexo o en la poesía; también en el rocanrol. Sí, fantasías, literatura, signos que forman parte de la imaginación, no del entendimiento. Pero esto lo dijo un filósofo que vivió siglos antes; un filósofo que acaso sabía demasiado.

1. El país aún seguía oficialmente cerrado a cualquier cambio; pero esa no pasaba de ser la triste consigna oficial bajo la que unos pocos, cada vez menos aunque siguieran siendo muchos, se escudaban. Otra gente se movía en dirección contraria; el movimiento, por supuesto, era subterráneo, underground era el término preferido, vanguardista en su mejor sentido, y libertario. Había otros movimientos, el oficial, tan triste, tan de grandes gafas de concha, terno azul y corbata discreta; también estaba el movimiento politizado de la izquierda radical, comunista o más allá, un alucinante baile de siglas, consignas, peleas y desconfianzas: los troskos, los prochinos, marxista-leninistas; y los comunistas oficiales, también tristes, aburridos en sus discursos, previsibles en suma.

2. Importaba ser disidente aunque no se supiera muy bien de qué ni para qué, mucho menos el por qué. Flotaba en el aire la necesidad de reinterpretar el mundo, reescribrlo, o simplemente destruirlo para construir otro nuevo; ese era el sueño. Nada se podía aceptar porque sí. Las grandes escrituras que habían guiado a la Humanidad eran leídas a la luz de nuevas ideas. De ahí tanta variedad en el menguado panorama español de la izquierda. De ahí también el auge del libertarismo. Porque el libertarismo – a pesar de la tradición española – era una nueva ventana abierta al mundo, la inmensa promesa de la libertad infinita y del traspaso instantáneo y vertiginoso de los límites de cualquier tipo. Sexo, drogas y…

3. … y cultura pop. A finales de los años sesenta, en España, con un cierto retraso y solo para una minoría, hacía su aparición, sigilosa en principio, el POP. Por las revistas, por lo que otros contaban, en los viajes a Inglaterra, Holanda o Francia, en menor medida a Nueva York, algunos se dejaban impregnar de un sentido de la vida, de una estética, banal, repetitiva y fugaz. Pero no importaba, no cuando había que construir un mundo nuevo, o al menos eso pensaban. Los posters, los Beatles y los Rolling Stones, los tejanos y el desaliño indumentario. También la Joplin algo más tarde, Woodstock y Pink Floyd, la escritura automática y Marilyn. No todo era, strictu senso, pop, pero tampoco importaba. Buscaban el disfrute no la erudición. Warhol y su Factory, la Velvet Underground, Passolini, y otras pesadillas vendrían más tarde.

4. No deja de resultar curioso que junto a esa explosión generalizada de alegría y urgencia, surgiese una línea teórica dura que soñara con China, Camboya, Vietnam; y otra, acaso menos abstracta, que se centrara en los derechos civiles de las minorías sociales: negros, chicanos, mujeres. Y la siempre tangencial de los marginales libertarios; porque estos nunca lucharon por llegar al poder, sino para destruirlo. Nunca se plantearon la posibilidad de alcanzar el poder para lograr el buen gobierno. No había buen poder. Tantas tendencias, y sin embargo, tan similares. Flameaba por encima de todas la bandera de la disidencia. En arte como en política. Mao y Marilyn unidos en los carteles, en las conciencias, en los sueños. Vivían en la era pop; era posible, y justo, casi se podría decir que necesario.

5. Lo más importante, lo vuelvo a repetir, era no seguir las consignas, no adentrarse en los caminos pisoteados de la normalidad. La indumentaria podía ser, era, una manera de distinguirse. El dandy o el bohemio, el hippie o el revolucionario. Pero también había otras formas de singularizarse: la actitud, las lecturas o las películas. Vivir en la segunda realidad surgida de la oscuridad de la sala de proyecciones, o en la penumbra de la biblioteca, o en la soledad de la locura. Eran otros mundos, voluntarios o impuestos, asumidos o rechazados. Las glaciales construcciones de la teoría, los paisajes oníricos de las películas, el vacío que se vive al no comprender el mundo. El arte no era solo representación mimética de una realidad triste, aburrida, cobarde y mísera; tampoco su denuncia ramplona.

