Otro tipo de nomadismo

Tunel Delicias

Podría ser Nueva York pero es un barrio de España. Lo nómada no es solo aquello que Felix Guattari y Gilles Deleuze analizaron en Mil mesetas y que, más tarde, la izquierda reaccionaria ha clausurado en el cierre categorial que llevan efectuando desde la década de 1980 y que ha desembocado en la defensa del nacionalismo, la xenofobia y los privilegios étnicos.

Lo nomádico, hoy en día más que nunca, en un movimiento de intensidad creciente, se percibe en ese túnel, provinciano pero que podría, perfectamente, ser neoyorquino. La región ha sido superada por los mecanismos de aceptación y reconocimiento en una cultura. Ya nos e es de donde uno vive sino que se elige de dónde se quiere ser aun viviendo mucha distancia. Sin haber salido nunca del barrio uno decide ser neoyorquino del Harlem o parisino o de Shanghai.

En la quietud, lo distinto y ajeno.

Anuncios

No hay cárcel en lo urbano

Kvw2DSOLQs+YEJ94AkHSnQ_thumb_37f

Leo en un libro, cuyo título y autor he olvidado ya, que la experiencia urbana es la propia de alguien que vive en una cárcel o en un panóptico. Uno lee luego los ensayos sobre el París del Segundo Imperio de Walter Benjamin y se da cuenta de la distancia entre Benjamin y los ensayistas hoy en día (o al menos de algunos ensayistas bastante renombrados).

Solo hay que pensar en el flâneur baudeleriano, en el mismo Walter Benjamin recorriendo los meandros de París o los paseos de Franz Hessel por Berlín. No hemos de quedarnos en eso que, con más ignorancia que desdén, algunos llaman alta cultura. Pensemos en el callejeo de las clases populares por las calles de Madrid, de Nueva York. Esas excursiones a Coney Island, a Long Island, ese merodeo desde el Harlem hasta la Estatua de la Libertad, o los paseos por el Madrid popular. También las tribus urbanas han hecho de la ciudad su territorio. Esto es normal. Nadie que quiera vivir con libertad puede pensar en el pueblo como lugar donde vivir esa libertad. Es en la gran urbe donde la LIBERTAD se vive, con sus incomodidades, sí, pero también con sus enormes beneficios.

La ciudad, por fortuna, no es una cárcel, por mucho que algunos se empeñen en meter a la vida en el lecho de Procusto de sus teorías. Ocurre solo que algunos tienen miedo de la libertad individual, la que uno conquista por sí mismo sin ayuda de ningún partido político ni ninguna asociación o asamblea o grupo de apoyo sicoterapeúticoatísticocreativopolíticoasambleario. Uno vive solo y establece amistad con los libres, como nos descubrió Baruch Spinoza.

No somos politeístas, no

9vL1i97VRZavgY8zXqCJww_thumb_376Ahora que todo es teatrillo y representación, en una curiosa vuelta a ese barroco español al que le han incrustado la banalidad posmoderna, pues lo que entonces era sueño ahora es solo banalidad, viene la época del año en que el teatro reina sobre todos los ámbitos de la vida. (No es el único momento del año, la Semana Santa lo acompaña. Por supuesto que no hablan ni de Navidad ni de Semana Santa, sino de solsticio de invierno y de equinoccio primaveral. La razón es bien simple: cuando dos interpretaciones del mundo disputan la primacía [debería haber escrito hegemonía] la que viene después en sentido cronológico siempre se afana en la diferente terminología para que parezca que haya una diferencia conceptual).

Ahora que es tiempo de belenes, cabalgatas y otras ficciones hay quien ve el momento propicio para ofrecer su aspaviento. Esto no tendría nada de malo si no fuera porque hay quien considera, entre estos aspaventados, que lo suyo es obligatorio: todos hemos de verlo, todos hemos de saber de su genial espectáculo. Hay que tener en cuenta que esta gente entiende que su vida se cumple en la puesta en escena de su ficción. Sin ella, su vida – en un sentido literal – no tiene sentido.

Lo dicho, dos versiones de una realidad disputando la primacía social [vuelvo a evitar el término hegemonía] y los espectadores, voluntarios o, en muchos casos, involuntarios, obligados a contemplar las dos. Porque el problema es que ninguna de ellas es politeísta.

El tiempo en suspenso

nkGytDhcTpiIPPJg49FUmg_thumb_3ac

El tiempo en suspenso. Esa es la sensación que he experimentado al ver las fotografías de Elger Esser. Son fotografías muy pensadas en las que la composición ha sido cuidada al máximo, en las que los colores, a veces reducidos al blanco y al negro en umbrales altísimos, y otras veces casi desvaídos dentro de la gama de lo sepia, procuran una sensación de calma al espectador.

Hay algo de irreal, de un tiempo ya perdido en sus fotografías de la costa escocesa o la de los Países Bajos. A las grandes extensiones las acompañan algunas casas, que acentúan la sensación geométrica y de lejanía, la sensación de estar ya más allá del tiempo.

