La trasparencia

La luz no es color y se abre a la trasparencia. Durante siglos hemos ignorado que la unión de todos los colores los anula, al igual que su ausencia. Blanco absoluto o negro son las dos caras del mismo hecho. El abigarramiento en el lienzo, el exceso de palabras en la página conduce a la negrura por el exceso; la falta conduce a la blancura por defecto. Entre uno y otro punto se esconde la levedad significante de lo justo. Con menos la obra permanece opaca; en el exceso, los posibles significados se atropellan los unos a los otros.
Pocos pintores, pocos escritores entendieron la importancia de la ligereza, en los materiales, en los símbolos, en los trazos y en las texturas. Tendemos a pensar que el misterio es lo mismo que la escasez o que la belleza se encuentra en la acumulación, cuando no pasan de ser un síntoma de la incapacidad para elegir, planear y buscar el significado exacto que no quede oculto ni resulte incomprensible.
En la trasparencia el trazo ha de ser firme. Necesitamos saber de antemano adónde nos dirigimos. En la transparencia el mar parece pesado y el aire flota cayéndose. Quizás sea la trasparencia la luz traspasada por el frío y el silencio: El momento inmóvil.

Envejecimiento

Envejecemos. El tiempo pasa y va dejando sus huellas en nosotros. Las arrugas de la cara, el temblor de las manos y la debilidad en las piernas son algunos de los síntomas. La memoria falla y la conversación se vuelve monótona y centrada en unos pocos temas de cuando entonces.
Envejecen también las supuestas obras de arte. De las innumerables novelas que se publican, de los infinitos poemarios que logran ver la luz, solo unos pocos lograrán sustraerse a la usura del tiempo, y eso en razón de su especial capacidad para escapar de su momento. Tampoco los cuadros aguantan indemnes ni las esculturas mantienen su brillo y rotundidad iniciales. Necesitan que las restauren cada cierto tiempo, y eso si aguantan los siglos, que a veces desaparecen.
Las consignas tampoco mantienen su prestancia. Casi nunca duran más de dos décadas. Una consigna es un resumen urgente y deforme de una idea. A veces son ocurrencias, otras parecen estar algo más meditadas. “Sexo, drogas y rocanrol”, “Vive rápido, muere pronto y tendrás un bonito cadáver” fueron coreadas y asumidas por muchas personas en unos años concretos. Hoy solo muestran el polvo y las telarañas en que envueltas viven su agonía.
Hay quienes achacan el envejecimiento al tiempo, inclemente. Últimamente tiendo a pensar que no es él, aunque no haya que descartar la cualidad mortal de todo lo humano. Tendemos a creer que cualquier ocurrencia nuestra es genial y que todos han de compartirla, cuando no es así, y una ocurrencia es como una gracieta o un chiste, que vale solo para el momento.
Se gastan los símbolos. Lo que ayer brillaba incólume hoy está apagado y agoniza triste, rodeado de algunos fieles que aplauden aún su ya perdido esplendor. Algunos pocos se salvan y mantienen una existencia serena al través de los siglos, aunque cambia su inflexión.