6. La poesía es un decir que señala lo irremediablemente perdido. Intenta construir y no logra más que dejar constancia del hueco que se ha producido con la fuga del tiempo. El tiempo es, no podía ser otro, el de la infancia. El tiempo es el mal. Leopoldo María Panero lo sabe; sabe muy bien que el tiempo nunca ha estado de nuestro lado, como cantaban los Rolling Stones. El tiempo nos hace, pero solo para acercarnos a nuestra muerte. La poesía dice, construye el Paraíso ya perdido, el de la infancia, y lo puebla de nuestras fantasías, que a veces son alucinaciones, siniestras pesadillas.

7. También dice lo que no es, lo que no existe, lo que la sociedad oculta. El tabú y el límite. La poesía es un decir en el límite y del límite. La poesía no es mimesis, no es contar bellas historias, ni un ejercicio más, culto y bien visto, para ociosos. La poesía cura las heridas producidas por la razón y tiene un rango de verdad superior a la verdad de la razón, dice Félix de Azúa. No siempre es así. Hay veces que la poesía hiere porque nos muestra aquello que queremos mantener oculto. Es una de las tareas del arte, aunque hoy esté casi olvidada. Y qué decir de su estatuto de mito. Que no sea una verdad agresiva no significa que no sea molesta. El mito situado en el límite habla lo que hasta ese momento ha estado silenciado; pone en acción lo que había quedado en suspenso por la inmensa carga que impone la tradición. La poesía libera. Hay que entender entonces que poesía no es solo escribir en versos con mayor o menor maestría. Es otra cosa; es situarse en una franja en la que el lenguaje es aún reconocible, en la que las ficciones sociales aún son comprensibles, y desde ella avanzar. Hacia dónde: hacia el vacío, hacia la ausencia, hacia la nada.

8. A finales de los sesenta Leopoldo María Panero nos contó cómo se fundó Carnaby Street. En su escritura se dieron cita los mitos modernos de la novela negra, Peter Pan, Bonnie y Clyde, El Che Guevara, Sacco y Vanzetti, el cine, la literatura y el deseo de ser Piel Roja. Intransigente marginalidad, alegre disidencia. De otro modo es imposible dedicar un libro de poesía a los Rolling Stones.

9. El tiempo impuso otras derrotas, otras singladuras. La angustia de no comprender, la tristeza de contemplar el mundo efímero, el saberse siempre en el lugar del hijo. Los sesenta se fugaron envueltos en su propio glamour. Todos se quedaron atrás. Algunos despertaron, otros perseveraron en el ensueño. A algunos, pocos, les quedó la ingrata tarea de dar cuenta del despertar a la pesadilla que siguió. Pero siempre quedará el refugio del Paraíso, aunque sea un jardín ya marchito, ni siquiera otoñal.

(artículo publicado en 2002 en En taquilla)

La imaginación sonora

Hace fresco en esta tarde que no se decide a acabar y me contagia la desgana. He puesto en el lector de música algunas obras para piano de Arnold Schoenberg, y lo he hecho movido más por la apatía que por verdadero deseo de escuchar esas y no otras. Luego he comprendido que la elección era correcta. La atmósfera de frialdad, lejanía y distanciamiento van acordes con la ocasión.

He trabajado, si en lo que ocupo mis horas puede llamarse trabajo. He escrito algo, he corregido un ensayo sobre José Ángel Valente y he dado por finalizado un ensayito sobre la pintura de Luis Nieto del que me siento razonablemente satisfecho. Creo que expongo con claridad y un poco de elevación algunas claves de la última pintura de Nieto. ¡Quién sabe luego lo que la gente dirá!

Me aguardan algunas lecturas, unas más o menos placenteras, otras alimenticias y, por último, las que me causan una cierta sensación de extrañeza o de incomodidad. A veces me ocurre, por ejemplo cuando leo poesía y me siento fuera del pacto que escritor y lector suscriben. No puedo asegurar si es o no es poesía, si tiene una mínima calidad, o si el verso fluye o se queda estancado. Hay, sin duda, versos memorables en el sentido literal de la palabra. Versos que llaman con fuerza a nuestra imaginación, que levantan un mundo de posibilidades y resonancias en nuestra mente. No tienen por qué ser versos voluptuosos; algunos hay en que el espesor y la condensación dominan la estructura; otros son de gran sequedad sonora o visual. Pienso, por ejemplo, en los últimos poemas de T.S. Eliot. A pesar de su renuncia a la sensualidad y a su decidida elección de la expresión abstracta, ese gusto por habitar lo abstracto, son capaces sus versos de crear un mundo que, por algún motivo, nos llama la atención, lo hacemos nuestro o nos instalamos en su mundo de resonancias sonoras, visuales y conceptuales.