Nautilus

submarino-argentino-ara-san-juanEnormes animales prehistóricos que se deslizaban por los océanos (la mar océano de los clásicos) con parsimonia y decisión, despreocupados. Eran pocos: los elegidos. De vez en cuando oías de alguno que se acercaba a la costa, pero solo lo avistábamos en la lejanía. Los ingenieros habían imitado la forma de los cetáceos, de los cachalotes, en concreto más que de los rorcuales o de las ballenas azules.

Todo ese mundo submarino tuvo su mejor expresión en 20000 leguas de viaje submarino con el Nautilus del profesor Nemo. Desde la sala de observación los pasajeros –  y nosotros, los lectores que supimos de sus andanzas gracias a libros ilustrados – asistían al descubrimiento de un mundo maravilloso, cual si fuera un gabinete de curiosidades exóticas. Si en la superficie estaban la India o Macao, bajo la superficie se encontraba ese mundo desconocido, silencioso y fascinante de los calamares gigantes, las pequeñas criaturas marinas o los peces que aún no habían llegado a las lonjas o a los museos.

Años más tarde llegó Jacques Cousteau, que popularizó el batiscafo, que en cierto modo hacía realidad la ficción de Julio Verne, al lograr descender ese minisubmarino hasta profundidades abisales. Hubo también películas, as de unos hombres con un temple especial que aguantaban recluidos en un lugar mínimo con luz eléctrica y sin salir a la superficie durante varios días. Era una épica a la que nunca le vimos peligro. Era, en cierto modo, el triunfo de la camaradería.

En su interior, sin embargo, habitaba el peligro, en el que nunca pensamos. Sabíamos que iban propulsados por energía nuclear, que transportaban torpedos, pero, a pesar de todo, rara vez las cargas de profundidad de los barcos lograban alcanzarlos y, tras varias semanas de misión, regresaban a puerto con ganas de retomar la vida suspendida.

Estos días hemos sabido que no era así siempre. Puede ocurrir que un submarino sufra una avería en plena travesía y se hunda con toda su tripulación, o que estalle.

Solo quien tiene un temple especial viaja en esos buques que asemejan viejos animales extintos.

El tiempo abolido

20171029_51Suena “Tears on My Pillow” de un disco que compré, años atrás, en Boulder, en una estancia larga. Fue un verano largo en Boulder, en el apartamento de la Universidad que ocupamos tan cerca de todo y al tiempo tan escondidos. Solíamos seguir el cauce del regato cuando íbamos a comprar, pasábamos por debajo del puente junto al carril-bici, cerca del campo donde entrenaba el equipo universitario de fútbol americano.

Los discos te acompañan durante tu vida, algunos te sobreviven; otros, sin embargo, de tanto escucharlos has de comprarlos varias veces. Ya sabemos que el uso es desgaste. Quizás el sueño de la duración casi eterna de nuestros objetos no sea más que un consuelo. Ahora, además, contamos con innumerables versiones del mismo tema. Podemos ocupar toda una tarde escuchando “Tears on My Pillow” en las versiones de innumerables grupos de música vocal. Fue algo muy popular en los años cincuenta y sesenta en los Estados unidos. Grupos de muchachos que se unían para cantar música, casi siempre romántica, utilizando fundamentalmente las armonías vocales. Se acompañaban de un piano y una batería, a veces un saxofón. “The Turbans”, “The Pastels”, “The Fiestas”, Frankie Lymon and the Teenagers”, “The Marcels”, “Maurice Williams and the Zodiacs” fueron algunos de ellos y “Simmy, Shimmy, Ko-Ko-Bop”, “Been So long”, Blue Moon” “In the Still of the Night”, “For your Precious Love”, “Why Do Fools Fall in Love”, algunos de los éxitos de verano que surcaron las ondas radiofónicas en los días de la segunda mitad de los años cincuenta y comienzos de los sesenta.

La historia – nos lo dijo Ezra Pound – no es sucesiva sino simultánea. Gracias a tan genial intuición pudo escribir los Cantares. Todo ocurre en el mismo momento; quizás, además, en todo momento. Así, la historia no es una sucesión de momentos fallidos, como podía pensar T.S. Eliot, sino un único instante que tiene lugar en cada momento. Esto que Pound propuso ha venido a cumplirse hoy en día, de un modo quizás degradado, con las posibilidades de almacenamiento y reproducción de música y de imagen. Podemos escuchar varios conciertos de un mismo grupo en los que la única diferencia reside en el orden de los temas interpretados y el físico, cada vez más avejentado, perdido ya el esplendor juvenil en los últimos, casi espectros de sí mismos. También podemos encontrarnos con la misma versión de un tema interpretado por infinidad de intérpretes. Quizás no haya mucha diferencia entre esas versiones pero sí que es sintomático que guardemos, y concedamos el mismo valor, a interpretaciones que se hicieron a mediados del siglo XX y a otros de inicios del siglo XXI. No transcurre el tiempo, o no podemos sentir de igual modo el transcurso, si no existen huecos temporales que no podamos rellenar. Hasta ahora así era con la historia. Quizás la técnica haya ayudado a esa tendencia al recuerdo inexorable de nuestro tiempo.