Últimamente eso no me ocurre. Desconozco la razón pero cuando leo la poesía de Charles Olson o la de Frank O’Hara, rara vez siento esa llamada, ese golpecito dentro que me indica que estoy ante versos que voy a recordar. No quiero decir con esto que ninguno de los dos sea  un mal poeta o que en la poesía de ambos no haya versos que uno recuerda muchos años después. Son, sobre todo Olson, poetas inmensos, en quienes no atisbamos aún todas las consecuencias que pueda tener su poesía.

Hace frío en esta tarde ya casi desaparecida y Schoenberg suena lejano, casi olvidado.

Iván Zulueta, fuera del tiempo

La lectura de la biografía de Eduardo Haro-Ibars y de sus poemas me conduce a un callejón sin salida, al igual que Haro-Ibars se encaminaba a otro idéntico, aunque no lo supiera. A mediados de los años setenta, una cuantas personas iban viviendo, de manera inconsciente, lo que estaba ya siendo su final, y no porque fueran a morir, sino porque el mundo iba por otros derroteros. Los poemas de Haro-Ibars son buenos – o, al menos, no desentonan con los que entonces se escribieron o con los que ahora se publican –, y sin embargo, hay una distancia que no parece que sean casi treinta años.

Otra de esas personas es Iván Zulueta. Una de las últimas fotografías de Zulueta es la de un hombre enfundado en una gabardina encontrado en algún callejón mirando a la cámara fijamente con algo que se confunde con el desprecio y el aire retador. Como la gabardina le llega a los pies, solo podemos vislumbrar los zapatos y un pañuelo blanco que le envuelve el cuello. No podemos saber la calle ni la ciudad. Es un hombre solo pillado en un instante de su vida. Sabemos quién es porque lo dice el pie de foto. Al contrario que en tantas fotografías de Alberto García Alix, aquí no hay ningún rastro de su pasado, de lo que ha ido tejiendo los sueños, desilusiones, esperanzas y derrotas de este hombre, que, dicho de paso, han sido muchas e importantes.

Cuando nada hay que nos permite contextualizar la fotografía, solo podemos hablar en términos generales y aun algo abstractos. Las circunstancias en que conocí sus películas – tendría que decir su película, Arrebato, pues la anterior tardé años en lograrla, por no hablar de sus cortometrajes –, la circunstancia, decía, es irrelevante; nada hay peor que el escritor que empieza a hablar de alguien y nos regala con una aburridísima peripecia vital en la que señala la suerte que ha tenido este por haber sido encontrado por el primero. Misterios de la egolatría, vicio capital de nuestra época.

Nada, pues, aventurero ni especial adorna mi conocimiento de la película de Arrebato, salvo la maravilla de haberla visto solo sin pedantes que se empeñaran en explicármela o en desvelarme sus misterios. A lo largo de los años he continuado asistiendo al cine, aguantando algunas maravillas y otros tantos bodrios llenos de autosuficiencia, carentes de criterio y huérfanos del más mínimo sentido del ridículo. Tanto en unas como en otras he podido reconocer trucos, manierismos y ocurrencias que ya había encontrado en las de Zulueta. La estancia en Nueva York, en la Escuela de Arte Moderno, Arts Students League, le puso en contacto con lo más vanguardista del arte. Sus experimentos con la Polaroid los vuelven a repetir hoy algunos.

No ha rodado mucho; no puede rodar mucho una persona con un universo tan cerrado y una estética formada antes de haber empezado y que no permite evoluciones – o ¿acaso sí las permite y el problema está en la industria cinematográfica, los espectadores y el gobierno? –; quizás sea una combinación de ambos factores lo que ha impedido una trayectoria más amplia, más diversa e igual de arriesgada.

¿Por qué fueron posibles películas como la mencionada o como Un, dos, tres, al escondite inglés?, ¿por qué hubo un momento en que la televisión pública fue capaz de producir Párpados?, o inversamente, ¿dónde están los experimentos de hoy en día?, ¿el riesgo y la modernidad?, ¿dónde el director que es capaz de sintetizar el mundo en una mirada y proponer esa mirada como un enigma irresoluble? Responder con la manida frase: “Zulueta es un genio, y esos se dan cada mucho tiempo”, no me sirve. Si Zulueta es un genio, lo es porque fue capaz de enfrentarse a la mediocridad existente y porque con una gran dosis de inconsciencia se atrevió a hablar de lo que todo el mundo callaba. Quiso imponer su mirada, no que se la impusieran. Esas cosas se pagan, pero eso al genio no le importa.

Todo eso a pesar de que su mundo se acababa y empezaba la postmodernidad. Ni los poemas surrealistas y políticos de Haro-Ibars ni las películas experimentales de Zulueta tenían cabida en la nueva España que estaban inventando. Habría que preguntarse por qué el Pop tuvo tan poca presencia en España en los años sesenta y setenta y cómo el sistema fue capaz de atraerlo y travestirlo, de domesticarlo y despojarlo de todo impulso innovador y heterodoxo, de reducirlo a unas cuantas películas de jovecitas con minifaldas y muchachitos con cara angelical que quieren ser malvados, por no hablar de otras aún más patéticas y tristes. Como tantas otras cosas, el Pop fue una imposibilidad, y en los pocos casos que se intentó, el saldo fue negativo (cabría la excepción de la poesía de los años setenta, es cierto, que en seguida se agostó o tomó otra derrota.)

Las innovaciones de entonces aún las continúan algunos; otros han capitulado. La frescura y el riesgo quedan para un tiempo en que las cosas no estaban tan controladas. Puede parecer increíble pero hubo unos años en que el descontrol era posible y cualquiera podía decir y hacer lo que quisiera, una época de inaudita libertad en la que aún se podían hacer cosas sin que el dinero fuera el primer motivo para llevarlas a cabo. Las vanguardias tenían una parte fundamental de juego, de vocación lúdica transgresora. En España las vanguardias se dieron en la primera década del siglo XX y reaparecieron en los años ochenta para certificar la defunción de la libertad creadora.

Si entre mediados de los años setenta y mediados los años ochenta unas cuantas personas gozaron de una libertad extraordinaria para cualquier tipo de expresión artística – y no solo artística, para vivir también –, a partir de mediados de los ochenta, y sobre todo, en los años noventa, las grandes empresas pusieron en marcha una estrategia de aniquilación de la disidencia mediante la imposición del criterio crematístico como fin supremo. Las consecuencias ya las conocemos: extraordinarias campañas de lanzamiento de discos, libros o películas, que ahora, en lógica consecuente, se han convertido en productos, relegando la obra artística al desván o directamente al basurero, institución de premios que reconocen las obras de figuras ya conocidas con el propósito de conseguir unos beneficios superiores al quince por ciento, prácticas empresariales que ahogan a aquellas empresas que no sean transnacionales como la lógica y natural ley del mercado nos adoctrina. Frente a ellos, una grupo de llamados artistas que piden subvenciones para que el Estado pague la mediocridad que son capaces de pergeñar.

Nadie parece darse cuenta de que es necesario vivir en rojo como acertadamente señal Eduardo Haro Ibars, y que la obra del propio Eduardo, la de Zulueta o la de Alix nos muestran es solo en los márgenes donde existe la libertad necesaria para hacer algo interesante.

Zulueta está fuera del tiempo porque cuando alguien se atreve a volver a ver sus películas, o las ve por primera vez, lo que encuentra es unas películas que no se filman en España, y que pudiera parecer que nunca se filmaron, y, por supuesto, que ya no volverán a filmarse. Aunque en realidad no tenga que ser así. Zulueta pertenece a un tiempo determinado, el de aquellos que nacieron alrededor de los años cincuenta y fueron jóvenes a mediados de los años setenta. Vivieron momentos que les mostraron que el ser libres era posible. Hoy algunos viven, o malviven, y luchan por una libertad de verdad, más allá de las imposiciones dinerarias, de las listas de venta y de la presión de la fama. Son pocos, pero se atreven a fundar editoriales mínimas en las que publican libros infinitamente más interesantes que los de las grandes editoriales. Los tiempos no se repiten, pero el ansia de libertad está más allá del tiempo, fuera de él, al igual que la obra de Zulueta.

(artículo publicado en Minotaurodigital en 2005)